Actualizado: 23/06/2024 21:59
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Música

Lo mismo con lo mismo

Leyendo la prensa: Para la burocracia cultural cubana resulta vital inventarse una bestia negra musical a la que criticar e incluso prohibir.

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En segundo lugar, el interés de los censores culturales por controlar y "dosificar" la música que es apta para el consumo de la población y la que no, otorgando prioridad a la difusión de la música nacional sobre la extranjera —un 70% a la cubana frente un 30% a la extranjera, según expresa el propio artículo—, resulta absurdo e ineficaz. Hoy día en Cuba, a pesar de los rigurosos límites que impone el régimen a la sociedad de la información y las carencias materiales que sufre gran parte de la población, casi cualquiera puede escuchar a Arturo Sandoval, Paquito D'Rivera y Alejandro Sanz, "prohibidos", según una lista que sólo se conoce en la radio.

Por otro lado, basta con que se prohíba a algún músico o cantante para que el deseo de escucharlos arraigue más profundamente. En su momento, las prohibiciones de que fueron víctimas José Feliciano, Rubén Blades y la mismísima Celia Cruz, no hicieron más que acrecentar su popularidad entre los oyentes cubanos.

En tercer lugar, la manía gubernamental de controlar la música que se escucha constituye, a fin de cuentas, un soberano disparate. El Estado totalitario argumenta que dicha música está asociada implícitamente a códigos de conducta capitalistas, concebida para un consumo masivo e inescrupuloso. Por lo que, además de ser ideológicamente nociva, erosiona las formas y géneros propios del acervo musical autóctono. Incluso la salsa proveniente de Nueva York, a pesar de sus letras reivindicativas, fue vista en la Isla como un intento de apropiación del son autóctono, siempre a tono con el "síndrome de plaza sitiada".

Lo que vale y lo que no

Pero se trata de una concepción errada. Por ejemplo, países del entorno caribeño o latinoamericano —Puerto Rico, República Dominicana, Brasil, Argentina…— que no cuentan con los inestimables servicios de una burocracia cultural como la castrista, mantienen y renuevan constantemente su discurso musical autóctono. Y ello a pesar de estar envueltos en una feroz competencia con los productos musicales del Primer Mundo.

Esto es así precisamente porque sólo en un marco de libertad para la circulación y el consumo del producto cultural puede la música, provenga de donde provenga, salir fortalecida y beneficiada. El consumidor nacional, más allá de modas y empaques formales fabricados en estudios de Londres o Nueva York, alcanza siempre a reconocer los valores auténticos. Y por supuesto, lo hace sin que ningún culturócrata a sueldo venga a decirle lo que vale para sus oídos y su mente, y lo que no.

En ese futuro democrático que no deja de insinuarse para Cuba, cabe esperar y desear que en la radio y la televisión nacionales, en cada casa, cada fiesta familiar, incluso en cada establecimiento público, se pueda escuchar lo mismo a Pablo Milanés que a Led Zeppelin, a Gloria Estefan que a Silvio Rodríguez, a Nilo MC que a Guillermo Álvarez Guedes. Tal y como conviven hoy todos, juntitos y felices, en el disco duro de mi computadora.


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