Actualizado: 21/07/2019 2:08
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Literatura

La voz a ellas debida

Acerca de las publicaciones más recientes de Magali Alabau y Juana Rosa Pita, dos escritoras que cuentan con una larga y relevante trayectoria literaria y una dedicación absoluta a la poesía

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Hace cosa de año y pico, quizás dos, escribí un artículo en el cual comentaba los que en ese momento eran los últimos poemarios editados por Juana Rosa Pita y Magali Alabau. El azar se ha confabulado de nuevo y con apenas dos meses de diferencia han salido de la imprenta los nuevos libros de ambas autoras. Cuando los recibí, pensé que lejos de resultar arbitraria, esa asociación tiene mucho sentido. En los dos casos, se trata de escritoras que cuentan con una larga y relevante trayectoria literaria, que se distingue además por una dedicación absoluta a la poesía. Eso las hermana, más allá de que sus respectivas obras son muy diferentes en cuanto a estéticas y mundos de referencia.

Comenzaré refiriéndome al poemario de Magali Alabau, quien con la publicación de Electra, Clitemnestra (1986) se reveló como una de las voces más singulares de la poesía actual escrita tanto dentro como fuera de la Isla. Algo que cada nuevo título no hace sino confirmar. En el caso de Hemos llegado a Ilión (Editorial Betania, Madrid, 2013, 66 páginas), no se trata en propiedad de un libro nuevo. Es la reedición revisada del que ella había editado en 1992, y que decidió recuperar al cumplirse los veinte años de su salida de la imprenta. Una idea acertada, pues de ese modo lo pone al alcance de otros lectores.

Hemos llegado a Ilión es un poema de gran aliento, que Alabau escribió tras el viaje a Cuba en la década de los 90, después de más de dos décadas de haber salido. Al motivo del viaje, que aquí es espacial e interior, se suman otros aspectos que son recurrentes en su obra: el desarraigo, el mar, el doble, la ciudad, la búsqueda, el ámbito familiar. Asimismo Alabau vuelve a los mitos grecolatinos, que se unen a las experiencias personales en un complejo discurso estructurado como un monólogo. Centauros y consignas, habitaciones de hotel y Averno, voces de huéspedes y cantos de Circe, mito y realidad cotidiana se entremezclan y conviven. Eso está sugerido ya a través de la referencia a Ilión o Troya. Sin embargo, la lectura pone en evidencia que el núcleo central del poema lo ocupa la historia personal de la voz poética, y que Ilión es, a la vez, un espacio mítico e histórico. Como señaló Dionisio Cañas al comentar la edición de 1992, Ilión es La Habana actual, “con sus carencias cotidianas, sus miedos y sus persecuciones políticas, pero también es un lugar desde el cual se hacen preguntas en el pasado”.

Al llegar a Cuba-Ilión, lo que encuentra la voz poética no es precisamente una ciudad mítica, sino un país anclado en un pasado de consignas anacrónicas y huecas: “Llegas al aeropuerto. Enfrente de ti están los cañones./ Ya empiezan las bizarras estrofas a cantarte esa melodía firme/ de los que gustan del néctar sonámbulo de las imprecaciones./ Socialismo o Muerte como una venda inmensa para los ojos./ (…) He llegado a Ilión./ Las cosas no han cambiado./ Hay muchos hospitales./ Todos repiten al unísono/ HAY MUCHOS HOSPITALES./ Padre de Dios, ¿son tantos los enfermos?/ Los Centros de Salud, muchos los muertos”.

En Cuba-Ilión, la aguardan además las heridas y los recuerdos traumáticos: “Allí te encadenaron la primera maleta, la injusticia,/ la bruma, la increíble aspereza de la calle./ Los jueces fueron los siempre funcionarios,/ compañeras de escuela, tus papeles guardados./ Al juicio fueron todos los que siempre han ido/ al juicio y al repudio de la melancolía./ (…) Allí vi concordar la cicuta con los inquisidores./ Allí pasé el Medioevo y la debacle, allí, en ese cuarto,/ luces frías, oí los rezos, las denuncias, los detalles inciertos,/ vi los rostros contorsionados por la ira,/ vi la envidia del ángel que no cae./ Allí ejecutaron mi impávida certeza,/ allí entretejida por calumnias/ me fui desvaneciendo envilecida”. Todas esas dolorosas vivencias hacen que ante el buen trato y los buenos días que ahora recibe, se sienta desconcertada y se interrogue: “Aun así, ¿por qué me siento como los prisioneros?/ ¿Por qué pregunto al techo si hay alguien deambulando en este sueño?”.

Pienso que los versos que hasta aquí he citado alcanzan a dar una idea de la escritura de Alabau. La suya es una poesía torrencial, intensa, poderosa. En la introducción de Hemos llegado a Ilión, Milena Rodríguez Gutiérrez alude a eso al apuntar que el relato de los hechos relacionados con el viaje, desde la llegada hasta la despedida, constituye su centro pero va acompañados de reflexiones, acotaciones, recuerdos, cuestionamientos y digresiones de la voz poética. Quienes han comentado y estudiado la obra de Alabau han señalado recursos formales del expresionismo y el surrealismo. Pero sin negar que tales influencias puedan existir, conviene decir que estamos ante una poesía muy auténtica, salida de las entrañas y de la experiencia vital de la autora. En ese sentido, Yoandi Cabrera expresó algo que me parece pertinente y que suscribo: “Hemos llegado a Ilión de Alabau está escrito bajo ese impulso genuino; si revisáramos el poemario buscando una especie de perfección formal purista, el texto perdería el carácter desolador, anárquico, explosivo que pretende y que precisa, el elemento caótico que la autora consigue describir de su realidad y su entorno”.

