Actualizado: 25/05/2020 10:28
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Literatura cubana, Poesía, Padilla

Sobre la creación propia y la ajena

Gustavo Pérez Firmat ha enriquecido su catálogo con Viejo Verde, un poemario delicioso, ameno y sabio, y además ha rescatado la labor como traductor de Heberto Padilla

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Acaba de iniciar su andadura 2020 y aunque no sabemos si lo que nos traerá será bueno o malo, es propio de persona educada darle la bienvenida. ¿Cómo hacerlo?, me pregunté. Y he pensado: qué mejor manera que acudiendo a la poesía, pues, como sostiene Abilio Estévez, a aquellos que la escriben se debe, al fin y al cabo, la grandeza de cualquier país.

Hace año y pico, comenté el que entonces era el último poemario de Gustavo Pérez Firmat, The Last Exil. En aquel trabajo resalté su preocupación por evitar en su escritura el tono abiertamente notarial, algo que se ponía de manifiesto de manera más visible en los catorce poemas dedicados al “Dirty Old Man”. Es este un cubano que anda por los setenta años, divorciado de su primera mujer y casado de nuevo, que reside en Estados Unidos, donde ha trabajado como profesor de español. Aquellos textos estaban al final del libro e integraban lo que parecía ser el anticipo de una serie.

Y, en efecto, el “Dirty Old Man” (a partir de ahora, D.O.M.) es el protagonista de Viejo Verde (Main Street Rag Publishing Company, Charlotte, 2019, 86 páginas). Ocho de aquellos poemas incluidos en The Last Exil han sido incorporados por Pérez Firmat a su nuevo libro, que consta de 67 poemas que están distribuidos en cuatro bloques o secciones: Methusaleh is my patrón saint, How we live measures our own nature, I still look, but they don’t look back y Like to like is true. En el breve texto de la contraportada, Rolando Pérez anota que D.O.M. es la versión cubana de J. Alfred Prufrock de T. S. Eliot. A mí el poemario de Pérez Firmat me ha llevado a recordar, por su estructura y por su estilo, las Historias del señor Keuner, la notable colección de textos breves de Bertolt Brecht. Las protagoniza un señor de mediana edad, cortés y astuto, que odiaba las peleas, pero toda la vida estuvo metido en ellas, y que solo palidecía cuando le comentaban que no había cambiado.

A lo largo de esos poemas se va trazando parte de la biografía del D.O.M. Armarla es algo que el lector debe hacer por su cuenta, a partir de las referencias diseminadas por el libro. Nació en Cuba, aunque la mayor parte de las veces se alude a la misma como “su otro país”. Hace veinticinco años se divorció de su primera mujer, y al anunciar que iba a casarse de nuevo su tío favorito le recriminó: “So you’re going to abandon your wife and your children for an americana?”.

D.O.M. anda en los setenta años, y ese dato es significativo. Lo es porque la vejez constituye un motivo que permea todo el libro y aparece ya desde el primer poema: “Contemplating retirement,/ D.O.M. ask his neighbors,/ all retired, how they spend/ their time. I garden, says one./ D.O.M. thinks: Gardening/ is not a manly occupation./ I make furniture, says another./ D.O.M. thinks: I’ve never made/ anything in my life, nor ever will./ He asks a third, who replies:/ I twist in the wind, when there is one./ And what if there is no wind, neighbor?/ I twist and make my own./ Finally, D.O.M. thinks,/ a man after my own heart”.

