Actualizado: 20/02/2020 20:16
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Las series tomadas en serio

Dentro del verdadero alud de teleseries que se estrenan casi a diario, las realizadas en Rusia comienzan a abrirse un hueco en el mercado internacional. Conscientes de que los tiempos están cambiando, se han empezado a realizar producciones que puedan satisfacer los gustos y las exigencias de la audiencia global

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En una fecha tan temprana como 1970, el director francés Jean-Pierre Melville vaticinó que para 2020, el cine habría desaparecido y solo continuaría existiendo la televisión. No sé si esto va a ocurrir en un futuro inmediato, pero lo que sí es cierto es que en los últimos años el segundo de esos medios le ha ganado una considerable ventaja al primero. Basta echar una mirada a la inabarcable cifra de series que hoy se producen y al enorme éxito que están teniendo entre los espectadores.

Y, claro, decir series es pensar de inmediato en las hechas en Estados Unidos: Los Soprano, Juego de tronos, Breaking Bad, Homeland, Stranger Things, Los Simpson, Friends, Mad Men, House of Cards, The Wire, The Walking Dead… Pero cada vez más las ofertas de los canales y las plataformas incluyen títulos realizados en otros países. Ahora mismo en Netflix se pueden ver producciones polacas (Ultraviolet, The Crime), belgas (Unit 42), francesas (Marseille, El bosque), inglesas (The Crown, Line of Duty, Peaky Blinders, Broadchurch, The Bodyguard), italianas (Suburra, Carlo & Malik), turcas (El sultán, Intersection), algunas de las cuales fueron producidas por esa popular plataforma. HBO también apuesta por realizar series en otros países. Ahí están para ilustrarlo con algunos ejemplos Chernobyl, El joven Papa, The Sleepers, Beforeigners, Burning Busch, Cegado por la luz, Hackerville, Success.

En ese verdadero alud de series que se estrenan casi a diario, las hechas en Rusia comienzan a abrirse un hueco. En algunos países, Amazon Prime tiene accesible los doce capítulos de la versión para la pequeña pantalla de Vida y destino, la excelente novela épica de Vasili Grossman (en 2012 la proyectó en México el Canal 22). Su catálogo también incluye La noche de Tatiana, Nieve y cenizas, La reina roja, Belleza rusa y Espías. Netflix produjo la primera serie rusa bajo su marca, Better than Us, una atractiva y muy bien realizada historia de ciencia ficción. Y aparte, ofrece otros títulos entre los cuales hay dramas históricos (Rasputin, Trotski), thrillers (Sparta, El método, Locust, Silver Spoon), dibujos animados (Masha y el oso, Leo y Tig) y producciones de temática actual (La cocina, Internos, Fartsa). Asimismo, en YouTube, se pueden ver, con subtítulos en inglés, muchas de las producciones del canal ruso Star Media.

Hasta hace unos años, la televisión rusa venía sufriendo una crisis de ideas. La enorme popularidad entre la juventud urbana de las series extranjeras, sobre todo las norteamericanas, sirvió como un indudable estímulo para la transformación que se produjo, tanto en cuanto a la calidad como en la audiencia. Pronto los más famosos directores y actores y actrices de cine empezaron a trabajar para la pequeña pantalla. No solo lo hacen por aumentar sus entradas, sino porque ese medio les permite expresarse sin temor a la censura, la intromisión y las restricciones de tiempo. En la Rusia de Putin, esta nueva apertura tiene, no obstante, sus límites. Pavel Bardin, quien había confrontado problemas con la censura con su brutal y honesto largometraje Rusia 88, acerca de los skinheads, recibió luz verde en el Canal 1 para filmar la serie Salaam Moscú, sobre los crímenes cometidos en la capital por las minorías étnicas. Pero tras concluirla permaneció retenida por dos años, bajo el argumento de que los niveles de xenofobia y sentimientos antinmigrantes han aumentado en la población. Finalmente, pudo emitirse, recibió críticas muy positivas y mereció el galardón correspondiente a televisión en los Premios Hecho en Rusia.

