Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Un galardón merecido

Graziella Pogolotti y el Premio Nacional de Literatura.

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La última edición del Premio Nacional de Literatura recayó en la eminente profesora y notable ensayista Graziella Pogolotti. Varias generaciones de estudiantes de la Escuela de Artes y Letras y del Instituto Superior de Arte han tenido el privilegio de contar con su sabio magisterio. Asimismo, desde su profusa labor como promotora cultural y asesora de diversos proyectos culturales, la doctora Pogolotti ha participado de muchas de las empresas más importantes y nobles de la política cultural cubana.

Quienes hemos tenido la suerte de recibir su magisterio personal y de trabajar a su lado durante muchos años, hemos conocido, además, a una personalidad intelectual y humana que constituye una rara avis dentro del panorama cultural cubano de la revolución.

En primer lugar, porque es poseedora de una sólida formación humanística, que en los actuales tiempos de especialización se echa cada vez más de menos. Las artes escénicas, la literatura y las artes plásticas han sido tres de los ámbitos que se han favorecido con su perspectiva siempre creadora y ecuménica.

Autora de cuatro enjundiosos libros de ensayos, Pogolotti ha cultivado también un tipo de ensayo literario de antigua estirpe, con una mirada abarcadora de diferentes zonas del saber. Ya es un lugar común recordar su maravilloso prólogo a La Cartuja de Parma, pero es que ella ha cultivado un tipo de ensayo que parte de su vivencia personal de la literatura, del gustoso arte de la lectura, que busca sobre todo hacer participar al lector del placer estético.

Y como ello, va siempre acompañado de la mirada de una mente lúcida, de una conciencia despierta, pues el resultado no puede ser más fecundo. Es cierto que una buena parte de su labor no se ha materializado en libros, porque ha participado de una enseñanza invisible, socrática. En este sentido ella ha sido una formadora de conciencias.

Premio a destiempo

Lástima que se haya demorado tanto la entrega de este premio, y que se haya esperado a un tiempo en que ya está prácticamente degradado. Parece que la ley de la entropía ha funcionado aquí de una manera inexorable. Por ejemplo, la entrega anterior, a Jaime Sarusky, es todo un símbolo de lo que no debe ser un premio de estas características.

Su futuro —es previsible— no puede ser más desolador. La aldea ha terminado por adueñarse de lo que fuera, en un pasado, un prestigioso premio nacional. La única posibilidad que le queda para sobrevivir con dignidad es abrirse a las generaciones más jóvenes. Pero, aunque ello sucediera, un baldón pesa sobre el cada vez más controvertido premio: la cláusula que impide que pueda ser otorgado a cualquier autor cubano que no viva en Cuba.

De ahí que nunca haya sido nominado un Eugenio Florit, un Gastón Baquero, un Guillermo Cabrera Infante (quien no lo hubiera aceptado, es cierto), un Jesús Díaz, un Roberto González Echevarría, un Antonio Benítez Rojo, un José Kozer, para sólo citar algunos ejemplos relevantes.

Aquí la política de exclusión y la interesada politización han dejado una triste marca, una más dentro de tantas. Uno se pregunta, por ejemplo, ¿cómo es posible que se entregue este premio a Sarusky y no a Manuel Díaz Martínez, Raúl Rivero, Rafael Alcides, José Kozer, Lina de Feria, Reina María Rodríguez, Abilio Estévez?

Uno observa, además, como algunos de los premios que se han otorgado muy merecidamente, por ejemplo, a Francisco de Oraá y a Roberto Friol —al no participar estos de la llamada vida literaria, pública—, parecen haber sido concedidos a dos fantasmas insulares.

Pero, después de todo, ¿hubiera podido ser de otro modo? Sabemos que no, porque lo impide la misma naturaleza del régimen. Lo único que nos consuela es la certidumbre del fin, mientras tanto sólo cabe esperar una política de la caducidad, un arte de las ruinas, una cultura de las postrimerías.