Actualizado: 24/09/2021 16:37
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Cine, Cine polaco, Represión

Tanques para reprimir obreros

Un filme rescata una de los hechos más sangrientos y oscuros ocurridos en Polonia durante la etapa comunista. Es un homenaje a quienes lideraron la resistencia y allanaron el camino para establecer una verdadera democracia

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La huelga de masas no se fabrica artificialmente, ni se decide
y propaga en una atmósfera inmaterial. Es un fenómeno
histórico que, en un determinado momento, resulta de una
situación social que a su vez es consecuencia de una
necesidad. Rosa Luxemburgo.

Con Queridos camaradas, su último filme, el cineasta ruso Andréi Konchalovski ha impresionado a críticos y espectadores con la feroz imagen de un hecho ocurrido en la extinta Unión Soviética en época de Nikita Jrushov. El 2 de junio de 1962, en la ciudad de Novocherkask el ejército reprimió a miles de obreros que protestaban por el desabastecimiento y la subida de los precios. Según la versión oficial, el saldo fue de 26 personas muertas, aunque de acuerdo a los testigos la cifra es mayor. La película refleja además los esfuerzos de los dirigentes comunistas por mantener la verdad lo más oculta posible, y constituye un excelente y descarnado retrato de un régimen que traicionó sus propios ideales.

Aquel hecho, sin embargo, dista se ser el único acaecido que pone de manifiesto a un régimen comunista que reprime a su pueblo. En 1919, al producirse una huelga en la fábrica metalúrgica Putilov, en San Petersburgo, fueron arrestados 900 obreros, 200 de los cuales fueron ejecutados sin juicio alguno. Un año después, Lenin instigó a fusilar a “un gran número de huelguistas por el delito de sabotaje”, y se estima que durante los años en que él estuvo al frente del poder miles de trabajadores fueron fusilados por participar en protestas similares.

Asimismo, no hay más que recordar el aplastamiento del movimiento popular de Hungría en 1956, el envío de tanques para acabar con las ansias libertarias de la Primavera de Praga y las protestas de los estudiantes chinos contra el aumento de los precios, la inflación y la corrupción que en 1989 desembocó en la masacre de la plaza de Tiananmen. En todas las dictaduras comunistas, las huelgas, así como cualquier manifestación de protesta son ilegales, y hasta el día de hoy lo siguen siendo en aquellas que aún perduran.

Varios años antes que Konchalovski, el director polaco Antoni Krauze (Varsovia, 1940), formado en la renombrada Escuela de Cine de Lodz, había sacado a la luz un hecho similar, una de las historias más sangrientas y oscuras ocurridas en su país durante la etapa comunista. Lo hizo en el filme Jueves Negro: Arde Polonia (Czarny czwartek. Janek Wisniewski padl, Polonia, 2011, 1 hora 45 minutos). Con el mismo participó en varios festivales nacionales e internacionales, en los cuales obtuvo numerosos galardones. Hace poco ha sido rescatado e incorporado a su catálogo por la plataforma Netflix, donde ahora se puede ver.

Después de las revueltas de la región obrera de Poznan de 1956, Moscú rehabilitó a Wladislaw Gomulka, cuyas posiciones nacionalistas entraron en conflicto con las orientaciones estalinistas, lo hicieron perder sus puestos e ir a dar a la cárcel. Tras el nuevo clima que siguió a la muerte de Stalin, Gomulka se presentaba como la esperanza de una nueva etapa de reformas y de un comunismo nacional. Dio marcha atrás en la cuestión agraria y devolvió la tierra a los agricultores privados. Pero los acontecimientos de Hungría lo obligaron a frenar la marcha hacia la liberalización del régimen polaco.

Al cabo de algunos años, las esperanzas de apertura que había despertado en los polacos se habían frustrado. A nivel social y político, en la población reinaba un gran descontento, que iba a estallar finalmente a fines de 1970. El 12 de diciembre, el gobierno decretó una subida de los precios de los alimentos. Por ejemplo, el precio de la harina subió un 17 por ciento, el pescado un 16 por ciento y las mermeladas y las frutas un 36 por ciento. La noticia fue difundida la noche del 13, un día antes de su ejecución. Era domingo, así que las tiendas estaban cerradas. De ese modo el gobierno evitaba que la gente pudiera comprar las existencias a los precios que hasta entonces regían.

