Actualizado: 24/09/2018 12:05
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Literatura, Literatura cubana, Novela

Las ilusiones perdidas

En su más reciente novela, Ronaldo Menéndez recrea el destino de una generación posrevolucionaria. Aquella que debía haber participado en las reformas y el cambio histórico, pero que quedó condenada a vivir toda la frustración por la inercia del régimen

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El año pasado se pudo ver en Estados Unidos la exposición Adiós Utopia: Dreams and Deceptions in Cuban Art Since 1950 (estará abierta, hasta el 18 de marzo, en el Walker Arts Center, de Minneapolis). El título adelanta y sintetiza su propósito: despedir el proyecto socialista del que hoy solo queda el nombre. Algo similar a lo hecho por los artistas plásticos se está dando en la literatura. Son ya varios los escritores que están desmontando la imagen de la sociedad cubana que se tiene fuera. Cronológicamente, nada tienen que ver con la vieja guardia, pues nacieron en las décadas de los 70 y los 80. La parte de su existencia que han vivido transcurrió entre el fervor revolucionario y el desencanto. Eso les permite auscultar con una óptica crítica el presente de la Isla.

A ese grupo de autores pertenece Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970), quien personifica de modo elocuente el itinerario vital de muchos de sus contemporáneos. Estudió Historia del Arte y se dio a conocer como escritor al obtener, a los veinte años, el Premio David con el libro de cuentos Alguien se va lamiendo todo. A aquel galardón se sumó después el Casa de las Américas por El derecho al pataleo de los ahorcados (1997). Ese año, una invitación le permitió salir de Cuba y emigrar a Perú, donde trabajó como columnista y profesor. Desde 2007 reside en Madrid, donde fundó la escuela de escritura Billar de Letras.

En España ha publicado los volúmenes de narraciones De modo que esto es la muerte (2002, Premio Lengua de Trapo) y Covers. En soledad y compañía (2010), así como las novelas La piel de Inesa (1999, Premio Lengua de Trapo), Las bestias (2006) y Río Quibú (2008). Ha editado también Rojo aceituna. Un viaje a la sombra del comunismo (2014), donde relata su recorrido por China, Cuba, Venezuela, Bolivia, Chile, Vietnam, Laos, Camboya y Tailandia en busca de los vestigios de la izquierda y del comunismo en esos países. En 2007, formó parte del grupo Bogotá 39, que reunió a los 39 escritores hispanoamericanos menores de cuarenta años, cuya trayectoria se considera como más destacada.

Con La casa y la isla (Alianza Editorial, Madrid, 2016, 360 páginas), hasta la fecha su novela más extensa, Ronaldo Menéndez ha hecho, como él declaró, un ajuste de cuentas que le parecía necesario. Quiso exorcizar el lugar que dejó atrás hace dos décadas. Y además, hablar de su generación, la de aquellos que nacieron en los años 70. “Una generación posrevolucionaria, que es la que debía haber participado en las reformas y el cambio histórico, pero que quedó condenada a vivir toda la frustración por la inercia del régimen”.

En La casa y la isla, no hay medias tintas: la postura de su autor respecto al régimen castrista es clara. Es una obra tan honesta como rigurosa, escrita desde la decepción y la clarividencia que da la pérdida de la inocencia. Pese a la poderosa corriente de humor que la recorre de principio a fin, en sus páginas no dejan de colarse el dolor y el desgarro. Parafraseando las palabras de la escritora y ensayista rumana Ana Blandiana que se reproducen al inicio, se puede afirmar que Ronaldo Menéndez no solo está hablando del naufragio de una nave, sino también del hundimiento de su propia vida.

Al comienzo de la novela, hallamos a Anabela y Rebeca, quienes son la amante y la esposa de un profesor universitario que ha muerto en un accidente. Sus vidas, sin embargo, ya se habían cruzado en su juventud, y lo harán ahora de nuevo en la casa de Montalbán, un médico que, harto del ambiente asfixiante del Periodo Especial, ha decidido encerrarse en su casa. Eso se narra en el primer bloque en que está dividida la novela. En el siguiente, la acción retrocede varios años atrás, cuando Anabela y Rebeca coincidieron como estudiantes en la Escuela Vocacional Vladimir Ilich Lenin.

