Actualizado: 29/09/2022 15:22
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Las andanzas habaneras de Josep Pla

En los años 50, el famoso escritor catalán visitó Cuba. El artículo donde plasmó sus impresiones provocó la protesta de los compatriotas suyos que residían en la Isla

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En 1954, el famoso escritor catalán Josep Pla (1897-1981) realizó un viaje de pocos días a La Habana. A su regreso a España, publicó en la revista Destino, de Barcelona, un texto titulado “Carta de Cuba”, donde plasmó sus impresiones de nuestra capital y de sus gentes.

La salida del artículo dio lugar a que José Arroyo Maldonado, presidente del Centre Catalá de La Habana, dirigiera una carta a la revista Bohemia. Conviene recordar que en ese momento esa institución estaba a punto de cumplir medio siglo de existencia, y la integraban catalanes, descendientes de estos y también cubanos. A nombre de la misma, su presidente decidió levantar su voz de protesta “por los ligeros, soeces e inexactos conceptos vertidos en dicho reportaje”.

En su misiva, Arroyo Maldonado expresa: “Escritor fácil y fecundo, amigo de lo pintoresco, pero a la vez acomodaticio e impresionable si se le conduce por el camino del sensacionalismo; por sus dudosos contactos en Cuba, Pla no podía haber producido más que esas impresiones rápidas, intrascendentes y equívocas, ribeteadas por el insulto y el escarnio para un pueblo que, como el de Cuba, hace de la mujer un culto y de la raza un patriotismo”.

En su opinión, se ve “que a su autor poco ni mucho le ha preocupado el tratar de conocer, por ejemplo, el ansia del pueblo cubano por mejorar cada vez más su vida económica, ni su afán de buscar soluciones justas a sus relaciones sociales, ni el deseo de sus gobernantes por embellecer y mejorar sus ciudades, ni en fin, la vida pujante, a saltos a veces, de un pueblo joven y activo que busca su nivel espiritual y material acorce con la vida moderna”.

Ante ese texto, concluye Arroyo Maldonado, el Centre Catalá de La Habana “no podía permanecer mudo ante tan irresponsable agresión a Cuba (…) Mal pagaría la deuda de gratitud que con Cuba y su pueblo tiene, si silenciara este caso, por doloroso que nos sea tener que salirle al frente a un compatriota nacido en la misma tierra que Pi y Margall, Pintó, Miró y Argenter, Capdevila, y otros innumerables catalanes, bien conocidos por ustedes, por su contribución desinteresada a la noble y gloriosa causa de Cuba Libre”.

La carta cuyo contenido he sintetizado apareció en Bohemia el 19 de diciembre de 1954. Además de la misma, se reprodujo el artículo de Pla por el cual se protestaba. Una decisión editorial muy elogiable, pues daba la oportunidad a los lectores de conocer los comentarios sobre Cuba y los cubanos que tenía el autor de El cuaderno gris, y que tanto ofendieron a los catalanes que residían entonces en la Isla.

Tras la lectura del artículo de marras, este cronista piensa que la reacción que entonces tuvo no se justificaba. O al menos, no justificaba que se le calificase de agresión, de insulto y de escarnio. Pla se limitó a dejar sus impresiones sobre lo que pudo ver durante su corta estancia. Es cierto que a veces peca de superficial, que da valoraciones negativas de unos algunos aspectos de nuestra realidad, que emplea términos un tanto insolentes. Pero de igual modo, no deja de elogiar otros, y al hacerlo dedica además bastante espacio. A continuación, paso a condensar su “Carta de Cuba”, que ocupaba seis páginas. Estaba ilustrada con ocho fotos, una de ellas con la portada del número de Destino en el cual se publicó el texto. A la izquierda del título, llevaba este cintillo: “Una carta ‘franquista’ denigrante para Cuba”.

Nada más empezar el artículo, Pla se refiere a nuestra capital en términos nada positivos: “El ‘Guadalupe’ fondeó en La Habana frente a la Logia Comercial, que es un edificio moderno, bastante vulgar y a dos pasos de la Aduana, fábrica poco atractiva”. La primera salida que hace es al correo, para enviar unas cartas. Eso lo lleva a apuntar que “la Administración de Correos está instalada en un antiguo convento de franciscanos, del siglo XVIII, de un barroco pesadote y sin gracia”.

El criollo despide ruido

Escribe que lo que pudo ver en esa primera salida le dio “un avance de lo que es La Habana actual: una mescolanza cafarnaúmica de cosas novísimas y de esperpentos desvencijados. Sospecho que de la época colonial quedarán dentro de treinta años muy pocos rastros”. Observa que quedan muchos edificios de esa época, pero están bastante decrépitos y desvencijados. Y comenta que “toda esta parte de la ciudad forma hoy el barrio del puerto con sus tabernas de un americanismo imitado, donde el ron fluye abundantemente, sus mujeres blancas, negras o mulatas —o mulatas chinas— pintarrajeadas, sus pobres definitivos y sus hoteles y rincones equívocos y miserables”.

