Actualizado: 18/08/2022 7:35
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Las mariposas saltan

Desde el cerro más alto de la ciudad de Holguín, los poetas cantan con insinuaciones lezamianas, suspiros piñerianos, con la aspiración de ser Lord Byron.

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Saltan de la Cruz, del cerro de La Cruz y se hacen añicos. En la ciudad de Holguín, tres poetas cantan al amor por debajo de la manga, a escondidas casi, evitando el menor de los escándalos.

Quizás como un Rimbaud, un Piñera, es decir, el único Virgilio desolado y triste, Gabriel Pérez ha encontrado un camino al fin y ha publicado otros versos (de todas formas ya no hay parametración, cacería de brujas). En Pérez son versos en los que paladea un romance, una balada de guerra para antes del combate, y canta: "El amado es la puerta / que abre y cierra el siglo / ya no podría dejar en otros brazos / cuanto he sangrado entre los suyos…".

La poesía flota así en esta parte de la Isla. Hay poemas que corren por debajo de las mesas, detrás de los pasillos; otros alcanzan a publicarse en cortísimas tiradas, pero arden en los oídos de adeptos e inquisidores antes de ser silenciados totalmente, como el torrente lírico de George Riverón (ahora en la Florida) cuando canta a ese icono americano que es Allen Ginsberg: "Hoy no tengo más que este disfraz de hombre / para asistir a tu llegada / un pañuelo de aguaceros…".

Son voces que no han temido cantar ante la tormenta de la burla y el choteo, ante el criollo entrometimiento en la intimidad del ciudadano. Y cantan y parece que intentan defenderse de los vendavales y las ventoleras que les interponen, por un lado, los dictados de la moral social(ista), por otro, el granero copioso de la mojigatería y la predisposición.

En una antología de escritores de la Isla publicada en 2001, Pérez decía: "Mi amado es indio cuando al sol / duerme su cuerpo en las arenas de una playa / Es ébano bajo la luna / Aroma de tabaco hay en sus labios / y fresa de otros bosques…".

'Ahora que no está prohibido'

Por elegancia y mejor costura de la lengua, la crítica ha llamado este género "homoerótico", porque ya no hay cómo sacarlo del flashazo efímero de la poesía joven cubana, la más nueva, de ayer acaso.

En la contienda universal de la cultura se venía fraguando su bautismo, pero en Cuba ya tenemos un cine, una literatura, una plástica, y en cualquier momento nos encantaremos con una trova, un son o una timba "homoerótica", aunque se revuelva el mismísimo don Miguel Matamoros "con muleta y con bastón", que su María Teresa Vera tuvo en tales menesteres.

Un cerro altísimo domina la ciudad de Holguín, y desde allí, o hacia allí, cantan otros vates, con insinuaciones lezamianas, suspiros piñerianos, con la aspiración de ser Lord Byron con "tricornio y con bastón", como decía Martí. Desde allí canta, imberbe aún, Yannier Hechavarría: "Yo quería ser amado / que me arrullaran. / Tener una novia para las tertulias / ser el pescador de mis provisiones".

Desde la ciudad donde está el cerro inmemorial, Hechavarría intenta la felicidad con alas, el paseo con flores de papel. Ahora que no está prohibido mezclar el chocolate con la fresa y la nación se dice laica, ni apedrean a los pájaros (el poder también se las da de ecologista), ni los campos de trabajo forzado son para el irreverente, dicho sexualmente, sino para los de la retroversión política, este creador canta sin recato: "Todos ríen, / yo sirvo agua / contemplo el camino / protejo mi cuerpo de las sábanas que me tapan / Tengo deseos de ti, antes de ti, estando contigo".

En la raída cartelera de un teatro habanero de los años noventa del pasado siglo, se anunciaba: Las mariposas saltan al vacío. Desde las páginas que serán destruidas por el olvido, estos poetas, alados desde su sinfonía ¿homoerótica?, saltarán sin miedo y sin sonrojo desde el cerro de La Cruz… al mundo.