Actualizado: 20/05/2022 11:41
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Literatura, Literatura cubana, Fornet

Perfil de una valiosa ejecutoria

Además de haber sido un excelente editor, Ambrosio Fornet realizó una intensa labor reflexiva y crítica que, aunque no siempre se plasmó en letra impresa, tuvo una fértil y benéfica influencia en narradores cubanos de más de una generación

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El reciente fallecimiento de Ambrosio Fornet (Veguitas, 1932-La Habana, 2022) ha dado pie a que se publicaran numerosos artículos y comentarios en la red, deplorando su desaparición física. Eso es algo usual cuando alguna persona más o menos relevante muere. Pero en su caso, al respeto intelectual que se le tenía se suma que fue un hombre querido por quienes lo conocieron y trataron. Y conviene recordar que no siempre los méritos literarios de un escritor se corresponden con valores similares o equivalentes como ser humano.

Me atrevo a afirmar que el Fornet veinteañero que trabajaba en el Banco Núñez de Bayamo, nunca se imaginó que andando el tiempo se iba a convertir en el crítico por antonomasia de la narrativa cubana. Es cierto que ya escribía cuentos e incluso ensayos (con uno de estos, como él recordó, ganó sendos premios en un concurso convocado por la revista El Bancario). Y también que leía vorazmente: según su propia confesión, devoraba media colección Austral cada tres meses. Pero su mayor deseo era ver mundo, y además estudiar un poco más.

Decidió combinar ambas aspiraciones y en febrero de 1957, tras renunciar a su empleo en el banco, se fue a Nueva York. Allí matriculó un semestre de Lengua y Literatura para extranjeros en la Universidad de Nueva York. Su plan no era establecerse en esa ciudad, sino proseguir luego a España. Así lo hizo y entre 1958 y 1959 tomó un curso de Cultura Hispánica en la Universidad Complutense. Al arribar a Madrid, llevaba casi terminado un libro de cuentos, A un paso del diluvio, que logró publicar en Barcelona. Fue su único intento en la ficción.

Cuando le preguntaban por qué no volvió a escribir narrativa, argumentaba que aquellos textos correspondieron a una etapa de su vida definitivamente superada. Y agregó que “al poner los pies en la tierra vi que los zapatos que me resultaban más cómodos eran el ensayo y la crítica”. No obstante, en el número 128 de Lunes de Revolución, en el bloque “Obras en construcción: 5 capítulos de 5 novelas” se puede leer un texto suyo titulado “De sobremesa”. En el margen de la izquierda se especificaba: “Capítulo de la novela El Inválido, en preparación”.

Antes de iniciar su intensa faena crítica y reflexiva, estuvo su etapa como editor. Una actividad que para él fue algo más que un oficio o un modo de ganarse la vida. La empezó en 1961 en el Ministerio de Educación, aunque trabajó allí por poco tiempo. Al año siguiente se fundó a Editorial Nacional, bajo la dirección de Alejo Carpentier. Edmundo Desnoes y él pasaron a responsabilizarse de las obras extranjeras, excepto las latinoamericanas, área que correspondía cubrir a la Casa de las Américas. La tarea que ellos dos asumieron era fascinante, pero también gigantesca. Antes de 1959, en Cuba no existía una industria editorial. Los únicos títulos de producción nacional eran prácticamente los costeados por los propios autores y los textos para las escuelas.

Hasta ese momento, el catálogo publicado había cubierto fundamentalmente los clásicos, en especial los de habla hispana. Ahora tocaba poner al día a los lectores con lo escrito en el siglo XX. Como credenciales de su empeño modernizador, Fornet y Desnoes escogieron tres obras seminales de la narrativa moderna: Relatos, de Franz Kafka, Un amor de Swan, de Marcel Proust y Retrato del artista adolescente, de James Joyce. De este último también publicaron el monólogo interior del Ulises, que apareció en Cocuyo, una atractiva colección de bolsilibros de nueva creación. La segunda apuesta de la pareja de editores fue una trilogía de compilaciones de cuentos norteamericanos, españoles y rusos, que encargaron a José Rodríguez Feo.