Anota Pla que en La Habana “hay un ruido espantoso. El criollo —criaturas, jóvenes, hombres y mujeres de todas las edades— despide ruido, como el calamar despide tinta. Uno queda abrumado y, a la postre, muerto de fatiga, arrasado. Las actividades comerciales aquí son compatibles con las oleadas musicales más ruidosas, con las exhalaciones musicales más destempladas a pesar de su tropicalismo básico. Los seres humanos viven aquí rodeados de vibraciones del aire, de los matices y de las proveniencias más diversas, sobre las cuales se divisa a veces la línea quebrada de una rumba o de un mambo. No es extraño, pues, que al pasar por la calle se vea de pronto una negrita o una mulata, joven o vieja, gorda o flaca, que hace un gesto brusco —y casi diría inconsciente— con una nalga, y luego continúe andando. Estos movimientos de las popas femeninas forman parte del espíritu de la ciudad”.

Alaba los 70 mil automóviles norteamericanos que circula por las calles, y expresa que todos son magníficos. Pero una vez más lamenta que “el ruido que segregan es una tromba constante”, aunque apunta que los choferes usan poco el claxon. Asimismo, hace notar que los coches circulan a velocidades fenomenales. Y apunta que en las calles se ven pocos policías y la circulación es ordenada.

Señala Pla que en Cuba hay cuatro o cinco canales de televisión, lo cual, para un país de 5 millones de habitantes, le parece definitivo. Le sorprende también la abrumadora importancia que se da en los diarios a la vida social. Sin embargo, admite que “nuestras maneras europeas, llenas de mal humor, de bilis y de sarcasmo, nos hacen encontrar esta literatura empalagosa y de una extremada futilidad”.

Según Pla, La Habana “rezuma una sensualidad obsesiva de camastro humeante”. Es, agrega, una sensualidad “que riela como un rayo lunar sudoroso, bochornoso y que penetra en las escasas defensas humanas”. Sobre esa “febricitante y tibia titilación parecen flotar las miradas de una tristeza animal insondable de los negros; la blancura de los dientes rutilantes de las mulatas; el aleteo de los sombreros de paja, las guayaberas, fláccidas y cubanas, de los hombres, las pantorrillas escuálidas, de color de chocolate, sobre los tacones altos”. Y destaca como algo curioso que en el barrio colonial, “de una agitación trepidante, de una actividad fenomenal”, viven “los emigrantes más ahorradores de la Isla, los más tenaces, los más ávidos, seres desprovistos de nervios, las hormigas humanas más obsesionadas por la plata”.

El Malecón, un fenómeno urbano soberbio

Pla nota que los hombres usan todo el tiempo la guayabera, lo cual lo hace deducir que es “una prenda funcional que sin duda ha creado el clima”. Comenta que, aparte de ruidosos, los cubanos son tradicionales en el vestir: no han aceptado los shorts o pantalones cortos de los norteamericanos. Según él, esa prenda es mal mirada. En cuanto a la ropa que llevan las mujeres, observa que no usan pantalones, aunque “esto obedece quizás a que la popa de las cubanas es demasiado importante para sacrificarlas a una prenda que minimiza las esfericidades”. Asimismo, expresa que “el cubano es muy amable, tiene quizás una tendencia a la exquisitez y a la pastelería social, que contrasta con la creciente brusquedad europea —a pesar de que me aseguran de que las buenas maneras se terminaron hace ya algunos años”.

Visita la Catedral, de la cual, para no variar, comenta que “no tiene nada de particular y está desprovista de la petulancia colonial”. De igual modo, el Capitolio también le parece “un edificio poco afortunado por razones arquitectónicas de base”. En cambio, tiene palabras encomiables para el Paseo del Prado, acerca del cual expresa: “Este paseo es bonito. Es uno de los mayores centros de la ciudad y tiene algunos excelentes escaparates. Al final de la calle —que tiene, como nuestras Ramblas, el paso de peatones en su parte central y que está sombreado por flamboyanes (no aseguro tal información, que debo a un chofer de taxi, y porque mis conocimientos de botánica tropical son escasos)— al final de la calle, repito, hay una gran plaza, el Central Parque (sic), en la que hay dos importantes edificios: el Centro Gallego y el Centro Asturiano, con el Teatro Payret al fondo”.

Queda admirado ante el gran paseo marítimo de la ciudad, “de una anchura y de un aire que para un europeo resulta sensacional”. Se refiere, por supuesto, al “célebre Malecón de La Habana, urbanización prodigiosa, de curvas majestuosas, con jardines, monumentos y —por la noche— una concentración de luminotecnia comercial impresionante”.

Apunta que tiene un tráfico activo y fenomenal, y recuerda que “cuando el viajero entra en el puerto, lo primero que ve son los destellos del sol sobre la riada de hojalata de los coches americanos”. Concluye que es el Malecón “un fenómeno urbano soberbio, que indica que la ciudad ha sido en los últimos años pensada”. Especula, no obstante, que es una copia, en pobre, de alguna urbanización semejante de la Florida (algo que no es cierto), pero añade que “no puede negarse su importancia”.

