Actualizado: 18/10/2018 9:35
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Bayamo, Radio, Cuba, Jazz

La utilidad de la virtud

Especialista en jazz, pionero del comentario deportivo en la radio, excelente profesor, charlista inagotable, divulgador de la obra y el pensamiento de Martí, Víctor Montero fue uno de los más activos animadores de la cultura en Bayamo

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Quienes como este cronista peinan canas, han de recordar Selecciones del Reader’s Digest, una revista mensual de temas variados que se publicaba en Estados Unidos. Empezó a circular en 1922 y a partir de 1940 contó con una edición en castellano que se editaba en La Habana y se distribuía en Latinoamérica y España. Después surgió el problema de cómo redactar los textos en un español comprensible para todos los lectores, lo cual dio lugar a que se creara una edición para Argentina (1950) y otra para España (1952). La cubana, no hace falta decirlo, dejó de salir después de 1959. El nombre provenía de que la mayor parte de su contenido era una selección de artículos resumidos o reimpresos de la revista Reader’s Digest. Contaba con algunas secciones fijas, de las cuales recuerdo Citas citables, Enriquezca su vocabulario, La risa, remedio infalible y Mi personaje inolvidable.

Esta última podría servir para escribir una serie de artículos dedicados a personas que dejaron en nosotros una profunda impresión o que recordamos de modo entrañable. La idea es atractiva, lo admito, pero no me animo a emprender tal proyecto. El título, sin embargo, me ha sugerido la redacción de un trabajo sobre un personaje que me tocó en suerte conocer y tratar. Y me apresuro a aclarar que empleo el término personaje con el mayor respeto y ateniéndome a dos de las acepciones que del mismo da el diccionario de la Real Academia: persona de distinción, calidad o representación en la vida pública y persona singular que destaca por su forma de ser o de actuar. El nombre de esa persona no ha de sonar familiar para muchos lectores, pero sí para quienes viven o han vivido en Bayamo. Estoy seguro de que estos lo recordarán con admiración y cariño. Hablo de Víctor Montero, un hombre que dejó su singular impronta en el aula, la emisora de radio y las calles de esa ciudad oriental.

En mi último viaje a esta fui a visitar a su viuda y a su hija Lucy. Ambas fueron sumamente amables y me permitieron consultar algunos documentos y recortes de prensa en los que pude acopiar muchos datos e informaciones que yo, por razones obvias, desconocía. Me enteré así que Víctor en realidad se llamaba Evo Eón, nombres de origen griego. Acerca de por qué pasó a ser conocido con el otro, él comentó: “Mi nombre es Evo Eón Montero Mendoza, pero después la gente empezó a llamarme Evito; luego Vito; más tarde Víctor y así me quedé”. A lo cual agrega que su padre era un hombre “especial. Quedó viudo cuando yo tenía cuatro años y nos crio él solo. Tan especial fue que a todos los hijos les puso nombres griegos: Eleazar (la hembra mayor), Emma, Eulises, Elesván, Eros Ego, Eudesvel, Evio Eneldo y a mí Evo Eón”. La segunda sorpresa fue para mí leer que había nacido en Guisa, el pueblo cercano a Bayamo donde también este humilde prosador vino al mundo. Supe también que era nieto, por vía paterna, de Amelia Montero, una de las doce muchachas que el 8 de noviembre de 1868 cantaron el Himno Nacional en la Iglesia Mayor de Bayamo.

Víctor Montero nació el 2 de junio de 1920 y era el penúltimo de ocho hermanos. A dos de ellos tuve ocasión de conocerlos, pues eran profesores. Y con uno incluso tomé clases de inglés cuando yo estudiaba la secundaria. Todos se dedicaban a la enseñanza, algo que les inculcó su padre, Daniel Montero, maestro y procurador público. Fue él quien se encargó de enseñarles las primeras letras y les inculcó el amor por el estudio (a los cuatro años, Víctor ya sabía leer). Decidió además que aprendieran inglés, para lo cual contrató a un profesor jamaicano. Con el fin de que adelantasen con rapidez, implantó una norma: quien no pidiese la comida en inglés, no comería. En una entrevista que le hizo el periodista Osviel Castro Medel, quien la publicó en el diario La Demajagua y en su blog, Víctor contó que posteriormente su padre aplicó una norma aún más severa: “No se hablará español entre estas paredes, salvo cuando haya visita”.

