Actualizado: 07/08/2020 16:54
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Caricatura, Abela, Gráfica

Ni un pelo de bobo

Eduardo Abela fue el creador del muñeco más poderoso del humorismo nacional. Eso lo consagró en el ámbito del humor periodístico, tanto por el impacto social del personaje como por la excelencia de la forma y el talento de los dibujos

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Eduardo Abela (San Antonio de los Baños, 1889-La Habana, 1965) ocupa un sitio destacado entre los renovadores de las artes plásticas en Cuba. Cuadros suyos como El triunfo de la rumba, Guajiros, La vaca, El gallo místico, La comparsa son obras paradigmáticas de su estética, en la que buscó un camino de confluencia de las vanguardias europeas y la creación de un arte propio. Eso lo llevó a recrear nuestra realidad con una mirada más interpretativa y menos anecdótica. Su plasmación de los temas y los ambientes criollos se separa del costumbrismo, del relato histórico y del folclor más insustancial. Buscó el sentido mágico de las cosas cubanas, lo cual dio lugar a una imaginería en la que prima el sentido poético.

Acerca de la cubanía de su pintura, Alejo Carpentier escribió: “El criollismo de Abela es criollismo en profundidad. Nada más alejado de sus finalidades que los anhelos del realismo. Abela no se dispone a dejar estampas para ilustrar manuales de etnografía pintoresca. Su pintura es, ante todo, pintura (…) Nunca se preocupará de traducir exactamente la camisa tornasolada de un rumbero; pero cuando agrupa sus personajes en un tiempo de rumba, hará vibrar el alma misma de la rumba. Sus tipos quieren ser síntesis de caracteres, más que retratos. No le interesa emular a la American Photo, sino fijar el espíritu de las cosas. De ahí su afición por una Cuba un tanto mitológica y por sus héroes de canciones populares: Papá Montero o María la O”.

Pero si no hubiera pintado, ni hubiese dejado ese importante legado como pintor, Abela tiene asegurado un sitio como uno de nuestros mejores humoristas y caricaturistas. Sin que él se lo propusiera de manera consciente, su labor en ese campo hizo que la modernidad entrara en Cuba, adelantándose en varios años a los hallazgos de figuras tan reconocidas como James Thurber y Saul Steinberg. Fue el creador de El Bobo, el muñeco más poderoso del humorismo nacional, que le dio una popularidad más amplia y activa. Lo consagró en el ámbito del humor periodístico, tanto por el impacto social del personaje como por la excelencia de la forma y el talento de los dibujos. Todo eso ha hecho, comentó Edmundo Desnoes, a que El Bobo haya entrado a formar parte “de nuestro espíritu, junto con Cecilia Valdés, el gesto de Céspedes, las obras de Martí, la conga, la pintura de Wifredo Lam, el mambo, la voz de Benny Moré”.

En un texto titulado “Memorias de El Bobo”, Abela se refirió, entre otros aspectos, a la génesis de su personaje. Según él, “nació el mismo día que el abuso acorraló a la justicia, en el instante en que el derecho de los más fue conculcado por los peores, cuando lo bello fue eclipsado por lo inmundo, y el amor desplazado por la maldad”. Anota que nunca se llamó como se le conoce, “pero como fue en verdad más que producto de mi fantasía creación del público, vino a ser lo que las gentes quisieron que fuese. Lo que hizo el artista, a lo más, fue tener el tino de dejar caer la semilla en el terreno que ya la esperaba”.

Cuenta Abela que para anunciar el Salón de Humoristas de 1925 hizo varios carteles que se exhibieron en las vidrieras comerciales de La Habana. Uno de ellos era “un truco de dibujante”, urdido con el propósito de observar el efecto que le produciría a Federico Edelmann, director de la Asociación de Pintores y Escultores, organizadora de la muestra. El cartel llevaba el nombre de un príncipe imaginario, y según confiesa el pintor contenía, sin que él lo supiera, el germen de El Bobo. “Representaba el busto de un hombre un tanto raro y enigmático, de cara mofletuda y con un chambergo colocado a la manera de los artistas bohemios. Su expresión era tan indefinida como intrigadora, lo cual dio lugar a los comentarios más contradictorios sobre el cartel. Alguien descubrió el enigma: la cara del hombre era la parte posterior de un torso de mujer. Eso explicaba los mofletes y su expresión indefinida. Su éxito fue tal, que en el acostumbrado banquete de despedida del Salón se hizo un homenaje al cartel, o más bien a la misteriosa y principesca figura en él representada”.