Respecto a la difusión de las series, hay algunos aspectos que conviene destacar. A diferencia de la práctica que impera en casi todos los países, en Rusia son emitidas no a razón de un capítulo cada semana. Cuando se programaron así, los telespectadores se mostraron decepcionados. Eso hizo que los canales decidieran proyectar los episodios sucesivamente los días laborables. Otro aspecto consiste mostrar por primera vez las series de televisión en salas de cine. Ese fue el caso de El deshielo, dirigida por Valeri Todorovski, que se proyectó completa en una sala del centro de Moscú. También tuvo una premier similar Los demonios, la adaptación de la novela homónima de Dostoievski realizada por Vladimir Jotinenko. E incluso se hizo lo mismo con la última temporada de Juego de tronos. Asimismo, los festivales de cine han comenzado a abrirse a las producciones para la pequeña pantalla. Movimiento, un evento destinado a estimular los valores jóvenes que se celebra en Omsk, recientemente incorporó una sección para las series. Y el Festival Internacional de Cine Kinoforum, de San Petersburgo, también le está prestando mucha atención.

La transformación que se ha producido en la televisión rusa ha hecho que los espectadores dejen de estar obsesionados con las series norteamericanas. Por supuesto, estas mantienen su popularidad y se siguen viendo, pero ya no son las únicas que acaparan los mayores índices de popularidad. Eso se debe a que, como han hecho notar los especialistas, las producciones nacionales se han vuelto atractivas. Los directores y los guionistas supieron asimilar lo mejor de las extranjeras para realizar las propias. Y partiendo de mi experiencia, tras haber visionado más de una veintena de ellas, me atrevo a afirmar que están logrando satisfactoriamente su propósito.

La Guerra Patria desde una óptica crítica y desmitificadora

Los temas que se tratan abarcan un abanico tan amplio como diverso. Incluye melodramas, dramas históricos, thrillers, series de acción, comedias programas de realidad. Asuntos antes tratados por el cine en la etapa soviética son retomados desde otra óptica. Ese es el caso de las series ambientadas en la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, ahora se aborda a través de historias que buscan conectar con los espectadores de hoy y lograr mantener su interés. Los guionistas crean argumentos más interesantes y llenos de intriga, en lugar de insistir en las aristas más heroicas. Un recurso que ha demostrado su eficacia es el de las tramas de espionaje, algo de lo cual son ejemplos títulos como Matar a Stalin, Núremberg: contraespionaje, Los espías deben morir, Más fuerte que la guerra, Muerte a los espías, Richard Sorge: maestro de espías.

Por otro lado, la etapa de la Guerra Patria también es revisitada a partir de un criterio más crítico y desmitificador. Eso ha hecho posible que aspectos que durante décadas estuvieron ocultos hayan sido sacados a la luz. En esa vertiente, una de las primeras producciones fue Batallón de castigo, que fue muy popular y muy bien valorada por la crítica. Cuando la guerra iba mal para la Unión Soviética, Stalin decidió aceptar voluntarios de los campos de trabajo forzado para usarlos como tropa de choque. En la serie, delincuentes comunes, presos políticos, soldados de otras unidades, sacerdotes y veteranos del Ejército Blanco integran uno de aquellos batallones. Se narra cómo eran enviados a luchar mal equipados y sin entrenamiento previo, para que redimieran con sangre sus delitos. Batallón de castigo marcó un punto de inflexión en la visión del pasado, particularmente de los crímenes estalinistas. Asimismo, ennobleció a los presos del gulag, al mostrar su patriotismo y su disposición a sacrificarse por su país.

En Vida y destino, el relato centrado en el sitio de Stalingrado viene a confirmar la polémica tesis de Hannah Arendt: el comunismo y el nazismo pueden subsumirse bajo el mismo concepto. Al igual que la novela de Grossman, la serie es un sobrecogedor fresco de los desastres de la guerra y de la vida bajo un stado totalitario. Quienes luchaban por defender la ciudad del asedio nazi eran tan despreciados por el régimen soviético como lo eran por Hitler. En los capítulos se muestra el heroísmo y el sacrificio de soldados y ciudadanos, pero también el pánico a la vigilancia, la paranoia, las persecuciones, la insensibilidad de la burocracia, la sospecha del prójimo. La total inhumanidad de ambos regímenes aparece encarnada en los campos de concentración (los lager) y de trabajos forzados (gulags) que ambos construyeron. Grossman definió a unos y a otros como campos “habitados por criminales que no habían cometido ningún crimen”. En Rusia, cuando Vida y destino se proyectó por primera vez, la nación se dividió en dos bandos: los estalinistas y los antiestalinistas. Eso responde a que, a menudo, los programas de televisión alcanzan un estatus de culto y se convierten en referentes en las conversaciones habituales y la prensa. Pasan así a formar parte de la cultura popular y el lenguaje, y constituyen símbolos inequívocos de los tiempos que corren y de las generaciones actuales.