Tras la muerte de la madre en 1924, la familia se trasladó a Río Cauto, debido a problemas económicos. En 1929, los Montero volvieron a Bayamo, donde ya habían vivido antes. Allí Daniel abrió la Academia Luz, una escuela privada en la cual se impartían, aparte de las asignaturas correspondientes a la primaria, telegrafía, mecanografía, taquigrafía e inglés. Al él morir, en 1936, los miembros de la familia redoblaron su trabajo como maestros. Gracias a su encomiable labor, la Academia Luz se mantuvo como una de las instituciones educativas de más prestigio entre los bayameses. Debido a su edad, Víctor no pudo sumarse a sus hermanos. En la década de los 30 se fue además a estudiar en la Universidad de Scranton, Pensilvania, donde tomó un curso de Educación Superior para Profesores de Inglés.

En los años 40 se inició en la docencia, una profesión a la cual se dedicó durante varias décadas. Paralelamente a ese quehacer, empezó a laborar en la emisora radial CMKX, de Bayamo. Era una actividad, como él mismo comentó, que disfrutaba mucho: “Es lo que más me gusta hacer. Por eso en un estudio de radio me siento como en mi casa, me siento en mi medio”. El primer programa que animó fue Sesenta minutos con los Ases del Swing, al que siguieron Ritmos de Yanquilandia y Jazz Caravan (este último se lo llevó a La Habana, cuando en 1957 fue contratado por Radio Aeropuerto Internacional; allí se transmitía los domingos, de 7 a 7:30 de la noche). Era un apasionado del jazz, para él “la música más avanzada del siglo XX”. Lo descubrió cuando era niño, algo sobre lo cual recordó: “Yo vivía en el Central Río Cauto, propiedad de una compañía norteamericana, y al dueño se le ocurrió traer un quinteto cultivador de esa música, que ensayaba frente a mi casa. Y como otros muchachos, no perdía la oportunidad para asomarme a la puerta cuando ellos realizaban sus ensayos.

“Más adelante, mi padre, amante de la buena música, compró un aparato tocadiscos, de los que había que darles cuerda y eran llamados ortofónica. Y como de los hermanos era yo el más aficionado a la lectura, me encomendó la misión de poner siempre los discos de 78 revoluciones, que eran los que usaba, y darle cuerda, cada vez que él se sentaba en la sala a leer. Esto estaba acompañado de una especie de rito, en el cual yo debía, antes de echar a andar el aparato, decirle todos los detalles de lo que iba a escuchar: título de la obra, autor, intérprete, casa disquera, etcétera. Así se fueron perfilando mi oído musical, mis conocimientos y mi afición por la locución”.

Pasión por el jazz y los deportes

Hay un par de anécdotas que me parece interesante contar, pues dan una idea de la fama que Víctor alcanzó como comentarista musical. En los años 30, Ernesto Carriburo tenía un programa sobre jazz en la conocida emisora habanera COCO. Víctor lo escuchaba y en cierto modo reconocía a su animador como uno de sus maestros. En una ocasión decidió rendirle homenaje y grabó un programa al estilo de Carriburo, algo que le hizo saber a los radioyentes. A los pocos días, recibió una carta de este, en la cual le decía que era un oyente fiel de Jazz Caravan. Entonces era mayor y estaba enfermo y solo. Víctor comentó en su espacio la triste situación en que Carriburo vivía y logró que varias personas enviasen dinero para ayudarlo.

