Actualizado: 19/04/2019 14:43
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Literatura infantil, Literatura

Literatura para tiempos veloces

A través de sus libros, cuatro autores ilustran los caminos estéticos y temáticos por los cuales discurre la poesía para niños que se escribe hoy en la Isla

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“Vivimos tiempos veloces; es decir, apenas hay tiempo. Pero, teniendo en cuenta y estando a favor del verdadero progreso —el científico, el tecnológico y el humano—, creo que, independientemente de los impactos de la tecnología de nuestra época, de los equipos modernos de aprendizaje y de juegos (…), en nuestros países del sur, la poesía —que habla a la razón del sentimiento y a lo que “suene justo, hondo y lleno”, como apunta Cintio Vitier—, ocupa entre los niños un lugar insustituible. Los videos, los juegos tecnológicos, los CD-ROM y la poesía no son excluyentes, sino complementarios”.

La cita anterior pertenece a la escritora Enid Vian. Confieso que no me siento capacitado para confirmarla o contradecirla. No tengo hijos, nietos ni sobrinos que puedan servirme de muestras. Y los estudiantes a quienes imparto clases, hace ya unos cuantos años que dejaron atrás la tierna infancia y son, de acuerdo a la ley de su país, adultos. No obstante, quiero ser optimista y pensar, como Vian, que los niños actuales siguen leyendo y disfrutando la poesía concebida para ellos. Que pese a las variadas y numerosas opciones que hoy tienen a su alcance, no han renunciado al viejo y sano hábito de sumergirse en las páginas de un libro. Y, en fin, que conservan la capacidad de ser sensibles a la imaginación poética y la sugestión de la palabra.

Por lo pronto, se siguen escribiendo y editando poemarios para ellos. Los autores se responsabilizan así de continuar una tradición que, en el caso de la literatura cubana, acumula ya unos ciento cuarenta años. La inició de manera brillante José Martí y luego la han mantenido creadores tan significativos como Mariano Brull, Emma Pérez Téllez, Nicolás Guillén, Renée Potts, Dora Alonso, Mirta Aguirre, Eliseo Diego, David Chericián, Nersys Felipe, Julia Calzadilla, Aramís Quintero, Froilán Escobar, Adolfo Martí, Excilia Saldaña, Emilio de Armas, José Antonio Gutiérrez y muchos otros. Existen por lo menos dos antologías que dan cuenta de esa producción: Un elefante en la cuerda floja (1998), preparada por la propia Enid Vian, e Isla de versos (1999), que compiló Sergio Andricaín.

En mi último viaje a la Isla, compré algunas muestras más o menos recientes de esta manifestación. Hubo otros títulos que me hubiese gustado traer, pero al parecer estaban agotados. Indicio, cabe pensar, de que tuvieron una buena acogida entre los lectores. Las líneas que siguen estarán dedicadas a reseñar cuatro de esos títulos.

A una niña llamada Rocío Daniela dedicó Nelson Simón (Pinar del Río, 1965) su libro Preguntas de Rocío (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2007). “Como pétalo en el agua, como cascarillas de corteza de árbol, así caen las preguntas de Rocío, con esa ingenuidad de las primeras cosas que se abren a la vida (…) ¡Ah!, pajarillo leve, olorosa rama de canela: ¡cuánta pobreza me descubres!, ¿con qué palabras podré describirte lo que ignoras?”, escribe Simón al principio del libro. Varios de esos quince textos están construidos precisamente a partir de las interrogantes con que Rocío busca satisfacer su curiosidad y comprender lo que para ella es un mundo de asombros.

Sus indagaciones se remiten, en primer lugar, a elementos que forman parte de la naturaleza (el viento, el colibrí, la abeja, el grillo, la mariposa, la gaviota, el delfín). Igualmente, su interés se dirige a las personas (el abuelo, el payaso, el mago) y los juguetes (el trompo). Como expresa el sujeto poético, la niña pone en evidencia su ineptitud para dar cumplida respuesta a sus preguntas: “¿Por qué la lluvia me moja,/ y la brisa me despeina?/ ¿Por qué la rosa es tan roja/ y tú me dices: ‘mi reina’?/ ¿Por qué al gallo se le antoja/ cantar al amanecer?/ ¿Y por qué mamá se enoja/ cuando yo quiero crecer?”.