Los dirigentes eran conscientes de que ese aumento iba a afectar principalmente a las familias de menores ingresos. De hecho, ya desde antes de esa fecha a muchas de ellas les resultaba difícil llegar a fin de mes. El encarecimiento de los precios iba a significar una merma considerable del poder adquisitivo de la sociedad y afectaría su capacidad de poder adquirir los bienes de consumo de primera necesidad. Fue ese el desencadenante de los sucesos que tuvieron lugar en los días siguientes.

Acabar con las protestas a toda costa

La primera protesta contra la medida se produjo el lunes 14 en el Astillero Lenin de Gdansk, ciudad donde aparecería, diez años después, Solidaridad, el primer sindicato no gubernamental del bloque soviético. Los obreros emprendieron una marcha hacia el comité provincial del partido. Durante el trayecto se les unieron muchos jóvenes, así como trabajadores de otras industrias y empresas. La principal demanda de los participantes era un aumento de los salarios que tuviera en cuenta el alza de los precios. La marcha duró cinco horas y discurrió de forma pacífica. A pesar de ello, poco antes de las cuatro de la tarde los manifestantes fueron atacados con granadas lacrimógenas por la Milicia Ciudadana, la policía militar del régimen. Los disturbios se extendieron hasta la noche y hubo decenas de heridos.

Es pertinente apuntar que en las demandas de los trabajadores no había el más mínimo indicio de que quisieran retornar al capitalismo. No cuestionaban los principios básicos de la economía planificada, sino el poder y los privilegios que la corrupta burocracia estalinista tenía sobre ella. Entre sus reclamaciones estaban, asimismo, que los funcionarios fuesen elegidos y no percibieran más que el salario promedio de los trabajadores, y que los burócratas responsables de la crisis económica fueran despedidos de sus cargos. Los obreros pedían también la restitución de los precios anteriores y la libertad para los presos políticos.

Tras lo ocurrido el lunes, al día siguiente las protestas aumentaron. La Milicia Ciudadana empleó nuevamente la fuerza, pero a pesar de ello las manifestaciones llegaron a congregar a 20 mil personas. El régimen envió entonces fuerzas del ejército equipadas con ametralladoras y armamento pesado. Para legitimar la dura respuesta, el gobierno comenzó una ola de “acciones de sabotaje” supuestamente cometidas por los huelguistas y que serían el pretexto para la dura respuesta que preparaban. Los milicianos y los soldados recibieron la orden de acabar con las protestas a toda costa. En la película, se ve a un oficial que muestra a otro uno de los volantes que se distribuirían al otro día. En ellos los manifestantes presumían de los daños que habían ocasionado a propiedades estatales.

En el filme, hay una secuencia que recrea una reunión de varios miembros del gobierno, convocada para analizar la situación. Un ministro acusa a los manifestantes de “no identificarse con los ideales del partido”, y pasa luego a justificar así la represión: “No se negocia con los contrarrevolucionarios, se les dispara, aunque tengan que morir 300 trabajadores. Así se acabará con la rebelión. El astillero se puede volar en pedazos, arrasar y después reconstruir”. Y dirigiéndose a sus compañeros añade: “Si no les parece bien, renuncien a sus puestos”.

Por su parte, Gomulka insiste en minimizar las razones reales de las protestas: “Problemas económicos aparte, debemos centrarnos en los problemas políticos. Desde mañana tenemos que dejar claro que el enemigo está vivo y nos está intentando distraer a lo grande, yendo de fábrica en fábrica, dando órdenes por teléfono y extendiendo rumores para que haya grupos enemigos”. En su autoritarismo dogmático y su paranoia, llega a expresar: “¿Y si los arrestamos a todos? Me importa una mierda la propaganda. Si se trata de mantener el orden, es más efectivo disparar”.

El miércoles, el viceprimer ministro Stanislaw Kociolek, conocido como el “carnicero de la Triciudad” (así se llama un área urbana del norte de Polonia, formada por las ciudades de Gdansk, Gdynia y Sopot), llamó a los huelguistas a que volvieran al trabajo. En realidad, se trataba de una trampa urdida para provocar un enfrentamiento entre los trabajadores y las fuerzas militares. Eso iba a consumar la represión personalmente aprobada por Kociolek (tras la caída del comunismo, este fue acusado por esos delitos) e iba a dar lugar a lo que en Polonia pasó a llamarse el Jueves Negro.