La otra anécdota tiene que ver con Peter Schwab, un músico norteamericano que fue a dar a Cuba. Era drogadicto y terminó cumpliendo condena en el Castillo del Príncipe. Desde allí escribió una carta a Víctor, en la cual, además de describirle su vida en prisión, elogiaba Jazz Caravan. Asimismo, le recomendó que consiguiera discos de algunos colegas suyos: Miles Davis, Shorty Rogers, Charlie Parker, Stan Getz, quienes después se convirtieron en grandes estrellas del jazz. Como dato curioso, conviene apuntar que la figura de Peter Schwab sirvió de inspiración para la novela de Nelson Algren en que se basa el filme El hombre del brazo de oro, dirigido por Otto Preminger y protagonizado por Frank Sinatra.

La otra gran pasión de Víctor fue el deporte, del cual fue un estupendo comentarista. El primer programa que tuvo fue Esquina Deportiva, en el cual se ocupaba fundamentalmente de boxeo y de béisbol. En el año 57 fue contratado, ya lo mencioné antes, por Radio Aeropuerto Internacional. Su labor allí consistía en escuchar los juegos de las Grandes Ligas de Estados Unidos y las peleas que tenían lugar en el Madison Square Garden y traducirlos simultáneamente al español. También se desempeñaba como comentarista deportivo en el noticiero que se transmitía a las 11 de la noche. En la capital conoció, entre otros, a Kid Chocolate, Al Brown, Kid Gavilán, Martín Dihigo, Adolfo Luque, Conrado Marrero, y tuvo por compañeros a destacados profesionales del micrófono como Bobby Salamanca, Felo Ramírez, Eladio Secades y Juan Ealo. Al igual que con el jazz, en los temas deportivos era un verdadero erudito, algo que se encargó de demostrar en emisoras como Radio Deporte, COCO y Unión Radio, y también en publicaciones como Alerta, Prensa Libre, Cuba Deportiva, Diario Nacional y Carteles. Eso sin olvidar su actividad durante varias décadas en Radio Bayamo y Radio Ciudad Monumento.

Acerca de la experiencia de transmitir en vivo las peleas y juegos que se realizaban en Estados Unidos, le contó a Osviel Castro Medel: “En 1957 Felo Ramírez me propuso, después de que yo comprobara que un intérprete de la emisora no era tan eficiente como decía, que le tradujera al instante del inglés al español lo que estaba narrando la estación americana. Yo me ponía los audífonos, soltaba y él se encargaba del resto. Ese mismo método lo empleé con Bobby Salamanca. Todos los viernes narrábamos por la COCO una pelea de las que se celebraban en el Madison Square Garden”.

Y pasó luego a relatar la siguiente anécdota: “Una vez, a las 9 de la noche, hora del combate entre Kid Gavilán y el mexicano Jaibo Ortega, no teníamos la señal de la emisora estadounidense a causa de una tormenta que se había producido momentos antes en La Habana. Se habían vendido unos cuantos anuncios y el productor, Gustavo Herrera, estaba desesperado. Yo propuse entonces inventar la pelea, narrarla así mismo, hasta que entrara la señal. Tomé en cuenta que el pleito era a 10 rounds y resultaba sumamente difícil, por una serie de factores (asimilación de los contendientes, forma física, historial), que terminara por nocaut. Y funcionó. Narramos, sin oír nada, un supuesto pleito reñido, hasta que en el séptimo round entró la emisora. Lo primero que dijo el narrador fue What a fight! Es decir, ¡qué pelea! Enseguida dije: Salamanca, estamos salvados. Si nos llega a salir mal, nos hubieran lanzado a los tiburones, pero había que correr el riesgo”.

Su área de intereses era, sin embargo, muy amplia, pues pensaba que “nada es antagónico en esta vida” y que la actitud del ser humano “debe ser estar atento a todo, y que nada le sea ajeno”. Aparte de los deportes y el jazz, le apasionaba la literatura y fue una de las materias que enseñó durante varios años. La afición a la lectura fue otro de los buenos hábitos que le inculcó su padre. Como más de una vez recordó, “él nos ponía estantes de libros en el baño para que los leyéramos mientras hacíamos las necesidades fisiológicas, y llenaba las paredes de frases y refranes”. Cuando ya era un veinteañero, las inquietudes literarias llevaron a Víctor a formar parte del grupo Acento. Sus otros miembros eran Humberto Moya Diez, Francisco Morales Maceo, Carlos Catasús Bertot, René Capote Riera, Benigno Pacheco y el escritor chileno Alberto Baeza Flores.

