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Literatura, Gulag

La perversión de la lealtad

A partir de la tradición de obras protagonizadas por animales, Gueorgui Vladimov escribió una novela estremecedora y sombría acerca del impacto que la pesadilla estalinista tuvo en los sobrevivientes

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Ahora que se ha puesto de nuevo al alcance de los lectores de habla inglesa, me parece una ocasión idónea para escribir sobre El fiel Ruslan. En Estados Unidos existía una edición anterior agotada desde hace mucho (Faithful Ruslan, Simon and Schuster, Nueva York, 1979, 220 páginas), cuya traducción se debe a Michael Glenny. Esa misma es la que recientemente se ha publicado (Melville House, Nueva York, 2011, 224 páginas). Solo es de lamentar que su cubierta sea tan desangelada y poco atractiva (reproduce la silueta de la cabeza de un perro sobre un fondo azul).

En el ámbito hispanoamericano, el nombre del escritor ruso Gueorgui Vladimov (Jarkov, 1931-Frankfurt, 2003) resulta totalmente desconocido. Eso no se debe a su falta de talento, sino a que fue uno de los autores que más dificultades hallaron para editar sus textos, a causa de su coraje e integridad moral. Su nombre real era Gueorgui Nikolaievich Volosevich, pero él siempre firmó sus textos con ese otro. Su padre murió en el frente durante la Guerra Patria y su mamá fue hecha prisionera en 1952, durante la etapa final del terror. Vladimov cursó estudios en la Escuela de Leyes de la Universidad de Leningrado, pero tras graduarse en 1953 empezó a escribir en un pequeño periódico de provincia. Algunos años después logró pasar a trabajar en la importante revista Novi Mir, donde fue editor de la sección de prosa (1956-1959), coincidiendo con la etapa del deshielo. En sus artículos críticos Vladimov atacó los clichés y estereotipos que lastraban la literatura soviética. Uno de sus trabajos más significativos fue la reseña de El guardián entre el centeno, de J.D. Salynger, que se publicó en 1961, cuando ya él había renunciado a su puesto como editor.

En julio de ese mismo año, publicó en Novi Mir su primera novela, La gran mina, que llamó la atención y tuvo una cifra record de reseñas por su estilo directo y expresivo, así como por tratar el tema del alcoholismo con una franqueza inusual para las normas de aquellos años. Aquel promisorio estreno como narrador de Vladimov se vio un tanto opacado por la enorme repercusión que tuvo la salida, también en las páginas de Novi Mir, de Un día en la vida de Iván Denísovich, de Alexander Solzhenitsin. Esa novela sirvió de estímulo a Vladimov para escribir la historia que luego evolucionó hasta cristalizar en El fiel Ruslan. No obstante, es pertinente precisar que solo lo estimuló de modo parcial, puesto que Vladimov únicamente sigue a Solzhenitsin en cuanto a retomar como tema básico los gulags, los infames campos estalinianos de trabajo forzado.

La publicación de aquella novela de Solzhenitsin contribuyó a abrir las puertas de la literatura concentracionaria. Editoriales y revistas empezaron a recibir una gran cantidad de manuscritos sobre esa temática. Muy pocos, sin embargo, alcanzaron a ir a la imprenta, pues la conmoción causada por Un día en la vida de Iván Denísovich bastó para que Nikita Jrushov y el Politburó dieran marcha atrás en sus concesiones al liberalismo. Tras algunas dudas y demoras, los campos fueron habilitados de nuevo, si bien con una forma menos draconiana que durante el período de Stalin.

Aunque buena parte de ese aluvión de obras sobre los gulags había sido escrita por sobrevivientes, el ejemplo de Solzhenitsin sirvió al mismo tiempo de estímulo creativo para los autores de las generaciones jóvenes. Por su edad, estos se libraron de ser víctimas del terror estaliniano, pero lo sufrieron a través de sus padres o sus familiares cercanos. Ese fue el caso de Vladimov, quien conoció la experiencia del gulag a través de las historias narradas por su madre, quien cumplió dos años en un campo cerca de Leningrado, víctima de la campaña antisemita promovida por Stalin.

