Actualizado: 20/05/2022 11:41
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Literatura, Literatura cubana, Novela

Rompedora en forma y en contenido

Martha Luisa Hernández Cadenas ganó el Premio Novelas de Gavetas con una obra cruda, dolorosa y áspera, que nos sumerge sin anestesia en la realidad cubana

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La biblioteca-Samizdat Libri prohibiti y la plataforma Incubadora han anunciado la convocatoria de la edición correspondiente a 2022 del Premio Novelas de Gavetas Franz Kafka. De acuerdo a lo que establecen las bases, cualquier autor cubano puede participar en este concurso. La única condición es que resida en la isla y no haya ganado el premio previamente. Copio aquí el enlace para quienes estén interesados en concursar: https://in-cubadora.com/2022/02/20/convocatoria-concurso-franz-kafka-de-novelas-2022/.

El Premio se convocó por primera vez en el año 2008, y hasta la fecha han sido publicadas catorce novelas. Entre los autores que las firman, están Orlando Freire Santana, Ahmel Echevarría, Ángel Santiesteban, Abel Fernández-Larrea, Martha Acosta Álvarez, Ricardo Alberto Pérez y Orlando Luis Pardo Lazo, quien aún residía en la Isla cuando fue galardonado. Cuando se revisa el catálogo que integran esas obras, se puede comprender la importancia de que este concurso exista. No solo por la oportunidad que brinda a los escritores, sino porque unos cuantos de los títulos publicados hasta ahora difícilmente hubieran sido aceptados por las editoriales cubanas.

Martha Luisa Hernández Cadenas es la segunda mujer que ha sido galardonada. Lo logró con La puta y el hurón (Èditions Fra, Praga, 2020, 142 páginas). Antes había recibido en Cuba el David de Poesía (Días de hormigas), el de ensayo La Selva Oscura (Notas de un simulador. La crítica teatral de Calvert Casey (1960-1965)) y el de Teatrología Rine Leal (ESTA OBRA HABLARÁ DE TI Y DE MÍ. Ensayos para (des)armar la experimentación escénica en Cuba (2012-2018)). Aparte de su actividad como escritora, Hernández Cadenas es performer y fundadora de la editorial independiente ediciones sinsentido, que se dedica a las escrituras transgresoras y noveles.

Apuntar este último dato no es ocioso, pues ayuda a comprender por qué en su primera incursión en la novela Hernández Cadenas ha apostado por una escritura animada por un espíritu rupturista y por la libertad creativa. En lugar de una estructura convencional y unitaria, emplea un relato fragmentario narrado de forma discontinua y con diversos registros. Asimismo, aunque posee una voz narrativa principal, no es la única que interviene.

En la penúltima página de La puta y el hurón, la narradora en primera persona que conduce el relato le escribe una carta a su amiga trans Pamela, en la cual le expresa: “Escribo una novela sobre nuestras historias juntas”. Lo que hemos leído hasta entonces si no es esa novela prometida, bien puede serlo. Quien así habla es una joven graduada de diseño escenográfico en el Instituto Superior de Arte (nunca se le llama por su nombre, aunque en una carta que aparece al inicio Pamela se dirige a ella como Mary). Se ha quedado sin trabajo, pues la obra que preparaban ella y varias personas, titulada Lo duro y lo blando, fue censurada “por tratar un tema complicado”. Eso llevó a que el teatro fuera cerrado “momentáneamente”.

La madre le dio un empujoncito

Aunque no es un aspecto en el cual Hernández Cadenas ponga énfasis, en el texto encontramos algunas referencias que ayudan a ubicar cronológicamente la etapa en la que se enmarca la novela. El más preciso y el que más se reitera es que los hechos que se narran tienen lugar en los días que siguieron al fallecimiento del Máximo Líder. Sobre ese hecho, la narradora expresa: “Ayer, mientras me contoneaba en la fiesta de la Muestra de Cine Joven, la noticia de su muerte parecía un chiste reiterativo y poco original”. Y apunta que algunos lo “celebraban con sus caderas, con las rodillas y el culo repellándose en el suelo”.

