Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Noticia sobre un adelantado

Es hora de que póstumamente se le reconozcan los méritos como escritor y animador cultural que José Mario sin duda posee

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Resulta bastante insólito que en una fecha tan temprana como 1961 José Mario (La Habana, 1940-Madrid, 2002) haya apostado por un género como el teatro para niños, que entonces se hallaba en Cuba en una etapa muy incipiente y no disfrutaba aún de suficiente estimación entre los autores e incluso muchos teatristas. En una entrevista que Reinaldo García Ramos le realizó poco antes de su fallecimiento y que forma parte del homenaje coordinado por él en la revista digital La Habana Elegante (Otoño-Invierno 2002), Mario se refiere a las motivaciones que lo llevaron a interesarse por la dramaturgia para el público infantil.

Allí comenta que a muchos de los escritores que luego figuraron en el catálogo de las Ediciones El Puente los conoció “en el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional, que impartían Mirta Aguirre e Isabel Monal. Llegué al Seminario de casualidad; yo no había escrito teatro nunca antes. Por esos días escribí mi primera obra de teatro para niños y se la mostré a Nora Badía, que trabajaba en el Consejo Nacional de Cultura, y Nora enseguida decidió comprármela para ese organismo y dársela a los grupos de teatro infantil que se estaban creando en todo el país. Y así fue que empecé a escribir teatro para niños; ella me iba comprando las obras a medida que yo las escribía. Poco después, ella misma me ofreció empleo fijo en el Consejo y yo acepté. Fue por esos días que pasé al Seminario [...] Las clases se daban en lo que iba a ser la Sala Covarrubias del Teatro Nacional, en la Plaza de la Revolución. Allí conocí a Gerardo Fulleda León, a Santiaguito Ruiz, a Eugenio Hernández”.

Ese es, pues, el origen de los quince textos que Mario recogió en el volumen 15 obras para niños (1961), que vio la luz bajo el sello de El Puente. La acogida que tuvo fue tal, que en 1964 hubo que sacar una segunda edición, único título de las Ediciones que disfrutó de ese privilegio. Conviene apuntar, por otro lado, que aquel proyecto editorial acogió otros volúmenes de literatura dramática. Así lo demuestra la publicación de Santa Camila de la Habana Vieja, de José R. Brene, Mamico Omi Omo, de José Milián, Teatro de Nicolás Dorr, y Teatro infantil, de Silvia Barros, a los cuales estaba previsto se agregaran el Teatro de Eugenio Hernández, la Novísima de Teatro, que recogería obras de varios autores, y un segundo tomo de piezas para niños de Mario. Fueron tres de los numerosos proyectos que quedaron sin materializarse, cuando la burocracia más dogmática y sectaria decretó la muerte de “aquella esperanza libertaria”.

En la entrevista antes citada, Mario cuenta que en el Seminario disfrutaban de mucha libertad de creación, aunque precisa que eran mejor recibidas las obras referidas a temáticas vinculadas a la nueva realidad del país. Por ello esa fue la opción escogida por él en algunas de sus obras, aunque el suyo no era un tratamiento directo o explícito, sino mediante el empleo de alegorías y símbolos. Eso, además de permitirle un mayor margen para la elaboración artística y el despliegue imaginativo, resultaba más atractivo y conectaba más eficazmente con el auditorio infantil. Así, en Reyes de barbas negras un niño campesino recibe la visita de unos magos que, en lugar de camellos, llegan montados en caballos y le anuncian que están luchando para que “él y todos los niños cubanos y del mundo” un día puedan tener todas las cosas con las cuales sueñan.

En Lo que no se puede comprar, una historia protagonizada por unos insectos sirve de vehículo para criticar desde la escena a los que se dedican a comprar desmedidamente y acaparar productos, sin pensar en quienes también los necesitan. Y en Todos somos iguales, como resulta evidente desde su título, aborda el problema de los prejuicios raciales que separan a los seres humanos. El éxito de aquellas obras, comenta Mario, fue por esa razón enorme, y gracias a ello empezó a recibir dinero por los derechos de autor. Parte de esa suma las utilizó para pagar algunas ediciones de El Puente, pues vale la pena recordar que este siempre fue un proyecto independiente financiado por los propios autores y que nunca recibió ayuda económica de las instituciones oficiales.

Los quince textos son, ante todo, obra de un poeta. Eso resulta obvio desde el primero, El pez dorado, en el cual José Mario se acoge a un género como la parábola, que en su nivel más profundo se sustenta en la codificación del tema y que, como forma especial de la alegoría, cumple en su propia naturaleza el hecho esencial de la metáfora. El primer diálogo entre los Peces 1, 2 y 3 desborda poesía, e igual puede decirse de las numerosas canciones que el autor incorpora al resto de las piezas. Pero a partir de esa fidelidad a la belleza, a la lengua elaborada y a la recreación de la realidad inmediata, que se hallan dentro de lo que Lina de Feria denomina “categorías nobles de su teatro infantil”, Mario crea un conjunto variado en el que va ensayando distintas opciones. Lo mismo adapta a la escena un cuento de Hans Christian Andersen, que se inspira libremente en una leyenda de origen afrocubano o en un cuento de nuestra tradición popular. Dentro de la primera modalidad, consigue uno de sus mejores textos, en El rey desnudo, en el cual, en esencia, se atiene a la historia original, pero sabe ingeniárselas para introducir algunos cambios imaginativos y muy inteligentes desde el punto de vista dramatúrgico. No es casual por eso que fuese una de las obras suyas que mayor éxito alcanzó.

Ignoro si José Mario tuvo la posibilidad de asistir al proceso de montaje de alguna de sus piezas. Lo digo porque los textos dramáticos por lo general acaban de escribirse y perfeccionarse en el escenario. En todo caso, tal como entonces vieron la luz y cualesquiera que sean los arreglos que pudieran experimentar si algún director decidiese hoy montarlas, constituyen un material de indudable valor que además sitúan a Mario entre los primeros creadores que en fecha tan temprana supieron entender la importancia del teatro para niños.

15 obras para niños debe contribuir a que se tenga una imagen más completa de la labor creativa de su autor, conocido hasta ahora por su quehacer poético y por su magnífica actividad editorial en El Puente. Ya que se le negó en vida con mezquina cicatería, es hora de que póstumamente se le reconozcan los méritos como escritor y animador cultural que José Mario sin duda posee.