Vladimov empezó a redactar un cuento titulado “Los perros” cuando las revelaciones de Solzhenitsin aún estaban frescas. Le tomó dos años finalizarlo, en parte porque simultáneamente debía trabajar como periodista y crítico, y en parte porque es un escritor detallista y laborioso. Una vez concluido, lo ofreció para que lo publicasen. Eso ocurrió en 1965, un año después de haber caído Jrushov. Pero para entonces, había pasado ya la etapa de que una historia como esa pudiera ver la luz en la Unión Soviética.

El simple hecho de haber dado a leer a varios editores de revistas un texto tan “subversivo”, afectó la trayectoria como escritor de Vladimov. No fue hasta 1969 cuando pudo dar a conocer su segunda novela, Tres minutos de silencio, cuya salida en Novi Mir fue posible gracias al poeta Alexander Tvardovski. Fue la última suya obra que apareció en la Unión Soviética. Fue editada después de que en mayo de 1967 él había dado a la publicidad una carta en defensa de Solzhenitsin y de la libertad de creación. Eso dio lugar a que inevitablemente los críticos más conservadores la atacaran y además puso su nombre en la lista negra. En 1976 Tres minutos del silencio salió como libro, pero la solicitud del autor de que se restituyeran los pasajes eliminados por la censura no fue aceptada. Aunque Vladimov siguió escribiendo, a partir de ese momento pasó a hacerlo para “la oscura gaveta”.

Un texto que circuló en samizdat y se convirtió en leyenda

Además del humillante ostracismo editorial al cual se vio confinado, a Vladimov se le negó el permiso para asistir a la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, a la que había sido invitado por su editor en Noruega. Eso motivó que, en octubre de 1977, dirigió una durísima carta a la Unión de Escritores (buena parte del texto fue reproducido en mayo de 1978 por la New York Review of Books). En la misma acusó a sus directivos de ser unos burócratas serviles que manejan la literatura soviética de acuerdo a los dictados del Partido, y a la organización de ser “la más leal camarada de las voluntades perversas de los todopoderosos”. Vladimov también afirma: “La literatura está por encima de controles. Pero uno puede ayudar a un escritor en su más difícil tarea, o bien ponerle obstáculos. Nuestra poderosa Unión de Escritores invariablemente prefiere hacer esto último, ya que siempre ha sido —y aún es— un aparato político que se sitúa por encima de los escritores y vocifera demandas y amenazas”.

Asimismo comunica su determinación de dejar de pertenecer a la Unión de Escritores: “A pesar de que voy a continuar en este país, no deseo estar entre ustedes. Os excluyo de mi vida. No solo en mi nombre, sino en el todos aquellos a quienes habéis excluido, a quienes habéis condenado ‘oficialmente’ a la destrucción y el olvido, y quienes, pienso, no lo objetarían, aunque no me hayan autorizado a hablar por ellos (…) Cargad con el fardo de la mediocridad, haced aquello que estáis preparados para hacer y para la cual habéis sido escogidos: aplastar, perseguir, detener. Os devuelvo mi carnet número 1471”.

Al mismo tiempo, Vladimov anunció su decisión de unirse a la rama moscovita de Amnistía Internacional, lo cual fue considerado por las autoridades como una traición. En 1983 fue obligado a salir de su patria y después se le despojó de la ciudadanía soviética. Vladimov pasó a residir en la República Federal de Alemania, donde trabajó, de 1984 a 1986, como editor del periódico Grani, que se editaba en ruso. En esta etapa dio a conocer la pieza teatral El sexto soldado (1981), así como la novela No preste atención, maestro (1982), en la cual recrea en clave satírica el hostigamiento al que lo sometió la KGB y el efecto que esto tuvo en su familia. Publicó además la primera versión completa de Tres minutos de silencio, por la cual se le había acusado, en su momento, de “pervertir la realidad soviética”. En 1994 apareció su obra más ambiciosa, El general y su ejército, por la que fue galardonado con el Russian Booker Prize a la mejor novela del año. En 2000, le fue restituida la ciudadanía rusa. Le asignaron además un apartamento en la colonia para escritores en Peredelkino, cerca de Moscú, pero él prefirió seguir viviendo en Alemania.

