Actualizado: 23/07/2018 12:41
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Chistes, Humor, Críticas

La subversión humorística

Un libro examina el humor en los países socialistas, para demostrar que los chistes eran vitales para expresar críticas y quejas y para desmentir las falsedades vacías divulgadas por el poder

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Entre los títulos de mi biblioteca, tengo uno que compré en una librería de segunda mano y por lo cual pagué unas pocas pesetas (el euro aún no había nacido). Se titula Risa rusa (Editorial Planeta, Barcelona, 1972) y lleva como subtítulo Antología del humor soviético actual. Reúne textos aparecidos en la revista Krokodil y en Pravda, Izveztia y otros diarios de gran difusión. En efecto, durante la etapa soviética esos órganos de prensa acogían dibujos y cuentos que buscaban provocar la risa de los lectores. Pero existía además un humorismo popular y anónimo, que circulaba secretamente, a modo de samizdat oral, y que ninguna de esas publicaciones oficiales habría osado incluir en sus páginas. En ruso se le conoce como anekdot, término que designa a los chistes políticos clandestinos como este que a continuación reproduzco:

Con motivo del aniversario de la Revolución de Octubre, en un pueblo se hace un acto y un funcionario del Partido pronuncia un discurso.

Queridos camaradas, vean los gigantescos logros alcanzados después de la gloriosa Revolución Socialista. Por ejemplo, aquí está Tatiana. ¿Quién era antes? Una analfabeta que solo tenía un vestido y un par de zapatos. ¿Y hoy quién es? Ahora es una trabajadora ejemplar, una ordeñadora conocida en toda la región.

O vean al camarada Iván. Era el hombre más pobre del pueblo. No tenía ni un caballo, ni una vaca, ni un hacha siquiera. ¿Y hoy? Hoy maneja un tractor y tiene dos pares de zapatos.

O miren al camarada Oleg Kuznetsov. Antes era un desagradable gamberro, un borracho perdido, un sucio azotacalles. Nadie confiaba en él, pues se robaba todo lo que estaba a su alcance. ¡Y mírenlo hoy! Hoy es el secretario general del Partido.

El anterior es uno de los chistes recopilados por el húngaro-argentino Tomás Várnagy en su libro Proletarios de todos los países… ¡Perdonadnos! O sobre el humor político clandestino en los regímenes de tipo soviético y el papel deslegitimador del chiste en Europa central y oriental (1917-1991) (Editorial Universitaria de Buenos Aires, 372 páginas). En el prólogo, su autor adelanta que el mismo “es una mordaz y corrosiva crítica a los ‘socialismos realmente existentes’ en Europa central y oriental a través del humor político clandestino y prohibido, lo cual no implica una defensa de posturas de derecha, neoliberales o capitalistas”. Declara estar convencido de que “el pensamiento y la actualidad de Marx siguen vigentes en su profunda crítica del capitalismo”; según él, “lo que fracasó en la Unión Soviética (y satélites) no fue el socialismo sino un esfuerzo por construir un sistema social sin ninguna de las precondiciones que Marx consideraba como absolutamente imprescindibles para alcanzar el socialismo”. Por eso sostiene que “el socialismo y el marxismo —en todas sus vertientes— deberían deslindarse del malogro soviético si quieren tener alguna perspectiva futura. La izquierda, como idea y como proyecto, ha sufrido un daño gigantesco debido al monstruoso experimento estalinista. La utopía y el sueño de una sociedad más justa se convirtieron en una agria y ridícula pesadilla, en un período que el ex estalinista Jean-Paul Sartre caracterizó como de «la imbecilidad y el terror»”.

En los países donde faltan otras libertades, el humor político ha sido y es una de las contadas formas de resistencia que los ciudadanos usan para expresar y contagiar su enojo por el mal compartido. En el caso de los que integraban el extinto bloque socialista, ese espejo cóncavo y convexo constituía además el modo de retratar fielmente la realidad deformada por la propaganda oficial. Es decir, los chistes eran vitales, por un lado, para expresar críticas y quejas y, por otro, para desmentir las falsedades vacías divulgadas por el poder.