Como cualquier persona de su edad, D.O.M. ha comenzado a experimentar algunos de los achaques que inevitablemente traen los años. Padece de insomnio y también sufre de aftas, lo cual él insiste es la venganza de su boca por todas las raciones de inglés que ha tenido que tragar. Para ocultar las canas, se tiñe el pelo, una faena de la cual se encarga su mujer (se la identifica como Mrs. D.O.M.). Dedica parte de su tiempo a actividades tan intrascendentes en apariencia como mirar las ardillas que se persiguen unas a otras y observar los cardenales y pinzones que acuden al comedero que él puso en el patio. Esto último lo hace desde hace quince años, y la contemplación lo lleva ahora a concluir que ha cambiado más que esos pájaros. Además, compara su trayectoria vital con la de estos: “In his youth D.O.M. swooped and squawked// like a grackle. In middle age he preneed like a cardinal/ (though others thought him a grackle has-been)./ Now, if he had companionable wings, he’d be a finch/ among finches, though he knows he is one nuthatch away/ from turning into a titmouse”.

Aunque ha pasado la mayor parte de su vida en Estados Unidos, D.O.M. sigue manteniendo parte de sus raíces cubanas. Tiene la conciencia de que posee dos hogares, lo cual es una razón más para estar confundido. No obstante, a diferencia de su padre (D.O.M. Senior), que estaba convencido del regreso, él está seguro de que nunca volverá a su otro hogar (“You can’t go home again. What you can do is not leave”, afirma). Pero por si se diese la rara posibilidad de que una mañana despertara allí, evita aviones, barcos y en general cualquier medio de transporte marítimo o aéreo, lo cual incluye globos y planeadores.

Una escritura cargada de narratividad

Hasta su jubilación, D.O.M. trabajó como profesor de español, lo cual ha hecho que mantenga vivo su idioma materno. Eso da lugar a que, en ocasiones, tenga relaciones conflictivas con vocablos de la lengua adquirida (“the other language”). Uno de ellos es sibling, “one of those words capable/ of ruining his day for days. In the tongue/ he was born with, siblings are brothers./ He explains this to his friend, who’s not buying it./ (…) All I ever had were hermanos, of both sexes./ I used to have three, now I have two. Look it up”. Otras veces, D.O.M. recuerda cubanismos para los que difícilmente puede encontrar equivalencias en inglés. Por ejemplo, mangar. En su otro hogar, alguien siempre estaba mangando a alguien, que siempre era mangado.

D.O.M. considera la vejez una torre de marfil que no cuenta con ascensor. Es una etapa en la que tiene que lidiar con cambios y pérdidas de momentos que sabe ya son irreversibles. Ahora se preocupa por un futuro en el cual él ya no ha de estar, y se pregunta cómo lo recordarán. Si alguien le comenta que no aparenta la edad que tiene, se avergüenza, pues espera que las personas deben morir cuando alcanzan la tercera edad. Se queja de la longevidad prolongada, y teme que la medicina moderna cree una cuarta edad: la decrepitud. Cuando su padre falleció, agradeció que de ese modo la visión de su deterioro no le iba a predecir el suyo.

Todos los fragmentos de los poemas de Pérez Firmat que he reproducido aparecen en inglés, pues así fueron escritos. Pero uno nunca sabe, igual hay por ahí algún lector o alguna lectora que no sabe ese idioma y no puede disfrutarlos. Así que, para no privarlos de ello, he acudido a mi ejemplar de la antología Sin lengua, deslenguado, donde aparecen algunos de los poemas sobre el D.O.M. traducidos al castellano. De entre ellos, he seleccionad uno que copio a continuación.

“Viejo Verde piensa en el futuro”

“Se pregunta cómo lo recordarán, las nietas
que le regaló el matrimonio. Risueño o sombrío,
envuelto en humo o ávido por los entrantes,
ese hombre que mascullaba una lengua extraña
y ni siquiera en inglés se hacía entender.

Dirán: casi nunca nos hablaba. Nos besaba
en la frente y a veces le fallaba el tino
y el beso quedaba suspendido en el aire.
Algunas noches, a través de la ventana de la sala,
lo veíamos bailar con Abue. Eso nos hacía reír.

Lo que recuerdo, Mary Emma le dirá a Charlotte,
es la vez que le arranqué el tabaco de la mano
y se enfureció conmigo. Todo era raro, añade Charlotte.
Por muchos años siempre estuvo allí, junto a Abue.
Después ya no estaba y era como si nunca hubiera estado”.