La historia de cómo fue escrita El fiel Ruslan es muy interesante y también inusual, incluso para las normas que regían en la extinta Unión Soviética. En la época en que laboraba en Novi Mir, un colega le relató a Vladimov un suceso ocurrido un 1ro de mayo, durante el habitual desfile que se realizaba ese día. Tras cerrarse los campos, una manada de perros que habían sido perros guardianes fue dejada a su destino. Sucedió entonces que confundieron a los participantes en el desfile con una columna de prisioneros recién llegados y los atacaron. A partir de esa anécdota, Vladimov escribió un cuento que tituló “Los perros”. Se lo dio a leer a Tvardovski, quien le hizo algunas sugerencias. Mientras él pensaba en cómo incorporarlas, uno de los mecanógrafos de la revista sacó una copia y la hizo circular como samizdat. El texto se convirtió en leyenda y llegó a contar con una docena de versiones. Muchos lectores se impresionaron con su calidad literaria y lo atribuyeron a Solzhenitsin.

Por su parte, Vladimov no estaba satisfecho con su texto y durante varios años lo continuó trabajando. En un momento dado, tuvo una versión bastante cercana a la que años después entregó a la imprenta. Esa versión, sin embargo, no circuló clandestinamente, pues para entonces el “mercado” se hallaba saturado con la anterior. En 1970, un editor ruso radicado en la RFA le pidió un original suyo para publicarlo. Vladimov decidió revisar aquel manuscrito, al que no volvía desde hacía varios años, y lo reescribió de principio a fin. Desarrolló la historia, cambió el énfasis. Finalmente, el cuento quedó transformado en una novela corta, a la cual dio el título de El fiel Ruslan. Apareció en 1975 en Grani, la revista literaria que los emigrados rusos sacaban en Frankfurt. El texto ocupó casi todo el número y al mismo tiempo salió como libro. Para disimular el hecho de su relativamente reciente escritura, a pedido de su autor la novela lleva al final la fecha 1963-1965.

Los cuentos y novelas protagonizados por animales que hablan y piensan como humanos, constituyen una antigua tradición en las literaturas de muchos países. Bajo el disfraz del simple entretenimiento, muchas veces esos textos envuelven la sátira y la crítica social. En un país que nunca fue libre, como lo es el caso de Rusia, han tenido un excepcional valor, pues sirvieron para expresar quejas y reclamos sociales y políticos que, de otro modo, no era fácil exteriorizar.

El fiel Ruslan está entre las mejores historias de animales que se han escrito, aparte de que, como comentó el diario británico The Guardian, es uno de los textos definitivos de la literatura postestalinista. Pero al compararse con otras obras, se notará que difiere de ellas en que Vladimov no presenta a un ser humano bajo el disfraz de un animal. Ruslan es un perro real, que ha sido entrenado para servir en un campo de trabajo forzado en Siberia. Uno de los aciertos de Vladimov reside precisamente en su asombrosa capacidad para imaginar y expresar lo que podría ser la conciencia canina, lo que podría pensar y sentir un perro.

Siguiendo el espíritu de la tradición literaria rusa, Vladimov quiso encontrar un héroe que fuera capaz de resumir toda la filosofía del tema. Los campos de trabajo forzado creados por Stalin tuvieron víctimas y victimarios, que están claramente identificados. Pero ¿cuál fue su verdadero héroe, aquel que creyó honestamente en la justicia y el carácter sagrado de aquella empresa? Por supuesto, no fueron Stalin, Víctor Abakumov ni Lavrenti Beria, quienes sabían muy bien que lo que estaban llevando a cabo no tenía el respaldo de ninguna filosofía.

Ruslan, ya sea hombre o perro, es un ciudadano soviético honesto, decente, de buen corazón, respetuoso de sí mismo, que trata de hacer lo que él siente esperan de él aquellos —¿hombres, dioses?— que seguramente saben más que él. Al igual que las nuestras, sus limitaciones son las propias de su clase y del modo en que ha sido entrenado. Asimismo en muchos aspectos, tanto él como los demás perros en el campo son mejores que los humanos a quienes obedecen y sirven. Están motivados por la lealtad y no por el egoísmo, por el amor y no por la malicia. Por todo ello, es muy atinada la opinión de Andrei Siniavski de que Ruslan representa el verdadero héroe socialista. Es el bogatir del gulag, el comunista honesto, el guardián consciente.