El tercer bloque cuenta la historia de Montalbán. Y el último tiene como personaje central al narrador, que se llama Ronaldo y al cual el autor ha incorporado elementos reales de su biografía. En ese sentido, Ronaldo Menéndez ha comentado que “la novela es un poco autoficción, hilando un poco entre la realidad y la imaginación, la tergiversación de ciertas cosas. Hay un trabajo de cronicar la realidad, pero luego todo lo demás, el mundo entero de la novela está inventado”. A partir de ese cuarteto de personajes, el autor de La casa y la isla ha escrito una crónica irreverente de la sociedad cubana de los 80 y los 90.

Recrea la historia de su generación

Ese breve resumen del argumento no puede dar ni siquiera una ligerísima idea de una novela en la que todo el tiempo pasan cosas. Ronaldo Menéndez es un narrador nato, que posee además la maestría de un autor curtido en el arte de escribir ficciones. Lo hace con pasión, con un lenguaje sólidamente elaborado, pero que al mismo tiempo es alegre, incisivo e idóneo para el carácter cuestionador de lo que se narra. Dos de sus recursos más eficaces son la ironía y un gran sentido del humor, que posee distintas gradaciones y le sirve para atenuar la dureza de los hechos. Todas esas cualidades hacen que la lectura de La casa y la isla se convierta en un auténtico banquete:

“Todo el mundo sabe que para apreciar la cualidad de una cosa lo mejor es compararla con otra. Así que vamos allá. En Cuba había muchísimas becas, o sea, escuelas-internado donde los pioneros se pasaban toda la semana. A la Revolución le encantaba eso de que los hijos fueran educados en reductos lejos de sus padres. Pero estas escuelas-internado solían ser bastante sucias, promiscuas, con bajas exigencias docentes, pésima comida y una anarquía que no es nada recomendable con adolescentes de doce o trece años. Y un detalle: quedaban ubicadas en medio del campo, donde el diablo perdió la guayabera, así que los pioneros tenían que trabajar mucho en la agricultura porque ya se sabe que el trabajo ennoblece (…) La Escuela Vocacional Vladimir Ilich Lenin era otra cosa. Sus interminables pasillos de granito brillaban reflejando el ir y venir ordenado de uniformes impecables (…) Y lo más importante: los alumnos de la Lenin recibían el doble de las horas lectivas que el resto de los alumnos del país. Con el puntillazo: cada clase no contaba con un solo salón, sino que había que cambiar de recinto según la materia porque había laboratorios de biología, química, física, electrónica, astronomía, idiomas y taller de artes plásticas. ¡Todo eso sin pagar un centavo, desde los doce hasta los dieciocho años! A que suena bien. Es ese tipo de iniciativas gracias a las cuales tanta gente de izquierda abren mucho los ojos, abren los brazos, y luego abren la boca y mencionan el sistema educativo cubano para que los disidentes se callen. ¿En qué país capitalista del tercer mundo —u otros mundos— hay una escuelota como la Lenin?”.

En La casa y la isla, Ronaldo Menéndez se vale del afilado humor y de su mezcla de ficción y crónica para recrear la historia de su generación. Una historia en la que hay esperanzas, fracasos, sueños, exilios, delaciones, idealismo juvenil, disoluciones familiares, racionamiento, escritores vigilados, santería, ilusiones perdidas, descubrimiento del sexo, bolsa negra.

Anabela fue “educada para ser una máquina de disciplina y virtudes revolucionarias”. Sus padres estaban convencidos de que ningún sacrificio era poco para cumplir con la revolución. Todos esos esfuerzos —“madrugones, obritas de teatro, interminables sesiones de estudio, puntualidad absoluta y cero faltas, sermones revolucionarios a cargo del padre y una completa fiscalización de su vida”— tenían el objetivo inmediato de lograr que ella ingresara en la Lenin.

