Actualizado: 18/10/2021 10:15
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Cultura

Cine, Ballet, Televisión

Rivalidad e intrigas entre bambalinas

Un documental acerca del Teatro Bolshoi refleja uno de los más momentos más dramáticos de toda la existencia de esa legendaria institución, tesoro y símbolo de Rusia y de su cultura

Enviar Imprimir

Tanto dentro como fuera de Estados Unidos, el canal de pago HBO se ha ganado un justificado prestigio por el excelente nivel de sus producciones. Eso justifica que, por lo general, sus series y filmes sean esperados, vistos y elogiados en medio mundo, y que cada año acaparen un carajal de premios Golden Globe y Emmy. Sin embargo y por razones en parte comprensibles, mucho menos conocida es la programación de documentales que HBO ofrece regularmente, y que nada tiene que envidiar a la de las obras de ficción. Cada semana estrena nuevos títulos que, además de poseer esa esmerada factura que es marca de la casa, cubren un amplio y variado espectro temático. Entre aquellos que este cronista recuerda haber visto, puede mencionar y recomendar Sinatra: All or Nothing at all, The Out List, Whoopi Goldberg presents Moms Mabley, Ghosts of Abu Ghray, When the Levees Broke: A Requiem in Four Acts, Larry Kramer in Love & Anger, Citizenfour, Roman Polanski: Wanted and Desired, The Latin Explosion: A New America, Afghan Star

Cumpliendo puntualmente con esa programación, la semana pasada HBO estrenó el documental Bolshoi Babylon (Inglaterra, 2015, 83 minutos). Fue dirigido por el cineasta y fotógrafo Nick Read y lo produjo Mark Franchetti, quien es corresponsal en Rusia del diario londinense Sunday Times. Fue rodado a lo largo de seis meses durante la temporada 2013-2014 del Teatro Bolshoi, y es pertinente decir que a los realizadores les permitieron un acceso que hasta entonces nadie había obtenido. Pudieron así filmar tanto lo que ocurre sobre el escenario como lo que acontece detrás de él.

No resulta difícil comprender por qué el Bolshoi raramente abre sus puertas. Se trata de una extraordinaria e icónica institución que constituye un tesoro y un símbolo de Rusia y de su cultura. Desde su fundación en 1776, forma parte de la identidad del país. Situado a poca distancia del Kremlin, no solo está cerca físicamente del poder político, sino que también lo está en términos de relación: el Bolshoi siempre ha disfrutado de su apoyo. Al inicio del documental, se ve al actual primer ministro, Dmitri Medvedev, cuando llega al teatro y comenta ante la cámara: “El Bolshoi es nuestra arma secreta, y de vez en cuando la enviamos a Estados Unidos, Inglaterra y otros países”.

Actualmente, no existen muchas marcas de las cuales pueda afirmarse que representan a Rusia. El Sputnik pertenece ya a los recuerdos del pasado. El Kalashnikov ha quedado obsoleto. En cambio, el Bolshoi ha logrado perdurar y mantiene su condición como una de las instituciones más sagradas. Sigue siendo representativo del país, y por eso si uno se interesa en comprender la Rusia de hoy, el Bolshoi es un buen sitio para empezar. Así deben haberlo entendido los realizadores de Bolshoi Babylon, pues lo que emana de su documental es un complicado retrato de la Rusia moderna.

Empiezo esta reseña con una advertencia: no se debe esperar un documental acerca de la historia de ese teatro. A excepción de unas pocas imágenes de archivo, todo el material que se ve en Bolshoi Babylon corresponde al momento en que fue rodado. Mas no fue un momento cualquiera, sino uno de los más dramáticos de toda la existencia de esa institución. Ocurrió el 17 de enero de 2013 e hizo que el Bolshoi fuera titular en los periódicos de todo el mundo, aunque no precisamente por sus logros artísticos.