Eso coincidió con el nacimiento de la revista humorística La Semana, de la cual Abela fue fundador. Llevaban ya editados varios números con inusitada aceptación, cuando él convenció al director de la novedad y ventaja de esparcir viñetas sin leyenda alguna, como relleno de las páginas de anuncios. Lo hicieron y fue bien acogido por el público. La forma sugerente del estilo de Abela, que no remitía a personas concretas, no impidió que algunos lectores encontraran a sus muñecos parecidos con personas reales. Eso le creó más de un conflicto, y decidió entonces crear un tipo fijo tan abstracto, que fuese imposible que llegara a semejarse a nadie en particular. La cara del hombre del cartel lo seguía obsesionando y fue la que salió de su lápiz cuando se puso a dibujar. Así surgió la figura que después sería bautizada por el pueblo como El Bobo. “Desde entonces —añade Abela—, a contrapelo de nuestro ambiente, empezó a tener beligerancia lo mínimo, lo intrascendente, lo que nadie hablaba: la bobería”.

Nunca pretendió crear un bobo

En 1926, El Bobo salió por primera vez en La Semana y tuvo un éxito inesperado. Pasó después al Diario de la Marina, y hasta 1934, cuando Abela abandonó el humorismo gráfico, se publicaron miles de dibujos con sus peripecias. Al principio y para no llamar de inmediato la atención, era un tipo picaresco y con actitudes extrañas, que dieron lugar a diferentes interpretaciones. Después, cuando Cuba comenzó a vivir una de las etapas más sombrías de su historia, la de la empecinada y cruel dictadura de Gerardo Machado, El Bobo derivó hacia la intención política. Habló por el pueblo cubano cuando a este le estaba prohibido hacerlo y manifestaba a media voz la voz de la conciencia pública.

Abela nunca pretendió crear un bobo, sino un tipo que a nadie se pareciera. Quería tener un vehículo que le proporcionara el modo de “sobrevolar y vivir por encima de los intereses particulares y mezquinos para llegar a lo sustancial en todo y para todos”. Asimismo, evitó darle nombre. Hasta que aparecieron sus viñetas, cada personaje llevaba al pie su denominación. Un ejemplo era el Liborio de Ricardo de la Torriente. Abela rehusó seguir esa norma, pues la consideraba innecesaria. Ante todo, a él le interesaba lo que deseaba expresar. En opinión de Jorge Mañach, uno de sus aciertos de caracterización fue precisamente el de no darle nombre al personaje, como si hubiese querido representar en él “una dimensión genérica de lo criollo: la dimensión de la bobería bien intencionada con que a veces nos rendimos”.

El pintor atribuía el apelativo que popularmente se dio a su personaje a su índole abstracta. “Abstracción es fuga, fugarse es irse, a los bobos se les dicen que están ‘idos”. Ya estaba aquí el nombre”. Y agrega que en un país donde el tema obligado de las conversaciones se concreta en la vida y milagro de las personas y, en particular, de los políticos, “debía ser una novedad presentar un personaje innominado y que no hablaba ni a favor ni en contra de Fulano o Zutano. Lo mío daba una sensación de bobería, y por lo tanto el tipo que por mí hablaba tenía que ser un bobo”.

En su libro El Bobo: ensayo sobre el humorismo de Abela, Enrique Gay-Calbó describe al personaje como un hombrecillo regordete, mofletudo, con cuatro pelos en la cabeza y con la mirada profunda, pícara o perdida en lo lejano. Posee una cara de región glútea, que remite a la parte posterior de un torso femenino que algunos identificaron en la figura del cartel de 1925. En las viñetas de La Semana, El Bobo andaba solo. Pero cuando pasó a salir en caricaturas y se aventuró a hacer comentarios, necesitó un interlocutor, un amigo. Abela pensó que debía ser alguien tan bobo y tan ignorante del mundo real como él, para que así pudieran hablar de boberías. Creó así el Profesor, a quien El Bobo encontró en una fondita de chinos. A partir de entonces, aparecieron juntos y de cierto modo se complementaban. A veces se veía junto a ellos a una mujer, sin que pudiese precisarse si era esposa de uno o del otro. Posteriormente, a ellos se sumó el ahijado de El Bobo.

En realidad, este no tenía un pelo de tonto. Es un hombre inteligente que anda con pies de plomo y no se fía de nadie. Por eso lo tomaban por bobo, aunque en realidad es su técnica para sobrevivir. Es un individuo moderado, que va a lo suyo sin llamar la atención demasiado, pero que no flaquea ni un solo instante en su empeño de criticar y enseñar. Nunca tiene una sola palabra derrotista, posee una ingenua picardía, es sosegado y candorosamente irónico. En una de las caricaturas, un empleado del censo de población le pregunta de quién es hijo y él se declara “hijo de un anhelo”. El anhelo, precisa su creador, de ver completada con hechos reales la transformación prometida y nunca intentada, y no con vivezas demagógicas. El Bobo tenía, pues, un ideal, aunque al final resultó ser un sueño vano. Cito de nuevo a Mañach, quien comentó que “su palabra más severa —severa en su tontería, por supuesto— tenía un delicado fondo de tristeza cubana”.

