Actualizado: 26/09/2018 10:19
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España. Guerra civil, Cuba

Solidarios ante la tragedia

Un voluminoso libro ilustra, a partir de una nutrida selección de textos periodísticos, testimoniales y literarios, la intensidad con que se vivió la guerra civil española en Cuba, el país que más voluntarios envió

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Aunque no había visto ninguno de los títulos, conocía la existencia del proyecto HGCE-Hispanoamérica y la guerra civil española. Como precisan sus editores, “consiste en una serie de estudios y una recopilación de documentos sobre el impacto de la guerra civil en los intelectuales de Hispanoamérica. Cada libro ofrece una especie de radiografía del campo intelectual del país en cuestión entre los años 1936 y 1939, en el cual las luchas propiamente «intelectuales» convivían con las vicisitudes de la política interna y con las tensiones internacionales. Los textos recopilados pertenecen a distintos géneros literarios, aunque destacan notoriamente la poesía y las diversas formas de prosa no ficcional”. Y aclaran que, para los propósitos de la colección, el término intelectual lo aplican “a toda persona que participó con la palabra escrita en el debate de ideas sobre la guerra civil”. El proyecto de HGCE lo dirige Niall Binns, poeta británico radicado en España, donde trabaja como profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid. Se ha encargado además de preparar los volúmenes dedicados a Ecuador, Argentina y Uruguay. Aparte de estos, también han aparecido los correspondientes a Perú, Chile y Cuba.

Finalmente, puedo hablar de primera mano acerca de ese ambicioso e importante proyecto editorial. Y lo voy a hacer precisamente para comentar el tomo que a los cubanos directamente nos concierne: Cuba y la guerra civil española. La voz de los intelectuales (Colección HGCE, Calambur Editorial, Madrid, 2015, 787 páginas). En este caso, Niall Binns comparte, con Jesús Cano Reyes y Ana Casado Fernández, el crédito como compilador y autor del estudio introductorio. De entrada, quiero apuntar que los tres han realizado una magnífica labor, y todos los elogios que sobre la misma se digan no le harán plena justicia. Qué meticulosa y exhaustiva investigación realizaron. Cuánto rigor y dedicación han puesto en ella.

De todos los seis tomos publicados hasta ahora, este es el más voluminoso. Eso responde, en buena medida, a la especial intensidad con que aquel hecho se vivió en la Isla, algo que es puesto de relieve en la introducción: “De ningún país de América Latina llegaron tantos voluntarios a la guerra civil como de Cuba; en ninguno, quizá, se viviera el conflicto español con tanta pasión, y en ninguno se ha mantenido tan viva la memoria de esa guerra como en Cuba”. Asimismo, los compiladores hacen notar que esa herencia viva se palpa en la extensa bibliografía cubana que existe sobre el tema, y que contrasta con el escaso interés que ha despertado en otros países de América Latina.

La selección de textos, que constituye la espina dorsal del libro, reúne a 152 autores, a los que se suman editoriales de publicaciones como Bohemia, Noticias de Hoy, Mediodía, Información, Diario de la Marina y Carteles. En las cuatro páginas que ocupa el índice, aparecen escritores que a la sazón eran ya figuras consagradas, junto a otros que lo serían después y que entonces se daban a conocer. La mayor parte estaba claramente a favor de la República. Pero no faltan ejemplos de aquellos que apoyaron a los nacionalistas. En ese sentido, hay que recordar que en esos años existía en Cuba una numerosa colonia española. De acuerdo al censo de 1931, representaba en 31,8 % de la población del país. Los compiladores hacen notar que, a partir de la dictadura de Primo de Rivera y la guerra colonial de los años 20, esa comunidad “empezó a dividirse, al igual que en la propia España, entre monárquicos y republicanos”. Ese antagonismo ideológico se palpaba con una virulencia cada vez mayor en las publicaciones y las organizaciones que surgieron en la Isla entre 1929 y 1936, y que eran un reflejo de la contingencia política peninsular.

