Actualizado: 18/10/2021 10:15
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Leonardo, el incorruptible

El premio Nacional de Literatura 2006 ha mirado un poco más allá de la tradición poética y ficcional para abrazar la música y su entorno de reflexión.

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Según se conoció a finales de diciembre pasado en La Habana, el Premio Nacional de Literatura 2006 fue conferido al destacado ensayista, investigador, crítico y musicólogo Leonardo Acosta. La muy escueta nota de prensa divulgada por el diario Granma, señala que Acosta ha sido merecedor en cinco ocasiones del Premio de la Crítica y su libro más reciente sobre la obra de Alejo Carpentier es "un estudio profundo" sobre el autor de Concierto barroco.

Es de imaginar que el jurado, cuyos nombres no son referidos, haya sopesado el carácter profundamente reflexivo y la mirada polémica y complejizada que, en el terreno analítico de lo musical, destila la lectura de la mayoría de los volúmenes de Acosta, verificable en títulos como Música y descolonización (1982), Del tambor al sintetizador (1983), Elige tú que canto yo (1993) y Otra visión de la música cubana (2004), además de su intento de historiar la evolución del jazz en la Isla en sus Descarga cubana (1900-1950) y Descarga número dos (1950-2000).

Nacido en la capital cubana en 1933, Acosta realizó estudios inconclusos de arquitectura y luego de la instauración del régimen de Fidel Castro laboró como periodista de la agencia oficialista Prensa Latina. Pero fue su raigal vocación por la música la que terminaría imponiéndose en un ser de intelecto inquieto por naturaleza. Como saxofonista, integró la banda del gran Benny Moré, participó en innumerables descargas y ensembles, y se sumó al Grupo de Experimentación Sonora que en los grises años setenta reunió a talentos diversos como Leo Brouwer, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y Emiliano Salvador, bajo los auspicios del ICAIC.

También a las letras ha entregado buena parte de su tiempo e inteligencia. Honrando a quien fuera ilustre explorador de esa suerte de feliz imbricación de las artes, en este caso la música y la literatura, como fue sin dudas Alejo Carpentier, se honra Acosta al dedicarle dos volúmenes, Música y épica en las novelas deAlejo Carpentier (1981) y Alejo en tierra firme. Intertextualidad y encuentros fortuitos (2005), reseñados ambos como aportadores de sustancia crítica al caudal exegético del primer cubano en obtener el Premio Cervantes de Literatura.

Paradójicamente, dada su nada baldía etapa en el periodismo, Acosta no es un hombre de los medios. No se le ve apenas en ellos. ¿O será que no resulta muy atractivo para esos mismos medios que deberían comunicar más y confundir menos, presentando ante las cámaras de la televisión a vulgares represores como si fueran glorias de la cultura nacional y soslayando a quienes han nutrido con su quehacer lo poco que puede salvarse hoy de aquella "sensibilidad de ínsula" que quitaba el sueño a Lezama?

Galardones como migajas

Sabido es que el Premio Nacional de Literatura, como parte del sistema de galardones que anualmente entrega el Ministerio de Cultura y otras instituciones y organismos (Música, Cine, Teatro, Danza, Ciencias Sociales, Edición, Radio, Televisión, Periodismo y Enseñanza Artística, entre otros), carga con una cuota de tinte político ya insoportable.

A esta altura de los tiempos, en los albores del siglo XXI, es difícil creer que exista sobre la faz de este planeta otra nación que se dé el lujo de partir en dos su propio corpus cultural por complacer un estatus donde prevalece la exclusión por motivos ideológicos.

Ese es otro de los tantos debates postergados en el seno del castrismo, que reparte estímulos y privilegios como si de migajas del poder se tratara, o como una buena oportunidad anual de mostrar su selectiva "magnanimidad" al homenajear a artistas y creadores censurados y marginados en el pasado.

No les falta razón a quienes igualmente consideran que es hora de propiciar un salto generacional en el Premio y ya comienzan a sonar nombres como los de la poeta Reina María Rodríguez y el novelista Leonardo Padura, ambos residentes en Cuba, aunque con muy escasa participación en la farsesca escena cultural aquí. Por la importancia y el volumen de sus obras publicadas dentro y fuera de la Isla, no hay dudas de que serían ellos los llamados a servir como imprescindibles puentes, antes de que el régimen decida atender la justa demanda de la mayoría y considere elegibles a quienes residen fuera.

La interrogante que sigue es: ¿aceptaría un escritor exiliado un galardón proveniente del mismo gobierno que provocó su destierro y que mañana buscaría maniobrar utilizándolo para blanquear su imagen internacional? Aun cuando existan en el exilio diversas tendencias contrastadas frente al hecho real de la subsistencia de un despreciable estado de cosas, es difícil que pueda ser posible. Al menos, no sin un debate que contribuya a armonizar las necesarias vías de pluralidad con participación de todos.

Por lo pronto, hay razones para celebrar la justeza de este selección en el año 2006. El premio ha mirado un poco más allá de la tradición poética y ficcional para, en la persona de Leonardo Acosta, abrazar la música y su entorno de reflexión, que se complementa con el que mereció en Música la también investigadora y lúcida ensayista María Teresa Linares. Brindemos por ellos, porque enaltecen nuestra condición de cubanos.