Otro género muy popular entre el público ruso es el policial. Al igual que ocurre en casi todos los países, son numerosas las producciones con esa temática que se realizan cada año. Una de las que alcanzó más popularidad fue la ya mencionada Silver Spoon (el título original es Mayor) que acaparó un 40 por ciento de la audiencia cuando se proyectó. Trata sobre un joven inmaduro hijo de un oligarca, a quien este envía a trabajar en una remota estación de policía. Ha movido sus influencias para conseguir alejarlo de la atención pública, que atrajo tras protagonizar un incidente. Allí el joven encuentra el amor y un sentido para su vida, que consiste en descubrir la identidad del asesino de su madre. La aceptación que tuvo Silver Spoon hizo que se rodaran tres temporadas. Fue además la primera serie rusa distribuida globalmente por Netflix y se ha confirmado que este año contará con una versión en Corea del Sur.

La mafia y el mundo del crimen que surgió en Rusia a partir de los años 90, también ha dado pie a varias series. De las que personalmente he visto, la mejor es Brigada, que se ha difundido internacionalmente con el título de Law of the Lawless. En su momento, fue la producción más cara filmada en Rusia: cada uno de los 15 capítulos costó 200 mil dólares. Sus personajes centrales son cuatro amigos que crecieron juntos y terminaron formando una banda de gánsteres. Al inicio, solo se dedicaban a los negocios, pero un asesinato no premeditado los transforma en lo que después fueron. Ese hecho puso sus vidas en riesgo y los condujo a un punto en que ya no había vuelta atrás. Fue así como se hicieron un hueco en el inframundo criminal de los “salvajes 90” y construyeron el imperio criminal más poderoso de Rusia. Brigada fue un éxito inmediato cuando se emitió por primera vez e hizo que sus principales actores se convirtiesen en estrellas. Creó la imagen del villano encantador que se gana el respeto y la admiración de todos, algo que algunos le criticaron. Eso dio lugar a que fuera prohibida en Ucrania.

Producciones basadas en obras literarias

Otro título que se ha podido ver en Netflix es Trotski, sobre la cual se habló bastante cuando se estrenó. Es una de las varias teleseries que se centran en personajes célebres de la historia rusa. En ese grupo figuran las hechas sobre Pedro I y Catalina la Grande. La dedicada a la segunda se ha distribuido internacionalmente como Catherine the Great, y de todas las series rodadas hasta la fecha, es la que contó con mayor presupuesto: unos 9 millones de dólares. Otra superproducción, Grigori R., se centra en Rasputín, el enigmático monje que cautivó a la zarina y a un grupo de señoras de la nobleza.

En la etapa soviética se ambienta Demonio de la revolución, un thriller político que narra la historia de dos figuras que hicieron posible la Revolución de Octubre: Lenin y Alexander Parvus. Mucho menos conocido es el segundo, que financió el estallido de 1917 y llevó a Lenin de regreso a Rusia. También pertenecen a ese grupo Vasili, acerca del hijo más conflictivo de Stalin, y Brezhnev, que más que una biografía del dirigente de la Unión Soviética es una reflexión sobre el poder. Lo muestra cuando es ya un anciano gravemente enfermo que desea e implora la jubilación, pero que es forzado a mantenerse en el cargo. Los otros miembros del Politburó, también ancianos, se niegan a que lo haga, pues no habían logrado ponerse de acuerdo respecto a su sucesor, y tampoco querían abandonar sus comodidades y privilegios. Conviene mencionar que existen también teleseries sobre el escritor Fiodor Dostoievski (Dostoievski) y la popular actriz y cantante Liudmila Gúrchenko (La actriz).