Entre 1962 y 1971, vieron la luz obras de John Dos Passos, André Malraux, Pío Baroja, Truman Capote, Thomas Mann, Nathalie Sarraute, Francis Scott Fitzgerald, Ítalo Calvino, Carson McCullers, Henry James, Robert Musil, William Styron, Georges Perec, Jorge Semprún, Raymond Radiguet, Norman Mailer, Yasunari Kawabata, Albert Camus, Cesare Pavese, Jean-Paul Sartre, Osamu Dazai, Camilo José Cela, Joseph Conrad, Ramón J. Sender, Antoine de Saint-Exupéry, Dashiel Hammett, William Somerset Maugham, Muriel Spark, Elio Vittorini, Alain Robbe-Grillet, Ryunosuke Akutagawa, Marguerite Duras, Valle-Inclán, Eça de Queiroz, James G. Cain, H.G. Wells, Agatha Christie, Marcel Schwob, Richard Wrigth, Azorín…

Editar se convirtió en una fiesta

En el campo de la literatura rusa del período soviético, Fornet y Desnoes sostenían el criterio de que el realismo socialista era ajeno a nuestra realidad. Representaba un rezago literario del siglo XIX, una concepción de la literatura como hagiografía que no reflejaba la dinámica ni la complejidad de la época moderna. Por eso apostaron por obras que se apartaban de esa estética impuesta como arte oficial. Publicaron así Caballería Roja, de Isaac Babel, El 41, de Boris Lavreniev, Un día de Iván Denísovich, de Alexander Solzhenitsin y un extracto de las memoras de Ilya Ehrenburg. Asimismo, con motivo del cincuentenario de la Revolución de Octubre prepararon la antología Cinco escritores de la Revolución Rusa, que además de poemas de Vladimir Maiakovski y Alexander Bloc, incluía fragmentos del Viaje sentimental de Viktor Shklovski. Y en cuanto a autores de otros países del Este, dieron a conocer escritores que también se apartaban de la estética dominante como el húngaro Tibor Déry y la alemana Christa Wolf. Y aunque no pretendo enumerar todo lo que entonces llegó a las librerías, quiero mencionar El bebedor de vino de palma, que dio fama en todo el mundo al nigeriano Amos Tutuola. Se trataba de la primera traducción al español de esa novela, una tarea de la cual se responsabilizó Rodríguez Feo.

En esa labor desarrollada por Fornet y Desnoes, rescataron la colección El Dragón, creada a inicios de los 60 por el hoy olvidado Oscar Hurtado y dedicada a la novela policial y la ciencia ficción. Asimismo, aparte de Cocuyo otro sello de nueva creación fue Biblioteca del Pueblo. Cada título iba encabezado por un prólogo, y llevaba además cronologías y apéndices. Para esas ediciones redactaron textos introductorios escritores como Virgilio Piñera, Manuel Díaz Martínez, Luis Agüero, Lisandro Otero, Armando Álvarez Bravo, Eliseo Diego, Herminio Almendros, Alejo Carpentier, Roberto Fernández Retamar, Miguel Barnet. Fornet escribió numerosos textos para las contraportadas. Y para que sirviese de prólogo a La llave de cristal, de Hammett, tradujo del inglés el conocido ensayo de Raymond Chandler “El sencillo arte de matar”.

Ese afán de modernidad que establecieron como principio, llevó a los dos editores a poner énfasis también en el diseño. Fue otro de los aspectos que contribuyó a revolucionar las ediciones cubanas y a que los libros tuviesen una atractiva factura. Los nombres de Félix Beltrán, Cecilia Guerra, Félix Ayón, Alfredo Rostgaard, José Luis Posada, Tony Évora y Raúl Martínez figuran en los créditos de las portadas, y su trabajo confirió a aquellos libros una destacada identidad visual. Por cierto, algunas de aquellas cubiertas han quedado asociadas como iconos de las obras que ilustran.

A la habilidad como editores que Fornet y Desnoes adquirieron sobre la marcha, se sumó, pues, el talento de escritores y diseñadores. Eso llevó al primero a expresar: “Editar se convirtió también en una fiesta, porque equivalía a convocar a nuestros lectores a una especie de piñata monumental donde todas las golosinas literarias estaban al alcance de la mano y se podía experimentar la confortable aunque engañosa sensación de ‘estar al día’”.