Una de las notas a resaltar en la selección de textos es la variedad. Si bien predominan los artículos periodísticos y los poemas, hallamos también cartas, entrevistas, discursos, alocuciones y mensajes radiales, telegramas, encuestas, cuentos, piezas teatrales, documentos diplomáticos, fragmentos de diarios y libros de memorias y hasta la letra de una guaracha. A eso, a su vez, se debe la pluralidad de ángulos desde los cuales es abordado el tema de la guerra civil. Hay, por ejemplo, varios homenajes a Federico García Lorca y Miguel Hernández. Ese es el caso de las páginas que firman Luis Amado-Blanco (“Poema desesperado”), Ángel Augier (“Elegía en tu misma sangre”), Gastón Baquero (“Carta en el agua perdida”), Arturo Liendo (“Muerte de García Lorca”), Justo Rodríguez Sánchez (“A Federico García Lorca”). Varios autores, en su mayoría mujeres, escriben sobre el sufrimiento de la población infantil: Mariblanca Sabas Alomá (“Los niños, víctimas inocentes de la guerra”), Serafina Núñez (“Elegía por los niños de España”), Félix Pita Rodríguez (“¡Niños de España!”), Diego González Martínez (“Atalaya antifascista. Niños cubanos y niños españoles”), Feliciana González de Líster (“La muerte de los Reyes Magos”), Teté Casuso (“Nana sin niño”), Berta Arocena (“Por que el niño español no pase frío”), Mirta Aguirre (“Los niños-España de mañana”).

Los cubanos se implicaron con pasión

No faltan, por supuesto, las denuncias de “la militarada de Franco” (la frase es de Jorge Mañach), ni tampoco las exhortaciones a ayudar a la causa republicana. Las mencionadas son, no obstante, solo unas pocas de las aristas escogidas. Es pertinente decir que esa convivencia de textos literarios, testimoniales y periodísticos confiere a la selección una gran riqueza. Además, permite al lector tener una imagen mucho más completa de la pasión con que los cubanos se implicaron en aquel conflicto bélico. Ese rescate hecho por los compiladores resulta doblemente valioso, pues varias de las publicaciones en las cuales originalmente esos textos vieron la luz están en un lamentable estado de deterioro.

En la nómina de personas que expresaron su apoyo a la República aparecen nombres que, por su ejecutoria y su orientación ideológica, resultaban previsibles: Alejo Carpentier, Eduardo Chibás, Aníbal Escalante, José Luciano Franco, Luis Gómez Wangüemert, Nicolás Guillén, Ramón Guirao, Wifredo Lam, Juan Marinello, Carlos Montenegro, Manuel Navarro Luna, Lázaro Peña, Regino Pedroso, Emma Pérez, José Antonio Portuondo, Raúl Roa, Blas Roca, Carlos Rafael Rodríguez, Loló de la Torriente, Luis Felipe Rodríguez…

En cambio, hay otros menos pronosticables. Para este cronista por lo menos lo son José María Chacón y Calvo, Flor Loynaz, Fina García Marruz, Virgilio Piñera y el ya citado Gastón Baquero. Estos tres últimos, por cierto, son los únicos representantes del Grupo Orígenes que, de uno u otro modo, expresaron su desolación ante la tragedia que vivía el pueblo español. Son significativas las ausencias de José Lezama Lima, Cintio Vitier, Eliseo Diego. Eso me llevó a recordar unas palabras de Jorge Mañach que tenía muy frescas, pues el día anterior las había leído y copiado. Son parte de su conocida polémica con el autor de Enemigo rumor, y en ellas su autor afirma que la gran tradición del intelectual americano es “responder al menester público, no sustraerse a él; vivir en la historia, no al margen de ella”. Y concluye que, en su día, la Historia sacará sus cuentas y dirá quiénes tuvieron más fede y menos sede, si los “generosos en el desvelo” o los “soñadores sedentarios”.

