Actualizado: 13/05/2021 18:11
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Literatura, Literatura rusa

Risa rusa

Aunque en sus novelas se sumergió en los complejos recovecos de la sicología humana y, a menudo, en sus rincones más siniestros, Dostoievski tuvo también una faceta sonriente y desenfadada

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Pocos escritores se han adentrado en regiones tan profundas y han tocado temas tan importantes como Fiódor Dostoievski (1821-1881). De él dijo Stefan Zweig que es el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos. Hombre atormentado y de vida plagada de experiencias dolorosas (fue condenado a muerte, aunque al final le conmutaron la pena por cuatro años de trabajos forzados en Siberia), volcó sus angustias y desasosiegos en su literatura.

En particular, en novelas como Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, El idiota, Humillados y ofendidos, El jugador, Pobres gentes y Memorias del subsuelo se sumergió en los complejos recovecos de la sicología humana y, a menudo, en sus rincones más siniestros. Eso dio lugar a que, como afirma Ettore Lo Gatto, se hable de lo dostoievskiano, donde racionalidad e irracionalidad chocan entre sí en cuanto a la valoración intelectual, y la normalidad se funde a la anormalidad respecto a la penetración sicológica. La hondura que alcanzan sus personajes ha hecho que Dostoievski sea considere un precursor del psicoanálisis y del existencialismo.

Por todo lo anterior, pienso que quienes hayan leído algunas de las novelas mencionadas no han de esperar del escritor ruso la más mínima manifestación de humor. Y sin embargo, lo tenía. Lo reservó para sus cuentos, una parcela de su obra que es mucho menos conocida (en 2007, la editorial española Siruela recogió en un volumen una veintena de esos textos). Muestras representativas de esa vena satírica y humorística son “Polzonkov”, “El señor Projarchin”, “Bobok”, “Un episodio vergonzoso” y “La mujer ajena y el marido debajo de la cama”. Pero si yo tuviese que escoger un solo título que diera una medida de este Dostoievski risueño y desenfadado, no vacilaría en mi selección: “El cocodrilo”.

El cuento de Dostoievski se puede encontrar en le red en forma de pdf. Existe además una edición bastante reciente que desde aquí recomiendo. Es de la editorial madrileña Gadir, fue puesta en circulación en el año 2012 y tiene una muy buena traducción de Enrique Moya Carrión. Como los otros títulos de la Colección El Bosque Viejo, está bellamente ilustrada. Los coloridos dibujos están firmados por Eugenia Ábalos y son encantadores. Una excelente edición, en suma, para leer esta pequeña maravilla de ese inmenso escritor que es Dostoievski.

El cuento está encabezado por lo que viene a ser un subtítulo: “Extraordinario suceso o sorpresa en el Pasaje” (se refiere a una de las más importantes galerías comerciales de San Petersburgo). A continuación se lee este resumen: “Rigurosa narración acerca cómo un señor de notable edad y notable presencia fue devorado vivo, y todo él enterito, por el cocodrilo del Pasaje y de cuanto aquello originó”. Ese preámbulo, sin embargo, no permite al lector imaginar lo que a partir de entonces se cuenta.

El señor es Iván Matvéich, un funcionario que está a punto de salir de viaje a Europa, acepta acompañar a su mujer Yelena Ivánovna a ver un cocodrilo que se exhibe en el Pasaje. Con ellos va también su amigo Semión Semiónovych, quien por ser testigo del suceso se convierte en el narrador. Además del reptil, como parte de la atracción hay monos y cacatúas. El narrador estaba entretenido viendo a los macacos, cuando de repente escuchó a la mujer que gritaba. Y escribe: “Me volví rápidamente… ¡y lo vi! ¡Lo vi, oh, Dios! Vi al desdichado Iván Matvéich entre las espantosas mandíbulas del cocodrilo, atrapado entre ellas a la altura del tronco, elevado por los aires en posición horizontal mientras agitaba las piernas desesperadamente. Luego, un instante más y ya no estaba allí”.

