Actualizado: 19/05/2024 23:18
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Los demás bailan, él hace otra cosa

Hace veinticinco años murió Fred Astaire, el mejor y más elegante bailarín cinematográfico de todos los tiempos

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Cuanto más arriba llegas, más errores te
permiten. Y si cometes los suficientes, lo
consideran tu estilo.
Fred Astaire

Hace pocos días se cumplió un cuarto de siglo de su fallecimiento, a causa de una neumonía. Pero hasta hoy nadie ha conseguido no digamos arrebatarle, sino tan siquiera disputarle el título de Príncipe de la Danza que alcanzó en vida. Sigue siendo la cara, los pies y el alma del musical cinematográfico, un género del cual él es la personificación más completa y visible. Nunca más se ha vuelto a ver en las pantallas una manera de bailar como la suya, ni nadie ha logrado embelesarnos como lo hizo él con sus números. Creo que son razones suficientes para comprender por qué Fred Astaire (Estados Unidos, 10 de mayo 1899-22 de junio 1987) pervive en la memoria de varias generaciones.

En las décadas de los 30 y los 40 disfrutó de una inmensa popularidad y fue toda una estrella. Lo curioso es que estaba lejos de reunir las características físicas que en esa época eran indispensables para alcanzar el estrellato. Basta ver una foto suya para darse cuenta de que no era apuesto. No poseía un rostro agraciado. Pese a que en su autobiografía Steps in Time dice que su estatura era 1,75, lo cierto es que no pasaba de 1,71. Tenía unas amplias entradas, así como unas grandes orejas. Y como comentó el escritor inglés Graham Greene, sus rasgos faciales recuerdan más a los de Mickey Mouse, que a los de cualquier referente de belleza masculina. A lo sumo contaba con un cuerpo fibroso y de deportista, pero sobre todo con un enorme talento.

Fred Astaire (su verdadero nombre era Frederick Austerlitz, pues era hijo de un inmigrante austríaco) personifica el genio artístico. Desde tempranísima edad demostró sus dotes naturales para la danza. Cuando tenía solo cuatro años asombró al público en las presentaciones escolares. En la adolescencia ingresó en el mundo del cabaret y el music-hall, tras haber perfeccionado sus cualidades como bailarín y coreógrafo en la Alvin School of Dance. Debutó en Broadway con su hermana Adele y juntos llegaron a convertirse en una de las parejas más famosas entre los aficionados a la comedia musical. En 1931 Adele contrajo matrimonio y abandonó definitivamente el baile. Fred decidió entonces probar suerte en Hollywood. Se cuenta que cuando se lo comentó al compositor Cole Porter, de quien había interpretado varias composiciones, este le dijo: “Fred, ¿después de ti quién?”.

En el folclor de Hollywood es muy famosa la anécdota del primer casting al cual Astaire se presentó. Tras ver su prueba, el evaluador escribió: “No sabe actuar. No sabe cantar. Un poco calvo. Sabe bailar un poco”. En una entrevista en la televisión, Astaire comentó que David O. Selznick, quien lo había contratado para la RKO Radio Pictures, escribió en su cuaderno de notas que su prueba resultó “espantosa”. No obstante, Selznick fue más intuitivo que el supuesto evaluador. Supo ver algo en aquel tipo de aspecto tan jovial como distinguido, e hizo que le dieran un papel secundario en Alma de bailarina (1932), en donde aparece bailando junto con Joan Crawford.

Al año siguiente Astaire tomó parte en Volando hacia Río, que protagonizaban Joel McRae y la mexicana Dolores del Río. Allí tuvo como pareja a una actriz rubia llamada Ginger Rogers, quien aunque había aparecido antes en diecinueve filmes no se podía calificar como una bailarina profesional. Los dos tenían roles secundarios, pero interpretaron un número musical titulado “The Carioca”, con el cual robaron sin dificultad el protagonismo a del Río y McRae.

Una pareja mítica

Astaire y Gingers consiguieron llamar la atención de espectadores y críticos. En su comentario sobre el filme, la revista Variety expresó: “El principal atractivo de Volando hacia Río es la promesa cinematográfica Fred Astaire. Después de esta película, es una apuesta segura porque la cámara claramente lo quiere, el micrófono es amable con su voz y como bailarín pertenece a una clase única. Esta última observación no será noticia para la profesión, que desde hace tiempo ha reconocido que Astaire comenzó bailando donde otros jamás llegan”. El baile carioca hizo que con el paso de los años, Volando hacia Río pasara a promocionarse como una película de Astaire y Rogers.

Aquel éxito hizo que la RKO propusiera a la pareja encabezar La alegre divorciada (1934), uno de los diez títulos que rodaron juntos. Luego vinieron Sombrero de copa (1935), Roberta (1935), Sigamos la flota (1936), En alas de la danza (1936), Ritmo loco (1937), Amanda (1938) y La historia de Irene Castle (1939). Astaire y Rogers formaron una de las parejas míticas de la historia del cine. Con ellos el musical devino una de las imágenes emblemáticas de la iconografía popular, y lograron llevar a ese género a unas cotas de aceptación que nunca más ha alcanzado.

