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Sologub, Literatura, Literatura rusa

Modernidad y lozanía de un clásico

La reciente traducción de Un pequeño demonio permite leer por primera vez en español la versión íntegra de una admirable novela, en la que el paso del tiempo ha obrado a su favor

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Son muy pocas las literaturas que, como la rusa, aún pueden presumir de ser ricas en secretos bien guardados. No transcurre mucho tiempo sin que llegue a las librerías por primera vez una obra escrita décadas atrás que sorprende a críticos y lectores. La más reciente ha sido Un pequeño demonio (Mármara Ediciones, Madrid, 2020, 482 páginas, traducción de Manuel Abella), cuya publicación no ha tenido la resonancia que merece, probablemente debido a los extraños tiempos que hoy se viven.

No se trata, en propiedad, de la primera traslación a nuestro idioma. Como precisa el traductor en las páginas introductorias, de la novela de Fiodor Sologub existen dos versiones anteriores. La primera se titula El trasgo (Austral, Espasa Calpe, 1920) y aún se puede encontrar en las librerías de segunda mano. La segunda apareció en 1961, dentro del tomo IV de la colección Maestros Rusos, de la Editorial Planeta, como El duende. Es curioso que ninguna utilice en el título el término demonio, que sí respetan el original en ruso y se mantiene en las versiones al inglés (The Little Demon, Shabby Demon, The Petty Demon), alemán (Der kleine Dämon), francés (Le démon mesquin) e italiano (Il piccolo diavolo).

Las dos ediciones que existían en español, comenta Abella, “son versiones muy libres, que eliminan casi la mitad del texto original, además de simplificar drásticamente los paisajes traducidos y proceder a una redistribución del texto y el contenido”. Asimismo, añade que los recortes y alteraciones coinciden en ambas, a pesar de que fueron realizadas por traductores diferentes: Náum Tasik Kagan y María de los Ángeles Bosch, respectivamente. He buscado en la red y hay además una edición mexicana de 1982 de Siglo XXI, titulada Un pequeño demonio. Pero por el número de páginas (175) y por no aparecer acreditado el nombre del traductor, se puede deducir que está tomada de alguna de las anteriores.

Aparte de la notable calidad de la traducción, es esta la primera en nuestro idioma que recoge el texto en su totalidad. Para hacerla, Abella cuenta que confrontó las ediciones rusas más recientes. Agrega, asimismo, que al preparar en 1913 la séptima edición de su novela, Sologub incorporó una serie de correcciones que, en algunos casos, son de cierta importancia. Todas las versiones posteriores, incluida la de Mármara, siguen esa variante. Como dato curioso, apunto que fuera de la novela su autor dejó un capítulo que dio a conocer en 1912 en el periódico Rech, bajo el título de “Serguéi Turgenev y Sharik”. Narra el episodio de dos escritores que llegaron al pueblo donde se desarrolla la acción “para estudiar el comportamiento” de los participantes en el desfile de disfraces. El personaje de Sharik fue concebido como una parodia de Máximo Gorki, con quien Sologub mantenía unas relaciones no precisamente buenas. Esas páginas figuran como apéndice en The Petty Demon, la versión al inglés de S.D. Cioran, publicada por Ardis Publishers en 1983.

La información sobre el autor que se proporciona en la solapa de Un pequeño demonio es muy escueta, así que añadiré algunos datos. Su verdadero nombre era Fiodor Kuzmich Teternikov y el seudónimo con el cual firmó sus obras se lo escogieron los editores de El Heraldo del Norte, publicación donde dio a conocer sus primeros poemas. Era hijo de una campesina y un sastre que originalmente fue un siervo. Tenía cuatro años cuando este murió y su madre se lo llevó a la casa en donde era criada. Fue esa familia la que se encargó de proveerle educación.

Se graduó como maestro en San Petersburgo y durante diez años enseñó en poblaciones de provincia. Era un maestro dedicado, pero tuvo más de un altercado con las autoridades por asuntos relacionados con temas curriculares, métodos pedagógicos y ética. En 1892 pudo ver materializado su sueño de regresar a la capital, al obtener un puesto de profesor. Siete años después fue promovido a inspector de escuelas y además pasó a ser miembro del Consejo Pedagógico.