Rusia posee una tradición literaria que está entre las más sólidas y ricas del mundo. Eso explica que sea una fuente de la cual se ha nutrido buena parte de la producción cinematográfica. Lo es también para las teleseries que hoy se producen. Destinadas a la pequeña pantalla, se han hecho adaptaciones de obras de Iván Turguéniev (Padres e hijos), Isaac Babel (Érase una vez en Odessa), Alexander Solzhenitsin (El primer círculo), Boris Pasternak (El doctor Zhivago), León Tolstoi (Ana Karenina), Vasili Axionov (Una saga moscovita), Mijaíl Bulgakov (El maestro y Margarita, La guardia blanca), Guzel Yájina (Zuleijá abre los ojos)… Menciono unos cuantos títulos, aunque la lista es extensa. Este cronista tampoco las conoce todas, pues su desconocimiento del ruso lo limita a ver solamente las subtituladas en inglés. En todo caso, de las que he visionado puedo afirmar que se distinguen por un magnífico nivel de realización, una cuidada ambientación en el caso de las que son de época y una respetuosa fidelidad a los textos originales. Siempre digo que lo que hizo Humberto Solás con Cecilia Valdés, en la tierra de Tolstoi hubiera sido imposible. Tal es la veneración que tienen los rusos por sus clásicos.

Y ya que menciono este aspecto, resulta oportuno que me refiera brevemente a los errores, algunos de ellos garrafales, que suelen hallarse en los filmes y las teleseries sobre temas y personajes rusos realizados en Occidente. Un ejemplo muy reciente es el de Los últimos zares, que se puede ver en Netflix. En esa serie, se presenta a unos ministros que discuten a grito pelado con Nicolás II, y permanecen sentados mientras él permanece de pie. En uno de los capítulos, aparece una botella con la palabra vodka mal escrita. Hay errores en la cronología de los hechos y en el vestuario, en el cual abundan las telas sintéticas, las pieles falsas y la bisutería barata. Y el colmo de la falta de rigor histórico: en una escena que tiene lugar en 1905, se muestra en la Plaza Roja el mausoleo de Lenin, quien entonces ni siquiera soñaba con llegar al poder. El mausoleo fue construido en 1924, tras el fallecimiento del líder revolucionario.

La aceptación que las series rusas están teniendo en otros países ha hecho que los productores han adoptado nuevas estrategias. Conscientes de que los tiempos están cambiando, han empezado a realizar producciones que puedan satisfacer los gustos y las exigencias de la audiencia global. Un aspecto en el cual esto se pone de manifiesto es el papel protagónico que han pasado a tener los personajes femeninos. Se va imponiendo la necesidad de que tengan una voz distinta y una representación veraz en la pantalla. Y en los tiempos actuales, veraz significa compleja. En el caso de las series sobre Catalina la Grande, Sophia Palaiologina y Mata Hari, se respeta el contexto histórico, pero se les muestra con una visión moderna, para hacerlas más cercanas a las mujeres de hoy. Son inteligentes y con determinación suficiente para mantener su poder e influencia en períodos extremadamente difíciles para las personas de su sexo.

Una teleserie que ilustra muy bien este cambio es Una mujer corriente, cuya difusión internacional fue adquirida por Cineflix Rights, la principal distribuidora independiente de televisión de Inglaterra. Los críticos la han definido como una combinación de Breaking Bad y Happy Valley, aunque también posee ingredientes de comedia negra y drama familiar. Su protagonista es Marina, una moscovita de treinta y nueve años, casada y con dos hijas. Trabaja en una florería, pero en realidad se trata de una tapadera: su verdadero negocio es una red clandestina de prostitución que ella opera a través de WhatsApp. La trama se desarrolla a partir de que una de las chicas es hallada muerta en la habitación de un hotel.

La protagonista tiene que reprimir constantemente sus sentimientos más íntimos para sobrevivir en una sociedad corrupta. Es independiente y en su vida secreta puede ser cínica, fría e incluso cruel. Su decisión de dedicarse a ese negocio tan lucrativo, aunque peligroso, obedeció a la necesidad de sacar a flote a su familia, que enfrentaba problemas económicos. Ha hecho lo que corresponde a su esposo, quien es incapaz de hacerlo. En ese sentido, la serie lleva una buena dosis de ironía, al presentar a una mujer fuerte en un mundo de hombres débiles. El trabajo de la actriz Anna Mijalkova, quien da vida a Marina, ha recibido muchos elogios y le ha merecido varios premios, tanto en Rusia como en el extranjero.