La narradora vive con su madre, quien es fumigadora y padece epilepsia, y con su hermana menor. Al haberse quedado sin trabajo, la única entrada de la casa son los 24 cuc a los que equivale el sueldo que gana la mamá. Esa situación la lleva a prostituirse. Lo hace con un hombre mayor a quien ella llama R, y a cuya casa va los domingos. Las visitas duran tres o cuatro horas, por las que recibe 30 cuc. Cuando llega a la casa del señor, este le brinda un té amargo en el cual pone alguna droga. Al despertar, ella está en el cuarto semi desnuda y con mucho mareo. R justifica su violación con el argumento de un consentimiento prostituto. Ella se limita a cumplirlo, aunque no sabe cuándo lo aceptó ni cuándo decidió que quería parar.

Aquellas citas dominicales evidenciaban “la lozana pudrición” de su familia. Su propia madre se encargó de darle un empujoncito a la narradora. La animó a que fuera a visitar el domingo a R, a que lo ayudase con sus libros. Se las arregla para ignorar lo que ella y el señor hacen en esas visitas. Finge creer que su hija le está echando una mano con una novela. Una novela, apunta la narradora, que “de ser cierta, será un decálogo de millones de páginas sobre el sistema político de Cuba, como si mi visión ayudara a escribir el tratado que nadie ha escrito sobre lo cubano en lo cubano”.

R es un militar retirado, que vive en una casa de dos plantas. Escribe guiones para las series policiales revolucionarias de la televisión cubana. Quiere escribir una novela sobre la guerra de Angola, para la cual dice que va a dejar todo lo demás, incluido la biopic del Finado que había anunciado. La narradora lo define como “un gran tipo, con grados militares y con la salvedad de la conciencia patriarcal dominante. R es un tipo que hace lo que le da la gana”. Cuando viaja en los almendrones, le gusta pagar con un billete de 20 dólares, para de inmediato disculparse con el chofer y sacar de su abultada billetera uno de 10 cuc, para el cual el taxista tampoco tiene cambio. Al final, acaba por pagar con un billete de 10 pesos cubanos que siempre ha tenido. Pero de ese modo, ha probado a los demás pasajeros que tiene dinero y le da poca importancia al cambio de moneda.

Pero R no es el único hombre que trata y quiere hacer de la narradora una mujer-objeto, una cosa. También hacen lo mismo el que ella llama Lobo Feroz y el administrador del teatro, que mientras se la folla encima del escritorio le habla de Foucault. Eso lleva a la joven a comentar: “Yo soy como esta ciudad, como este vecindario, me dejo poseer por cualquiera y no solo los domingos”.

A los hombres como los anteriores, la narradora los llama hurones. En esa especie, el apareamiento es bastante violento. El macho que domina el territorio toma a la hembra por la nuca. Al morderla, puede causarle heridas de consideración y a veces la arrastra enérgicamente, antes de cubrirla. La cópula se repite y puede durar hasta dos horas. Pero más allá del aspecto sexual, la sociedad en la cual vive la narradora está poblada de hurones, que viven a costa del oportunismo. Son seres domesticados, que viven hipócritamente y que, por conveniencia, soportan los mecanismos heteropatriarcales del poder. Dentro de ellos están también los que prohibieron la obra y cerraron el teatro. Representan “un tipo de hurón refinado, de aquellos que tienen un poder imbécil que los hace grandes”. Los hurones tienen un héroe al que idolatran, y “su ideal amatorio es una mujer dormida, marmórea, quieta, dejándose pisotear por estas multitudes de hurones, bebiéndose el té”.

Inmersión en el submundo habanero

En la novela intervienen además otros personajes que transitan por una existencia y una cotidianidad asfixiante. Entre ellos está la ya mencionada Pamela, con quien la narradora, además de estar unidas por una buena amistad, tuvo una relación amorosa que no llegó a cuajar. Tras un incidente por el cual pasó dos noches en la estación de policía de Centro Habana, Pamela decidió renunciar a su amiga y a su país. Pudo salir de la Isla gracias a un francés que les dice a todos que la sacó de Cuba porque la Seguridad del Estado la iba a encarcelar, por haber escrito Lo duro y lo blando. Ahora vive en París, donde acostumbra sentarse en un café a sostener conversaciones imaginarias con su amiga.

