Actualizado: 29/11/2021 15:04
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Taburetes confiscados

'Memorias del horror' recoge el testimonio de pobladores del Escambray que fueron reconcentrados por el gobierno cubano en 1971.

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La memoria de un grupo de hombres y mujeres comienza a salvar ahora de las complicidades del olvido forzoso una parte de la historia reciente de Cuba, que emparienta a Fidel Castro con Valeriano Weyler, el militar español que en 1886 ordenó la reconcentración en campos de trabajo de la toda la población de occidente.

El acontecimiento se inició oficialmente el 15 de diciembre de 1971. Llegó con efecto retardado. El gobierno dispuso que todos los habitantes de la región montañosa del Escambray, en el centro del país, fueran reconcentrados en regiones aisladas de las provincias de Pinar del Río y Camagüey.

Fue una operación militar que dirigió la Seguridad del Estado contra los pobladores que, de alguna manera, habían colaborado con fuerzas de las guerrillas anticomunistas que protagonizaron, desde la instauración misma del régimen, un alzamiento armado que Castro sofocó con un despliegue de más de 100.000 soldados y milicianos.

Después de sufrir prisiones preventivas o de cumplir largas condenas, muchas de esas personas habían regresado a trabajar la tierra o se habían relocalizado en propiedades de familiares y amigos. Habían pasado cinco o seis años de los últimos combates de esa especie de guerra civil, cuando sorpresivamente, en la víspera de la navidad de 1971, comenzó la gran recogida de los hombres.

Fueron conducidos en trenes nocturnos y herméticos a las zonas donde debían levantar los poblados para traer después a las esposas y los hijos. Al Escambray no podrían regresar nunca más.

Iluminar una etapa

El periodista Abel Escobar entrevista en su libro Memorias del horror, editado por Carta de Cuba, a varios hombres y mujeres víctimas de la nueva reconcentración que todavía hoy viven en esas comunidades.

Escobar los descubrió en Miraflores, un rincón perdido junto a la loma de Cunagua, en el norte de la antigua provincia de Camagüey, casi en la costa de diente de perro y nubes de mosquitos. A otros, los fue a buscar a Pinar del Río, a López Peña, otro de esos asentamientos inventados, sin historia, ni tradición, ubicado cerca de un sitio que se llama Alambradas de Santana.

Son relatos directos, sin adornos, con mucha información y detalles de los sufrimientos y los asaltos a sus vidas privadas.

Oneida Matos Vázquez tenía 17 años en aquel invierno. Esperaba su primer hijo cuando la sacaron a empujones de su pequeña finca de El Naranjo, al pie de Cienfuegos.

Cuando la liberaron y pudo regresar a su casa encontró este panorama: "La canastilla para su hijo había desaparecido, a más de cincuenta sacos de café le habían puesto las iniciales del INRA (Instituto Nacional de Reforma Agraria). A los taburetes también. Ya nada nos pertenecía. Todo nos había sido robado".

Memorias del horror ilumina una etapa. Un tiempo que necesitará más luz, como reclaman otras zonas oscuras de estos casi 50 años de dictadura y silencio. Creo que el libro, con su lenguaje despejado y sin anestesias, ayuda a entender mejor la importancia del periodismo alternativo cubano y eleva el rango profesional de Abel Escobar, un corresponsal todo terreno sin temor a la noche y los caminos.