Para muchos, Rogers fue la mejor pareja que Astaire tuvo. Otros sostienen que algunas de las últimas mostraron mayor destreza técnica. Según John Mueller, Rogers sobresalió “no porque fuera superior como bailarina, sino porque, como actriz intuitiva y hábil, era suficientemente cautelosa para darse cuenta de que la interpretación no terminaba al comenzar el baile”. Lo cierto es que uno era el contrapunto perfecto del otro, y entre ambos existía una química y una compenetración admirables.

Por otro lado, aunque Rogers no tenía la grandeza de Astaire aportó al estilo elegante y refinado de él ese punto sexy que tanto contribuyó a que conectaran con el público. Eso lo supo captar muy bien Katherine Hepburn, cuando afirmó que Astaire aportaba la clase y Rogers la sensualidad. Sobre ella, Astaire expresó: “Gingers nunca había bailado con una pareja anteriormente. Pero ella lo disimulaba muchísimo. No sabía hacer esto y no sabía hacer aquello, pero tenía estilo y talento y los mejoró mientras me acompañaba. Lo entendió tan bien, que después de un tiempo cualquiera que bailaba conmigo me parecía mal”.

Astaire intentó después emprender el camino en solitario con Señorita en desgracia (1937), que tuvo muy poca aceptación. Eso lo hizo volver a trabajar con una pareja. Lo hizo con Eleanor Powell (La nueva melodía de Broadway, 1940), Paulette Goddard (Al fin solos, 1940), Rita Hayworth (Desde aquel beso, 1940; Bailando nace el amor, 1942), Joan Leslie (Todo es posible, 1943) y Lucille Bremer (Yolanda y el ladrón, 1945). Asimismo apareció al lado de Bing Crosby en dos exitosos títulos, Holiday Inn (1942) y Cielo azul (1946). Se cuenta que en esa década sus piernas estuvieron aseguradas en un millón de dólares. En 1950 recibió un Oscar honorífico “por su virtuosa contribución al arte de la comedia musical”. Fue, por cierto, la única vez que la Academia lo premió.

Entre esas actrices con quienes entonces trabajó, es imprescindible destacar a Eleanor Powell. Astaire nunca tuvo una compañera tan perfecta y competitiva, y para muchos en La nueva melodía de Broadway ambos escribieron una de las mejores páginas de la historia del baile. Su “Begin the beguine” es antológico y la sincronización que logran es tan impecable, que uno parece ser la sombra del otro. La película fue la última gran producción en blanco y negro y constituye una de las mejores obras del género musical. Astaire y Powell nunca más volvieron a rodar juntos, y corre el rumor de que se debió a que él no quiso debido a que pensó que ella lo opacaba.

Tras algunos años dedicado a la enseñanza, Astaire volvió a la pantalla grande con Desfile de Pascua (1948), al lado de Judy Garland. Después iba a rodar con ella Vuelve a mí (1949), pero la actriz se tuvo que retirar del proyecto a causa de sus crisis nerviosas y su adicción a los fármacos. Eso le dio a Astaire la oportunidad de trabajar por última vez con Ginger Rogers, su partenaire de antaño. A fines de la década de los 50 quiso ampliar su registro y se atrevió con su primer papel dramático en La hora final (1959), dirigida por Stanley Kramer. Aunque se había retirado oficialmente en 1971, volvió a hacer lo mismo años después en El coloso en llamas (1981), por la cual recibió su única nominación al Oscar como actor secundario y que le valió el Globo de Oro y el premio BAFTA en esa misma categoría.

Sin embargo, en esos años Astaire también hizo lugar para nuevos musicales. A su filmografía sumó nuevos títulos: Bodas reales (1951), con Jane Powell, Melodías de Broadway (1953), con Cyd Charisse, Papá Piernas Largas (1955), con Leslie Caron, Una cara de ángel (1957), con Audrie Hepburn, El placer de su compañía (1961), con Debbie Reynolds, y El valle del arcoíris (1968), con Petula Clark y dirigida por Francis Ford Coppola. Era un mito viviente y hasta cerca de su muerte nunca dejó de trabajar. Hasta el final mantuvo ese porte elegante y caballeresco que lo identificó durante toda su carrera.

Encarnó el glamour y la perfección del musical

En los 35 musicales que Astaire rodó a lo largo de 35 años, abundan los argumentos inverosímiles, los escenarios imposibles. Sin embargo, nada de eso importaba al público, pues cuando él aparecía en la pantalla y empezaba a bailar todo lo demás pasaba a ser accesorio. Sea la película que sea, uno solo aguarda el momento de ver salir a ese bailarín enjuto que encarna como nadie el glamour y la perfección del musical cinematográfico. Si encima de eso tenía una buena pareja, el disfrute es sencillamente impagable.