Volver al servicio que ha sido su vida

La novela se inicia el día después de que los prisioneros de un campo no identificado de Siberia fueron liberados y muchos de los guardias desmovilizados. El campo está a unas dos o tres millas de un pequeño pueblo por donde pasa el tren transiberiano. Se supone que los guardias debieron matar a los perros, pero no pudieron hacerlo y decidieron dejarlos en libertad. Los perros terminan en la estación de trenes, sitio para ellos familiar porque allí iban con los guardias a esperar a los nuevos reclusos.

Ruslan siente que ahora su vida no tiene un propósito, que está llegando al final de sus días. Vaga confuso y sin destino, pues eventualmente el campo va a ser convertido en una fábrica. Pasa horas sentado bajo el frío, sufriendo las punzadas del hambre. Aun así, no come cosas del suelo ni acepta nada de extraños. Sobrevive con puñados de nieve y con los ratones que caza en el bosque. Otros perros han pasado a servir a amos civiles, pero Ruslan es de otra fibra moral.

Hago aquí una digresión. Los guardias de los gulags no estaban subordinados al Ministerio de Defensa, sino al de Seguridad del Estado. Ese ministerio era inmensamente poderoso y disponía de un ejército privado, además de que gozaba de privilegios especiales de pago, pensiones, etc. Asimismo sus tropas no eran enviadas a pelear en el frente. Pero quienes servían en los campos de Siberia estaban obligados a compartir las mismas condiciones climáticas extremas de los prisioneros.

Los perros guardianes habían sido entrenados para realizar ese trabajo. Durante varios años se emplearon pastores alemanes cruzados con perros rusos capaces de sobrevivir en Siberia. Más tarde se comprobó que el perro ovejero del Cáucaso era mucho más apropiado, y después de la Segunda Guerra Mundial pasó a ser el más usado. Ruslan pertenece a esa raza. A cada soldado se le asignaba un perro que lo ayudaba a custodiar el campo. Los perros guardianes solo reconocían a un amo, y este tenía que ser un hombre. Su mujer y sus familiares no podían ni acercársele.

Ruslan no solo ha sido abandonado por su amo, sino que este incluso lo traiciona (hay una cruel escena en la que lo obliga a comer mostaza). El perro se siente confundido ante ese mundo en donde no se respetan las normas del régimen que él conocía. Sin embargo, son las que él obedece y se aferra a ellas. Aguarda por eso ser llamado de nuevo al servicio que ha sido su vida; poder volver al mundo penitenciario en donde las reglas eran perfectamente claras, lo mismo que el objetivo de su vida. El campo tiene su propia lógica interna. Se rige por órdenes específicas, y todo lo que está fuera de su perímetro y su dominio escapa a la comprensión de Ruslan.

El perro, pues, observa sin comprender cómo su universo físico y espiritual se ha roto. Los reclusos andan dispersos y él mismo ha sido lanzado a una sociedad que conserva las marcas del campo, pero en la cual se vive de un modo diferente. Ruslan odia ese nuevo mundo en el que la gente puede hacer lo que quiera e ir a donde le plazca. Recuerda con tristeza el tiempo de ciega obediencia, así como el poder que tenía sobre los prisioneros. Acostumbrado a atesorar su escaso tiempo libre, ahora no logra habituarse a tenerlo en abundancia. Finalmente, después de un largo período de hambre y desesperanza y tras darse cuenta de la traición de su amo, establece una alianza con el Hombre Desharrapado, un ex recluso que cree ser su nuevo dueño y haber encontrado un bondadoso guardián de la casa. En realidad, no es así: de acuerdo a su manera de razonar, Ruslan solo lo está custodiando hasta que llegue el momento de que regrese al campo. Él es su escolta canina.