Como se puede advertir en ese y en los demás textos, en Viejo Verde Pérez Firmat ha optado por una escritura cargada de narratividad. Algo que además se anticipa en la mayoría de los títulos: “D.O.M. Talks to his Neighbors”, “D.O.M. in His Office”, “D.O.M. ath the Supermarket”, “D.O.M. Improves His Vocabulary”, “D.O.M. Gives a Spanish Lesson”… Hay un uso controlado de la anécdota, que por lo general parte de situaciones cotidianas. Las historias que se cuentan no poseen desenlace al modo convencional. Su eficacia literaria la logran precisamente mediante lo sugerido, mediante lo que dejan inconcluso. Son textos que dejan preguntas inteligentes y observaciones que incitan a la reflexión. Están escritos con tono pausado, con serenidad y rigor en el decir poético y con un humor suavemente escéptico, que evita el énfasis patético. Viejo Verde es, en suma, un libro delicioso, sabio, ameno, que posibilita al lector la facultad de activar su inteligencia.

Desde muy joven, Padilla era políglota

Además de recoger en Viejo Verde su producción poética más reciente, Pérez Firmat también ha dedicado parte de sus trabajos y sus días a recuperar la obra “lateral” de un poeta compatriota suyo. Me refiero a otro título preparado por él: Poesía romántica inglesa (Linden Lane Press, Colección Poesía, 2018, 149 páginas). Se trata de una selección del libro de igual título que vio la luz en Cuba en 1979. Lo tradujo Heberto Padilla (1932-2000) en la etapa de marginación a la cual fue confinado, tras el caso que desencadenó su poemario Fuera del juego. Como aclara Pérez Firmat en su texto introductorio, la hecha por él es una “modesta selección” que representa “una cuarta parte de los poemas de la edición cubana”.

En “Heberto Padilla, traductor”, título del texto que abre el libro, Pérez Firmat narra que, a principios de los años 80, el autor de El justo tiempo humano hizo una lectura de poemas en Duke University. Al conversar después con él, le mencionó que una de sus áreas de especialización en los exámenes del doctorado había sido la poesía romántica inglesa. Y cuenta: “En el acto [Padilla] me recitó de memoria su traducción de «The Tyger» de William Blake. No se me ha olvidado ese momento. Era evidente que se sentía orgulloso de la manera en que había logrado trasladar al castellano esa antología de poetas románticos ingleses”. Durante varios años, Pérez Firmat buscó sin éxito aquel volumen, y su pesquisa se convirtió en “una sana obsesión”. Pudo finalmente hallar un destartalado ejemplar en una librería de segunda mano de Connecticut.

Pasa luego a referirse a la labor como traductor de Padilla, que califica como la menos conocida de sus actividades literarias. Recuerda que desde muy joven era políglota y tradujo del inglés, el francés, el alemán y el ruso. Comenta asimismo su afición por la literatura en lengua inglesa e ilustra su afirmación con ejemplos tomados de sus poemas y de algunos artículos. Era, argumenta Pérez Firmat, una manera de desempolvar y destrabar su escritura, y le servía además como “antídoto contra los excesos de la poesía española, afligida por el vicio del gongorismo”. Padilla acudía con frecuencia a poetas como Robert Lowell y W.H. Auden, quienes le indicaban el camino hacia una poesía más directa que un objeto, como él mismo expresó en Fuera del juego.

La traducción de los autores recopilados en Poesía romántica inglesa representó, sin embargo, un desafío para Padilla. Aparte de la cantidad de autores (doce) y textos (más de setenta), tuvo, apunta Pérez Firmat, “que superar la dificultad de emplear un lenguaje y ocuparse de temas que le eran extraños”. Pero además de un reto, la antología significó “la oportunidad de ser otro poeta, de escribir poemas ajenos, en los dos sentidos: de otros poetas y distintos de los suyos. Si Padilla actuó de intermediario entre Thomas Gray y la lengua española, Gray y los demás poetas de la antología actuaron de intermediarios entre Padilla y otro modo de acercarse a la poesía”.

