Actualizado: 18/01/2022 16:22
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Los escritores vuelven

'Las cuatro fugas de Manuel': la posibilidad de que el lector francés se acerque a una herida abierta de la nación cubana.

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El más grave asunto de los amigos y los enemigos (públicos y disimulados) de los escritores muertos es que esa gente siempre regresa, nunca se va definitivamente. Así es que todo el trámite, el brumoso ceremonial de la despedida, los artículos, notas y esquelas de condolencia, los vinos y los rones de los brindis, se evaporan junto con las probables lágrimas selectas, en cuanto uno abre las páginas de un libro.

Por eso, sin que se hallan convocado esta noche en París los buenos oficios de Allan Kardec, cierto rumor, cierta presencia casi física de Jesús Díaz, acompaña la presentación de Las cuatro fugas de Manuel en francés, un Manuel condenado con todo el amor del mundo a seguir huyendo, al menos estas cuatro veces, en muchos idiomas y para siempre en la historia de la literatura que se escribe en español.

No voy a contar la novela, ni a hablar de Física y de Ucrania y de las aventuras del personaje, porque hemos venido a convocar a los lectores a que lean el libro. Me gustaría contarla porque antes, mucho antes de leerla con el disfrute de tocar el papel y oler las páginas, Jesús me la contó por teléfono desde Madrid.

Tengo en la memoria la historia central, el hilo del relato y los matices, los meandros, los hondones y los comentarios que Jesús Díaz me trasmitía para que entendiera mejor el rumbo de la historia y también como noticias de su vida en Europa, donde su refugio más seguro y cálido eran Pablo, Claudia y Manuel, los libros, la música (Celia Cruz que cantaba y volvía a cantar Bembá colorá) y algunas aventuras de otoño que hacían resucitar de repente a un empedernido galán de Luyanó.

Tengo aquellas Cuatro fugas como lo que es: un relato único, irrepetible, interrumpido por frases de humor y de amargura en una proporción balanceada, allá arriba en mi cabeza directamente en la voz de Jesús, que a veces tosía y respiraba hondo y hacía unas pausas que parecía que la policía había tumbado otra vez la línea telefónica.

Quiero entonces comentar esas apariciones, esos regresos, esa permanencia de Jesús Díaz, que tienen una traducción tangible en nuestro crispado entorno material.

Diez años de 'Encuentro'

Ahí está, ya en sus diez años, la Asociación Encuentro con su revista, su periódico y los portales, las salas y los traspatios del universo de la red. Y está en todo el esplendor de la polémica, viva y abierta al debate, atacada con saña, como debe ser, y defendida con argumentos, como está establecido. Con apuros y oquedades, que nada debe faltar para que conserve su diseño humano.

Ahí están todos sus libros, su obra —hasta los poemas nerudianos que escribió de joven y se los asignó inmisericorde a unos indefensos personajes de Las palabras perdidas— y este libro que traemos hoy, al que le seguiría, ya nunca sabremos por qué, una novela sobre el Diablo.

También pudo haber sido una broma, porque yo no sé realmente si Jesús creía en el Diablo.

A quienes conocía muy bien era a los tipos diabólicos. Arrimó, como yo arrimé, unos ramajes al infierno que instalaron allá y cuando aprendió, tocó y sufrió la intensidad del suplicio, los denunció con elementos irrebatibles y salió a trabajar para que en el mundo se conociera el dolor del fuego.

No estoy hablando de un vengador errante, ni de un luchador social, sólo de un escritor, un tipo que amaba contar cosas, alguien que cuando en sus funciones de director de una publicación —porque también tuvo esa manía— cometió errores o fue injusto, los reconoció y pidió disculpas con nombres y apellidos.

Lo que pasa es que la mediocridad y el poder ciego no están preparados para entender a los escritores auténticos, y él escribió en su país y lo leyeron. Salió al exilio y siguió haciendo historias y lejos de sus lectores naturales, se agenció otros. Otros, como pueden ser las personas a quienes hemos venido a presentar en Francia Las cuatro fugas de Manuel.

Agradezco mucho a la casa editorial Gallimard la posibilidad de que el lector francés se acerque, a través de esta novela sin ficción, a una herida abierta de la nación cubana. Y, en el plano personal, le agradezco que me haya invitado hoy a encontrarme en París con mi viejo amigo Jesús Díaz.

* Texto leído en el homenaje a Jesús Díaz, en la Casa de América Latina en París, 24 de abril de 2006.