Devoción poética tan sincera como necesaria

En el prefacio a El ángel sonriente/ L´angelo sorridente (Amatori, 2013, 100 páginas), Jorge de Arco apunta que las más de cuatro décadas al pie de la palabra, demuestran que a Juana Rosa Pita “su devoción por este ámbito le es tan sincera como necesaria”. El ámbito al cual se refiere es, naturalmente, la poesía, a la que la escritora se mantiene fiel desde que en 1976 se dio a conocer con Pan de sol. Desde entonces, se ha consagrado a la creación de una obra que, hasta la fecha, se ha materializado en veinticuatro libros que conforman un corpus de notable y sostenido nivel.

En uno de los poemas del libro, titulado “Esplendor de la memoria”, se lee: “Por su naturaleza, la memoria/ regresa puntualmente con sus rayos/ de íntimo sentido y horizontes./ No tiene culpa del olvido/ de quien a ella no se abre/ porque no quiere recordar. Aliada/ de quien, a pesar del dolor,/ elige no abandonar la vida.// Sabemos, es inútil cubrir con un dedo/ el esplendor de la memoria”. Justamente, la memoria y las vivencias tienen un peso importante en esta escritura. Varios poemas recrean y remiten a momentos y etapas de la biografía de la autora, si bien no proporcionan testimonio explícito de ellos.

Lugares como La Habana, Boston, Miami, Milán, Nueva Orleans, Venecia, Washington, Florencia, y personas como el poeta Pablo Antonio Cuadra y el pintor Rafael Soriano, están presentes en el libro. Sin embargo, los recuerdos ligados a ellos no están teñidos de melancolía ni de nostalgia. El suyo, como ha comentado el escritor italiano Pietro Civitareale, es “un rememorar ordenado e indagador”. Por eso sus textos hay “un sentido poético y reflexivo, una sombra de verdad o un motivo esclarecedor y de pacificación interior”. Unos atributos que han estado presentes en la mayoría de los libros de Juana Rosa Pita, y que ella ha ido depurando a lo largo de los años.

Estamos ante una poesía cargada de pulsión existencial, que transpira espiritualidad y reflexión filosófica. Pero para expresar esos contenidos, Juana Rosa Pita no emplea la solemnidad, el tono elevado y enfático, las resonancias trascendentes, la solemnidad. Opta, en cambio, por una escritura que posee un cálido acento humano y que, en algunas ocasiones, parte de la cotidianidad inmediata. Un buen ejemplo de esto que digo es “Dame tu nombre”, del cual copio estos versos: “Son jóvenes hoy los nuevos mendigos:/ muchachos que fueron a la guerra,/ jovencitas de ojos sin sombra/ en los que un desalmado se miró,/ parejas que perdieron el camino/ de regreso a sus casas.// Apenas piden los nuevos mendigos./ Pero si notan que alguien lee/ lo que, mudos, pregonan sus carteles,/ le dan las buenas tardes sonriendo”.

Ese modo delicado, sutil y sereno de plasmar los pensamientos y reflexiones, tiene su justa correspondencia en un discurso que se caracteriza por su tendencia a la esencialidad y al rigor de la pureza expresiva. Esa capacidad de despojamiento lleva a la autora de El ángel sonriente a escribir una poesía concentrada, elusiva y elíptica. Ella misma define admirablemente su poética en estos versos pertenecientes a “Cuarteto de verano”: “Cuantas menos palabras/ más hondo llega el verbo:/ su carga, de sustancia intensa”.

Los treinta y un poemas reunidos en El ángel sonriente fueron escritos entre febrero de 2012 y abril de 2013. El libro además tiene un subtítulo: Diario de Harvard. Con él, Juana Rosa Pita no solo indica el sitio donde creó esas páginas, sino que además destaca un entorno que incorpora por primera a su poesía, aunque al cual debe a esta no poco. De hecho, el texto que abre el libro es “Spirits of Harvard”. Está dedicado a una zona muy querida y frecuentada por ella, la cosmopolita Harvard Square, en donde “hay tantas librerías como árboles” y donde “pocas cosas son previsibles”.

Ese paisaje se suma a otros que ha ido acumulando a lo largo de sus errancias como exiliada. Algo que resume en “Ríos”, el texto más largo del libro, en el cual rinde homenaje a los múltiples ríos de su vida: el Almendares, el Potomac, el Arno, el Mississippi, el Charles. De ese poema son unos versos con los que quiero concluir esta reseña: “No me faltan los ríos familiares,/ en épocas diversas pero a un punto unidos:/ los venecianos me impulsaron/ a alzar, contra la muerte, el aliento/ gozoso de la vida: el poema./ Mágicos ríos que tuvieron/ su más obstinado contracanto/ en la bien iluminada marisma floridana/ cuyo vientre me anida abuelo madre padre./ (…) Necesita confines la esperanza/ y necesita el alma remolinos/ para despertar lo real./ Por fin entiendo al mar en su querencia/ de la hermosura de ceñirse en río”.