Actualizado: 18/04/2019 9:42
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Literatura, Literatura infantil

Un compendio de vivencias y saberes

En su libro más reciente, Sergio Andricaín recoge los testimonios de más de noventa autores iberoamericanos de literatura para niños y jóvenes, quienes exploran algunos de sus vínculos con la palabra

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“Este libro es resultado de una investigación que llevé a cabo entre los años 2012 y 2014, y se publica gracias a la colaboración de la Fundación S; y la Fundación Cuatrogatos.

“En sus páginas se exploran, a través de los testimonios de más de noventa autores iberoamericanos de literatura para niños y jóvenes, algunos de sus vínculos con la palabra. Ellos, habituados a crear personajes, se convierten aquí en protagonistas de un testimonio corral estructurado a la manera de una obra de teatro, de un intercambio de vivencias y saberes”.

Con estas palabras, Sergio Andricaín (La Habana, 1956) presenta su libro más reciente, La aventura de la palabra (Fundación Cuatrogatos-Fundación SM, Miami, 2014, 207 páginas). A lo apuntado por él, conviene añadir que los testimoniantes son autores que cuentan con una acreditada y larga trayectoria en el campo de la literatura para niños y jóvenes. En lo que se refiere a nacionalidades, representan a veintiún países. Y aunque Andricaín precisa que la muestra no pretendió ser exhaustiva, en la misma están presentes los escritores más importantes y representativos.

De acuerdo a su estructura teatral, el libro se divide en tres actos, cada uno centrado en un eje temático. En el primero, se indaga en el descubrimiento de la literatura y los libros, y en cómo una y otros se imbricaron con la biografía personal de cada escritor. El segundo se acerca a la relación con la palabra como medio de expresión artística y expresiva. Y el tercero tiene como núcleo aglutinador los vínculos entre escritura y lectura, entre el autor y el lector.

Contrariamente a la idea que esa breve descripción pueda dar, la investigación realizada por Andricaín ha cristalizado en una obra coral que no excluye los comentarios reflexivos, pero que ante todo se sustenta en las experiencias personales de cada autor. Eso hace que, aunque los especialistas han de ser quienes sacarán mayor provecho, La aventura de la palabra resulta un libro ameno y asequible para todo tipo de lectores.

En eso tiene mucho que ver que no se trata de textos críticos ni ensayísticos, sino de testimonios. Así, para apoyar lo que digo con algunos ejemplos, la costarricense Lara Ríos, al responder sobre sus primeras lecturas, recuerda: “En mis tiempo de niña no existían ciertas vacunas, de modo que me cayeron encima el sarampión, la tos ferina (tosí durante tres meses), la varicela, la viruela y demás enfermedades propias de la niñez. Para poder tenerme quieta en una cama, mis padres me traían todo tipo de cuentos sobre héroes, princesas, duendes, brujas, hadas… y comencé a disfrutar de esos personajes míticos que me llenaron la mente y el corazón. Me acercaban a la cama los tomos de la colección de El tesoro de la juventud en inglés, que se llamaba The Books of Knowledge, además a los cuentos de hadas rusos, noruegos y de otros países más, agregando a la lista grandes autores como Andersen, Perrault, los hermanos Grimm, Louisa M. Alcott y Verne, entre otros, y revistas como Billiken, Triquitraque y libros pequeños de una colección llamada Marujita”.

Entre los testimonios acerca de los primeros títulos leídos, posiblemente el más fuera de lo común es el del venezolano Armando José Sequera. Según cuenta, en su casa había libros, pero a él no le llamaban la atención. Su afición a la lectura le llegó por otra vía: “Fui lector de periódico desde los cinco años. De hecho, como regalo de cumpleaños al alcanzar esa edad pedí que a partir de entonces me compraran el diario El Nacional todos los días. Mi interés no era literario, sino deportivo. Era muy aficionado al béisbol y, especialmente, seguidor de los Yankees de Nueva York en las Grandes Ligas, y de los Leones del Caracas, en mi país”.

