Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Madurez y plenitud poética

Con su más reciente poemario, Víctor Rodríguez Núñez mereció el Premio Loewe, el más importante en su categoría que en nuestro idioma se concede a un libro inédito

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Desde que se dio a conocer a fines de los años 70, Víctor Rodríguez Núñez (La Habana, 1955) ha mantenido una insobornable fidelidad a la poesía. De ello dan cuenta una trayectoria coherente y en ascenso y la veintena de poemarios que hasta la fecha tiene publicados. Ha defendido además su derecho de creador independiente, al margen de cánones y modas. Esa condición la ha extendido al terreno ideológico, pues tampoco se afilia a las posiciones extremas que suelen ser norma entre los cubanos: rehúsa ser un escritor oficialista, pero tampoco consiente en ser un escritor disidente. A propósito de ello, él ha puntualizado: “Me siento cómodo en mi rincón porque escribo lo que me da la real gana. No estoy ni quiero estar fuera del juego, pero me apunto en la novena del diálogo, del respeto, del entendimiento”.

Esa es posiblemente la razón por la cual es un autor que no ha tenido mucho predicamento entre sus compatriotas de una y otra orilla. Revísense algunas de los últimos panoramas críticos y las últimas antologías de poesía cubana y se comprobará lo que digo. En cambio, sus libros aparecen bajo el sello de reputadas editoriales de México, Costa Rica, España, se traducen a varios idiomas y acumulan premios internacionales (Plural, Jaime Gil de Biedma, Renacimiento, Fray Luis de León y EDUCA, para mencionar algunos).

El año pasado, su nombre ocupó titulares en la prensa cultural del mundo hispano por la obtención de un nuevo reconocimiento a su obra: su libro despegue mereció el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe. Se trata del más importante en su categoría que en nuestro idioma se concede a un libro inédito. Esto se pone de manifiesto en la cifra de originales que concursaron en 2015: 801, procedentes de 31 países. El jurado lo integraban un grupo de reconocidas y sobresalientes figuras del mundo literario: Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena, Soledad Puértolas, Cristina Peri Rossi y Oscar Hahn. Este último, ganador de la edición anterior, era hasta ahora el único autor latinoamericano que había recibido el premio en sus veintiocho años de existencia. Rodríguez Núñez ha ampliado esa escueta nómina, al convertirse en el segundo.

En la primavera de este año, despegue (Colección Visor de Poesía, Madrid, 2016, 104 páginas) llegó a las librerías. Apareció bajo el sello de Visor Libros, prestigiosa editorial española especializada en poesía que cuenta con un excelente catálogo. (En el mismo, por cierto, se pueden hallar dos títulos de Rodríguez Núñez: su poemario reversos y la antología La poesía del siglo XX en Cuba, ambos de 2011.) Entonces el jurado fundamentó su decisión y argumentó que despegue es “un libro de veta cubana, osado, auténtico, con serenidad en el conflicto, que une el irracionalismo y la inmediatez”. Luis Antonio de Villena, por su parte, comentó que es una obra que se inscribe dentro de la tradición barroca de la Isla, pero precisó que su apuesta no cae en el hermetismo. El de Rodríguez Núñez es un barroquismo comunicativo, atemperado por el uso de estrofas tradicionales, que han sido debidamente renovadas, y con tono social y reivindicativo.

Pienso que nadie mejor que su autor, quien además es crítico y traductor de poesía, para resumir la tónica de su obra y adelantar lo que se debe esperar de su libro más reciente: “Como dije en otra ocasión, he buscado una poesía autónoma, pero no desentendida; participativa, pero no política; subjetiva, pero no intimista; estructurada, pero no hermética; comunicativa, pero no explícita; lírica, pero no ahistórica; dialógica, pero no coloquial; cubana, pero no de la cubanidad ni de la cubanía; abierta al mundo, pero no colonizada. Sobre todo busco un lector activo, que participe en la creación del texto, democratizar la actividad poética. He renunciado a darle explicaciones, manipularlo emocionalmente, ofrecerle moralejas”.

Se trata de un libro orgánico y unitario, que está conformado por 75 sonetos que cumplen con la estructura y la medida, pero no con la rima. Están distribuidos en cinco bloques (I salida, II vuelo, III escala, IV, puerto, V entrada), cada uno compuesto por 15 textos. En el primero, el tercero y el quinto, estos llevan como títulos nombres de lugares (“Mazorra”, “Plaza de la Revolución”, “La Moderna Poesía”, “Ohio River Valley”, “Hawthorne Lane”, “Oregon City”, “Varadero”, “Central FNTA”) y de calles (“Paseo del Prado”, “Campanario 158”, “Calle Águila”, “19 de Mayo y Ayestarán”). En los otros dos, los poemas aparecen numerados. Rodríguez Núñez escribe siempre los versos sin signos de puntuación y en minúsculas, a excepción de unos pocos nombres propios.