Bibliografía más bien parca

En 1963, Fornet publicó en las Ediciones R En tres y dos, su primera recopilación de críticas. Pero fue con En blanco y negro (1967) el título con el que llamó la atención como estudioso de la narrativa cubana, en este caso de la cuentística producida durante el período republicano. Retomó ese tema en su extensa introducción para la Antología del cuento cubano contemporáneo (1967), publicada en México por Era.

En los años siguientes, fue ampliando ese espectro para pasar a centrarse en la narrativa actual. Lo hizo a través de ensayos, prólogos, conferencias, y también mediante los comentarios como lector de originales inéditos. Algo que él denominó crítica coloquial o intramuros y que disfrutaba mucho: “Siempre me gustó leer y discutir esos libros que sabían a pan caliente, que aún no se habían convertido en un hecho irreversible”. Fue una faena que aunque no siempre se plasmó en letra impresa, tuvo una fértil y benéfica influencia en narradores cubanos pertenecientes a más de una generación.

El hecho de que diseminara su actividad en varios frentes le impidió dejar los libros que estaba capacitado para escribir y que muchos esperaban de él. Recogió parte de sus textos en títulos como Las máscaras del tiempo (1995), La condena perpetua (2002) y Narrar la nación. Ensayos en blanco y negro (2009). Constituyen un compendio de más de treinta años de trabajo. Unidos a los otros que le pertenecen como autor, integran una bibliografía más bien parca, y, en total, no suman muchas páginas. El propio Fornet se sorprendió de ello, al expresar que “toda aquella actividad intelectual, que a ratos parecía tan intensa, cabe en muy poco espacio y se basa en dos o tres ideas muy simples”.

Eso dio lugar a algunos comentarios maledicentes de colegas suyos. A un escritor que reside en la Isla le escuché decir que Fornet era un crítico ágrafo. En esa frase descalificativa pienso que influía el hecho de que casi todos sus libros son compilaciones de textos escritos para cumplir compromisos puntuales y que se hallaban dispersos. A propósito de esto, reproduzco unas palabras de Gastón Baquero que aparecen en la introducción de su Darío, Cernuda y otros temas poeticos: “Cree el autor que es injusto el prejuicio contra los libros formados por acarreo de artículos y de conferencias porque, en definitiva, lo que debe decidir en el aprecio de un libro es lo que el autor diga y cómo lo diga, y no el cuándo y el dónde de lo dicho”.

Y ya que me he referido al quehacer crítico de Fornet, se impone comentar algo sobre el mismo. Sus mejores trabajos se caracterizan por el rigor del pensamiento, la coherencia y el empleo de un lenguaje conciso y diáfano, con el cual buscaba comunicarse con un amplio espectro de lectores. Era un hombre culto, y poseía un caudal de ideas y opiniones propias. Sabía expresarlas con frescura y amenidad, pues era reacio a hacerlo con esotérica adustez y con ceño inflexible.

En 1971, cuando ya la Editorial Nacional había pasado a ser Instituto del Libro, Fornet pidió una licencia para dedicarse a una investigación que se materializaría en su obra más ambiciosa: El libro en Cuba: siglos XVIII y XIX. La UNESCO había declarado 1972 como Año Internacional del Libro y vio una coyuntura idónea para presentar el proyecto. Y aquí se puede aplicar el refrán popular “en casa del herrero, cuchillo de palo”. Para ver impreso el fruto de más de tres años de trabajo y que era su homenaje a los editores, Fornet tuvo que aguardar casi dos décadas. En una entrevista que le hizo Leonardo Padura en 1992, se refirió a ello en términos humorísticos: “No recuerdo cuál fue el último ‘año-que-viene’, pero ahora estoy muy ilusionado con el Período Especial. Porque si antes, cuando todo era posible, no fue posible que saliera, ahora que todo parece imposible es muy posible que salga. Quizás no sea fácil entenderlo, pero te aseguro que desde que empecé a pensar con esa lógica, me siento más confiado”.

