Actualizado: 19/10/2018 10:27
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Mistral, Literatura, Poesía

Si no hallo las palmeras, vivo pobre

Poemas, conferencias, artículos, cartas y discursos recopilados en un libro dan cuenta de los lazos que unieron a la escritora chilena Gabriela Mistral con Cuba

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“Vieja amiga de mi alma criolla es la música popular de Cuba, tanto para que ella me acompañe en mis soledades del extranjero. En cada escala de mis barcos he recogido aquí canciones y más canciones. Los discos cubanos nutren en Europa mi criollez, que no quiero perder, que me cuido como la médula del hueso. Otras músicas americanas son más melodiosas, otras serán más actuales; pero la folkórica de Cuba es, según el juicio de mis amigos franceses, la más bravamente original de estas tierras. Para mí resulta también la más vital, la que, con espejos de alegría, sale al encuentro del sudamericano, que es carne de pesadumbre, y que debe aprender la alegría, casarse con la alegría”.

El fragmento anterior pertenece al discurso que la poeta chilena Gabriela Mistral (1889-1957) pronunció en octubre de 1938 en La Habana. Con esas palabras agradeció el recibimiento del alcalde de la ciudad, Antonio Beruff Mendieta, y de la escritora Dulce María Loynaz. En total, visitó la Isla en cuatro ocasiones: en 1922, 1931, 1938 y 1953. Su primera estancia marcó su descubrimiento de un país por el cual demostró un especial cariño, pero no se han encontrado textos suyos acerca de la misma. En las tres siguientes, en cambio, desarrolló actividades públicas y la prensa cubana dejó registros de ellas. Aparte del discurso antes citado, estuvieron las conferencias que dio en 1931 en el Teatro Principal de la Comedia (“La lengua de Martí”) y en 1938 en el Teatro Campoamor (“Los Versos sencillos de José Martí”). Esos tres textos aparecen recogidos en el libro La lengua de Martí y otros motivos cubanos (Lom Ediciones, La Habana, 2017, Santiago de Chile, 198 páginas), compilado por el poeta chileno Jaime Quezada y que lleva un prólogo de Roberto Fernández Retamar.

Poemas, conferencias, artículos, discursos, cartas dan cuenta de los lazos que unieron a Mistral con Cuba. El primero fue el que estableció con José Martí, cuya obra ya conocía desde los años 20. Sobre el Apóstol, a quien dedicó varios textos, expresó: “Lo venero, le tengo una admiración penetrada de ternura, y cuando lo nombro es algo más que cuatro sílabas lo que digo”. Sus tres conferencias sobre él —a las dos antes citadas se suman las palabras que leyó en enero de 1953, en el homenaje por el centenario de su nacimiento— están llenas de juicios agudos y reveladores. También le dedicó tres poemas, que no figuran en ningún de sus libros y que se reproducen en la antología de Quezada. En uno de ellos, titulado “Martí I”, escribe: “¿Dónde te fuiste José Martí/ que no te hallo entre las palmas?/ Hablabas tanto con dejo nuestro/ que ¿a dónde te fuiste sin tu habla?// Carne tuya quiso la Tierra/ y ¿dónde anda mi antillano?/ Suelo sin cuello de palmeras,/ noche muerta sin marejada”. Al prócer cubano le dedicó además otro texto, “Contar a Martí” (1938), en el que hace un singular recorrido por su biografía, con un estilo entre narrativo y conversacional. Conviene recordar, asimismo, que redactó un prefacio para la traducción al inglés de Martí, el Apóstol, de Jorge Mañach.

Este fue su mejor amigo en Cuba. Sus primeros contactos datan de antes de su segundo viaje a la Isla. Así al menos lo corrobora una carta fechada en septiembre de 1929 que Mistral le envió, y que forma parte del bloque epistolar incluido en la antología. En esa misiva le comenta a Mañach que viajará a dar un curso en junio de 1930 en la Universidad de Vermont. Y le apunta: “Aceptaría si, de paso por La Habana, yo pudiera dar en esta institución española de Uds. una o dos conferencias. Leí alguna vez una invitación tácita de Ud., en el Repertorio Americano en este sentido”. Y le insiste: “Más aún: ¿Ustedes me quieren allá? ¿No tendré nuevas «cosas» que les caigan a la Cultural encima por rebote? Dígame, dígame”. Le aclara que por el curso en Vermont no le pagarán gran cosa y le pregunta: “¿Podrían Uds. pagarme rigurosamente los pasajes de ida y vuelta por esas conferencias? Dígamelo Ud. con la confianza que aun sin habernos escrito parece que hay entre nosotros”. Respecto al tema, le especifica: “Me gustaría hablar sobre Martí en Cuba. Ese viejo y fuerte culto mío que no se me cae de la mano. Condición de esas conferencias: el que no me tomen muchos días, el que no me las separen”.

