Actualizado: 20/04/2019 14:23
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Literatura

Los bostezos, las arrugas y otras rarezas por el estilo

Cuatro títulos aparecidos póstumamente vienen a confirmar el singular talento de la obra de Albertico Yáñez, en la que lo absurdo y lo inusitado campean en unos textos llenos de humor y fantasía

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Pese a que han transcurrido ya cuatro años desde su prematura muerte, la obra de Albertico Yáñez (1957-2008) aún sigue deparando sorpresas. A los libros suyos ya conocidos, se han venido a sumar otros cuatro títulos que han visto la luz póstumamente: Zafarrancho colosal (2009), Libro primero de las cosas raras (2010) y Libro segundo de las cosas raras (2011), todos aparecidos bajo el sello de la Editorial Gente Nueva, y El cuaderno de las maticas (y otras hierbas), Ediciones Unión, Colección Ismaelillo, La Habana, 2011.

Desde que se dio a conocer en 1981, con la publicación de Cuentan que Penélope, Albertico Yáñez se dedicó a la literatura para niños, género al cual se mantuvo fiel hasta su fallecimiento. A aquel libro se sumaron después Este libro horroroso y sin remedio (1996, Premios Pinos Nuevos y de la Crítica), La frenética historia del bolotruco y la cacerola encantada (2000), Poco libro para tanta barrabasada (2002) y La perdida por la ganada o el cambio del niño por la vaca (2003, Premio La Rosa Blanca). Los títulos adelantan ya algo de lo que el lector va a encontrar en ellos. En una entrevista que le realizó Enrique Pérez Díaz, Yáñez definió de este modo los que para él son los ingredientes de las mejores historias para el público infantil: “Tres cucharaditas de humor, un chorrito de instrucción y una pizca de color. Eso sí, el gas de la hornilla debe ser un maravilloso humo de imaginación, fantasías, sueños, quimeras”. Asimismo al ser interrogado respecto a los valores éticos, respondió: “Siempre que subyazcan invisiblemente, como valores orgánicos, propios de la trama o de sus seres y no se expongan como estandartes o baluartes ostensibles, moralizantes y, por tanto, baldíamente tortuosos”. Alguien ha comentado sobre Yáñez que escribía como si no tomara en serio la literatura. En realidad, la tomaba muy en serio, pero ante todo la concebía ante como un acto gozoso. Por eso sus textos están impregnados de humor, de ingredientes absurdos y disparatados y de una exaltada fantasía.

Paso a ocuparme de los cuatro títulos que han visto la luz póstumamente, y empiezo por Zafarrancho colosal. Es el más breve, pues a diferencia de los otros se reduce a un solo cuento. Tiene al inicio una dedicatoria que reproduzco: “Para Brigitte Bardot (No la de antes… la de ahora). Nunca para Hemingway”. Es decir, el autor dedica su libro a la primera no por su trayectoria como actriz en aquellos filmes que, en su momento, tanto escandalizaron, sino por su labor actual en defensa de los animales. En cuanto al escritor norteamericano, la tajante negativa es fácil de comprender si se recuerda su afición por la cacería y la pesca. (Cuentan sus amigos que Yáñez detestaba la religión afrocubana solo por el hecho de que en algunas de sus ceremonias se sacrifican animales.)

Lo que cuenta el libro es precisamente una historia de reclamo ecológico, un “zafarrancho colosal entre la vanidosa naturaleza de la humanidad y la sencilla humanidad de la Naturaleza”. Plantas y animales se han reunido en la floresta. Han decidido celebrar una asamblea para debatir sobre la subestimación de que son objeto por parte de los seres humanos, por el simple hecho de poseer este un cerebro más grande. “-¡Marcan nuestros cuerpos por gusto! -tronó un algarrobo, aquel en el que una niña grabó su nombre henchida de placer”. A lo cual una vaca ripostó: “-Al menos a ti te lo hacen con una cuchillita… ¡A mí me marcan al rojo vivo!”. También se escuchó esta otra intervención de un pez: “-¡A nosotros los psiquiatras nos mandan para que tranquilicemos a los locos! -¡Ni que fuéramos pastillas nadadoras para los nervios!”.

Tras escuchar muchas intervenciones como esas, acordaron enviar un ultimátum a los hombres y mujeres del planeta, para llegar a un acuerdo justo y favorable para todos. Los sometieron a votación y “todos alzaron sus patas, hojas, alas y aletas (las serpientes alzaron la lengua pues no tienen otra cosa en la vida para alzar, y bastante larga que la tienen, por cierto)”. A la magna reunión asistió un hombre, que hizo un resumen de los inventos hechos por la raza humana. Como no hubo forma animal ni vegetal de convencer a los soberbios humanos, los restantes seres vivos pasaron entonces a emplear otro recurso.