Realmente insólito, por lo inesperado, es encontrar textos firmados por Fulgencio Batista y Rolando Masferrer. Del primero se reproduce un fragmento de Revolución social o política reformista, donde con mucha cautela y sin tomar partido apunta que “las guerras civiles son fratricidas e impiden la convivencia cordial entre hermanos”. Y añade: “Contemplamos con dolor profundo y con agobiadora tristeza la trágica situación de la progenitora de la América española”. El segundo combatió entre 1937 y 1938 en España, donde, de acuerdo a Hugh Thomas, se hizo comunista. Años después, se convirtió en colaborador de la dictadura de Batista y creó un ejército paramilitar que era conocido como “los Tigres de Masferrer”. En el libro objeto de estas líneas se incluye una carta que dirigió a su hermano, cuando se encontraba en un hospital tras haber sido herido en un pie. Apareció originalmente en el periódico Noticias de Hoy, precedida de una nota donde se le presenta como un “conocido revolucionario cubano que se encuentra en España combatiendo por la causa de la democracia mundial, siendo en la actualidad Comisario de Batallón de la División «Campesino»”. Como diría Don Quijote, “cosas veredes, amigo Sancho”.

En la introducción, los compiladores anotan que “hubo un sector importante, aunque minoritario, de la colonia española que apoyó a Franco, e instituciones como El Centro Gallego y El Centro Asturiano estuvieron controladas por simpatizantes franquistas”. Ese grupo falangista tuvo su órgano natural en el Diario de la Marina, cuya línea editorial conservadora y monárquica era conocida desde que se fundó en 1844. En sus páginas dio cabida a columnistas españoles hostiles a la República como Manuel Aznar, León Ichaso, Constantino Cabal y Francisco Javier Almodóvar. Enrique Labrador Ruiz se refirió a ellos como la representación “dentro de nuestra propia casa”, de “paniaguados, aprovechados y desvergonzados de todas épocas que adoran a Franco y comparsa”. En todo caso, hay que decir que entre aquellos que se alinearon con los golpistas no hay nombres de verdadero relieve.

A manera a botón de muestra, voy a reproducir un fragmento de un poemario titulado Los arcos triunfales. Epopeya de España (1939), de Eutiquio Aragonés. Este nació en España, pero emigró a Cuba a los veintiséis años. Allí tuvo una prolífica carrera como dramaturgo, ensayista y novelista. En 1929 se trasladó a México, pero volvió a La Habana durante los años de la guerra civil. El libro de marras es de carácter épico, y tiene como figura central a “nuestro victorioso Caudillo, el general Francisco Franco, una cumbre del genio militar”. Sin más comentario, aquí van algunos versos:

“Junto a la cresta del volcán avanza/ Carlos Marx, que contra el Cid se lanza/ provocando un diálogo de acero/ cual singular batalla… Es el primero/ en hablar Mío Cid:// —Dime, qué quieres,/ gusano que te arrastras prisionero/ de la Muerte y no mueres…// Y le responde Carlos Marx altivo:/ —¡Soy alma como tú, puesto que vivo!/ —¿Alma la tuya que el infierno encierra/ diez millones de palmos bajo tierra?/ ¡El alma tiene a gala/ abatir los abismos con el ala!/ ¡Mira si no…! —Y rápido y sereno/ se dispone a ascender”. La controversia verbal concluye de este modo: “¡Y así queda sellado el desafío/ del Cid Campeador y Carlos Marx,/ con el coraje de la vieja usanza!// Viendo Marx cuánto pesa en la balanza/ la Tizona del Cid, por un instante/ mira en jirones rota su esperanza;/ pero luego se engríe y va adelante.// —¡El Caudillo —ironiza— es mucho brazo/ para espada tan ruin!... Será mejor/ que le estruje en el nudo de mi lazo,/ llevándome al infierno tanto honor”.

Franco representa un llamado al alma retórica de España

Mucho más interés tienen los otros textos, aquellos en los cuales se pone de manifiesto la solidaridad y la simpatía por la causa republicana. Me voy a detener en unos pocos que personalmente me llamaron la atención. El primero es el poema “Aviones”, en el que una quinceañera Fina García Marruz ante las víctimas infantiles causadas por los bombardeos, se pregunta: “Qué primavera posible/ florecerá en la tierra?/ ¿Qué rosal crecerá encima/ de esa sangre de niño?/ (…) ¿Cuándo los cuerpecitos mutilados,/ deshechos ya,/ en la mañana verdadera/ a los que están dormidos/ despertarán con gritos?”.