Al día siguiente, cuando los huelguistas regresaron al Astillero Lenin se encontraron con el ejército y la Milicia apostados a la entrada. Cuando trataron de acceder, estos empezaron a disparar a mansalva, incluso a aquellas personas que salían de los vagones del tren para dirigirse a su trabajo. Entre ellas estaba Bruno Drywa, un padre de familia afable y discreto que no estaba involucrado políticamente en las protestas. Sencillamente cumplía de modo obediente la orden del régimen de ir a trabajar.

Hubo 18 muertos. Tras la masacre, se organizó una marcha fúnebre para llevar el cuerpo de un joven de dieciocho años, a quien llamaron Janek Wisniewski, un nombre típicamente polaco. En realidad se llamaba Zbyszek Godlewski y era empleado de la Autoridad Portuaria de Gdynia. Su cadáver fue colocado sobre una puerta de madera y se convirtió en un símbolo popular de aquellos hechos. En el Centro Europeo de Solidaridad se puede ver hoy la chaqueta de Wisniewski, con los orificios de las balas que acabaron con su vida. En su título original, la película alude a él, ya que su traducción es Jueves Negro. Janek Wisniewski cayó.

Los manifestantes llevaban además dos banderas polacas manchadas de sangre, una imagen que se convirtió en símbolo de las protestas. Se dirigieron hacia el edificio del Presídium del Consejo Nacional Urbano, donde de nuevo fueron ametrallados por los milicianos y el ejército. Conviene anotar que las protestas no solo tuvieron lugar en Gdansk, sino también en Eblag, Gdynia, Slupsk y Szczecin. Aparte de esas localidades costeras, las manifestaciones se extendieron a otras del interior como Cracovia, Walbrzych y Bialystock, en algunas de las cuales fueron atacadas las sedes del partido. Durante los incidentes, murieron 45 personas, 18 de ellas en Gdynia, y más de 1.165 resultaron heridas. La Milicia detuvo a más de 3 mil personas, la mayoría de las cuales fueron sometidas a represión y tortura. Los muertos fueron sepultados a toda prisa por la noche, con la única presencia de sus familiares más cercanos.

De acuerdo al Instituto Nacional de la Memoria, a excepción del despliegue realizado durante la ley marcial de 1981 en tiempos de paz nunca se había puesto al ejército polaco en una preparación para el combate a tan gran escala. Las cifras son espectaculares y hablan por sí solas. Se movilizaron 27 mil soldados, 9 mil milicianos de la MO, 550 tanques, 750 vehículos blindados de transporte de personal, 2.100 vehículos de otros tipos, 108 aviones y helicópteros, 40 buques de guerra. Contra los manifestantes fueron lanzados 150 mil botes de humo y otros productos químicos, y se dispararon 46 mil balas de diverso calibre, esto solo en las ciudades costeras.

Concebida a manera de un docudrama

El gobierno tenía el control de los periódicos, los canales de televisión y las emisoras de radio y mantuvo un control muy estricto sobre lo que entonces se informó. La verdad sobre lo ocurrido durante aquellos cinco días de protesta de los trabajadores y sobre la feroz represión de las autoridades solo vino a salir a la luz en 1980, cuando el periódico del sindicato Solidaridad, Tygodnik Solidarność, la difundió.

Para evitar que el levantamiento obrero tomara más fuerza y se extendiera a todo el país, el gobierno tomó mediadas contundentes. Gomulka y Zenon Kleiszko, quien era su mano derecha, fueron obligados a dimitir. Edward Gierek fue nombrado nuevo secretario del Partido Obrero Unificado de Polonia. Asimismo, se decretó una bajada de los precios y se anunció un aumento de los salarios, además de importantes cambios económicos y políticos. Gierek viajó a Gdansk, se reunió con los trabajadores y les pidió perdón por los errores cometidos en el pasado.

