Actualizado: 15/11/2019 19:53
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Fotografía

Las dos Floridas

Una exposición reúne fotografías, publicaciones y documentos que ilustran las relaciones que Cuba y el sur de los Estados Unidos han mantenido desde la etapa colonial

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Durante el período colonial, cuando parte del territorio sureño de lo que hoy es Estados Unidos pertenecía a España, se hablaba de “las dos Floridas”. Esa frase hermanaba la isla de Cuba con las tierras que Juan Ponce de León descubrió en 1513, y a las cuales bautizó como La Florida, en honor a la festividad religiosa de la Pascua Florida o Pascua de Resurrección. De esa época datan las primeras relaciones entre los dos territorios, que desde entonces han pasado por diferentes momentos y que se prolongan hasta hoy.

Algunos de esos hechos históricos, concretamente varios que corresponden a los últimos doscientos años, aparecen reflejados en The Cuba-Florida Connection, la exposición que desde la semana pasada se puede ver en el vestíbulo de la Cuban Heritage Collection, en la Biblioteca Otto G. Richter, de la Universidad de Miami. La organizaron Meiyelet Méndez, Lesbia O. Varona y María Estorino, quienes hicieron una selección de los amplios y valiosos fondos de la CHC.

Uno de los documentos que se exhibe es una carta oficial, en la que se dispone el traslado hacia Cuba de los esclavos que entonces se hallaban en la Florida. No es muy conocido el hecho de que, a partir de finales del siglo XVII, los esclavos se fugaban de las colonias inglesas de Carolina del Sur y buscaban refugio en los territorios bajo dominio español. En estos la esclavitud era legal, pero las condiciones eran menos severas respecto a las aplicadas por los ingleses. Por ejemplo, el régimen de servidumbre de los españoles permitía a los esclavos reunir dinero y comprar su libertad. Pero la hospitalidad con que eran acogidos los fugitivos no solo respondía a la idea de que quienes adoptasen la religión católica debían vivir como hombres y mujeres libres. Detrás de ello también estaba el propósito de afectar económicamente a las colonias inglesas, al estimular unas deserciones que les restaban fuerza de trabajo.

Especialmente valiosos son los documentos relacionados con la actividad de los emigrados cubanos durante las luchas independentistas del siglo XIX. A su importancia histórica se suma el valor emotivo que su visión ha de despertar en cualquier cubano. Uno es la primera página del manuscrito donde quedaron fijados los estatutos del Partido Revolucionario Cubano, fundado por José Martí y constituido oficialmente en abril de 1892. En una hoja aparte, se puede leer una nota de Martí en la que expresa que es copia pie del original, y al final de la cual aparece estampada su firma.

De Martí se pueden ver además dos fotos. En una, a la cual el tiempo ha añadido una pátina amarilla, aparece con los miembros del Partido Revolucionario Cubano. En la otra, mucho mejor conservada, está de pie a la entrada de una fábrica de tabacos (por el letrero en inglés presumo ha de ser de Cayo Hueso o Tampa), rodeado por los trabajadores. Hay, por último, una carta fechada en Tampa el 9 de agosto de 1895. Fue redactada por el patriota e historiador Enrique Collazo, quien la dirigió al escritor Manuel de la Cruz. Aunque los motivos no resultan explícitos, la carta pone de manifiesto el pesimismo que en ese momento lo embargaba. En uno de los párrafos apunta: “Hay veces que me dan ganas de irme solo y entregar a otro este violín”.

Éxodo por mar y aire

La llegada de los primeros exiliados que arribaron a inicios de la década de los 60 está reflejada a través de un muestrario de fotos. Fueron donadas a la Cuban Heritage Collection por el Refugio Cubano, una organización que en aquellos años se dedicaba a recibir a los cubanos y a darles la ayuda necesaria para que pudieran reiniciar sus vidas en Estados Unidos. Esas imágenes captan escenas de la llegada a Miami, la primera visita a las oficinas del Refugio Cubano, el dispensario a donde acudían a quienes requerían atención médica, las clases de inglés que se impartían, la salida hacia los distintos donde iban a ser relocalizados.

Otra de las vidrieras de The Cuba-Florida Connection está dedicada al éxodo masivo del Mariel (1980). Entre otros materiales, está el programa del Festival de las Artes III Aniversario del Mariel, celebrado en Miami en el verano de 1983. También hay un ejemplar del Manual de Orientación para Refugiados, que recibían los cubanos al llegar a Estados Unidos. Asimismo se recogen fotos correspondientes a aquellos hechos y se muestra una carta de Reinaldo Arenas a Lydia Cabrera, y que, como era su costumbre, está escrita a mano.

El último bloque tiene como núcleo temático la etapa en Guantánamo de los balseros que arribaron en 1994 a las costas de la Florida. Una vez más se incluyen fotos que ofrecen un testimonio de lo que fue la vida de aquellos cubanos que nuevamente pisaron suelo cubano, aunque ahora en circunstancias muy distintas. A través de los materiales que se exhiben, el visitante puede tener una visión de las actividades culturales realizadas por los emigrados durante su estancia en la base norteamericana. En un ejemplar de El Futuro, la revista mensual que allí se editaba, aparece la programación de Radio Esperanza, la emisora local. Entre otras opciones, figuran música, noticias, clases de inglés, espacios con consultas médicas. Unas actividades de las que se responsabilizaban los propios refugiados.

Mientras veía The Cuba-Florida Connection, pensé que muy bien se podría organizar otra exposición a partir de las obras literarias que tratan este tema. Son unas cuantas. La primera que me viene a la mente es “Final de un cuento”, el hermoso y estremecedor texto en el que Reinaldo Arenas refleja la dualidad imposible y esquizoide del destierro. Un exiliado cubano se suicida en Nueva York y su amante viaja con sus cenizas al Southernmost Point of USA, el punto más al sur de Estados Unidos. Allí lanza al mar las cenizas, al tiempo que monologa: “Ahora, adiós. A volar, a navegar. Así. Que las aguas te tomen, te impulsen y te lleven de regreso… Mar de los sargazos, mar tenebroso, divino mar, acepta mi tesoro; no rechaces las cenizas de mi amigo; así como tantas veces allá abajo te rogamos los dos, desesperados y enfurecidos, que nos trajeses a este sitio, y lo hiciste, llévatelo ahora a él a la otra orilla que tanto odió, donde tanto lo jodieron, de donde salió huyendo y lejos del cual no pudo seguir viviendo”.