Várnagy distingue esos chistes de los de las democracias capitalistas, que resultan ser anécdotas personalizadas. En cambio, en los regímenes socialistas su función social y política “trasluce desde la clandestinidad las falencias de todo un régimen político, y no solamente las de algunas personalidades particulares. Hay un sentido transformador y subversivo porque se reinventa la realidad social, económica y política desde una perspectiva subjetiva que busca un cambio radical, mostrando el poder deslegitimador del chiste que interpela las imágenes y los cambios del poder, cuestionando su hegemonía”.

El libro está estructurado en seis capítulos. En los tres primeros, Várnagy se dedica a hacer un estudio minucioso y bien documentado del tema que aborda. En el primero, “Teorías del humor”, estudia la temática de esta expresión y el concepto que ha tenido, desde la antigüedad, en la historia del pensamiento occidental. El segundo lo dedica al “Humor político”, para él “una clásica forma de comentario social y popular que molesta y divierte al mismo tiempo”. En “Humor político «comunista»” entra propiamente en materia y se ocupa de varios aspectos (la persecución por contar chistes en la Unión Soviética, el humor oficial, la afición de Ronald Reagan a coleccionar chistes soviéticos, el fin del humor comunista con la caída del Muro de Berlín). Los siguientes capítulos recogen una amplia y variada muestra de chistes de la Unión Soviética (IV) y de Europa oriental y central (V), que van acompañados de atinados comentarios. Muchos de ellos, por cierto, ya habían sido recogidos por Ben Lewis en su libro Hammer & Tickle. A History of Communism Told Through Communist Jokes (2008).

El libro se cierra con “Humor Deslegitimador”, en el cual Várnagy concluye, “exagerando y a la manera de un chiste”, que “lo que provocó la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética no fueron ni el Papa Wojtyla, ni los muyahidines de Afganistán, ni Ronald Reagan con su Guerra de las Galaxias, tampoco Gorbachov o la ineficiencia del sistema soviético, sino que fueron los chistes y el humor clandestino”.

Los siete años del plomero

Pero se impone que ilustre con algunas muestras de esa subversión humorística, con la cual la población de esos países aplicaba el consejo de Brecht: “No se debe combatir a los dictadores, hay que ridiculizarlos”. La represión fue uno de los rasgos distintivos de esos regímenes totalitarios, en los que supuestamente se construía el paraíso soñado por Carlos Marx. Se seguía la norma impuesta en la Unión Soviética, donde alcanzó su etapa más violenta durante el estalinismo. Este chiste húngaro sintetiza aquella ola de terror a la cual no escapaba ningún sector de la población:

En Hungría había tres categorías de personas: las que ya habían estado presas, las que estaban encarceladas y las que irán a prisión.

Las penas de muerte y las condenas a varios años de trabajo forzado se basaban exclusivamente en las absurdas confesiones de los acusados. Estas eran obtenidas muchas veces mediante la tortura, un método que en la Unión Soviética fue oficialmente legalizado en 1937. Véase estos tres chistes que circulaban entre los rusos:

Durante un examen de literatura, un profesor le pregunta a un alumno quién escribió Eugenio Oneguin (novela en verso de Alexander Pushkin). “Yo no fui”, respondió el estudiante.

El profesor se encuentra con el director de la escuela y le cuenta lo sucedido. “¿Piensas que él lo hizo?, le pregunta el director.

Luego que el profesor se retira, el director llama a un amigo de la policía y le relata lo sucedido. Algunos días después, recibe una llamada telefónica. “No se preocupe, todo está en orden”, le dice el policía. “Hablamos con el estudiante y confesó haber escrito Eugenio Oneguin.

***

Dos presos intercambian experiencias en una cárcel. Uno le pregunta al otro:

—¿Por qué te arrestaron, delito común o delito político?

—Delito político, por supuesto. Soy plomero. Me llamaron del Comité del Partido local para que arreglara la tubería del desagüe. La revisé y les dije: “Lo que hay no sirve, hay que cambiar todo el sistema”. Y me dieron siete años.

***

Se anuncia el primer premio para el mejor chiste político: quince años.

La obediencia de los gobiernos satélites a Moscú era absoluta, pues la más mínima desviación podía dar lugar a una intervención militar (si no, que se le pregunten a los húngaros y los checos). Este chiste ilustra jocosamente aquel servilismo:

Gustav Husak llama por teléfono al Kremlin y Leonid Brezhnev atiende la llamada. Alexei Kosiguin está presente y escucha la conversación.