Valía más por lo que callaba que por lo que decía

No valía tanto por lo que decía como por lo que callaba. Hablaba poco, no desperdiciaba la saliva. Se expresaba a través de caprichosos silogismos y sus mensajes resonaban durante varios meses. Lo que no podían decir los periodistas en el editorial o en la columna, el caricaturista hábil lo podía decir mediante sus muñecos. Como el pueblo, inconforme primero, insurrecto después, estaba obligado a callar por la censura, El Bobo recurrió a la metáfora cubanísima, cuya clave siempre era descifrada por el lado de la viveza criolla. La banderita que El Bobo llevaba en alto era el símbolo de la esperanza en el resurgimiento de la patria. La vela en la mano, la revolución. Una bufanda alrededor del cuello, quería decir que “no tragaba”, que se negaba a aceptar lo que parecía realidad.

En otra viñeta. El Bobo le hace saber al Profesor, mediante una seña ritual, que quiere confiarle un secreto importante. Toman un ómnibus y llegan a un sitio del campo, cerca de Managua. La vegetación silvestre es muy abundante y les llega hasta el pecho. El Bobo mira a su amigo con seriedad y le dice: “Amigo mío: tengo que confesarte un grave secreto. ¡Esto se está enyerbando!”. Aludía a un momento en que la dictadura había recrudecido la represión y dominaban las porras y las bombas. Esos mensajes funcionaban a manera de lenguaje codificado, que el pueblo sabía interpretar y agradecer. Era la estrategia de Abela para burlar la censura gubernamental, aunque hubo ocasiones en que no lo logró y sus caricaturas fueron vetadas.

Contra viento y marea, Abela mantuvo a su personaje gracias a su ingenio en el repliegue, a su sorna sin grosería, a su humor inteligente, a lo que El Bobo llamaba su capacidad de “aguantar”. Eso, comentó Francisco Ichaso, permitió que “mientras otros opositores se vieron obligados a abandonar el campo, protegerse contra los ojos de Argos del régimen, El Bobo seguía impertérrito, como un asidero de la desesperación colectiva, porque sabía hacerse más bobo de lo que en realidad era. Hay un viejo adagio español que alude a esta escurridiza condición: «Es bobo, pero se mete en casa». El Bobo de Abela sabía meterse en casa cuando estallaban bombas y llovían balas; pero por la ventana sacaba su vela o su banderita para dar señales de que en medio de la cerrazón del ambiente había lucecitas de esperanza”.

El Bobo se convirtió, pues, en instrumento de lucha contra la tiranía de Machado. Y aunque pertenece al linaje de los antihéroes, a su manera fue uno de los lideres del movimiento que culminó en el 12 de agosto de 1933. Burla burlando, fue uno de los grandes oposicionistas contra aquella situación. Su actuación revolucionaria tenaz y eficiente contribuyó a despertar la preocupación política en los sectores populares. Eso lo convirtió, escribió Mañach, en “un revolucionario de alma blanca, que hizo obra de esperanza cubana mucho mejor, más dura y más tierna a la vez, que muchos que luego cogieron puestos”. El Bobo conjugó lo particular y lo colectivo, al encarnar a un tiempo una personalidad y una conciencia. Gay-Calbó vio en él una “reserva nacional”, esto es, un compendio de las sutiles defensas que posee el cubano para capear las situaciones más adversas.

En aquellas tiras y viñetas, el pueblo cubano descubrió sus propios sentimientos y tuvo una versión vívida de lo que se vivía durante el machadato. Con su engañosa ingenuidad, El Bobo exponía y desenmascaraba todo lo que sucedía a su alrededor. Para Abela, su personaje constituyó un motivo de satisfacción íntima: “el haber creado un nuevo humorismo, que aparte de ser la fuente de las modalidades que le han sucedido, fue un formidable instrumento, no antes imaginado, para despertar una inquietud política en el alma popular”. Fue una de las grandes hazañas de aquel hombrecito abstracto, que tuvo más vigencia que la de muchas personas de carne y hueso, vivas y poderosas en su momento, pero que se esfumaron después en el olvido.

Abela demostró ser un humorista penetrante y agudo. Dibujaba con una línea propia, espontánea, dotada de una ingenua soltura. Sus caricaturas contienen además los elementos indispensables para lo que pudiéramos llamar una línea cubana de humorismo gráfico. Es de lamentar por eso que abandonase esa faceta de su ejecutoria, para dedicar todas sus energías a la pintura. Eso no le impidió ejercer una benéfica influencia, y su Bobo dejó una descendencia espiritual a la cual pertenecen el Sabino de Rafael Fornés, El Loquito de Nuez y el Salomón de Chago.

Ochenta y tantos años después desde que aquellas caricaturas salieran por última vez, se puede decir de El Bobo lo que Francisco Ichaso expresó en 1940: “Sigue en pie, entero, invariable, como la estampa por excelencia del «cubano que se defiende», del cubano que, fingiendo no romper un plato, es un peligro para toda la vajilla por su sorna y su tiro certero”.