Esa situación trágica conduce inevitablemente a la impresionante escena climática con la cual termina la novela. Un tren cargado de jóvenes y entusiastas komsomoles llega al pueblo. Vienen con el objetivo de construir una fábrica. En numerosas ocasiones, los perros habían ido a la estación a esperar el arribo de los nuevos reclusos, y por eso es lógico que al llegar el tren se dirijan allí. Al ver a los recién llegados, descubren algo con lo que están encantados: ¡los prisioneros habían regresado! Y lo mejor, voluntariamente. Después de todo, se dieron cuenta de que no había vida mejor lejos del campo, algo que amos y perros habían sabido todo el tiempo.

Para los perros también es una sorpresa que aquellas personas formen una columna por su propia iniciativa. Pese a que han roto casi todas las reglas, por lo menos recuerdan la más importante: no moverse como una multitud caótica, sino como una adecuada columna. Ruslan pasa a ocupar su lugar, al frente del grupo. “En ese momento estaba feliz y lleno de amor por las personas que estaba escoltando. Los estaba conduciendo a la brillante morada de paz y virtud, en la que un régimen ordenado había de curarlos de todo mal, lo mismo que un auxiliar de enfermería lleva al hospital a un paciente cuya razón los inoportunos cuidados de su familia han trastornado”. Pero aquella extraña procesión de gentes y perros tiene un desenlace violento. Se produce cuando estos últimos consideran que estas nuevas reglas con que se comportan los reclusos están perturbando la solemnidad del Servicio. Eso da lugar a que ataquen a los jóvenes, quienes a su vez se defienden.

Alegoría del subordinado que no cuestiona

Tras ese incidente, conocemos los últimos pensamientos de Ruslan: quiere regresar a su primera alegría animal, a la libertad que nunca olvidó y a cuya pérdida nunca se acostumbró. Asimismo en su experiencia con los humanos aprendió que ese es un mundo cruel y traicionero. Vladimov concluye su novela con estas palabras: “Es tiempo de que dejemos a Ruslan, y en efecto, ese es ahora su único deseo: que todos nosotros que compartimos la culpa de lo que le han hecho lo dejemos por fin y nunca más volvamos. Cualesquiera otros pensamientos que puedan manifestarse en su cerebro (que empieza a padecer de inflamación) excederá nuestra comprensión, y por ende es inútil que esperemos ninguna suerte de iluminación”.

En el fragmento anterior hay una frase en la cual me quiero detener: “lo que le han hecho”. Remite, a su vez, al epígrafe que aparece en las primeras páginas de la novela: “¿Qué habéis hecho, caballeros?”, perteneciente a la pieza teatral de Máximo Gorki Los bárbaros. Ruslan es un perro noble y fiel, que simplemente trata de hacer su trabajo. Se entrega tanto a él, que incluso llega al punto del fanatismo. Los verdaderos criminales son los seres humanos que han pervertido y corrompido su obediencia, su lealtad y su disciplina, para ponerlas al servicio de fines malvados. Ruslan está condenado por sus propias cualidades, pues de ellas han abusado y han sido explotadas por aquellos que tomaron responsabilidades en su lugar y decidieron el cometido de su vida. La novela deviene así una alegoría del subordinado que no cuestiona y que, sin quererlo, toma parte en las atrocidades del sistema. Esa es, a grandes rasgos, la lectura accesible a quienes no conozcan la historia de la Rusia soviética.

Como ha comentado Robert Porter en su libro Four Contemporary Russian Writers, Vladimov trata cuestiones eternas como sensatez y locura, libertad y esclavitud, racionalismo e instinto, bondad y maldad. Pero como las buenas alegorías y parábolas, El fiel Ruslan funciona en otro nivel. Su fuerza y eficacia se basan precisamente en la validez que poseen esos dos niveles. No es como otras parábolas que pierden su poder cuando se les trata de leer de otro modo, y no como parábolas.

Vladimov escribió esa novela para sus compatriotas, quienes no tuvieron dificultades en establecer un paralelo con la confusión que se produjo en el país tras la muerte de Stalin. La trágica desorientación de Ruslan fue un espejo en el cual los lectores se vieron reflejados. Por haber sido entrenados por humanos y bajo otras normas, los perros no pueden entender cómo funciona este nuevo mundo. Al ver edificios y casas en lugar de alambradas y puestos de vigilancia, piensan que las medidas de seguridad ya no resultan necesarias: “Tal vez ha llegado el tiempo de vivir por completo sin alambradas, y el mundo entero sería así un inmenso, feliz campo de trabajo”. Al igual que ocurrió a los perros guardianes del campo, al fallecer el dictador los soviéticos fueron dejados simplemente a lo mejor que pudieran hacer, sin tomar en cuenta sus experiencias.

