Actualizado: 08/08/2022 15:58
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

La poesía es un tanque de guerra

Moisés Mayán Fernández ha sumado a su caudalosa producción un libro que aborda temáticas conceptualmente audaces. Tiene, sin embargo, el tacto de hacerlo sin estridencias ni virulencia expresiva

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“En el año del bicentenario salimos Marx y yo a buscar a su lector. Es mucho más fácil encontrar un lector de Marx que un lector de poesía. (Por lo menos eso pensaba.) Fuimos con los marxistas, pero los marxistas leían a los herederos de Marx (Antonio Gramsci, José Carlos Mariátegui, Ernesto Che Guevara) pero no a Marx. Lo que ignoran es que yo no soy marxista, afirmó Karl visiblemente contrariado. Preferí no hacer ninguna acotación. Fuimos a la biblioteca y localizamos varios de sus textos. El Capital, Crítica del programa de Gotha, La ideología alemana, El manifiesto comunista. A Marx le fastidiaron dos cosas. Primero, que la bibliotecaria no lo conociera. Aunque portaba su clásica levita. Segundo, que las tarjetas de préstamos de los libros estuvieran en blanco. Antes de despedirnos me dejó un volumen entre las manos. Por las dimensiones supe que no se trataba de El Capital. Un volumen de la Editorial Progreso. De mil novecientos setenta y nueve. Cubierta color arena con banda gris en la parte superior donde podía leerse Marx. Debajo estaba el título, Miseria de la filosofía”.

El texto que he reproducido abre El último lector de Marx (Editorial Capiro, Santa Clara, 2020, 84 páginas), con el cual el holguinero Moisés Mayán Fernández (1983) obtuvo un año antes el Premio Literario Fundación de la Ciudad de Santa Clara. Vino a sumarse a la bibliografía de su autor, que ya supera la decena de libros, además de un número similar de galardones. Sus publicaciones incluyen, entre otros, títulos como Fábula del cazador tardío (2007), El monte de los transfigurados (2009), Cuando septiembre acabe (2010), El cielo intemporal (2013), Raíz de yerba mate (2015), Estética de la derrota (2017) y El factor discriminante (2019).

Aunque todos los libros citados son de poesía, Mayán Fernández se inició en la narrativa. De hecho, es egresado del Centro Onelio Jorge Cardoso, que se dedica a proporcionar a los autores jóvenes los conocimientos teórico-técnicos para escribir prosa de ficción. Pero como él ha comentado, nunca desdeñó la poesía. La considerable cifra de libros que ha publicado se debe, agrega, a que adoptó “una disciplina de creación en la que yo dejé de esperar por una musa, dejé al lado de la página mis sentimientos y emociones, y comencé a escribir con disciplina y trazándome metas (…) Para el romanticismo en el que se ha visto envuelta la poesía esto es un anatema. Me he convertido en una especie de ‘ejemplar único’ o ‘rara avis’ dentro de este mundo, porque el hecho de que yo diga que planifico un año de trabajo con la poesía, es algo que no le cabe en la cabeza a ningún poeta, es algo muy difícil de asimilar”. Algo que le ha ganado la admiración de unos, pero también las sospechas de otros, que ponen en duda que esa disciplina autoimpuesta se materialice siempre en textos literariamente significativos.

Es este un debate en el cual quien firma estas líneas se ve imposibilitado de tomar partido. Eso exigiría conocer toda la obra de Mayán Fernández, un conocimiento que no tengo. Pero por lo menos sí puedo afirmar que, tras la lectura de El último lector de Marx, se advierte la presencia de un poeta con talento, con entidad propia. Unos valores que constituyen sólidos estímulos para seguir con atención su itinerario como creador.

El mismo año en que Mayán Fernández obtuvo el premio antes mencionado, otro cuaderno suyo, titulado Cura de caballos, recibió el Premio de Poesía auspiciado por La Gaceta de Cuba. Al fundamentar su decisión, el jurado expresó que lo seleccionó “por lograr cohesión imaginativa en un discurso intrépido conceptualmente, pero sin agresividad expresiva; defender diversas variaciones sobre un tema bajo las sutilezas polisémicas del buen arte poético, sin acudir a retóricas manidas ni rebajar el lenguaje; argumentar y sostener el lugar de la palabra, y apelar a la ironía, sin abusar de ella, para proponer redefiniciones de la poesía y el poeta”. He reproducido esas líneas porque perfectamente se pudieran haber redactado para presentar El último lector de Marx.