En enero de 1971, Antoni Krauze, viajó a Gdansk, un mes después de la masacre de trabajadores: “Fui recibido por la fachada calcinada de la estación de trenes, las ventanas rotas del Hotel Metropol, la sede del comité provincial del Partido incendiada. Las patrullas de la milicia estaban por todas partes. Me colocaron en el Grand Hotel en Sopot. Cuando me registré, tuve la impresión de que yo era el único huésped. Un matrimonio amigo mío, la familia Piepka, vivía cerca. Una vez instalado en el hotel, inmediatamente corrí hacia ellos y obtuve un relato muy completo de lo que sucedió en diciembre. Mirando hacia atrás, hoy no solo recuerdo sus lágrimas, su rabia, su amargura, cuando me contaron sobre la tragedia en la Triciudad, sino también algo que me pareció extraordinario: quienes me hablaban eran gente libre. A la conversación también asistió su hijo de 18 años, Mirosław. El 17 de diciembre, los estudiantes salieron de la escuela y se fueron a Gdynia. Él vio con sus propios ojos lo que sucedió allí. Casi cuarenta años después, en julio de 2009, me llamó para ofrecerse a cooperar en esta película”.

Miroslaw pasó así a ser guionista del filme, junto con Michal Pruski. Ambos son periodistas y fueron testigos de los hechos en diciembre de 1970. Se decidieron a recuperar aquellos hechos porque hasta ahora solo se había rodado una película sobre los mismos, Skarga (Lamento), de Jerzy Wojcik, cuya trama se limita a los acontecimientos que tuvieron lugar en Szczecin.

Concebida a manera de un docudrama, Jueves Negro tiene tres núcleos principales: la historia real de la familia Drywa, que inicialmente presta poca atención a los acontecimientos que tienen lugar; el desarrollo de la huelga de trabajadores, cómo comenzó y cuáles fueron sus secuelas; y las confabulaciones políticas entre bastidores cuando el gobierno preparaba su respuesta a las protestas.

Bruno Drywa fue un personaje real. Era un hombre que se preocupaba principalmente por su esposa Stefa y sus niños. Se suponía que 1970 traería un gran avance para la familia: se habían mudado a Gdynia, a un apartamento de una cooperativa de viviendas. El Jueves Negro, Bruno respondió al llamado de Stanisław Kociołek. Iba saliendo del tren cuando le dispararon en la estación de tren del Astillero de Gdynia. Falleció en el hospital, dejando esposa y tres hijos. Su nombre aparece en el monumento levantado en 1980 para recordar a las personas asesinadas entonces. Fue enterrado por la noche, y por temor a represalias y al reasentamiento forzoso que estaban llevando a cabo, la familia abandonó sigilosamente el apartamento de sus sueños.

El filme reconstruye los trágicos acontecimientos que tuvieron lugar en diciembre de 1970 en Gdynia. La cámara sigue las manifestaciones callejeras de los trabajadores, así como la procesión en la que fue llevado el cuerpo de Janek Wisniewski. Recoge con gran realismo la brutal represión de los manifestantes por el ejército y la milicia. Se incluyen también imágenes de los arrestos y golpizas que sufrieron los líderes de la huelga, así como del hospital a donde fueron llevados los heridos.

El filme de Krauze se inscribe en la mejor tradición de la cinematografía polaca, especialmente en aquella que ha dado obras tan notables como El hombre de hierro, El hombre de mármol y Katyn. Es además la mayor producción hecha en ese país desde Popieluzko (2009). Está muy bien realizada y se puso particular cuidado en que la reconstrucción de los hechos fuese fiel y respetuosa. Fue rodada en Gdansk en los escenarios reales.

Asimismo, se puso mucho esmero en la fotografía. Los colores son tenues, como si estuvieran desvaídos por el paso del tiempo. Solo se han resaltado, con un evidente carácter simbólico, el verde de los trajes de los soldados y el rojo de la sangre. Entre esas secuencias van insertadas otras en blanco y negro, que fueron tratadas para que diesen la impresión de ser imágenes de archivo. La película cuenta además con muy buenas actuaciones, aunque el único rostro conocido es Wojciech Pszoniak (interpreta a Gomulka), a quien se recuerda por su trabajo en cintas de Wadja como La boda, Danton y La tierra prometida.

Con Jueves Negro, sus creadores han hecho un homenaje a quienes en Polonia lideraron la resistencia y allanaron el camino. Rescataron además una página de la lucha mediante la cual los trabajadores aprendieron lentamente que el poder para suprimir la burocracia comunista y establecer un verdadero estado democrático estaba en sus manos.