Esa estructura, sin embargo, solo es empleada en algunos poemas. En la mayoría, las interrogantes de Rocío no aparecen, sino que están implícitas. A modo de ejemplo, reproduzco “Mariposas”, uno de los textos más breves: “Arabescos de sueños/ llenan sus alas./ Mansa la noche los duerme/ sobre las dalias./ Apenas son un beso,/ una guirnalda:/ empolvadas y alegres,/ mueven sus alas”. Como se advierte en los versos citados, la sencillez expresiva, la calidez lírica y el buen gusto constituyen las principales cualidades de Preguntas de Rocío, que está dirigido al público lector de nivel escolar. La principal objeción que puede hacérseles es el que el autor haya prescindido por completo de cualquier elemento de cubanía, tanto en el plano léxico como en el temático.

Si el libro de Nelson Simón fue concebido a partir de las preguntas hechas por una niña imaginaria, en cambio, Y digo pájara pinta (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2009) surgió después que Lina de Feria (Santiago de Cuba, 1945) tuvo a su hijo Sebastián. A la luz de su crianza, escribió los 15 textos que integran el poemario, y que según ella expresa, quiso que quedasen como “recuerdos de la etapa en que Sebastián y yo éramos una quimera de felicidad”. Autora de varios títulos para adultos, merecedora de premios como el David, el Nicolás Guillén y el de la Crítica, ese libro constituye su primera incursión en la literatura para niños. En la introducción, Enrique Pérez Díaz señala que, sin embargo, Y digo pájara pinta “no desmerece su creación, sino que revela un aire renovador en el tratamiento de la palabra con la que juega a capricho”.

El afecto entrañable y el amor materno aparecen literariamente reflejados en los textos de la sección Cinco por cinco, una de las tres en las que está organizado el libro. Así, en “Para Sebastián” se lee: “Sebastián es colmillito/ y cóndor de andina loma/ más que torcaza paloma/ más que paloma torito.// Sebastián es el camino/ que no muere en la mañana/ más que camino cañada/ por donde se mueve. // (…) Sebastián es el albergue/ de la madre que fatiga/ con su eternidad vecina/ de una frágil y honda suerte”.

En los otros dos bloques se recogen textos que se valen de la musicalidad de la rima como clave de acceso para abordar temáticas variadas, o simplemente despertar en los lectores el disfrute de las posibilidades de sugerencia del lenguaje poético. Esto último lo ilustran poemas como “Prólogo”, al cual pertenece este fragmento: “El vidriero de la isla/ tiene camisola azul/ que el aire de mar encincha/ como a muladar de luz. // Y tiene calzones rojos/ para encender el portón/ cuando amanezca de pronto/ con la manada del sol”.

El encantador ajiaco de nuestra nacionalidad

Marcia Jiménez Arce (Pinar del Río, 1973) obtuvo en 2008 el Premio Calendario con De congo y carabalí (Editorial Abril, La Habana, 2008). En esos poemas, apunta Julia Calzadilla en la contraportada, “la autora nos habla de la nación cubana. De dioses llegados de África mezclados con santos venidos de España. De hadas y güijes. De cabellos muy lacios y cabellos muy crespos, todo ello contado con versos cargados de poesía y de humor, narrado con juegos de palabras”.

En uno de los primeros poemas, “Amén”, Jiménez Arce expresa: “De congo y carabalí/ dicen que todos tenemos,/ unos más y otros menos/ granitos de ajonjolí./ No te extrañe un jabalí/ tras un puerco arrabalero/ en este caimán caldero/ donde se mezclan las cosas,/ entre razas como rosas,/ ritual de ajiaco casero”. A lo largo de su libro, la escritora trata de captar en términos poéticos ese complejo y encantador ajiaco cultural, racial y religioso que es Cuba. En los bloques ¡Que viva Changó! y Ayé, ayó, el remedio contra el miedo lo traigo yo…, dedica textos a los principales orishas (Changó, Eleguá, Yemayá, Babalú Ayé, Ochún…). En “Herencia” y “Abuelo José”, Jiménez Arce resalta la vertiente española. Y en otros poemas como “Origen”, “Nación”, “Balada de las dos abuelas”, “Confusión”, “Duda”, recrea la mezcla que ha dado lugar a nuestra nacionalidad: “Pelilácea,/ peliclara,/ pelilarga,/ es mi mamá.// Pelirizo,/ pelioscuro,/ pelicorto,/ es mi papá./ ¿Y este pelienredo mío,/ de cuál de los dos será?”.