Este último se había casado con una joven de la localidad y al llegar allí se encontró con una ciudad huérfana de vida literaria e intelectual. Víctor reconoció que a Baeza Flores le corresponde el mérito mayor en la creación del grupo, pues despertó en ellos el interés por la buena literatura y la buena pintura. “En las lecturas de poesía que él organizaba —expresó—, nos enteramos de quién era Vallejo, o que había un poeta francés llamado Verlaine”.

Inculcó el amor por las bellas letras

Surgió entonces la necesidad de dotar a Bayamo de una revista literaria, una publicación donde los autores jóvenes se pudiesen expresar. Nació así Acento, que tenía como subtítulo En la provincia con la cultura. Aparecieron en total tres números, dos en 1947 y uno en 1948. La revista no admitía “avisos comerciales de ninguna especie”. Era costeada por instituciones de la ciudad y se distribuía gratuitamente. La mitad de la edición se enviaba al extranjero, gracias a los contactos traídos por Baeza Flores. Las viñetas de la portada fueron hechas por el pintor Mariano Rodríguez, y en sus páginas aparecieron colaboraciones, entre otros, de Emilio Ballagas, Fina García Marruz, Rafaela Chacón Nardi, Cintio Vitier, Carilda Oliver Labra, José Lezama Lima, Eliseo Diego, Octavio Smith, Adolfo Méndez Alberdi y Ramón Guirao.

Acento logró en cierta medida su propósito de romper el injusto aislamiento de la ciudad y abrir una ventana para enraizarla más allá del ámbito local. Su salida fue comentada encomiásticamente en medios como Información y Bohemia. Sus editores recibieron una carta de felicitación de Jorge Mañach, y desde las páginas del Diario de la Marina, Ernesto Fernández Arrondo dedicó a la revista un artículo en su columna “Entrelíneas”. Del mismo extraigo estas líneas: “Bayamo, pues, toda cargada de gloria y de prestigio, tiene que agregarle a su corona esta fecunda y lozana ramita verde que le brinda, con su aparición y trajines, el grupo literario que da calor a esta revista y Cuba sentirse complacida de poder agregar, como aporte al movimiento intelectual del Continente, un nuevo esfuerzo publicitario al lado de 1927 y Orígenes —citamos ahora dos, por ser los primeros que de momento recordamos— y otros cuadernos de su propia intención”.

Es curioso que esas inquietudes literarias de Víctor no se materializaran en libros. Ni siquiera escribió sus memorias, teniendo como tenía tanto que contar y tras haber conocido a tantas personalidades. Alguna vez se lo preguntaron y esta fue su respuesta: “Efectivamente, tengo infinidad que contar. En la sala de mi casa han estado Cintio Vitier, Fina García Marruz, Benny Moré, Elena Burke, Pablo Milanés, José Antonio Méndez, Omara Portuondo, Bola de Nieve, Richard Egües, Ñico Rojas, Frank Domínuez. He compartido aquí con Alberto Juantorena, Carlos y Eberto Blanco, Alfonso Urquiola, Rodolfo Puente… Pero me ha faltado una mínima maquinita de escribir. Quizá también voluntad. O tal vez le echo la culpa al tiempo que todavía dedico a mis programas en la radio”.

Pero si bien no dejó obra escrita, se dedicó a despertar e inculcar en los demás el amor por las bellas letras. Lo hizo a través de su medio favorito, la radio, donde tuvo el programa Clásicos de la música y la literatura. Asimismo, en 1951 fue nombrado director de la biblioteca pública de la Logia José Antonio Saco, primera institución de su tipo creada en Bayamo. Y también difundió la literatura desde la docencia, labor que realizó durante varias décadas. Lo hizo hasta 2006, cuando sufrió un infarto cerebral. Uno de los motivos por los que más se enorgullecía era no haber llegado nunca tarde ni haber faltado a una sola clase. Tuve la inmensa suerte de haber sido alumno suyo en el instituto preuniversitario “21 de Octubre”, de Bayamo, entre 1969 y 1971. Entonces impartía Literatura, además de ser asesor provincial de los profesores que impartían esa materia. El título universitario vino a obtenerlo en 1972, año en que se graduó como licenciado en Literatura y Español. Por supuesto, él no lo necesitaba para ser el excelente profesor que era. Él mismo era consciente de ello, pues fustigó a “algunos pechos hinchados que se creen superiores a los demás porque tienen un título”.