Fue un bailarín virtuoso, que se distinguió por su gracia, elegancia, originalidad y precisión. Creó un estilo propio y reconocible, que tuvo sus principales influencias en el claqué, la danza clásica y los renovados bailes de salón de Vernon e Irene Castle. Asimismo no disimulaba su inclinación por los ritmos afroamericanos. Fue admirador confeso de Bill Robinson y lo homenajeó en una inolvidable escena de En alas de la danza.

Bailaba con los pies, con el cuerpo, con la mirada, y personificó como pocos el milagro de la ingravidez. Estaba tan lleno de ritmo, que podía sacar música de cualquier objeto. Incluso era capaz de crear música solo con el sonido de sus zapatos. Su imagen irremediablemente va unida al esmoquin, los zapatos, el bastón y, por supuesto, el sombrero de copa. Combinó creatividad y sentimiento, y dio prestigio, elegancia y clase al baile normal, al que aristocratizó y elevó a la categoría de danza.

Su control técnico y su sentido del ritmo eran asombrosos. Sus compañeros de rodaje cuentan que cuando lo llamaban al estudio para rehacer un número de baile filmado semanas atrás, y al cual se iban a añadir algunos efectos, Astaire podía reproducirlo con exactitud hasta el último detalle. Su perfeccionismo fue legendario, lo mismo que su modestia y también la consideración con que trataba a sus colegas. Creó además todos sus números, con la ayuda de otros coreógrafos, principalmente Hermes Pan, quien fue su mano derecha.

Sus capacidades como cantante eran modestas. Pero él las compensaba con su buena dicción y su lirismo. Irving Berlin lo consideraba tan buen intérprete de sus composiciones como Al Jolson, Bing Crosby y Frank Sinatra, “no por su voz, sino por su modo de proyectar la canción”. En igual estima lo tenían Jerome Kern, Cole Porter y Johny Mercer. George Gershwin era más crítico, pero eso no impidió que escribiera para él algunos de sus temas más famosos.

Astaire fue además un revolucionario del musical, y se le reconocen dos aportes importantes. El primero es su insistencia en que la cámara filmase los números de baile en una sola toma, mientras el encuadre mantiene a los bailarines durante todo el tiempo. Tras estrenar La alegre divorciada, planteó el principio que de ahí en adelante siguió: “O baila la cámara, o bailo yo”. Pasó entonces a tener el control de sus escenas de danza, algo que únicamente no se cumplió en El valle del arcoíris. Hollywood se rindió a Astaire y aceptó que siguiera bailando sin cortes ni edición.

En casi todos sus filmes se le ve en un único plano general, en el que la cámara está ubicada a suficiente distancia para captar todo el cuerpo. Esa es la razón por la cual durante varias décadas el público veía verdaderos documentos filmados, ya que los números se rodaban de un tirón, y así quedaron registrados en el celuloide. Por eso esas escenas se disfrutan tanto, pues no hay nada que distraiga. Hay que apuntar que para poder lograr que se hiciera una sola toma, Astaire ensayaba cada número entre seis y ocho semanas.

El segundo aspecto que Astaire exigió fue que todas las canciones y bailes estuviesen integradas al argumento, de modo que la historia pudiera avanzar. Eso le permitió imponer las necesidades de la danza a las leyes de la narrativa cinematográficas. Con eso Astaire se erigió en alegoría y principal icono del musical.

En The Shawshank Redempetion, versión cinematográfica de un relato de Stephen King, el entrañable preso condenado a muerte pide como última voluntad ver una película. Se trata de Sombrero de copa, y al finalizar la escena en que Astaire y Rogers interpretan “Dancing cheek to cheek”, expresa: “Son como ángeles del cielo”. Margot Fonteyn, Balanchine, Bob Fosse, Gene Kelly, Rudolf Nureyev, Bill Robinson, Michael Jackson, son algunos de los artistas que han declarado su admiración por Fred Astaire, a quien el American Film Institute seleccionó como la quinta mejor estrella masculina de todos los tiempos.

En 1981, esa misma institución le dedicó un homenaje. En ese acto fue invitado a hablar el bailarín Mijaíl Baryshnikov, quien comenzó su intervención con unas palabras con las que quiero concluir este trabajo: “No es un secreto. Todos lo odiamos. Nos crea complejos, porque es demasiado perfecto. Su problema es que siempre se está moviendo. Tú terminas tu función, recibes los aplausos y piensas que quizás, solo quizás, fue un éxito, y te vas a casa. Enciendes la televisión para relajarte y ahí está él, perfecto. Recordad lo que dijo Ilie Nastase sobre Bjorn Borg: Nosotros jugamos al tenis; él juega a otra cosa. Pues lo mismo sucede con Fred Astaire: nosotros bailamos, pero él hace otra cosa”.