Un rigor y una dedicación que eran excepcionales

Aquella solicitud de licencia hecha por Fornet, era una manera elegante de pasar la batuta como editor. La celebración del Congreso Nacional de Educación y Cultura, en abril de 1971, significaba la puesta en marcha de una política cultural que creaba una clara situación de antes y después. “A una etapa en la que todo se consultaba y discutía —aunque no siempre se llegara a acuerdos entre las partes—, siguió la de los ukases: una política cultural imponiéndose por decreto y otra complementaria, de exclusiones y marginaciones, convirtiendo el campo intelectual en un páramo” (cito unas palabras del texto que Fornet leyó en 2007, en el ciclo “La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión”). La que vino a partir de entonces fue una década marcada por el triunfo del dogmatismo, la intolerancia y la mediocridad. Dejó heridas que demoraron en cicatrizar y que, en algunos casos, nunca han cicatrizado.

En el Congreso de marras se hizo un violento ataque a los homosexuales. Se les definió como una desviación y como una lepra de las sociedades capitalistas, cuya propagación era necesario cortar de raíz. Eso explica el particular ensañamiento con que fueron tratados los teatristas, a quienes se les aplicaron severas medidas. En las sesiones del Congreso también se manifestaron duras críticas a la colección Repertorio Teatral, cuyos asesores eran Virgilio Piñera y José Triana. Su catálogo incluía autores como Ionesco, Friedrich Dürrenmatt, Antonin Artaud, Jean Genet, Arthur Adamov, Samuel Beckett, los que, de acuerdo a las nuevas normas editoriales, pertenecían a “lo que el imperialismo difunde como sus expresiones artísticas más logradas”.

Por esos años, Fornet trabajó en Extensión Universitaria. Allí dirigió la Revista Universidad de La Habana. Semanas atrás, Alejandro Armengol publicó en este diario un artículo cuando se dio a conocer su fallecimiento. Recuerda que realizó ese trabajo de editor por breve tiempo y comenta: “Pese a esa temporalidad impuesta o buscada, durante ese tiempo —y esa era una de sus características profesionales— desempeñó su función con un rigor y una dedicación que eran una excepción en Cuba. No solo sacó varios números de la revista, que por años había permanecido olvidada, sino mejoró notablemente su calidad. Ambrosio revisaba y corregía la redacción de todos los trabajos a publicar, así como escribía fichas e informaciones de los eventos culturales de la Universidad. Resultó un ejemplo de labor intelectual en medio de la medianía imperante”.

Justamente en los años en los que Fornet laboraba en Extensión Universitaria fue cuando yo lo conocí. No logro recordar cómo ni por intermedio de quién fui a verlo a la oficina que allí ocupaba. De aquel primer encuentro salí con el compromiso de colaborar en la revista con reseñas de libros. Si la memoria no me traiciona, creo que le entregué dos. Una de ellas fue sobre el Nuevo catauro de cubanismos, de Fernando Ortiz, una elección que a él le sorprendió.

Su carácter amable, afectuoso y franco permitió que estableciésemos una relación amistosa que se mantuvo incluso cuando yo pasé a residir fuera de la Isla. Cuando empezó a interesarse por la literatura escrita en el exilio por los cubanos, colaboré con él proporcionándole fotocopias y haciéndole sugerencias. No lo diría si no fuera porque así lo reconoce él en el prólogo de Memorias recobradas (2000), libro en el cual recopiló los dosieres que fue publicando en La Gaceta de Cuba entre 1993 y 1996.

A mi vez, acudí a él cuando estaba interesado en el eco crítico que en su momento tuvo el libro de cuentos con el cual debutó como escritor Miguel de Marcos. Le pedí que me fotocopiara lo que había escrito Carlos de Velazco en la revista Cuba Contemporánea. Al redactar estas líneas tengo a mano la copia impresa de un email suyo fechado en octubre de 2000. En el mismo me dice que la nota de Velazco “era tan breve que no valía la pena fotocopiarla”, de modo que la copió a mano.