A partir de entonces, los desvaríos y despropósitos se suceden uno detrás del otro. El alemán dueño del reptil rompe a llorar, porque piensa que tras zamparse al funcionario el animal va a reventar. Culpa a Iván Matvéich por haber provocado a Carlitos (así se llama el cocodrilo). Yelena Ivánovna exige que le rajen el vientre para liberar a su esposo (“¡Destripar, destripar!”, repite), algo a lo cual el alemán se opone rotundamente. Semión Semiónovych, por el contrario, considera inútil hacerlo, pues con toda probabilidad Iván Matvéich ya debe estar muerto.

Para su sorpresa, este se encarga de hacerle saber desde el interior del animal que está sano y salvo, y que solo le preocupa cómo tomarán sus jefes ese episodio. Después de todo, comenta, acabar dentro de un cocodrilo no resulta muy decoroso. Asimismo no duda en apoyar al alemán cuando este afirma que de sacarlo del cocodrilo nada, pues la nueva situación le va a permitir elevar el precio de las entradas. “Tiene razón, el principio económico ante todo”, expresa el funcionario.

Semión Semiónovych decide ir a casa de su pariente Timoféi Semiónovych en busca de consejo. El respetable señor opina que lo sucedido a Iván Matvéi es consecuencia de una excesiva formación: “Las personas excesivamente formadas se meten en cualquier lugar y, principalmente, allí donde no las llaman”. Piensa además que sería bueno que Iván Matvéich pasase algún tiempo tumbado dentro del cocodrilo, en lugar de irse al extranjero. Y en cuanto a la reacción del alemán, sostiene que “está en su derecho, incluso más que la parte contraria, porque se han metido sin permiso en el interior de su cocodrilo y no ha sido él quien se ha metido sin permiso en el cocodrilo de Iván Matvéich, quien, por otra parte y hasta donde alcanza mi memoria, ni siquiera tiene cocodrilo”.

La noticia del insólito suceso hizo que el número de visitantes aumentase. El público empezó a acudir en masa y la policía tuvo que ir para poner orden. La recaudación fue tal, que a las ocho de la noche el alemán consideró necesario suspender la exhibición y cerrar el local, para dedicarse a contar el dinero y prepararse para el día siguiente. A Semión Semiónovych lo que más le sorprendía era la actitud de Iván Matvéich. En su opinión, la situación de este era para llorar, no para fanfarronear.

El funcionario da por seguro que se va a convertir en una eminencia y que científicos, poetas, filósofos y geólogos querrán conocerlo. Por todas partes se hablará de él. Cada palabra suya será escuchada, cada frase estudiada, reproducida y publicada. Todo eso gracias que se lo tragó un cocodrilo. Y dice: “Nunca me había sentido mejor que ahora. En mi estrecho refugio solo temo una cosa: la crítica de las gruesas revistas literarias y el silbido de nuestros periodistas satíricos. Temo que los visitantes superficiales, los tontos y los envidiosos y, en general, los nihilistas, me pongan en ridículo. No obstante, tomaré medidas. Aguardo con impaciencia los juicios del público de mañana y, sobre todo, la opinión de los periódicos”. Su amigo lo escucha y piensa que está delirando y tiene fiebre. Finalmente, opta por irse, pues se da cuenta de que si continúa allí un minuto más, no responderá de sus actos. Las antinaturales esperanzas de Iván Matvéich, no menos estúpido que el alemán, le parecen insoportables.

Nace del mundo grotesco de Gógol

En la literatura rusa, el humor satírico cuenta con una rica tradición. En ella se inscriben las obras de escritores como Antioj Kantemir, Denis Fonvizin, Alexander Griboiedov, Saltykov-Schedron, Antón Chéjov, Nikolai Gógol. Dostoievski no hace más que tomar la antorcha y continuarla. En particular, “El cocodrilo” nace del mundo grotesco de Gógol, quien enriqueció la sátira al darle un nuevo contenido y una síntesis artística hasta entonces desconocidos. Le dio además un carácter analítico, lo cual le permitió no solo presentar un amplio panorama de la sociedad rusa, sino además describir lo que podemos llamar su mecanismo interno. Un cuento como “La nariz” está escrito en estilo grotesco, pero eso no impide que tras el extravagante argumento se perciba un fondo realista y agudamente satírico.