Una magnífica espiral que hizo temblar las montañas y levantó las raíces de bohíos, pagodas, iglúes, favelas y rascacielos, elevó al cielo en tumulto vertiginoso ventiladores, cines, maletas, velos de novia, brújulas, camisas de fuerza, confesionarios, en fin, todo el fruto del saber humano. Y luego las criaturas menores del mundo culminaron su lección. El pez martillo, el pez serrucho y el pájaro carpintero fabricaron casas con los brazos de ramas y pies de raíces que los árboles cedieron. Los cactus y los puercos espines lo mismo podían hacer de peines que de ralladores de cocina, camas de faquires, zapatos de béisbol o guayos para acompañar a los conjuntos de música campesina. Los ciempiés no hallaron mejor labor social que la de ser pisapapeles en los escritorios de las oficinas. En tanto que el gallo retornó a su antiguo rol de despertador, para levantar a la Humanidad con su canto cada amanecer. No hubo animal o planta que no les sirviera a las personas para algo en su vida diaria. Los humanos aprendieron de golpe una lección, con “una moraleja más sabia que todos los látigos del universo: amar”.

El cuaderno de las maticas (y otras hierbas) recoge seis cuentos que, tal como adelanta el título, están protagonizados por plantas. En esos textos, su autor nuevamente despliega ese estilo desenfadado, pletórico de fantasía e ingenio que lo distinguió. En “Un domingo de anjá”, Moñúa es despertada una mañana por la discusión que mantienen sus vecinos, Abrecamino y Cierracamino. El motivo es que cada uno defiende su oficio y lo hace de tal forma, que estorba al otro. Quien viene a solucionar el dilema es Maravilla, al proponer que en medio del jardín se ponga una llave de camino y un semáforo: “Con la luz verde, Abrecamino podía abrir la esclusa de los senderos y Cierracamino, con la luz roja, cerrarlos… y así todo el tiempo”.

Niñas y niños curiosos y preguntones

En “Los nombres extraños”, Amapola ha decidido cambiar de nombre, pues según ella el que tiene parece ser el de una medicina. Si hay parientes suyos que se llaman Mar Pacífico, argumenta, ella se puede llamar Océano Atlántico. Nunca lo ha visitado, pero está segura de que han de tener muchas cosas en común. Va al Registro Civil Vegetal de la ciudad y allí la recibe el abogado Gladiolo. Al escuchar su solicitud, este “quedó tan estupefacto y petrificado contra la banqueta Renacimiento Español que exclamó ¡olé! y sus espejuelos montados al aire, azorados, levantaron el vuelo y se fueron a tomar agua al otro salón, pisapapeles y tinteros hicieron muecas y a una pluma fuente se le rompió la fuente de las carcajadas que empezó a lanzar al oír aquello”. No voy a revelar todo lo que viene después, pero sí que al final el nombre nuevo solo sirvió para traerle penas a Amapola, que pidió que le devolvieran el de siempre.

El cuento más largo es “Este exótico caso que trata sobre una tal Dormidera”. La susodicha está cansada de que nadie la entendiera: que si era casasola, que si dormilona, que si haragana, que si egoísta. Y lo peor es que al a pasar frente a la puerta de su casa, todos se creían con el derecho de insultarla y juzgarla. Todo porque no les agradaba que Dormidera se cerrase como una ostra cuando le venían a hablar, o tan siquiera con sentir el roce de alguien en su entrada. Por eso a veces su burlaban de ella y la llamaban Moriviví y otros motes de matas.

La lectura de un ejemplar de La Malanga Pública, el diario del patio, le dio la idea de cómo acabar con esa infundada mala fama. Vio la sección de anuncios clasificados y encontró allí avisos tan insólitos como estos: “Quiero una cotorra que interprete cantos gregorianos”; “Vendo un piano con despreciable colonia de comejenes”; “Cambio mano de plátanos maduritos, con sortija inclusive, por autógrafo de artista famoso (no importa cuál artista)”; “Necesito alguien que rasque espaldas todos los martes de 5 a 7. Llamar a Jazmín al 38401”. Dormidera se fue entonces a la redacción de La Malanga Pública, habló con el linotipista, Galán de Noche (“no es que fuera grosero de día”) y le dijo: “Quiero divulgar un anuncio yo también. No quiero comprar ni vender nada. Solo quiero cambiar amor por amor”.

En Amenaza, una “nueva sección” que aparece al final del Libro primero de las cosas raras, Yáñez apunta: “Las cosas raras son interminables y los niños están siempre dispuestos a interrogar: ‘¿Qué es esto?’, ‘¿Qué es lo otro?’, ‘¿Qué es lo de más allá?’. Atendiendo a dicho hecho, el autor prepara otras historias con cosas raras (…) No fue que se quedaran esta vez en el tintero (además ese artefacto ya no se usa y, por otra parte, quedarían hechos un asco). Lo sucedido es que el autor está cobrando fuerzas para escribir cien páginas más, aunque a este paso (de tortuga), pues escribir una cosa así no resulta empresa fácil… Mas, ¡no desmayéis! Después del Libro Primero ¿quién sabe cuántos vendrán?”.