De congo y carabalí asume el permanente y difícil reto de hacer que los niños aprendan cosas que conviene saber. En tal sentido, cumple una función muy útil, al proporcionar a padres y maestros un puñado de textos que los pueden ayudar a explicar a los pequeños sus raíces y hacerlos sentir orgullosos de ellas. Es además una herramienta para alentar la curiosidad innata en ellos y ampliar sus conocimientos. Pero el mayor acierto de la autora es conseguir ese propósito didáctico con amenidad y considerables dosis de humor, con unos poemas que además tienen como denominador común un buen nivel de elaboración literaria.

Últimamente, Gente Nueva ha puesto en circulación nuevas ediciones de obras que se publicaron hace varios años y que por sus valores lo merecen. Como parte de esa loable iniciativa, ha visto de nuevo la luz Cantos para un mayito y una paloma, con el cual Excilia Saldaña (La Habana, 1946-1999) ganó en 1979 el Premio Ismaelillo. Poemas y narraciones poéticas se combinan en ese libro, que da una medida del talento y la singularidad de su autora. Una mujer laboriosa, apasionada y polémica que nunca hizo distinciones a la hora de dirigirse a los niños o a los adultos.

Acerca de la importancia de Cantos para un mayito y una paloma, alguien tan autorizado como Antonio Orlando Rodríguez ha comentado que “enriqueció el panorama de las letras para niños en la Isla no sólo con el virtuosismo y la autenticidad con que la autora empleó algunas de las más añejas formas de la métrica tradicional hispana (zéjel, ovillejo, discor, cosante, sonetillo, entre otras), sino también con su abordaje de la naturaleza mestiza de la identidad cultural cubana y con la contribución a una vertiente temática poco cultivada: la ternura materna”.

“¿Quién más bello que el amor? / -Mi flor. / ¿Quién da tierno y suave abrigo? / -El amigo. / ¿Quién de vuelo no reposa? / -La mariposa. / No hay verdad más dolorosa/ —la arena a la tierra dijo—/ que esto de andar sin un hijo: / flor, amigo, mariposa”. Ese buen gusto, ese dominio pleno de los recursos poéticos, esa capacidad para abordar temas escabrosos son las notas que dominan en todo el libro. El aliento poético está también presente en los textos en prosa, en los que Excilia Saldaña incorpora un toque de delicioso humor: “Vecina, venga acá, por la cocina. Venga, que la necesito, venga un segundito.// Abuela era la comadre más buscada: que si la tortuga tenía dolores de empacho, pues pellizquitos en el carapacho; que si el dolor era del crecimiento, pues manteca de cacao y ungüentos; que si no se sabía de qué era el dolor, pues no importaba, para todo servía el cundeamor. Y si la cosa era de consejos, mejor aun: los tenía nuevos de paquete y bien añejos.// -Vecina, venga acá por la cocina. Venga, que la necesito, venga un segundito.// Sí, señor, cómo no, lo digo y lo repito: se enteraba de todo lo que sucedía en el distrito”.

Los creadores cubanos siguen escribiendo, pues, buena poesía para niños. Lo cual es una buena razón para cerrar de manera optimista estas líneas. Lo hago con unas palabras del narrador español José María Merino:

“Podemos imaginar que todos esos niños, ayudados por algún mayor que lee, por los profesores que leen, por la gente de ciertas bibliotecas, van descubriendo los libros arrinconados tras las pantallas y los artilugios electrónicos. (…) Leen y leen, y van creciendo, y cuando son mayores no dejan de leer y, como conocen el secreto de la literatura, ordenan el país de otra manera, y ponen a las pantallas —tan útiles— en el sitio que les corresponde. Muchos son ya profesores, o trabajan en bibliotecas, y saben cómo hay que hacer para contagiar a los nuevos lectores el gusto de la buena literatura. Así, las palabras no se esfuman y las cosas permanecen. La memoria se mantiene fresca, la gente conoce cada vez mejor los misterios de su propio corazón. Por fin, ni el país ni el mundo se desvanecen. Colorín colorado”.