Sabía escuchar al interlocutor

En varias ocasiones lo visité en el apartamento del Vedado donde vivía con su esposa Silvia Gil. En una ocasión coincidió que el elevador estaba malogrado, como dicen los peruanos, y me tocó subir andando los interminables diez pisos. El esfuerzo valió la pena, pues conversar con Fornet constituía una gratísima experiencia. Era un conversador con quien hablar era un disfrute, y además sabía escuchar al interlocutor. Él y yo no compartíamos las mismas ideas políticas, pero eso nunca dio lugar a discusiones. Más que tratar aquellos aspectos que nos separaban, preferíamos centrarnos en “lo que nos une” (la frase es suya y la tomo de la dedicatoria del ejemplar de Las máscaras del tiempo que me obsequió). En ese sentido, ambos aplicábamos sin saberlo lo que, según cuentan, sostenía Lezama Lima: no hay que ponerle banderillas al toro de la amistad.

La última vez que fui a saludarlo fue un año antes de que se declarara la pandemia. Entre otros temas, charlamos de cómo marchaba mi tarea de recuperar parte del quehacer periodístico de Jorge Mañach. Quiso saber detalles y se interesó mucho por el proyecto. Tengo edad suficiente para saber cuándo eso es una muestra de simple cortesía y cuándo responde a un verdadero interés por la obra ajena. En su caso, puedo asegurar que era lo segundo.

Tras su breve paso por Extensión Universitaria, en 1979 pasó al ICAIC. Llegaba con alguna experiencia, pues entre 1973 y 1976 trabajó en el Departamento de Cine Educativo del Ministerio de Educación. Allí escribió y dirigió tres documentales didácticos sobre temas literarios: Cecilia Valdés, La poesía de Nicolás Guillén y ¡Viva Cuba Libre! Estaban destinados a servir de apoyo a los profesores en las escuelas secundarias y preuniversitarios. Para Fornet, fue otra forma de ejercer la crítica, en este caso a través del celuloide.

Durante los años que laboró en el ICAIC, fue asesor literario y profesor de guion. Dio también talleres, así como cursos y conferencias en universidades de América Latina, Europa y Estados Unidos. Al inaugurarse en 1986 la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, fue profesor titular adjunto. Preparó además varias compilaciones relacionadas con el arte cinematográfico: Cine, literatura y sociedad (1982), Alea: una retrospectiva crítica (1987), Proyecciones. Apuntes sobre cine y sociedad (2008). Y redactó los guiones de cuatro largometrajes: Aquella larga noche (1979), Retrato de Teresa (1979), Habanera (1987) y Mambí (1984). En 1992, al arribar a los sesenta años, decidió jubilarse.

Dentro y fuera de Cuba no han faltado quienes critican a Fornet que, en su decisión de mantenerse siempre “dentro de la revolución” y fiel a sus principios ideológicos, fue demasiado prudente. Hay en eso algo de razón. El propio término de quinquenio gris, acuñado por él, conceptualmente no le hace plena justicia a la etapa más tenebrosa y negra de nuestra cultura. Pero sobre este punto me parece pertinente añadir dos comentarios.

El primero, que a pesar de su prudencia, aquella frase propició que en su momento se comenzara a hablar críticamente de aquel oprobioso decenio. Y el segundo, que en el texto de 2007 que antes cité el propio Fornet pidió disculpas a quienes sufrieron en carne propia los abusos de aquel período, si consideraban que la frase minimizaba la dimensión de la responsabilidad de los culpables. Pero si comparto, como ya apunté, el señalamiento sobre su prudencia, pienso que nadie podrá negar que Fornet nunca actuó como comisario ni como esbirro cultural. Algo que no puede decirse de algunos colegas suyos que después tomaron el camino del exilio, donde, tras desdecirse y negarse a sí mismos, han sido aceptados sin muchas objeciones.

El escritor brasileño Guimarães Rosa decía que las personas mueren para probar que vivieron. Ahora que Ambrosio Fornet ha pasado al lado claro, al echar una mirada panorámica a su ejecutoria comprobamos que no pasó en vano por el mundo. De no haber existido, sentiríamos que alguna parcela de nuestra cultura habría quedado mermada, que nos parecería más pobre. Eso lo hace merecedor de nuestro respeto y nuestra gratitud. Ahora comienza para él la vida eterna, que es la vida de los textos.