Un viaje circular por tierra, mar y aire

En algunas de las entrevistas que le hicieron a raíz de la presentación de despegue, Rodríguez Núñez declaró que con las muertes de su madre y de Juan Gelman, su “padre poético”, sintió que se había quedado huérfano. Eso dio lugar a que comenzase a escribir el monólogo que vienen a conformar estos 75 poemas. En ellos se plasma la crónica del viaje emprendido por el sujeto poético. Un viaje circular que lo lleva por tierra, mar y aire, y que finaliza en el mismo punto del cual partió. En el bloque titulado salida, parte de La Habana, en el tercero (escala) recrea su estancia en Estados Unidos y, en el último (entrada) lo hallamos de regreso en La Habana. Pero durante ese itinerario se fue transformando, adquirió otros conocimientos, otras experiencias. Por tanto, es ya otro.

El sujeto poético se asoma a la vida de adentro y también a la hosca vida de fuera. Por un lado, explora su identidad, que entiende no como una diferencia, sino como una identificación. En la reseña del libro que publicó en el suplemento cultural Babelia, Luis Bagué Quílez apuntó que el viaje lo lleva al “río revuelto de la identidad: la de un yo que es a la vez ciudadano del mundo y heredero del desarraigo”. Tiene conciencia de su condición del exiliado y la expresa con franqueza. En el poema “Rancho Boyeros” se lee: “uno no viene de ninguna parte/ uno no se va nunca/ aquí te tienen sudado y ansioso/ en la acera del sol la de los negros// sin vuelta o paraíso/ sin infierno o partida/ ni la imaginación ni la memoria/ te cambiarán de banda// siempre has estado aquí y en otra parte/ no hay otro lugar que este resplandor/ milagro constatarlo// y cuando ya no seas/ la misma indignación/ único compromiso”.

Esa visión íntima y personal no hace que el poeta dé la espalda a la realidad. Por el contrario, la mira de frente, indaga en ella. Eso lo lleva a incorporar el tono social y reivindicativo al que aludió Luis Antonio de Villena. El hecho de vivir hace más de tres décadas fuera de la Isla no es un escollo para que escriba desde y para Cuba. Eso da lugar a que la poesía de Rodríguez Núñez se abra a temas y registros hasta ahora no tratados por él y a que –empleo sus palabras– suelte la lengua. Como muestra de lo que señalo, copio el soneto titulado “Paseo del Prado”: “este país se nos fue de los pies/ y tomó otro camino/ con su densa rutina/ que ni una rumba puede alebrestar// mulatas legendarias/ abanican la espera maduras de calor/ y chinos hacen cola sonrientes/ a las puertas de nada// país de reggaetón doble moneda/ estridencia ideológica/ donde lo único decente es el sol// país alzado en ruinas triangulares/ sin aire en la escalera/ que ya no queda aquí ni regresa contigo”.

La de Rodríguez Núñez se puede calificar, pues, de poesía cívica. Pero es oportuno decir un par de cosas: que al cumplir ese deber, no ha violentado su poética y que evita los riesgos del simplismo panfletario. Mas su libro no se reduce solo a eso. En esos poemas, la presencia de la realidad social se alía a la reflexión. No buscan en el lector la resonancia inmediata, sino estimular su inteligencia (recuérdese las palabras de su autor acerca del lector activo, que participe en la creación del texto). Otro de sus aciertos es su capacidad para escribir una poesía que se sumerge en la realidad contemporánea, pero que al mismo tiempo es intemporal. La suya es asimismo una escritura temporalizada e inserta en la historia, pero igualmente atenta a la propia intimidad. Todo eso se materializa en una obra compleja e intensa, auténtica y dura, suma de lucidez y talento.

En la revista española El Cultural, Túa Blessa escribió: “Libro, como los anteriores de este poeta, pleno de sabiduría poética; la lectura, un goce”. Cabe añadir, no obstante, que en la trayectoria de Rodríguez Núñez despegue es un poemario extremoso. Me atrevo a afirmar que es el más arriesgado y experimental. Conviene decir, no obstante, que se trata de una experimentación sabiamente controlada: en su poesía no hay hermetismo pretencioso, pero tampoco transparencia hueca. Aquí además el lenguaje se ha hecho más violento y en el mismo confluyen la irracionalidad y el realismo. En esos poemas tampoco hay la más mínima concesión al conversacionalismo ni a lo anecdótico. Asimismo, el despojamiento alcanza un punto extremo y formalmente su autor opta por una poesía radical y desnuda. El sentimiento está férreamente contenido y la mirada es más profunda. La escritura es más acendrada y el poeta ha afilado su arista crítica. En suma, un libro de muy sólidos valores literarios, suficiente para refrendar una voz diferente, y a propósito del cual Luis Bagué Quílez expresó: “Esta vez el Loewe ha apostado por algo distinto. Y ha acertado”.

El libro objeto de estas líneas revela a un creador dueño por entero de su mundo y de su oficio. Estamos ante una poesía fiel a sí misma, pero que evoluciona a la par que se autor y se va tiñendo de su experiencia vital. Responde también a una manera de concebir el quehacer poético, mantenida tercamente por Rodríguez Núñez a lo largo de más de tres décadas. Pertenece él a los creadores que construyen y defienden una independencia que se convierte en la diversidad que los separa, los individualiza, los enriquece.