Leer por puro divertimento

Respecto a las circunstancias y estímulos que dieron lugar a sus primeros pasos en la escritura, hay testimonios muy interesantes. En ese sentido, el colombiano Triunfo Arciniegas cuenta: “El gran personaje de mi infancia, el primer gran amor de mi vida, fue mi abuela Emperatriz, que no sabía leer ni escribir. Vivía de lavar ropa ajena, en Málaga. Mantuvimos una relación afectuosa, poética y comercial. Durante la semana yo memorizaba coplas. Se las declamaba el domingo con el secreto propósito de hacerla reír y ella me enviaba a entregar un traje recién lavado y planchado, y con el peso que recibía del dueño iba al cine. Poesía con poesía se paga. Pero entonces mi papá, con ese corazón de gitano, decidió una vez más que nos íbamos de Málaga (…) Me fui a Pamplona por un sendero de lágrimas y comencé a escribirle a mi abuela largas cartas, con ilustraciones y sin respuesta, por supuesto. La tía Graciela se encargaba de la lectura. Cuando se me agotaba el tema, inventaba. De ahí vengo, de las cartas a la abuela”.

Acerca de los primeros tanteos en la escritura, el cubano Antonio Orlando Rodríguez narra que desde pequeño le gustaba inventar historias o hacer variaciones sobre las ficciones que leía o conocía en los programas infantiles de la televisión y la radio. “Escribía, hacía títeres, dibujaba, jugaba con los muchachos de mi calle al Corsario Negro o Guillermo Tell (nadie quería «ser» Wan Guld o el gobernador Gessler)”, recuerda. Comenta que Abuelita Milagros, su primer libro, lo escribió a los dieciséis años.

En 1975 lo retocó un poco, le añadió un par de episodios y lo envió a un concurso nacional de literatura para niños que en esa época se convocaba en Cuba. Ganó y fue publicado con ilustraciones de Eduardo Muñoz Bachs. A propósito de aquel premio, cuenta una anécdota: “Mirta Aguirre, quien presidió el jurado, estaba convencida de que el autor de la obra era un anciano, a causa de los refranes y tradiciones antiguas que se recrean en sus páginas, y se quedó de una pieza cuando la noche de la premiación, vio a un jovencito subir al escenario a recoger el diploma”.

Otro aspecto sobre el cual los testimoniantes aportan apasionantes y lúcidas respuestas, tiene que ver con las relaciones con los lectores a quienes se dirigen. Acerca del lector ideal, el peruano Alberto Thieroldt expresa que le interesa el que “lee por placer, por puro divertimento. Me disgusta oír decir a un pequeño o joven lector que entendió el mensaje. Los escritores somos eso: escritores, no mensajeros”. Por su parte, la colombiana Yolanda Reyes comenta que como lectora, espera que “el autor me cautive, que me rompa en trizas las certezas; que me dé, quizás, una sola frase: un giro, un dato inadvertido; una intuición —historia o mundo— que se conecte con mi historia, de esa manera indecible que «dice» la literatura. Espero que, al cerrar el libro, sus ecos me sigan diciendo —también en cifra— algo sobre el fondo de mí misma: algo que me abra un nuevo camino; que me señale nuevos horizontes y que me siga hablando de mi vida —de la vida— después, cuando lo olvide y lo recuerde, aunque no sepa en dónde lo leí”.

Respecto a la importancia de la lectura, la mexicana Verónica Murguía afirma estar consciente de que “la literatura no cura enfermedades, ni da techo cuando hay frío, ni llena la barriga (…) El arte no salva almas ni cuerpos. Pero algo hace que lo convierte en indispensable para algunos suertudos. Hay lectores que nacen tocados por una gracia estrambótica: si no leen, se mueren. Dichosos todos los que tenemos esa particularidad, que no nos hace mejores, peros sí curiosos y rebeldes”.

Asimismo Murguía señala que cuando los maestros de escuela le piden que les diga qué libros pueden convertir a sus alumnos en seres más dóciles, se encoge de hombros: “La literatura no está aquí para amansar a nadie ni para homogeneizar a las personas. Ese es trabajo de la televisión, de la propaganda gubernamental, de ciertas visiones de la religión. La literatura es una señora venerable y viejísima, mal educada (tiene hijos amados como Francisco de Quevedo), fantasiosa, exquisita, risueña o terrible. Yo no podría vivir sin leer, y, tal vez, tampoco podría vivir sin escribir”.

Fragmentos como los que he citado, y muchos más que podría reproducir, pienso que pueden dar una imagen de este valioso esfuerzo investigativo. Su lectura, tan enriquecedora como disfrutable, permite un acercamiento a la literatura para niños y jóvenes que hoy se escribe en Iberoamérica, en portugués y en español.