A esa epístola siguen otras dos, bastante extensas, en las que Mistral le escribe a Mañach en términos más personales. Habían pasado dos años y la amistad entre ambos evidentemente se había estrechado. En la primera, fechada en abril de 1931, le escribe sobre sus experiencias en Nueva York. Federico de Onís, le cuenta, la admira y le publicó un libro en la Universidad de Columbia, donde era profesor. Y le confiesa: “Tuve la mala espina, la malevolencia, la bellaquería también, por qué no decírselo a usted, que es un hermano para mí, del elemento español (…) Pero Onís no sabía que yo tengo malas ideas, que yo soy indianista y que enseñaría la América comenzando no con las carabelas sino con los toltecas y quechuas”. Mistral, a su vez, ignoraba que “este hombre tenía un desprecio redondo —o cuadrado, mejor— de nuestra raza, un odio con uñetazos de odio y que no tuvo la fineza de esconderme. Hablamos, pues, y llegamos a mordernos el corazón ambos, con lo cual yo pasé a vivir entre una mafia española de educación inferior hasta la plebeyez, hostil y con la hostilidad solapada”.

Se refiere también a la situación que vivía Cuba bajo la dictadura de Gerardo Machado: “He seguido el calvario de ustedes, día a día en la prensa. Ay, Jorge, y qué destino planea sobre nosotros sin pasar y se está sobre nuestras cabezas clavado y pegado como el buitre sobre lo podrido. No acaba nunca ese conflicto de Cuba (…) Parece que mientras EE.UU. siga fiel a aquel hombre ustedes no lograrán nada, y mientras tanto padece y se sacrifica tanta gente, y sobre todo, tanto muchacho generoso. Pena y vergüenza, Mañach”.

Una niña sobre una mujer vieja, pero que es tierna y querendona

En la otra carta, de febrero de 1932, le acusa recibo a Mañach de dos suyas, y le dice que se alegra de que “se haya dado cuenta de que yo cargo una niña sobre una mujer vieja, y que la niña puede más que la vieja, que tiene sus caprichitos y sus malcriadeces, pero que es tierna y querendona”. Le duele que los demás no hayan tenido los mismos ojos que él y le pide: “Defiéndame, usted que sabe, cuando valga la pena convencer a alguien. Los otros no me importan”.

Mañach debe haberle comentado que trabajaba en su biografía de martí, pues ella le expresa: “Yo estoy muy contenta de que usted nos haga —y me haga— ese Martí que nos deben, cosa más íntima que el de Carbonell e infinitamente mejor escrito que los Martí posibles de todos los martianos”. A eso añade: “Triste debe ser, Mañach, trabajar en medio de ese largo duelo de Cuba, pero también excitante a su manera, con la excitación del dolor, que no me gusta, pero es real”.

Además de Mañach, Mistral mantuvo vínculos epistolares con otros escritores cubanos: Félix Lizaso, Serafina Núñez, Fina García Marruz, Rafaela Chacón Nardi, José de la Luz León y Juan Marinello. A este último le dedicó un poema hasta ahora desconocido titulado “El cuchillo de Juan Marinello”, que se conservaba en los cuadernos manuscritos de la poeta chilena. En casi todas las cartas que se reproducen esta acusa recibo de los libros enviados por esos autores. Se muestra siempre muy respetuosa y atenta y no escatima palabras de encomio para quienes entonces se iniciaban en la literatura. A Chacón Nardi, por ejemplo, le escribo acerca de su Viaje al sueño (1948): “Su libro es el mejor de poemas femeninos que me ha llegado en años. Su calidad y su feminidad me han prendido a él. Dos lecturas, las dos rebosadas de gracia (…) Este, su libro, me ha traído gozo y ternura. No es nada poco. Y me ha levantado un firme aprecio hacia su poesía y su persona”.

En La lengua de Martí y otros motivos cubanos se incluye también un anexo fotográfico, en el que se reproducen quince imágenes de las visitas de Mistral a la Isla. En cuatro de ellas aparece la escritora Dulce María Loynaz, en cuya casa fueron tomadas. Hay tres cartas dirigidas a ella, que ponen de manifiesto el afecto que la chilena le tenía. En la primera, sin fechar, le expresa que “conocerla fue una gracia y que seré muy feliz de volver a encontrar su rostro y oírla”. En la segunda (diciembre de 1952) pasa a tutearla, y la inicia con estas palabras: “Tan querida Dulce María:// Conmovida por tu carta. Yo soy un bulto muy fastidioso en una casa, hermana mía. Soy una vieja-niña que resulta tan pesada como absurda. Así y todo, yo querré pasar un par de días enteros con Uds. Favor de no tenerme otra gente allí en tu casita, para hablar largo y tendido”. Asimismo, le confiesa que una vez se hallaba con cubanos en un teatro o un cine y ella pasó con otra joven casi tocándola. Tuvo el impulso de detenerla y hablarle, pero le dijeron que Dulce María se había educado en Inglaterra, que esa formación la hizo fría y altiva, y no se le acercó.

