Actualizado: 19/01/2021 21:47
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Cine Japonés, Takashi, Cine

Un borbotón de insolencia creativa

Pocos directores demuestran en su primera película tanta energía y originalidad como las que derrocha el japonés Takashi Miike en First Love. Haberlo hecho en la que es la número 103 de su filmografía, es inspirador

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Difícilmente se podrá encontrar hoy un cineasta tan increíblemente prolífico como el japonés Takashi Miike (Yao, 1960). Como ha escrito el crítico español Javier Ocaña, posee “una suerte de voracidad creativa tan fascinante como obviamente desequilibrada”. Solo en 2001 rodó siete películas y su inevitablemente irregular filmografía supera ya los cien títulos. Es además un director de culto, que, a pesar de haber frecuentado géneros muy diversos, cuenta con un estilo propio y reconocible, que se distingue por tener mucho de provocador y excesivo.

Lo último suyo que se ha distribuido internacionalmente es First Love (Japón, 2019, 108 minutos), que el año pasado se proyectó en la Quincena de Realizadores, una de las secciones paralelas del Festival de Cannes. Quienes conocen mejor la obra del director, aseguran que es uno de sus filmes más accesibles y de trama más fácil de seguir. Eso sí, mantiene su autoría y también los atributos que constituyen marca de la casa: mafia, violencia controlada, humor negro y litros de sangre. O sea, Takashi Miike ciento por ciento.

First Love cuenta una historia disparatadamente enrevesada, repleta de personajes y factores contradictorios que se entrecruzan para terminar enlazándose. Leo es un joven boxeador que atraviesa una mala racha de su vida. Le han descubierto un tumor en el cerebro que lo condena a muerte. Durante el transcurso de una noche en Tokio, se encuentra con el primer gran amor de su vida. Es Mónica, una chica a quien su padre ha prostituido para pagar las deudas contraídas por él. La joven, quien pese a sus circunstancias personales conserva cierta inocencia, se encuentra inmersa en una trama relacionada con el narcotráfico, que la convertirá en el objetivo de varias personas: un yakuza, un policía corrupto, un matón traidor y una asesina a sueldo enviada por las triadas chinas. En manos de Miike, eso se convierte en lo que el antes citado Javier Ocaña define como “una inclasificable fusión entre el thriller romántico juvenil, la comedia negra, el cine de yakuzas, el de artes marciales y el gore, que encuentra en el (puntual) borbotón de insolencia creativa su mejor aliado”.

De lo anterior se puede deducir que el título de la película es engañoso: no estamos ante una historia de amor. Pocos minutos después de haber comenzado, asistimos a la secuencia de un combate de boxeo, que se alterna con la de una pelea de katana. En esta última, un hombre es asesinado en un callejón y su cabeza cercenada sale rodando por el pavimento. A partir de ahí, en la pantalla lo que se sucede se puede describir como un circo alocado, que contiene situaciones tan violentas como divertidas. En ellas intervienen samuráis, asesinas despiadadas, matones con un solo brazo, policías, gánsteres. Eso es narrado con dinamismo y con un ritmo arrollador, lo cual hace que el argumento avance sin frenos y sin dar respiro al espectador.

“Esto es una jodida salvajada”, comenta en el filme un miembro de la yakuza. Es una buena manera de describir esta muestra iconoclasta de cine clase B. Miike hace un coctel de estilos y géneros con una gran libertad expresiva y con una agilidad y una limpieza formidables. Derrocha dinamismo e imaginación y logra encandilar con varios de sus momentos característicos. Introduce una nota kitsch en escenas sentimentales y a lo largo de todo el metraje conserva una voluntad de dibujo animado. De hecho, hay una sorprendente secuencia en la cual una animación de estilo pop reemplaza a los actores.

Humor en ocasiones negro y perverso

En su falta de trascendencia y pretensiones, el cineasta incorpora desopilantes ingredientes de humor, en ocasiones negro y perverso. Ejemplos de ello son el matón que en medio de una pelea tiene calambres; las apariciones del fantasma del padre de Mónica, en ropa interior y cubierto con una sábana; el interminable mensaje que el doctor deja a Leo en su buzón de voz; el perrito de peluche a pilas que un matón usa para fabricar una bomba y provocar un incendio. Todo ese caos que es la historia que se cuenta deja de serlo para adquirir tonalidades trágicas en la gran secuencia final, que tiene lugar en una enorme ferretería cuyos pasillos parecen más bien propios de un laberinto.

En First Love, Miike cuenta nuevamente con la colaboración de Masa Nakamura, su guionista habitual. Su buena mano se pone de manifiesto en la habilidad con que en su sólido guion todas las líneas argumentales aparentemente inconexas confluyen en el último tercio de la película. Un detalle a resaltar es el final optimista y de redención para la pareja de jóvenes, algo insólito en un nihilista como Miike. También el editor contribuye no poco a que la narración se desarrolle con dinamismo. La cinta cuenta demás con una eficaz banda sonora y con un elenco de actores que están muy bien en sus respectivos personajes. Todos hacen que el visionado de la película se convierta en una experiencia disfrutable, en una verdadera delicia.

Nadie diría que es la obra de un director que lleva realizados más de un centenar de filmes. Como escribió Mike D’Angelo, “pocos directores demuestran tanta energía y originalidad en su primera película. Mostrar eso en la número 103 es inspirador”.