Ese día, Serguei Yurevich Filin, quien tras ser por 21 años una de sus principales figuras pasó a ser su director artístico, fue atacado a la entrada de su casa. Un hombre enmascarado le arrojó ácido sulfúrico en la cara, lo cual le provocó quemaduras de tercer grado y la pérdida de la visión de un ojo. La investigación llevada a cabo por la policía reveló que la agresión fue inducida por un bailarín de la compañía, Pavel Dmitrichenko. En su confesión, este alegó que lo hizo porque Filin estaba impidiendo el desarrollo profesional de él y de su novia. Por ese delito, Dmitrichenko fue procesado y se le condenó a seis años de cárcel.

No se hace ninguna referencia en el documental a otros hechos precedentes. Semanas antes del ataque, Filin recibió varias amenazas anónimas. Asimismo alguien lo llamaba repetidamente a su celular y luego colgaba. Alguien también “hackeó” su email y lo inundó de mensajes groseros. Alguien pichó las llantas de su auto. Alguien creó en Facebook varias cuentas a su nombre y posteó material que buscaba avergonzarlo. Por otro lado, Filin sufría presiones en el teatro. Algunos bailarines le insistían que los promoviera para interpretar mejores papeles o ganar mejor sueldo. Un veterano solista, el citado Dmitrichenko, le exigía el papel central de La Bayadère y su novia, el protagónico de El lago de los cisnes. Y uno de los bailarines estrella, Nikolai Tsiskaridze, reclamaba que el puesto de Filin debería ocuparlo él y se dedicaba a envenenar la atmósfera de la compañía.

El documental refleja el clima que había en el teatro después que se produjo el ataque. “El difícil que eso pueda pasar en el mundo del arte”, expresa casi llorando la bailarina Anastasia Meskova. Durante el juicio a Dmitrichenko, la compañía se escindió. Unos testificaron a favor de Filin, otros apoyaron al acusado. María Alexandrova, la bailarina principal, apunta: “Fue doloroso ver la compañía dividida en dos bandos”. Afirma que ella se negó a tomar partido porque le pareció inconcebible traicionar a bailarines a quienes conocía desde que eran niños. Otro de los entrevistados hace este comentario: “Cuando alguien arroja ácido a una persona, significa que el país está enfermo”.

Emergen entonces conflictos y divisiones que venían de atrás, pero que desde el exterior del teatro no eran notorios. María Alexandrova habla acerca del antagonismo patológico que existe entre artistas y administradores. Filin, quien inicialmente rehusó ser entrevistado, afirma que durante los años que fue bailarín no tuvo ningún problema. Pero al ser nombrado director artístico del Bolshoi, no solo alcanzó uno de los principales pináculos de la danza mundial, sino que pasó al lado oscuro. En ese sentido, afirma que literalmente desde el primer día sus compañeros asumieron una actitud distinta hacia él. Y con evidente amargura agrega: “No hay dicha en ser el jefe. Hagas lo que hagas, nunca te lo agradecen. Cuando acepté la oferta de volver al Bolshoi como director artístico, tomé una mala decisión”.

El escándalo manchó la reputación del Bolshoi

Otros entrevistados dan una versión diferente. Señalan que Filin se alejó de los bailarines. Trajo varios nuevos, algunos de ellos no tan buenos como los que ya formaban parte de la compañía. Eso significó un golpe a la autoestima de estos. Nikolai Tsiskaridze, quien durante su etapa en el Bolshoi (1992-2013) se convirtió en toda una celebridad, acusa a Filin y a la administración de haber hecho todo lo posible por sacarlo del elenco. Otras críticas al director artístico son: se rodeaba de aquellos que no lo contradecían, atacaba a los bailarines, les impedía bailar. Por su parte, Filin se defiende diciendo que nadie ha podido probar tales hechos y argumenta que la que desde hace varios años es su esposa sigue siendo miembro del cuerpo de baile.

El escándalo del ataque a Filin manchó la reputación del Bolshoi, pues sacó a la luz la otra cara del aquel mundo sublime y glamoroso. Una cara más bien sórdida de una compañía definida por profundas fisuras, luchas de poder, rivalidad de personalidades, celos profesionales y sueños artísticos que se materializan de acuerdo a quien esté en la dirección. Problemas que se habían sabido por décadas, pero que hasta entonces no habían trascendido al exterior. En cambio, al ventilarse lo ocurrido la opinión pública sobre el Bolshoi pasó a ser negativa y lo puso en el ojo del huracán.