Pero una vez que ingresó allí, Anabela descubrió que aquella escuela no era precisamente lo que se pregonaba. Se aplicaba una disciplina militar y la vida de cada estudiante era microscópicamente vigilada. Asimismo, el modo como los alumnos veteranos trataban a los de nuevo ingreso no encajaba con su idea de la fraternal convivencia socialista en la mejor escuela del país. Se da cuenta además de que en Cuba existen desigualdades sociales. Los hijos de los altos dirigentes —“los hijos de la jet set del régimen”— poseen otro nivel de vida. “Entre ellos hablaban de los perfumes, las walkman, los discos y las ropas que les traían sus superpadres en los viajes”. Viven en mansiones en Miramar, con neveras en las que no falta nada. Frecuentemente organizan fiestas en las que beben whisky y escuchan la música extranjera entonces prohibida. Lo que finalmente pone fin a su estancia en la Lenin es su negativa a decir con quién había cometido “práctica de pareja”. Cuando es llevada a “un Consejo Disciplinario lleno de fiscales comecandelas”, dice, con la voz firme de quien se siente perdido: “Considero que no es lo correcto decirles quién estaba conmigo. No soy una chivata, soy revolucionaria”.

Julio César Montalbán es un joven negro, con una hermana puta y dos hermanos rateros. Todos se fueron, junto con la madre, durante el éxodo masivo del Mariel. Él, sin embargo, optó por quedarse, y así fue como, a los dieciséis años, se quedó viviendo solo en una enorme casa señorial. Estaba convencido de que a él la revolución se lo había dado todo y hasta le salvó la vida. Años después, se unió a otros jóvenes ingenuos y moderadamente rebeldes para formar un grupo literario. Tuvieron entonces la idea de publicar un fanzine para hacerle saber a la gente cómo pensaban y qué escribían. Ignoraban que “la Seguridad del Estado es un fantasma que recorre el mundo, tu mundo. El gran hermano secreto. El ojo de Sauron que atraviesa montañas, árboles, carnes y huesos. La perenne opacidad de quienes viven en sistemas totalitarios”.

“Quiero ser médico y estoy matando gente”, se dijo Montalbán cuando se vio en Angola, a donde llegó sin haberse preguntado nunca por qué Cuba participaba en aquella guerra entre africanos que hablaban portugués. La razón por la que se decidió a ir fue la de ganarse el derecho de poder estudiar medicina. Cuando recibió la carta para completar la matrícula, se puso a llorar y pensó que por segunda vez la revolución le había salvado la vida. Se graduó con honores y trabajó como médico en el hospital oncológico del Vedado.

Pero al inicio del Período Especial, el sistema sanitario cubano entró en un proceso degenerativo, paulatino y acelerado. Un hecho ocurrido a una paciente —tras una intervención quirúrgica casi rutinaria, le inyectaron un suero de dextrosa que en realidad contenía alcohol de noventa grados— vino a marcar un punto de giro en su existencia. Aquel no era un caso aislado, sino que en los hospitales todo el mundo robaba. Incluso muchos médicos retenían los medicamentos que llegaban por donaciones internacionales y que escaseaban en las farmacias, y los vendían para sacar provecho. Eso llevó a Montalbán a tomar una decisión radical: dejar de ejercer y no salir nunca más de su casa. Asumió un exilio hacia adentro como forma de supervivencia. El suyo era simbólicamente un gesto de rechazo hacia lo que le rodea, a un régimen a la deriva que en su debacle arrastra a los ciudadanos.

Acerca de La casa y la isla, Leonardo Padura expresó: “Los ladrillos del azar, ajustados con el cemento de la ironía, levantan esta magnífica e irreverente novela de Ronaldo Menéndez en la que una casa es toda una isla”. El autor, por su parte, sostiene que “esta no es una novela cubana. Es una novela existencial que ocurre en Cuba y que habla de la resistencia al individualismo”. En todo caso, se trata de un texto estupendo, una tragedia con ritmo vertiginoso. Una lectura muy recomendable e iluminadora para quienes quieran comprender un poco la Cuba actual.