—No… No… No… No… No… No… Sí.

—Leonid, ¿por qué le dijiste sí a Husak?

—Porque me preguntó si podía colgar.

Otro mal endémico en aquellos regímenes era la prensa oficial, que daba una visión falsa y edulcorada de la realidad y resultaba muy aburrida. Algo que los lectores cubanos captarán perfectamente es la referencia que se hace a ello en este par de chistes, el primero de Rumanía y el segundo de la Unión Soviética:

—¿Qué piensa de Scienteia?

—Un excelente diario.

—Y de Romania Libera?

—Muy bueno también.

—¿Y qué te parece Lumea?

—Oh, este periódico no es muy bueno. El papel es demasiado grueso y a veces se tupen las cañerías de los inodoros.

***

Un dirigente del Partido habla ante los obreros, en la reunión de una fábrica:

—Estamos construyendo una central hidroeléctrica en la ciudad.

—Pasé por ahí la semana pasada y no vi nada, dice una voz desde atrás.

—En el barrio X construimos un edificio para viviendas.

—Pasé por ahí hace dos semanas y no vi nada.

—Terminamos el estadio de deportes en el barrio Y.

—Pasé por ahí hace dos días y no vi nada.

—Camarada, responde enojado el dirigente, me parece que tendría que pasear menos y leer más el diario.

Aunque en Cuba no se llegaron a conocer, el Trabant era, junto con el Lada ruso, el auto más famoso producido en el bloque comunista. Se fabricaba en la República Democrática Alemana (“el país cuyo nombre es una mentira”), era de muy bajo costo, pero también ruidoso, humeante y contaminaba mucho. Constituía un símbolo del atraso tecnológico de una economía centralizada y planificada. Eso explica que sobre el Trabant circularan numerosos chistes:

Un burro está parado al lado de un Trabant. Lo mira y le pregunta:

—¿Y tú qué eres?

—Un auto. ¿Y tú?

El burro se ríe y le dice:

—¡Ah! Yo soy un caballo de carrera.

Sobre Leonid Brezhnev circulaban muchos anekdoty. Era un hombre ordinario y rústico, a lo cual se sumaba su creciente senilidad y decrepitud. La escéptica población hacía bromas a costa de la estupidez de su máximo dirigente:

Brezhnev reúne a todos los cosmonautas soviéticos y les anuncia:

Camaradas, tengo un plan para superar a EEUU en la exploración espacial. ¡Aterrizaréis en el sol!

Pero, Camarada Brezhnev, protestan los cosmonautas, ¡nos quemaríamos!

—¿Me tomáis por un tonto?, replica Brezhnev. ¡Aterrizaréis por la noche!

***

Alguien golpea la puerta de la oficina de Brezhnev. Este va hasta la puerta, se pone los espejuelos, toma un papel de su bolsillo y lo lee: ¿Quién es?

Los chistes cubanos no son políticos

En su libro, Várnagy, como adelanta en su largo subtítulo, se centra en los regímenes de Europa central y oriental. No incluye a los chinos, argumenta, “porque ni ellos ni los vietnamitas o camboyanos expresaron su experiencia comunista a través de los chistes como sí lo hicieron los soviéticos; por alguna razón, este fenómeno no se dio en China o el sureste asiático”. La situación de Cuba era y es, de acuerdo a él, diferente: “Los cubanos contaban muchos chistes acerca de Fidel Castro, pero estos no eran chistes inventados por la propia gente que vivía dentro del sistema”. La mayor parte de ese humor anticastrista es producto del trabajo de los emigrados cubanos en los Estados Unidos, que utilizan material soviético, o bien de norteamericanos “a la derecha del espectro político”.