La narradora recuerda que ella y Pamela solían ir al cuarto de Mayuli, a sentarse en el balcón y a fumar hierba de mala calidad, “para irnos con un vuele a otra dimensión y olvidarnos del placer machucador que es vivir en el subdesarrollo”. Mayuli es el más radical y fuerte del grupo, y como la policía le tiene puestos los ojos encima a los jóvenes descarrilados fue llevado a la estación. Como anota la narradora, la pachanga que armaba en su cuartico era desmedida y “empañaba la imagen de la Revolución”, al permitir que los hombres asumieran el tráfico sexual como una lucha socialista: “hurones sobre hurones, machos sobre machos, extranjeros sobre hurones, machos sobre extranjeros. Las respuestas que da Mayuli durante el interrogatorio lo llevan irremediablemente a la cárcel: alquila el cuarto a parejas gays porque es una manera de tener una entrada; sí, allí consumen droga; y vive solo porque “es un niño prodigio, él no tiene que estudiar nada porque en la calle no hay que ser licenciado, hay que saber cómo burlarse del gobierno”.

Además de no ceñirse a un relato lineal, el dispositivo novelístico de La puta y el hurón también incorpora distintos planos temporales. La narradora retrocede en algunas ocasiones al pasado, para hablar de su padre, de su abuelo. De su etapa estudiantil conserva un recuerdo que nunca ha perdido: Alberto, un compañero del preuniversitario, con quien una vez tuvo un juego erótico para aliviar el aburrimiento, fue sorprendido en el baño con otro chico. Los guapos y los machos hurones casi lo matan a golpes. Lo bajaron lleno de sangre y la narradora y una amiga lo llevaron a la enfermería. Desde aquel incidente, sufrió un humillante acoso que finalmente lo llevó a quitarse la vida. Acerca de él, la narradora comenta que “era un alma a la que no podían romper con semen, saliva, puños”. Y apunta que él y su abuelo siempre están en sus pensamientos, en sus tristezas.

De la lectura de La puta y el hurón aflora una reflexión en la que ha de verse reflejada toda una generación, aquella que nació en la década de los 90. Muchos de sus integrantes se han de reconocer en la narradora, esa joven indócil pero frágil, que se siente extraviada y sin salida. Está cansada y, sin embargo, aún no ha empezado a vivir. Cultiva un desapego por cualquier decisión social colectiva. Se siente ajena a la multitud, al designio de un pueblo que marea, y no acepta que nadie le imponga su modo de ser. Pamela y ella albergan la ilusión de que ese mísero movimiento a ninguna parte no sea real, que solo se trate de una transición hacia algo mejor. Pero en esa sociedad “huronificada” todo permanece inmutable. El único futuro agradable es el que la narradora se inventa en la carta con la cual finaliza la novela.

Por eso, aunque usa la rebelión como un lenguaje de sobrevivencia, en esas verdades que nos escupe a la cara hay un profundo dolor, y también un trasfondo de pesimismo existencial. Algo que la lleva a preguntarse: “¿Cómo me quito esta sensación de cuerpo sucio?, ¿cómo me quito esta mirada sucia de hurón?, ¿cómo me quito este vicio de sentirme repulsiva, mierda, sobra?, ¿cómo mirar a mi hermana perfecta y no sentirme hundida en mis propios juicios sobre este país del fin del mundo?, ¿qué va a heredar de mí, qué fotos, qué reliquias, qué sonidos de hurón?”.

Pienso que de lo que hasta aquí he comentado se puede deducir que, para su estreno como novelista, Hernández Cadenas ha escrito una novela rompedora en forma y en contenido. A través de una confesión cruda, visceral, dolorosa, áspera, nos sumerge sin anestesia en la realidad cubana, de la cual da una visión nada amable. Conviene advertir que es una obra poco recomendable para gustos refinados. Su lectura exige además una adaptación previa y también aceptar las reglas del juego que establece su autora. Pero su complejidad no la hace perder interés, y aseguro que quienes se adentren en sus páginas no han de salir defraudados.