Quienes tomaron clases con él, estoy seguro de que nunca las han olvidado. No se parecía a los otros profesores. La comparación con estos era inevitable, y Víctor por lo general salía vencedor, incluso ante colegas de las universidades. Entre los estudiantes era una leyenda viva, pues lograba algo tan difícil como lo es hacer disfrutable el aprendizaje de las humanidades, siempre en franca desventaja frente a las ciencias. Convertía la literatura en algo apasionante y vivo. Sus explicaciones de las obras estudiadas derrochaban inteligencia, conocimiento, intuición, opiniones propias. Se entregaba a su trabajo con una pasión que era contagiosa y que no conocía límites. Actuaba, se subía a la mesa, gritaba. Recuerdo que cuando analizamos el Lazarillo de Tormes, me hizo tirarme al piso junto con él para ilustrar la picardía de la que el protagonista se valía para robarle el vino al ciego.

No impartía literatura; él era la literatura

Otro alumno suyo, el escritor José M. Fernández Pequeño, ha escrito en su blog sus recuerdos de Víctor. De ese texto, copio este fragmento: “Cierto, Víctor era egocéntrico y podía llegar a ofender, sobre todo porque no toleraba la mediocridad. Pero era también cercano, apasionado, terrenal, bien distinto a aquellos docentes cumplidores que parecían recitarnos desde otra galaxia su clasecita adusta y llena de idealidades. Por supuesto que semejante carga de amor y criterio propios encajaban con mucha dificultad en la unidimensionalidad disfrazada de pureza doctrinal que regía la sociedad cubana de la época. Un par de años después, ya Víctor no impartía docencia en el preuniversitario. Lo habían trasladado a una escuela del Partido Comunista de Cuba, donde era posible controlar mejor sus resabios de hombre brillante. Sin dudas, él no era un formador adecuado para el hombre nuevo, esa entelequia hecha de moralina bobalicona, engaño político y obediencia dogmática que prometió parir el socialismo cubano.// Pasó el tiempo y tantas cosas que lo mejor a veces ha sido olvidar. Sin embargo, cuando nos reunimos quienes fuimos sus estudiantes, aún reímos a carcajadas recordando lo que el maestro dijo o hizo hablando del tal o más cuál tema. Es así porque Víctor Montero no impartía literatura; él era la literatura, y de esa conciencia orgullosa provenía su autenticidad”.

Entre sus magníficas e irrepetibles clases, descollaban de modo especial las que dedicaba a José Martí. Fue una figura con la que tuvo su primer contacto a los diez años, a través de una lectura del poema “Yugo y estrella” que le hizo su padre. Aquel descubrimiento fue avivado después por Baeza Flores, a quien se debió la creación de la Vigilia Martiana. Cuando ya empezó en la docencia, se preocupó de enseñar no un Martí doloroso, sino un Martí vivo. Pensaba que “debemos ir al Martí profundamente humano, al Martí de 22 o 23 años. Porque con frecuencia vamos al Martí de los bustos o al de las fotos de su última etapa, ya desgastado por la lucha revolucionaria. O al que cayó en Dos Ríos. Y los adolescentes, los jóvenes por naturaleza rechazan la muerte”. Entre mis recuerdos más preciados guardo la clase sobre “Los zapaticos de rosa” que en una ocasión nos dio, aprovechando que un profesor había faltado. No conozco un estudio donde se haya analizado tan aguda y exhaustivamente ese poema que Martí escribió para los niños.