En su artículo “Señal y ejemplo de J.R. Miaja”, Gastón Baquero hace un elogio del general que en 1936 impidió la caída de Madrid. De él escribe que “es ahora algo más que un general español. Es más que un general de cualquier parte de la tierra. Anciano, comanda la España que nace entre vagidos de angustia en el férreo brazo de sus juventudes. Anciano, con años que tocaron la mayor vergüenza de la ingente España, vuelve ahora al camino que Don Quijote arrostrara por su edad cincuenteña, cuando solo pensaban todos que eran libros y armas y bachilleres los que mediría para siempre el crepúsculo de su vida”.

Enrique Labrador Ruiz respondió a una encuesta hecha desde Francia por Félix Pita Rodríguez, acerca de cuál era su postura ante el conflicto bélico de España. Su respuesta apareció en la revista Repertorio Americano (diciembre 1938), y en ella expresa: “No hay más que una posición para el hombre de honor ante la guerra de España. Un país invadido por varias potencias, traicionado por otras; entregado a la crueldad, la barbarie y la rapiña de moros, aventureros internacionales, soldados de fortuna y descastados de toda laya; una tierra usada como campo de experimento de armas e ideas mortíferas; como laboratorio de una perversa política, tiene que suscitar las más vivas simpatías de las gentes de corazón”.

De Jorge Mañach se reproduce parte de una entrevista publicada en enero de 1938 en Bohemia. Fue hecha cuando él impartía clases de literatura en la Universidad de Columbia. Como información complementaria, anoto que en un artículo que publicó en 1952 en esa misma revista, recordó: “Tuve que trabajar muy duro para ganarme la vida honrosamente como profesor en los Estados Unidos”. En el texto de la entrevista, comenta que “Franco representa un llamado al alma retórica de España. Toca esos resortes quijotescos que siempre ha habido en el espíritu español: el honor, la vergüenza, la nostalgia de la España imperial. A esa retórica se debe en gran parte su embaucamiento de media España. A eso y —hay que reconocerlo— al atolondramiento, a la frivolidad y al mimetismo de algunos momentos republicanos anteriores a la sublevación”. Y luego declara: “No podemos pensar de una manera para España y de otra para Cuba. El interés dramático que lo español tiene para nosotros estriba en que ilustra heroicamente la necesidad de una resistencia democrática frente al militarismo. Los militares están para sostener la voluntad política de una nación, formulada al través del debate civil; nunca para suplantar esa voluntad. El deber de mantener el orden no lleva consigo el derecho a crear un orden de clase. Con o sin uniforme, ninguna clase tiene esa prerrogativa que incumbe solo a la Nación”.

Por último, citaré una carta que Virgilio Piñera dirigió a José Antonio Portuondo, quien fue su compañero de estudio en la universidad y presentó su primer recital de poesía. Está fechada el 29 de marzo de 1939 y en la misma se lee: “La vieja humanidad sabe de tantos momentos cruciales y tan noblemente realizados, mas este de España tiene cobrada tan calidad mágica que ninguno de los anteriores puede ofrecerse como par. Y el postrer eslabón en esta mágica cadena nos lo ofrece ahora el hombre de España realizando la disciplina de la muerte, lejos de la trinchera como expresión demostrativa y patética de un nacional espíritu en la humanidad española”. Y refiriéndose a la rebelión militar, anota: “El episodio grotesco imperando en una grotesca temporalidad sobre la Península ocupará en el libro de la historia apenas si una línea de palabras ruborizadas por el suceso ridículo que comentar deben”.

¿Hace falta que lo diga? Cuba y la guerra civil española. La voz de los intelectuales es una valiosa aportación a nuestra historia. Sus compiladores merecen nuestros parabienes y nuestra gratitud por haber recuperado esta memoria de la presencia y la implicación que tuvieron los cubanos en aquel momento trágico que vivió España.