La metáfora es obvia: en la etapa postestalinista los ciudadanos seguían estando prisioneros, pues en el sentido más profundo no eran libres. Estar encarcelado puede adoptar muchas formas. Ser liberados de una prisión no garantiza la habilidad de vivir libremente. Vladimov recrea la tragedia del hombre libre que, tras un largo período de encarcelamiento, ha perdido las raíces. Eso resulta meridianamente claro en el caso del Hombre Desharrapado, uno de los personajes de la novela. A él no se le aplica el término rehabilitación, sino el de amnistía. Correspondía a los soldados hechos prisioneros por los alemanes, y que al ser repatriados a la Unión Soviética automáticamente fueron enviados a los campos. A diferencia de los rehabilitados, los amnistiados no tenían ningún derecho de restitución. De modo que el Hombre Desharrapado se hallaba en la peor categoría de los presos liberados. ¿En qué medida puede ser libre una persona que ha perdido todo? ¿Acaso ser libre significa no tener nada que perder? Reflexiones como esas hacen de El fiel Ruslan una cínica parábola sobre las falsas esperanzas de la era postestalinista.

Acierta también Vladimov al haber asignado el protagonismo de su novela a un personaje moralmente neutral. A través de Ruslan, muestra que en el caso de aquellos que se entregaron de manera honesta a aquel régimen, es imposible culparlos por haberlo apoyado. Irónicamente, Ruslan cree que al morder a los prisioneros políticos está actuando correctamente, pues eso es lo que le han enseñado. En ese aspecto, la novela es una estremecedora alegoría de la obediencia ciega a la autoridad. Asimismo aunque Vladimov sigue un orden cronológico, ocasionalmente incorpora algunos flashbacks. Uno de ellos describe el entrenamiento que recibían los perros guardianes. Visto desde una perspectiva humana, corresponde a un lavado de cerebro. Con ello, Vladimov reflexiona sobre las consecuencias de la demagogia de aquel sistema, que “entrena” a los ciudadanos a pensar de acuerdo a lo establecido por lo que Evgueni Zamiatin, en su novela Nosotros, llama el Estado Único.

Otro aspecto que distingue El fiel Ruslan de muchas obras de la literatura concentracionaria reside en su tratamiento de ese tema. Como ya apunté, Vladimov no conocía de primera mano la experiencia del gulag. Por eso, a diferencia de autores como Varlam Shalamov, Evguenia Ginzburg, Yuri Dombrovski y Solzhenitsin, no trata directamente la vida en los campos, sino las dificultades de los ex reclusos para adaptarse sicológicamente a la nueva vida. (Vasili Grossman también se ocupó de ello en su novela Todo fluye.) Además, como se dirigía a los lectores de su país asumió que estos poseían un conocimiento previo sobre los gulags. Prescindió por ello de su historia, sus hechos, sus personajes, sus estadísticas.

Un día en la vida de Iván Denísovich —cito una vez más a Robert Porter— hablaba de ciertos excesos que, por suerte, pertenecían al pasado. En cambio, lo que se cuenta en El fiel Ruslan implica una generalización en lugar de una aberración. Vladimov hace una crítica sutil y penetrante de la moral inherente al comunismo soviético, similar, por sus implicaciones, a otros regímenes totalitarios. A través del análisis de la naturaleza destructora del gulag, cuestiona un sistema basado en una ideología. Por más inhumanos e infames que fueran los crímenes, se cometían en nombre de una ideología y estaban regidos por una lógica interna.

Mucho menos conocida que Un día en la vida de Iván Denísovich y Archipiélago Gulag, las obras más famosas de Solzhenitsin, El fiel Ruslan posee sólidos y sobrados valores para figurar entre las mejores obras de la literatura rusa contemporánea. Novela alegórica, sombría, permeada por un humor irónico, aporta una original perspectiva sobre el permanente impacto que la pesadilla estalinista tuvo en los sobrevivientes.