En 1907 cumplió veinticinco años de servicio y se jubiló para dedicarse por completo a la literatura. Al año siguiente contrajo matrimonio con Anastasia Nikolaevna Chebotorevskaia, una joven viva y extremadamente excéntrica que asumió el control de su carrera. Escribió también varios artículos sobre el trabajo de Sologov e incluso los publicó con su propio nombre. Por insistencia suya, se mudaron a un apartamento mayor, en donde iniciaron un salón que se convirtió en punto de reunión de escritores, artistas, actores y periodistas.

Sologuv no mostró simpatía por la revolución que llevó al poder a los bolcheviques. Esa pudo ser una de las razones por las cuales él y su esposa prácticamente desaparecieron de la escena literaria después de 1917. En 1921, él escribió una carta a Lenin para solicitarle permiso para emigrar, pero no se lo concedieron. Eso llevó a Anastasia a quitarse la vida, colgándose de un puente de la capital, que para entonces había a pasado a llamarse Petrogrado. La pérdida de su compañera sumió a Sologov en una gran soledad. Se integró parcialmente a la nueva sociedad, a la que sirvió desempeñando trabajos administrativos, en especial como traductor. Tradujo mucha poesía, sobre todo del francés. Son muy alabadas sus versiones de Verlaine, un poeta emocionalmente afín a él.

Sus colegas no lo aceptaron completamente

Durante la etapa soviética obra de Sologuv tuvo escasa visibilidad. Fue acusado de carecer de perspectiva social y de no creer en el mañana luminoso que se prometía. También se le criticó no tener una posición política definida, aunque se le reconocía el haber hecho un retrato realista de la Rusia prerrevolucionaria. En resumen, era demasiado talentoso para ignorarlo del todo, pero demasiado problemático para aceptarlo abiertamente. A pesar de que los críticos concedían a Un pequeño demonio un lugar destacado dentro de la literatura rusa, no se apresuraron en reeditarla. Se volvió a publicar en 1933 y luego en 1958. Por otro lado, vieron la luz dos antologías de poemas de Sologuv: una en 1939 y otra en 1975, que fue reimpresa en 1978.

Sologov fue uno de los escritores más sobresalientes del simbolismo en Rusia. A la vez, representa una de sus más notorias curiosidades. Su genealogía humilde, su formación, su profesión de maestro, su edad e incluso su apariencia hicieron de él una improbable y hasta ridícula figura. A diferencia de él, sus compañeros de letras usaban trajes coloridos, asumían ademanes exagerados y poses estéticas y eran dados a la pirotecnia verbal. Unos comportamientos que eran tomados como prueba de membresía a ese exclusivo club literario. Muchos de esos autores pertenecían además a familias de la clase alta o media, con tradiciones intelectuales.

Eso privó a Sologuv del respeto que merecía de sus colegas, que no lo aceptaron completamente y a sus espaldas hacían bromas sobre él. Además, hizo de él un hombre taciturno, irritable, solitario y casi aislado en el círculo simbolista en el que se movía. Por su parte, los críticos se quejaban de su reticencia a dar datos sobre su vida y lo llamaban “Señor Incógnito”. Algo que el escritor tal vez hacía por modestia o timidez, o acaso por sentirse avergonzado de sus orígenes. No fue hasta 1915 que su esposa pudo publicar una breve nota biográfica sobre él. Buena parte de la información que hoy se conoce proviene de testigos de la época.

La producción literaria de Sologuv está compuesta por siete novelas, unos ochenta cuentos, varias novelas cortas y más de una docena de poemarios. Asimismo, entre 1905 y 1917 creó seis piezas teatrales para conocidos directores, entre ellos Meyerhold. Empezó a escribir poesía y narrativa desde muy joven. Pero mientras autores simbolistas como Andréi Biely, Alexander Blok, Valeri Briusov y Balmont tuvieron carreras meteóricas, la de Sologuv no acababa de despegar. No fue hasta comienzos del siglo XX cuando empezó a ser reconocido. A partir de entonces, sus poemas aparecían en las principales publicaciones simbolistas, además de que colaboraba en revistas satíricas. Contribuyó también a algunas antologías editadas para recaudar fondos destinados a causas humanitarias, como la lucha contra el antisemitismo y la campaña por los derechos de las mujeres.

Como poeta, alcanzó un notable y sostenido nivel de calidad. Optó por una escritura serena, pura y de una nota muy personal. En contraste con la mayoría de sus colegas, empleó un lenguaje claro y sencillo. Su discurso se caracteriza por un idealismo escéptico, impregnado de melancolía. En sus poemas es frecuente el motivo de la muerte, así como ciertos elementos de demonismo fantástico.