Várnagy prosigue su docta y sesuda explicación y apunta que “los chistes gusanos son respuestas individuales, propias del pícaro, incapaz de un pensamiento político organizado; en tal sentido, la mayoría de los chistes propiamente cubanos no son políticos, mientras que el humor de los socialistas realmente existentes sí lo era”. Para avalar su tesis, recurre a una fuente para él, barrunto, muy autorizada: la de Abel Prieto (sí, ese mismo que hoy está al frente del Ministerio de Cultura de la Isla) y su libro El humor de Misha. La crisis del “socialismo real” en el chiste político (1997), que solo se ha editado en Argentina. Y cito textualmente a Várnagy: “No hay chistes cubanos que hablen de delación ni de presos de conciencia, y hasta el personaje escindido (las dos esferas que analizaremos más adelante) es muy raro, y si aparece, está desprovisto de esa oscura batalla interior. El cubano irritado, descreído, o incluso contrarrevolucionario, «no ataca las bases conceptuales del socialismo en Cuba, ni discute su legitimidad, ni las fisuras entre la teoría y la práctica» (Prieto, 1997: 59)”.

Tras leer las palabras de Várnagy y Prieto, este cronista confiesa sentir un tremendo alivio. Puesto que los chistes que circulan entre los cubanos no son de carácter políticos, ni cuestionan las bases del socialismo, se pueden decir y divulgar sin riesgo de ser detenido. Aquellos que quieran enviarlos por correo electrónico a un amigo que sea médico, desde ahora pueden hacerlo sin temor de que el destinatario vaya a exponerse a que lo despojen del email. Por mi parte, no voy a desaprovechar la oportunidad y a continuación reproduzco una breve antología de chascarrillos creados por el ingenio de nuestros compatriotas. Pero que nadie se llame a engaño ni los confunda con chistes políticos. En Cuba, los chistes políticos no existen.

***

Un cubano quería escaparse de la isla y se le ocurrió irse con el circo de Moscú, que visitaba el país. Para realizar su plan, se disfrazó de mono y se metió en la jaula de los animales. Estaba ya por salir de la isla con el circo, cuando llega el domador y mete a los leones en la misma jaula del mono. El tipo, desesperado, comenzó a gritar ¡AUXILIO, AUXILIO! y a tratar de quitarse el traje de mono, cuando uno de los leones le dice: ¡¡¡Imbécil, quédate callado o nos jodes la salida de la isla a todos!!!

***

Martí resucita y sale a pasear por las calles de La Habana. Ve una valla anunciadora y tras leerla, comenta:

—Ahí hay una errata. Yo no escribí Viví en el monstruo y conozco las entrañas, sino Viví en el monstruo, ¡y cómo se extraña!

***

En la despedida del duelo de Fidel, Raúl dice:

—Porque lo que enterramos hoy es una semilla.

Y entre la multitud se escucha una voz alarmada que dice:

—¡La madre del que la riegue!

***

Un sordomudo llega a un bar. Se pasa la mano por la supuesta barba y después hace resbalar su índice alrededor del cuello. El cantinero comprendió lo que le ha pedido y le prepara un Cuba Libre.

***

Un italiano conversa con un cubano y le pregunta:

—Y, ¿cómo andan por Cuba?

—Mira... no nos podemos quejar.

—¡Ah! Ni bien ni mal, ¿no?

—No, no! ¡QUE NO NOS PODEMOS QUEJAR!

***

—Mami, ¿las prostitutas tienen hijos?

—Claro. ¿De dónde crees que salen los dirigentes del Partido?

***

Un periodista extranjero entrevista a un cubano en la calle:

—Dígame, ¿cómo vivían ustedes antes del triunfo de la revolución?

—Al borde del abismo, contestó el ciudadano.

—¿Y qué pasó después del triunfo?

—Dimos un paso al frente.

***

Un loco llega a la entrada del Comité Central y les dice a los guardias:

—Déjenme entrar. Quiero ser ministro del gobierno revolucionario.

—Pero ven acá. ¿Tú eres loco? ¿Eres retrasado mental? ¿O eres comemierda?

—Ah, perdonen. Soy loco, pero no sabía los otros requisitos.

***

Una enorme ballena entra en la bahía de La Habana y las fuerzas del orden público toman la decisión de matarla.

—No, no —se adelanta Eusebio Leal. Esa ballena es histórica, pertenece al patrimonio nacional. Fue la que se tragó un barco británico cuando la toma de La Habana por los ingleses.

Un borracho que estaba oyendo preguntó:

—¿Y dónde coño estaba cuando el Granma?