La tercera carta es de enero de 1953 y Mistral la redactó “un día antes de partir hacia Cubita la bella”. En ella vuelve a emplear el usted y le pide a la autora de Jardín que la ayude a hallar alojamiento en Santiago de Cuba. Anota que espera “encontrar alguna agencia de casas que sea honrada y no suba los precios. La gente me trata como a una persona rica, pero ¡ay! aquel Premio Nobel lo robó totalmente una puertorriqueña, mi secretaria. Yo vivo al día, es decir, yo vivo de mi sueldo. Y esto es todo”. Le especifica que solo necesita “un comedor, dos dormitorios y un recibidor o sea saloncito. Pero, sobre todo eso un pequeño huerto. Cuidar plantas es el único trabajo que he hecho con alegría y hasta pasión en este mundo. Pero el destino torcido e ingrato que ha sido el mío nunca, querida, nunca me ha dejado vivir en paz y dicha delante de una tierra verde”.

Aparte de Martí, sobre el cual volvió en varias ocasiones, Mistral se ocupó de otros tres escritores cubanos: Alfonso Hernández Catá, Pablo de la Torriente Brau y su amigo Mañach. A este lo definió como “contador de historias, ensayista sutil por añadidura, y periodista de subida categoría”; y lo situaba, junto con Alfonso Reyes, Baldomero Sanín Cano, Pedro Henríquez Ureña y Carlos Vaz Ferreira, como “nobles personas” que “van subiendo, para buen nuestro, los jalones de un nuevo clasicismo latinoamericano”. A Hernández Catá le dedicó un trabajo tras su trágica muerte, en un accidente de aviación. Resalta que era hispanoamericano en el doble sentido, pues vivió los dos temperamentos —el americano y el español— en “una fusión que fue admirable por consumada, por perfecta”. Como buen madrileño, apunta, “Hernández Catá no habría podido vivir sin conversar, es decir, sin darse en cada momento al familiar o al amigo, en el vocablo tierno, en el comentario sagaz, en el acuerdo benévolo y en la réplica a veces alácrita”.

Mucho más sorprendente es el texto —como suyo, bellísimo— que Mistral escribió con motivo de la muerte, cuando combatía en la Guerra Civil española, de Pablo de la Torriente Brau. Fue leído por Marinello en un homenaje celebrado en La Habana en diciembre de1938. Mistral anota que redactó su evocación “por voluntad” de su querido amigo. En esas páginas repasa la vida del escritor y combatiente republicano desde su infancia, menciona su paso por la cárcel que narró en Presidio Modelo, un libro que “servirá para purificar las cárceles y métodos carcelarios que son verdaderas calamidades de la América nuestra”. Torriente Brau oyó después “el cuerno de la guerra llamar desde España; supo antes que nosotros la tragedia que venía en avalancha sobre el mundo; entendió antes que nosotros que una aplanadora infernal venía cogiendo con sus rodillos los pocos logros alcanzados por el hombre liberal o cristiano (…) No discutió ni esperó mucho: se echó a la perdición y a la salvación, juntas”. Mistral concluye diciendo que “el bien que Pablo, el cubano, nos dejó, todavía no podemos medirlo (…) Y el bien de Pablo, para mí, maestra de escuela, será el que yo no tenga, al ir a dar mi clase, que atravesar una fila doble de fusiles alzados por brazos de niños, y que no sienta yo viendo esa pedagogía de anticristos, arder mis entrañas de vergüenza y de cólera”.

En el discurso que pronunció en el homenaje público en su honor en octubre de 1938, la poeta chilena se refirió a La Habana como “esta ciudad que yo amo por bella, por marítima, por vital”. Ese amor, que extendió a la Isla, además lo plasmó en la decena de poemas que Quezada incluye en su antología: Hallazgo del palmar, Palmas de Cuba, Ronda cubana, Canción de la Zafra, Ronda de la caña, Caña, Azúcar, Siesta en el trópico, Palmas y Palmares de Cuba. A este último pertenecen las dos estrofas con las que voy a concluir esta reseña:

“Cantan crinadas y salvajes

cuchichean a lo doncellas.

Aunque son ellas, cuando quieren

son unas velas que navegan

y del agobio de la noche

¡cómo padecen y se quejan!

Palmas del aire arrebatadas

y recogidas y devueltas.

Las rocas duras de los duros

parecían palmas abiertas:

el habla, tierna del Más Tierno,

era el dejo de la palmera.

Si no las hallo, vivo pobre,

si no las gozo quedo aceda.

Todas las tuve en un instante

y ahora llevo cosa eterna.

Tengo como una gracia nueva

y un arrobo que no me deja:

El mundo estaba en una costa

alanceado de palmeras”.