Un pequeño demonio es considerada, junto con Petersburgo de Biely, la mejor novela rusa de principios del XX. En cambio, el resto de la producción narrativa de Sologuv es de valores literarios muy inferiores. Dedicó varios años de trabajo a la trilogía La leyenda en ciernes (1914), una utopía escrita según los patrones simbolistas que no fue bien acogida.

En el prólogo a la segunda edición, Sologuv anota que comenzó a escribir Un pequeño demonio en 1892 y la concluyó en 1902. Una versión incompleta se publicó por entregas en 1905 en la revista Voprosy zhizny. En 1907 apareció completa en forma de libro. Tuvo una estupenda acogida entre los lectores y para 1913 acumulaba siete reimpresiones. Además, fue adaptada al teatro y el montaje se representó en numerosas ciudades de Rusia. Entre los críticos la aceptación fue casi unánime y muchos señalaron las afinidades obvias que la novela tenía con Almas muertas, la obra maestra de Nikolái Gógol. De un día para otro, Sologuv se convirtió en una celebridad y se unió a la popular troika que integraban Alexander Kuprin, Leónidas Andreiev y Gorki.

Un pequeño demonio narra el gradual proceso de deterioro mental que eventualmente lleva a su protagonista a la paranoia criminal. Se llama Ardalión Borísich Peredónov y es profesor de instituto en una localidad de provincia. Vive obsesionado con ser ascendido a inspector de escuelas públicas, y como está convencido de que se lo darán se considera un buen partido detrás del cual andan todas las mujeres. A medida que sus alucinaciones van en aumento, su comportamiento se vuelve más absurdo. Además, comienza a aparecérsele un pequeño demonio en forma de sabandija que solo él puede ver.

Difícilmente se ha de encontrar en la literatura rusa un personaje tan repulsivo como Peredónov, aunque es cierto que no deja de provocar risa. Es el epítome de todos los defectos humanos que se puedan imaginar: avaricioso, pusilánime, mentiroso, necio, grosero, violento, cruel y solo vive para sí mismo. Representa la banalidad, la pobreza ética y la abyección espiritual. Como maestro es tiránicamente reaccionario. Concibe su trabajo como el de un guardián de la moral y no como un educador que imparte conocimientos. Trata de manera despótica a los alumnos y se ensaña hasta hacerlos llorar en los de origen más humilde, algo que incluso extiende fuera del ámbito escolar. Ve su sueño de ser inspector como el modo supremo de dispensar castigos disciplinarios, a la vez que una vía para satisfacer su perversa lascivia. El director del instituto opina que su actividad profesional deja mucho que desear, pues es holgazán e incompetente. Los estudiantes, por su parte, se burlan de él y consideran abusiva su arbitraria disciplina.

Animada por una clara intención satírica

La novela está animada por una clara intención satírica, a la cual viene aparejada su comicidad. Provocan risa, por ejemplo, los absurdos comportamientos de Peredónov, que suben de tono a medida que su estado mental empeora. Así, le da por pensar que en todas partes es recibido con risas y que nadie quiere ayudarlo. Como su gato está cada vez más bravío, no acude cuando lo llama y se niega dejarse coger, empezó a tenerle miedo y algunas veces musita conjuras contra el él. Finalmente, concluye que tiene una fuerte carga eléctrica en el pelaje y decide que es necesario pelarlo al cero. Lo lleva a la barbería, pero el peluquero rehúsa hacerlo: “Disculpe, caballero, pero aquí no hacemos ese tipo de trabajos. Por lo demás, no creo haber visto nunca gatos pelados. Debe tratarse de una moda muy reciente, pero aquí aún no ha llegado”.

Se dedica también a agujerear los ojos a las figuras de los naipes, pues se imagina que lo vigilan. Está convencido, además, de que por la ciudad circulan todo tipo de rumores sobre él, divulgados por sus enemigos. Todas esas imputaciones falsas podrían perjudicar el nombramiento como inspector que no le acaba de llegar. Eso lo lleva a emprender una disparatada ronda de visitas a las residencias de las autoridades y personajes más connotados: el alcalde, el jefe de policía, el fiscal del distrito, el decano de la nobleza. Su propósito es convencerlos de que es una persona respetable, que no profesa ideas liberales y que Varvara, la joven con quien convive, no es su amante, sino su prima. De paso, aprovecha para calumniar al director del instituto, que está echándolo a perder al permitir que los alumnos fumen, beban y se dediquen a cortejar a las chicas. Los maestros, añade, son todos nihilistas y las maestras no creen en Dios y se suenan la nariz en la iglesia.