Aquel incidente fue algo más que el brutal ataque a una figura de gran relieve. Obligaba a hacer una reflexión sobre la sociedad rusa. Lo que pasa en el Bolshoi es un modelo de lo que pasa en el país. Uno y otro necesitan una mano fuerte. Tras un tumultuoso período de renuncias y despidos, en julio de 2013 el Kremlin decidió nombrar a una persona para que restaurase el orden. Para sustituir al que hasta entonces era el director general del Bolshoi se designó a Vladimir Urin, quien contaba con una larga experiencia al frente de importantes instituciones y en ese momento dirigía el Teatro Musical Stanislvaski. La importancia que el gobierne le da al Bolshoi, se ilustra en unas palabras de Urin: “Cuando el primer ministro dedicó hora y media argumentándome por qué debería ser director del teatro, me sentí como si estuviese en un mundo de fantasía o en Alicia en el país de las maravillas”. Por el contrario, comenta que su esposa y su hijo trataron de convencerlo de que no aceptase el cargo.

Urin cuenta que cuando Medveded le ofreció el cargo, puso como condición que no aceptaría interferencias ni presiones de las esferas políticas. Una vez que llegó al teatro, se dio cuenta de que la situación allí había llegado demasiado lejos. “Hay muchas cosas que cambiar”, comenta. Y de inmediato empezó a llevarlo a vías de hecho. A mitad de temporada despidió al director musical. Asimismo decidió empezar a aplicar la transparencia en la asignación de los papeles. Y en otra escena declara: “Para mí, hay mucho más que debería cambiarse en este teatro”.

En el documental también se hace evidente que ve a Filin como un adversario. Entre ambos existen tensiones que vienen de atrás: Filin era director artístico del Teatro Musical Stanislavski y renunció abruptamente al puesto para volverá al Bolshoi. Por eso Urin lo considera un traidor. Se muestra lacónico, pero tajante cuando le preguntan acerca de las relaciones que los unen: “Trabajo. Trabajo. Nada más que el trabajo me relaciona con Filin”. Y en otro momento declara: “Creo que mi asignación a este teatro no fue el día más feliz para el señor Filin”.

Eso queda muy bien reflejado en las imágenes de la reunión, al final del filme. Lo que de ellas se desprende es la inminente destrucción de un hombre y el frío triunfo de otro. Algo que se confirma en las palabras que aparecen al terminar el documental: en julio de 2015, a Filin le notificaron que su contrato como director artístico no será renovado. Sin embargo, Bolshoi Babylon deja con más interrogantes que certezas. Corresponde así al espectador decidir si Filin es víctima o villano, si Urin cree realmente en los cambios y la transparencia que pregona.

Pese a la impresión que pueda dar lo que hasta aquí llevo escrito, Bolshoi Babylon no tiene como propósito principal y único hablar sobre las fisuras, intrigas y tensiones internas de ese teatro. Buena parte del filme está dedicada a mostrar y celebrar el esfuerzo de la compañía para restaurar su reputación. El visionado del documental además pone de manifiesto la enorme cantidad de trabajo, dedicación y entrega que ponen los 250 artistas que integran el elenco. Son personas obsesionadas con la perfección y para lograrla, no escatiman horas ni dedicación.

El virtuosismo y la excelencia que caracterizan los espectáculos (en el documental se incluyen varios fragmentos de ellos y son de una majestuosidad y una impresionante belleza) representan el resultado de un riguroso proceso de formación y entrenamiento que comienza a los 4 años. La del bailarín es, por tanto, una profesión que demanda disciplina y también sacrificios. Esto último se ejemplifica en una bailarina que lleva al teatro a su hijo, con quien no ha podido estar en toda la semana.

María Alexandrova, por su parte, habla de la pesadilla que para ella y sus compañeros significa lesionarse, pues todo su trabajo descansa en las dos piernas. Confiesa que siempre la acompaña el miedo a no ser capaz de bailar de nuevo, a no tener más contacto con el público, a no estar más sobre el escenario. Y añade: “Aquí el escenario es todo. Es nuestra religión, nuestro Dios. Es el lugar que nos une a todos”.