Padilla tradujo a unos cuantos autores extranjeros: Saint-John Perse, Evgueni Evtushenko, René Depestre, Vladimir Maiakovski, Hans Magnus Enzensberger, Bruno Apitz, Giorgi Karaslavov. Pero, en opinión de Pérez Firmat, ninguna de esas traducciones supuso una labor de creación y recreación tan intensa como la de los poetas románticos ingleses. En muchos de aquellos poemas, hizo una versión del significado sin preocuparse por la forma. Pero en otros, “se propuso algo más difícil; elaborar versiones que se corresponden con el original en forma y fondo”. En el caso de los textos del primer grupo, Padilla funge como traductor. En los del segundo, “al traductor se suma el poeta, que trabaja con igual aplicación sobre contenido y continente”.

Como Pérez Firmat explica en el texto introductorio, la selección que ha preparado reúne las traducciones que más claramente la colaboración entre el ingenio del traductor y el talento del poeta. En total, son veintiún poemas pertenecientes a once autores. Son estos Thomas Gray, Robert Burns, William Blake, William Wordsworth, Walter Scott, Samuel Taylor Coleridge, John Clare, Thomas Hood, John Keats, Percy Bysshe Shelley y Lord Byron.

Debemos agradecer a Pérez Firmat el haber rescatado este libro, que en su momento tuvo en Cuba escaso eco (comentarlo hubiera obligado, por lo menos, a mencionar a Padilla, algo que la censura no habría permitido). Pero, sobre todo, nuestra gratitud se impone porque se trata de un libro de notable calidad literaria. En primer lugar, compendia un momento sobresaliente de la poesía inglesa y europea. Una etapa que dio varios creadores descollantes, varios de los cuales son precisamente los que aparecen en la antología. A eso se suma que esos textos se pueden leer en unas impecables traducciones, que desmienten el hecho de haber sido hechas por encargo y por exigencias editoriales.

Dado que además de las versiones al español se incluyen los originales en inglés, se puede constatar la excelencia de la labor realizada por Padilla. Eso permite advertir, en primer lugar, cómo resolvió las dificultades que esa faena implicaba. Cómo halló, por ejemplo, equivalencias plausibles para la métrica, pues conviene recordar que el inglés posee determinadas pautas silábicas que hacen difícil encontrar sonoridades o combinaciones fónicas equivalentes en castellano.

Padilla se muestra flexible al moverse dentro de los linderos y limitaciones que el ceñido espacio de los textos le establece. Se toma libertades, pero se mantiene fiel al espíritu, el tono, el clima de los originales, eso que el poeta y traductor español Jordi Doce llama la médula formal y de sentido del poema. Trata esos textos escritos por otros como si se tratase de los suyos, y hace que sean tan naturales y convincentes en castellano como lo son en inglés. La única explicación de que sus versiones de poemas como “El tigre”, “Elegía escrita en un cementerio de campo” y “La rima del viejo marinero” no estén consideradas entre las clásicas y obligatorias, es la exigua difusión que tuvo la antología de marras.

Y para no extenderme más y dejar que se pueda comprobar lo antes apuntado, copio uno de los poemas de William Blake que se pueden leer en el libro objeto de estas líneas.

“No intentes nunca confesar tu amor”

“No intentes nunca confesar tu amor,
amor que nunca puede ser confesado;
pues el viento lo arrastra en su temblor
calladamente, invisiblemente.

Yo confesé mi amor, todo mi amor
y todo el corazón se lo entregué,
temblando, frío de estupor…
Ay, pero ella se fue.

Y al instante un viajero
por su lado pasó
calladamente, invisiblemente…
Y, ay, no lo rechazó”.