Sin embargo, la locura de Peredónov es una enfermedad general que padece la mayor parte de los personajes que desfilan por la novela. Eso dio lugar a que se acuñara el término peredonovismo, que define la opresiva atmósfera de bajeza, filisteísmo, vacío espiritual, vileza y estupidez que prevalecía en la sociedad de provincias en la Rusia de la época. Un pequeño demonio, lo declara el propio autor en el prólogo a la segunda edición, es “un espejo, artísticamente elaborado”, de esa sociedad. Y acerca de las personas que le sirvieron como modelo, expresa: “Todos los elementos cómicos, prosaicos y psicológicos de mi novela están basados en observaciones precisas, y debo decir que, al elaborarla, he tenido a mi alrededor un buen muestrario, para copiar del natural”.

Sologuv demuestra ser, como Gógol, un admirable retratista de la vida en provincia y de las mezquindades y miserias humanas que le eran sintomáticas. Derrocha talento e imaginación al describir la variopinta galería de personajes que se mueven por el asfixiante escenario que es esa ciudad. Prácticamente no hay ninguno que se libre de su virulencia, si bien hallamos unos pocos a los cuales presenta con mirada piadosa. A Varvara, con quien Peredónov acepta casarse solo por razones de ventajas y conveniencias (trabajó para la princesa Volchánskaya, quien supuestamente le prometió ayudarla a conseguir un ascenso para su futuro esposo), el autor la pinta con estos trazos: “Su cuerpo era hermoso, como el de una bella ninfa al que se hubiera adherido, en virtud de algún tipo de conjuro ignominioso, la cabeza de una ramera decrépita”.

Más o menos hacia la mitad de la novela, Sologuv incorpora una segunda secuencia argumental. Se inicia con un chisme calumnioso según el cual un estudiante llamado Sasha Pylnikov es en realidad una señorita vestida de chico. Ha sido introducido en el instituto para pescar a profesores como Peredónov. Enterado de ello, este se presenta en la casa donde vive, para descubrir a la muchacha travestida y ponerla en evidencia. Eso solo lo lleva a comprobar que lo que se dice sobre Sasha no es cierto. De todos modos, el falso rumor se extiende por toda la ciudad y despierta una apasionada curiosidad en Liudmila, una de las hermanas solteras de Rutílov, un buen amigo de Peredónov.

También ella va a visitar la casa donde reside Sasha, lo conoce y, tras descubrir la verdad, el adolescente pasa a ocupar todos sus pensamientos. Es el principio de una relación secreta que se distingue por una sensualidad sutil y una extraña mezcla de perversión y belleza. Las escenas de seducción del estudiante menor de edad por Liudmila escandalizaron en su época a muchos lectores, por el modo explícito y transgresor con que están narradas:

“Acercó a Sasha hacia sí y empezó a desabotonar su blusa. Sasha forcejeaba, intentando contener sus manos. Su rostro expresaba temor. Se había apoderado de él un pudor semejante al miedo, que lo dejaba débil, sin fuerza. Liudmila, con las cejas fruncidas, le desnudaba con determinación. Le quitó el cinturón y se las arregló para sacarle la blusa. El muchacho se resistía, cada vez más desesperado (…) De un golpe rápido en el pecho, Liudmila le derribó sobre el diván. De la camiseta, que mantenía apretada, se desprendió un botón. Liudmila aprovechó para desnudar el hombro de Sasha y forcejeó para sacar el brazo. Intentando liberarse, el chico golpeó con su mano, sin querer, la mejilla de Liudmila”.

Un pequeño demonio se destaca por la sencillez con que está construida la trama y por la fusión de elementos reales y fantástico-grotescos. Es moderna en su estructura y su textura. Está estupendamente narrada. Atrapa desde las primeras páginas y su lectura se sigue ávidamente, pues no pierde ni un ápice de interés. Más de un siglo después, conserva con lozanía su condición de clásico, ya que el paso del tiempo ha obrado a su favor. La publicación de su texto íntegro constituye un acontecimiento que hay que festejar.


Un pequeño demonioFoto

Un pequeño demonio.