Su afán por divulgar la obra martiana lo llevó a incorporar a la revista Buenos días, Bayamo un segmento de 12 minutos titulado Aquí Martí, que alcanzó 1 491 emisiones. En marzo de 2002, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana le otorgaron el Reconocimiento La Utilidad de la Virtud, concedido por la Sociedad Cultural José Martí. Era la primera vez que se entregaba y junto con él lo recibieron personalidades como Rosario Novoa y Roberto Fernández Retamar. Su hija Lucy me comentó que de los numerosos premios que le otorgaron, ese era el que Víctor más valoraba.

El fallecido Bladimir Zamora también fue uno de los estudiantes que tuvo a Víctor como profesor. En enero de 1990, publicó en El Caimán Barbudo, donde trabajó por varios años, un artículo titulado “El Montero del jazz”. Allí se refiere a su faena como comentarista de jazz. Acerca de su espacio Qué es el jazz, que Víctor llevó hasta poco antes de su deceso, Zamora expresa que “resulta un hito incomparable en la frecuencia de Radio Bayamo. Después de pasarse largos ratos escuchando una programación donde la música en general es utilizada como separador inorgánico de las intervenciones de los locutores, el oído se tropieza con este programa sin artificios, tradicional y redondo, en el cual la forma elegida para desarrollarlo se ajusta ampliamente a sus propósitos (…) Montero convoca al oyente para fascinarlo con sus precisos comentarios extraídos de su atesorada bibliografía y de los dones de su madura cabeza, y los deja flotando en rotundas piezas de jazz”.

Pero aparte de los programas radiales y de su labor docente, Víctor derramó sus conocimientos en las peñas deportivas. A pocas cuadras de su casa, en la calle Juan Clemente Zenea, hay un parque al cual acostumbraba ir. Cuando estaba allí, era fácil saberlo, pues alrededor de él convocaba a un nutrido grupo de parroquianos. Era una cátedra viviente y aquellas personas acudían a escucharlo disertar sobre béisbol y boxeo. Lo mismo era capaz de recordar los nombres de los bateadores más exitosos de las Grandes Ligas temporada por temporada, que el número de las peleas ganadas por Kid Chocolate. Cuando no hablaba y discutía, se dedicaba a “jugar un poco de dominó, en el que soy malo; y de dama, en la que soy regular”.

A lo largo de su larga, intensa y fecunda vida acumuló infinidad de galardones. En 2009 recibió el Premio Nacional de Radio por la obra de toda una vida. Ese mismo año le concedieron el Nacional de Pedagogía. Bayamo lo nombró Hijo Ilustre y la Biblioteca Nacional José Martí, Lector Honorario. Incluso el Ateneo Republicano de las Hespérides, de Murcia, lo reconoció con la Medalla y Orden Caballero de las Hispérides. La UNEAC fue la institución que más demoró en reconocer sus grandes méritos como animador de la cultura. Vino a nombrarlo Artista Emérito en junio de 2011, ¡un mes antes de que falleciera! Al acto de entrega tuvieron que llevarlo en silla de ruedas. Un poco más y tienen que condecorarlo a título póstumo.

La última vez que lo vi fue en el año 2010. Estaban reparando su casa y se había mudado con su familia a un apartamento en el Reparto Guiteras. Tenía 90 años y la salud un tanto debilitada. De todos modos, se mantenía lúcido y charlamos durante un rato. En mi siguiente viaje a Bayamo ya había muerto, pero fui a visitar a su viuda y a su hija. Fue en aquella ocasión cuando me di cuenta de que le debía a Víctor este humilde homenaje, pero por diversas razones he demorado en cumplirlo. Con gran orgullo puedo decir, como muchos otros, que el mejor profesor que he tenido fue aquel hombre cargado de conocimientos, anécdotas y sabiduría y charlista inagotable, que alcanzó notoriedad y respeto al modo como él los concebía: “Quizá sea conocido. Frente a mí pasaron miles y miles de alumnos desde la primaria hasta el nivel superior. Pero eso no es lo más importante, sino ver cómo muchos de ellos hoy han crecido en todo y son personas que te saludan con alegría y cariño. No hay nada como eso. Es lo que te hace sentir útil, estimado, realmente grande”.