Marx como pretexto para el texto

El libro está compuesto por sesenta y tres textos, que su autor ha distribuido en tres secciones: el último lector de Marx, las urnas de la crítica y manifiesto poético. Todos siguen la estructura del poema en prosa o, si se prefiere, de la prosa poemática. No obstante, están cargados de narratividad, como se ilustra el texto antes reproducido. En ellos, Mayán Fernández emplea como hilo conductor al famoso economista, filósofo y político alemán, a quien se considera padre del socialismo científico. Pero como apunta Sergio García Zamora en la contraportada, “la obra y la vida del pensador solo pareciera pretexto para el texto; los movimientos líricos del alma del sujeto (lírico) en su devenir son la verdadera conciencia del poema”.

Mayán Fernández da a la figura de Marx un tratamiento libre y desenfadado, pero que nunca es sarcástico ni irreverente. El autor de El Capital invita al sujeto poético a tomar un café. Allí le revela que escribe poesía y que también tiene una novela satírica que aspira a ver editada. Y cuando su interlocutor se pone de pie para marcharse, lo “sujeta con ímpetu de bracero” y le dice: “No olvides pagar la cuenta”.

A su vez, Marx y su esposa Jenny son invitados a cenar en la casa del yo poético. La mujer de este se pregunta qué comida preparar para la ocasión: ¿pavo con salsa de arándanos, costillas de cordero, filet mignon con champiñones? Su esposo, por el contrario, es de otra opinión: “Le digo que no se devane los sesos, que al gran Marx haríamos bien en servirle arroz y frijoles. Nada más. Una comida proletaria para el padre del proletariado mundial. Muy a tono. Sin embargo mi mujer pone cara de disgusto. No hay razones para escatimar. Recuerda, esta cena también fue pagada por Engels”.

Marx también le sirve al poeta para propiciar una mirada sobre la realidad cubana de hoy. Su comentario de que no le gusta el dinero, da lugar a que Mayán Fernández escriba: “Ya me gustaría decir lo mismo. Frente a la carretilla de viandas, vegetales y especias. Abofeteado por el aliento de la nevera de cárnicos. A mí no me gusta el dinero. Solamente las manos de mis hijas que crecen como crecen sus niveles de exigencia. Ante la impasible mirada del cobrador de la electricidad. Del agua. del teléfono. A mí no me gusta el dinero (…) Hay frases que son inadmisibles”.

En otros textos, hallamos referencias a “la terca costumbre de ordenarnos” a través de las colas, así como a los revendedores, que estudian las carencias del pueblo y detentan un poder infalible, “que desafía groseramente al poder político”. Esos y otros aspectos controvertidos el escritor los incorpora inteligentemente a su discurso, valiéndose de la capacidad de lectura polisémica que permite el lenguaje poético. Lo hace además con un humor malicioso y distanciado, que busca la sonrisa cómplice de los lectores.

Pero como hizo notar García Zamora, la reflexión metapoética tiene en el libro un espacio privilegiado. Mayán Fernández propone redefiniciones de la poesía y de sus creadores. Lo hace desde diversos ángulos y a través de aspectos sugerentes que van desde la importancia de los lectores y de los críticos, hasta el papel de constructores de público que hoy tienen las redes sociales. Y a propósito de esto último, llama la atención sobre el hecho de que “frente a esta verdad abrumadora el poeta tiene que poco que hacer. La dictadura de los likes posee el control. Todo el control”.

Ese discurso lúcido, angustioso y nítido está construido con una gran cohesión imaginativa. Eso permite al autor vincular sus reflexiones acerca del hecho poético a asuntos que parecían incompatibles con ellas: “Como los tanques soviéticos en Praga entra mi poesía en el lector. El poeta debe ser totalitario. Plantarle cara al lector. Imponer respeto. Aplastar sus consignas (…) La poesía no es un caracol nocturno en un rectángulo de agua. La poesía es un tanque de guerra. Un tanque soviético. Y su función es incomodar al lector. Presionarlo. Hacer que el lector se prenda fuego. A lo bonzo. En la plaza de Wenceslao. Pero jamás renunciar al imperio de la palabra. Entrar a los cotos que se resisten al poder (absoluto) del lenguaje. Entrar a la fuerza. Entrar a por todas. Como los tanques soviéticos en Praga”.

Con El último lector de Marx, Mayán Fernández ha sumado a su caudalosa producción un libro que aborda temáticas conceptualmente audaces. Tiene, sin embargo, el tacto de hacerlo sin estridencias ni virulencia expresiva. Está escrito además con sensibilidad y lucidez, y con un justo equilibrio entre los humorístico y lo serio, entre la cualidad comunicativa y las exigencias propias de la buena poesía. Se trata, en suma, de un libro que han de disfrutar y apreciar los lectores exigentes y desafectos a la literatura baja en calorías.