Esta último debió suponerlo porque apreció que “Cuba vive fascinada por los Estados Unidos”. Tras visitar la zona donde se encuentra el Teatro Martí, “tan célebre en los anales de la presencia catalana”, vaticina: “Este barrio colonial tiene, me parece, los años contados. Se convertirá —todo parece indicarlo— en una urbanización de estructuras norteamericanas”. Y afirma que “La Habana es una ciudad que quedará sumergida totalmente, dentro de pocos años, en la concepción de la vida norteamericana. Está por ver si los criollos la digerirán”.

Define nuestra capital como una ciudad que crece sin cesar. De ese crecimiento son buenos ejemplos Marianao, Miramar y el Vedado. Este último significó, escribe, “un retorno a la casa individual, a la residencia propia rodeada de jardincillos caseros, con el porche delante, que sirve al criollo para sacar la mecedora a su sombra y pasar el rato”. Recurre al adjetivo lindo, “que, a pesar de implicar un punto de cursilería, es de general aceptación en América Central y del Sur”, para comentar que “en el Vedado todo es ‘lindo’: las casitas, los jardincillos y todo lo demás es lindo. En general, el tono de vida es muy elevado, muy brillante, y la vida social, muy activa”. Como su artículo estaba dirigido a los lectores catalanes, da esta referencia: el Vedado “es una mezcla muy acusada de casas de la Barceloneta, de San Gervasio ochocentista con algún matiz andaluz muy acusado”.

Tabaco sedoso, aterciopelado, denso

En uno de los textos que publicó durante la dictadura de Batista, Jorge Mañach hizo notar que los regímenes totalitarios, sobre todo los asentados en la fuerza militar, para compensar lo que quitan en el orden de las “formas”, procuran dar mucho en el orden material, de lo visible, de lo tangible. Y agrega: “Para describir esos regímenes, nuestra América ha acuñado una frase de gracia melancólica: son gobiernos de “cemento armado’ —de cemento asistid por las armas”. Dos años llevaba en el poder Batista cuando Pla estuvo en Cuba. Eso lo lleva a confirmar las palabras de Mañach, cuando alude a Batista, “el cual, como buen dictador, tiene un mal de piedra considerable, para decirlo en vernáculo”.

Pla pensaba encontrar en Cuba loritos, papagayos, cotorras, y confiesa que le hubiera gustado “llegar a casa con uno de esos pajarracos”. Pero no fue así, y se fue con la impresión de que en nuestro país hay poquísimos pájaros. Eso lo lleva se preguntarse: “¿De dónde sacaron, pues, las cotorras que transportaron a nuestro país los indianos?”. Pudo conocer el aura tiñosa, acerca de la cual le dijeron que es respetada porque come los residuos de las bestias muertas. Y reconoce que “no hay animales dañinos, ni serpientes, ni ferocidades de esta clase”.

Califica nuestro tabaco como excelente: “es sedoso, aterciopelado, denso, impregnado de bochorno y de humedad tropical”. Eso sí, le parece carísimo. Visitó el Museo del Tabaco y la fábrica La Corona, y destacó la habilidad de los cubanos de ambos sexos en la artesanía de producir los magníficos tabacos. Desafortunadamente, por prescripción médica no podía fumar, lo cual lo hace anotar: “Es triste llegar al emporio del tabaco con una orden que dice: ¡No fumarás!”.

Un querido y viejo amigo lo obsequia con un arroz criollo “en el Rancho Luna, de los alrededores de La Habana”. Para empezar, le sirven un daiquirí, que califica de muy agradable. Según él, ese coctel fue inventado por un catalán. Luego degustó una ensalada de frutas, “insignificante”. Y por fin la comida: “Luego llegó el gran plato: arroz a la criolla, fenomenal, sabroso-sabroso, para decirlo en plata. Nos sirvieron primero el pollo; luego, el arroz hervido, luego el mojito, o sea, la salsa, luego las papas fritas y, finalmente, los huevos. Comido todo junto resultó sensacional, gustoso, inolvidable”. Aparecieron, por último, los helados, el café y “los magníficos cigarros, sedosos, incuestionables”. Lamenta que “una comida semejante hubiera requerido un gran vino. Pero en Cuba no hay vino más que para los multimillonarios. En Cuba la bebida corriente es la cerveza, que es —comparada con la europea (y no digamos con la alemana)— pasable”.

Como es natural, dedica espacio a los catalanes que viven en la Isla. Menciona la Societat de Beneficencia de Naturals de Catalunya, que cuenta con 113 años de existencia y con una historia ejemplar y admirable. Cuando él estuvo en Cuba se estaba construyendo la ermita de los catalanes. Va a verla y tras hacerlo, cuenta que ha quedado “asombrado del esfuerzo y de la tenacidad que nuestros compatriotas han puesto en esta obra memorable”.

Este es, a grandes trazos, un resumen del contenido del artículo del escritor catalán que provocó la protesta de sus compatriotas en la Isla. A lo anterior, quiero añadir como colofón estas líneas tomadas del texto de Pla: “Ante nuestras formas de vida, cada día más mortecinas y arcaicas, asfixiadas por un burocratismo entorpecedor, cuando no inepto, el libre desenvolvimiento de la actividad individual y el general deseo de ascenso social de este país constituye un espectáculo admirable”.