Escrito en 1865, cuando Dostoievski tenía 44 años, “El cocodrilo” permite, como toda obra relevante, más de un nivel de lectura. Quienes prefieran no ir más allá del más elemental, reirán a carcajadas con la disparatada historia y los hilarantes diálogos de unos personajes que no parecen estar en su sano juicio. Pero de igual modo, el cuento se puede leer como una fábula humorística en la cual su autor inventa de una fantasía grotesca y un realismo fantástico. Con esas armas, satiriza el egoísmo, la avaricia y la estupidez humanas. Hace además una sutil crítica a la Rusia de la época, la del zar Alejandro II. Varios personajes son funcionarios, lo cual se justifica por la enorme burocracia que existía entonces en el país.

Es evidente también la crítica al incipiente capitalismo y al espíritu consumista, que alcanzarían su auge en el siglo XX. Eso tiene su mejor representación en Timoféi Semiónovych, para quien la lógica de la utilidad económica está por encima de las necesidades de las personas. Está convencido de que Rusia progresará si se atrae a los capitales extranjeros. Y en ese sentido, piensa que Iván Matvéich, como verdadero hijo de la patria, debe “sentirse alegre y enorgullecerse de que, gracias a él, el valor del cocodrilo extranjero se haya duplicado y, quizás, triplicado. Esto es necesario como medida de estímulo. Consigue uno y, ya verás, vendrá otro más con otro cocodrilo y un tercero traerá dos o tres a la vez mientras a su alrededor se multipliquen los capitales. Ahí tienes a la burguesía. Es necesario estimularla”.

En el momento de su publicación, en la revista La Época, que editaba Dostoievski, hubo quienes trataron de hacer creer que “El cocodrilo” tenía otra interpretación. El diario La Voz (en el cuento, su autor se burla de esa publicación y de su director, A. A. Kraevsky) acusó al escritor de haber hecho una malévola alegoría de N. G. Chernichevski, miembro del grupo de los llamados socialistas pre marxistas. Este era entonces una figura reverenciada y su novela ¿Qué hacer? devino la biblia del radicalismo ruso.

La denuncia adquiría un tono más grave, pues la persona objeto de la supuesta mofa no podía responder, pues se hallaba deportado en Siberia a causa de las críticas sociales que publicaba en la revista El Contemporáneo. Leído hoy, el cuento difícilmente puede dar lugar a semejante interpretación. A lo sumo, a Iván Matvéi se le define como un hombre de “opiniones avanzadas”; y él piensa de sí mismo que por su novedosa teoría sobre las nuevas relaciones económicas, se convertirá en “un nuevo Fourier”.

En su Diario de un escritor, Dostoievski comenta aquel incidente. Según cuenta allí, algunos contemporáneos suyos “concluyeron que yo, que también había sido deportado y presidiario, me alegraba de la deportación de otro desdichado”. Cosa que, de acuerdo a lo que se deduce del diario, ni por asomo había pasado por su mente. Su única intención fue escribir “una historia fantástica, una especie de imitación de «La nariz» de Gógol”.

Insiste en que, dado que él sufrió prisión, nunca se burlaría de otra persona que sufriese ese mismo infortunio. Admite, no obstante, que fue un error no haber respondido a lo que llama “el más vil de los chismes que pueda haber”. Al respecto, es pertinente señalar que cuando se publicó el cuento La Época, revista que Dostoievski había fundado, estaba en bancarrota, y el escritor estaba tratando de conseguir frenéticamente dinero para pagar a sus acreedores. De ahí que su silencio ante los ataques de La Voz sea comprensible.

Al parecer, la idea original de Dostoievski era redactar una especie de noveleta. Puntualizo esto porque lo que hoy leemos es solo la primera parte de un proyecto que quedó inconcluso. Sin embargo, esas páginas, que exceden la extensión normal del cuento, bastan para acreditar el talento de su autor. Con su humor grotesco aprendido en Gógol, Dostoievski creó una obra que presagia a Kafka y el surrealismo. Obra menor de un grandísimo escritor, ante “El cocodrilo” solo cabe quitarse el sombrero.