Dada su desbordante fantasía, es de imaginar cuántos más habría escrito. Su inesperada le impidió materializar aquel proyecto, del que solo alcanzó a dejar un volumen más. En total, son 26 cuentos que suman 224 páginas. Aunque se trata de narraciones que se pueden leer por separado, tienen como elemento común la presencia de niños preguntones que, con su curiosidad, dan pie a las historias. Asimismo las cosas raras por las cuales se interesan, solo lo son para ellos. Como muestra, aquí enumero algunas: el hipo, la pierna dormida, las arrugas, las cosquillas, los dientes de leche, los lunares, las tripas que suenan.

Los cuentos tienen siempre como punto de partida una situación común y corriente, que luego Yáñez va transformando mediante un tratamiento imaginativo, en el cual nunca falta el humor. Así, un pedazo de pan que se le atora en medio de la garganta a Trompo González, da lugar a que se convoque a una audiencia de todas las escaleras del mundo (“Tengo hipo”). Mientras se bañaba, Quimbumbia Quintana sintió algo que palpitaba en su muñeca, lo cual le hizo preguntarse asustada: “¿Me habré convertido de repente en un reloj? ¿O siempre lo habré sido y nunca nadie me habrá preguntado la hora?” (“El pulso”). A Filarmónica Cabrera sus padres le dijeron que ese domingo la llevarían a pasear al monte, en premio a su buena conducta en la escuela. Ella era muy precavida y echó en su mochila cuanto pudiera serle de utilidad para el viaje. Entre otras cosas, echó una jaula para estrellas de mar, pese a que su madre le recomendó que no la llevara, “pues las estrellas de mar se quedan los domingos en su casa poniéndose los rolos y embadurnándose con crema de anís estrellado sus caras de picos” (“Ella, la roncha”).

Como cabe suponer por el número de cuentos, los dos libros acumulan una buena cantidad de niños y niñas preguntones. A esa lista pertenecen, entre otros, Carriola Mendiola, Buzón Chacón, Silbato Silva, Plastilina Pla, Filarmónica Cabrera, Rehilete Jiménez, Matraca Alonso, Chiringa Chirino. Junto a ellos aparecen además muchos personajes de los más famosos cuentos para niños, desde la Caperucita Roja y la Cenicienta hasta Pollito Pito y los Tres Cerditos. Sin embargo, sus vidas son hoy muy distintas a las que tenían en esas narraciones.

El Genio de la Lámpara ha dejado de trabajar como tal. Ahora es un obrero y se ha mudado para un apartamento. La Lámpara Maravillosa era ya una casa muy vieja, con un puntal altísimo y mucha humedad. Así que el Genio se cansó de tenerla que reparar a cada rato. Peter Pan, por su parte, castellanizó su nombre, dado que el apellido ya lo era, y pasó a llamarse Pedro Pan. Se gana la vida regando insecticidas con su vuelo mágico, por sobre los campos de cebolla, tomate y berenjena. La Cucarachita Martina ya no está tan descansada y arregladita como se le conoció. A causa de escuchar tantos piropos de quienes pasaban por debajo de su ventana, se volvió vanidosa. Hoy no hace más que sacudir y barrer, barrer y sacudir, en busca de otra monedita para comprarse nuevos polvos. Y el Gato de Cheshire, de quien todos pensaban que estaba loco debido a que se reía solo, instaló un quiosco en el bosque. Allí regala risas, alegrías y mil cosas que lleva en su ufana mochila. Ya no hay quien se burle de él, y muchos han aprendido a imitar su risa. Eso sí, “hasta ahora nadie ha logrado saber cómo desaparecer y quedarse colgando de su dentadura, que es otro de los hábitos del susodicho minino”.

En cada uno de los cuentos, Yáñez incluye un poema, en donde recrea el tema que se trata. En esos textos alcanza tan notable manejo de las imágenes y tal capacidad de sugerencia, que uno se pregunta por qué no frecuentó antes la poesía. Copio uno de esos poemas, para ver si adivinan a qué se refiere: “¿Saxofones en la cama/ o un avión de chorro roto?/ ¿Taladros de cabecera?/ ¿Mesa de noche, una moto?// Gritando desde las gradas/ los serruchos y martillos./ Cantan cepillos, seguetas,/ clavos, puntillas, martillos?”. Quienes pensaron que se habla de los ronquidos, acertaron.

Al inicio del Libro primero…, el autor incluyó varios textos breves que se distinguen por su humor lúdico. Así, en esas páginas se pueden leer cosas como esta: “Ficha del autor: el doblenueve”. O como esta otra: “Prefacio: Es mi vecino de enfrente. Prefacio Hernández, muy buena gente y que trabaja en una concretera. También prefacio es algo así como prólogo, pero suena más raro, como si hablásemos de un hueso del esqueleto o un escritor griego de tragedias. De todas formas, en este libro hay muchas cosas raras”.

Como resulta obvio, Albertico Yáñez hizo del desenfado, el humor y el ingenio los ingredientes básicos de su escritura. Fueron esos, entre otros, los recursos que empleó para crear unas historias que, más allá de su estilo torrencial y divertido, poseen un fondo serio y veraz. Prueba de que la lectura además de hacer reflexionar, también puede ser una experiencia disfrutable y gozosa.