Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Literatura, Periodismo, García Márquez

Un viaje por el socialismo real (II)

Tras su estancia en Moscú, la impresión general del escritor colombiano fue que aquel era un régimen kafkiano, una interminable y absurda burocracia que el pueblo parecía aceptar con miedo y resignación

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Yo no quería conocer una Unión Soviética peinada para
recibir una visita. A los países, como a las mujeres,
hay que conocerlos acabados de levantar.
Gabriel García Márquez

García Márquez cuenta que en cuatro ocasiones llenó la planilla para viajar a la Unión Soviética como enviado especial de una agencia de prensa. En la embajada soviética de Roma le prometieron responderle por correo, pero nunca lo hicieron. En París fueron más breves y explícitos: sin una invitación de un organismo soviético era inútil que solicitara la visa.

En el verano de 1957 pudo por fin viajar a aquel país. La oportunidad se la dio la celebración en Moscú del VI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Era la primera vez que se iba a celebrar allí un evento como ese. La Unión Soviética había estado desconectada del mundo durante cuarenta años. Como después él constató, “la gente tenía deseos de ver, de tocar un extranjero para saber que estaba hecho de carne y hueso. Nosotros encontramos muchos soviéticos que no habían visto un extranjero en su vida”.

Tomó un tren que atravesó los infinitos trigales y las aldeas de Ucrania. En total, el viaje hasta Moscú duró cuarenta horas. Apunta que “las aldeas parecían alegres y limpias, pero las casas dispersas en el campo, con sus molinos de agua, sus carretas volcadas en el corral con gallinas y cerdos —de acuerdo con la literatura clásica— eran pobres y tristes, con paredes de barro y techo de paja”. Algo que le sorprende gratamente es la calidad de los trenes. Comenta que es comprensible que sean hoteles ambulantes, dada la inmensidad del territorio de la Unión Soviética, y escribe: “Son los vagones más confortables de Europa. Cada compartimiento es un camarote íntimo con dos camas, un receptor de radio con un solo botón, una lámpara y un florero sobre la mesita de noche. Hay una sola clase. La mala calidad de las maletas, los bultos con cacharros y víveres, la ropa y el aspecto mismo de pobreza de la gente contrastaban de una manera notable con el lujo y la escrupulosa limpieza de los vagones. Los militares en viaje con sus familias, se quitaron las botas y la guerrera y andaban por los corredores en camisilla y pantuflas”.

En Kiev les hicieron una recepción tumultuosa, con himnos, flores y banderas. Los delegados al festival preguntaron dónde podían comprar una limonada y de todas partes les cayeron limonadas, cigarrillos, chocolates, insignias del festival, libretas de autógrafos. El entusiasmo y el calor con que fueron recibidos no daban señales de agotamiento. “Había que ser muy discreto para que los soviéticos no se quedaran sin nada a fuerza de hacer regalos. Lo regalaban todo. Cosas de valor o cosas inservibles”. Narra una anécdota que ilustra la generosidad y el desprendimiento de la gente:

“Yo conocí a un delegado alemán que en una estación de Ucrania elogió una bicicleta rusa. Las bicicletas son muy escasas y costosas en la Unión Soviética. La propietaria de la bicicleta elogiada —una muchacha— le dijo al alemán que se la regalaba. Él se opuso. Cuando el tren arrancaba, la muchacha ayudada por la multitud tiró la bicicleta dentro del vagón e involuntariamente le rompió la cabeza al delegado. En Moscú había un espectáculo que se volvió famoso en el festival: un alemán con la cabeza vendada paseando en bicicleta por la ciudad”. Acerca de esa desmedida generosidad multitudinaria, García Márquez apunta que no cree que obedeciese a una orden para impresionar a los delegados. Pero en el caso improbable de que así hubiera sido, dice que el gobierno soviético debe estar orgulloso de la disciplina y la lealtad de su pueblo.

Antes del festival no sabían que estaban mal vestidos

Su primera impresión de Moscú, “la aldea más grande del mundo”, es que no está hecha a medida humana. “Es agotadora, apabullante, sin árboles. Los edificios son las mismas casitas de los pueblos de Ucrania aumentadas a tamaños heroicos”. En ese paisaje urbano, no faltan los detalles folclóricos: “En pleno centro se encuentran patios de provincia con ropa colgada a secar en alambres y mujeres que dan de mamar a sus hijos”. El tránsito le parece abigarrado y alucinante. Los autos son de colores neutros, están copiados de los modelos norteamericanos de la postguerra, y los soviéticos los conducen como si fueran carreras de caballos. Eso debe venir, anota, de la tradición de la troika.

Entre los moscovitas halló las mismas muestras de cariño y desprendimiento: “Uno se detenía a comprar un helado y tenía que comerse veinte, con galletas y bombones. Era imposible pagar una cuenta en un establecimiento público: ya habían pagado los vecinos de mesa”. Notó que la desaparición de las clases es una evidencia impresionante. La gente “es toda igual, en el mismo nivel, vestida con ropa vieja y mal cortada, con zapatos de pacotilla. No se apresuran ni se atropellan y parecen tomarse todo su tiempo para vivir. Es la misma multitud bobalicona, buenota y saludable de las aldeas, pero aumentada a cantidad colosal”. Asegura que antes del festival no sabían que estaban mal vestidos. Cuando se les hablaba de eso, no encontraban a tiempo las explicaciones. Tenían además una resistencia sospechosa cuando él les insistía ir a sus casas. Y agrega: “Creen que viven muy bien y en realidad viven muy mal”.

A Moscú llegaron 92 mil personas, entre extranjeros y turistas. Pero pese a ello, los trenes no sufrieron demoras ni contratiempos. Tampoco hubo problemas de abastecimiento, servicios médicos, transportes urbanos y espectáculos. Los delegados podían viajar gratis con su credencial en cualquier vehículo del transporte público. Confiesa que cuando se incorporaba al gigantesco mecanismo del festival, veía una Unión Soviética en su ambiente: emocionante y colosal. Pero cuando andaba solo, halló una Unión Soviética atascada en minúsculos problemas burocráticos, aturdida, perpleja, con un terrible complejo de inferioridad frente a Estados Unidos.

De su trato con la gente dedujo que tenían la intención deliberada de que los visitantes se llevasen un recuerdo grato del país. Es, afirma, un pueblo desesperado por tener amigos. Asimismo de los soviéticos opina que son un poco histéricos cuando expresan sus sentimientos, pero en cambio son extraordinariamente cautelosos y discretos cuando hablan de política. “En ese terreno es inútil conversar con ellos para encontrar algo nuevo: las respuestas están publicadas. No hacen sino repetir los argumentos de Pravda”.

Y a propósito de ese periódico, consigna que en Moscú se hace colas hasta para comprarlo. La gente está tan acostumbrada a esperar, que se instala en ellas de una manera automática. Eso lo lleva comentar: “No sería extraño que cuatro graciosos se coloquen en fila india frente a una residencia particular y a la media hora hubiera una cola de 20 metros”. Otra de sus anécdotas sobre sus andanzas moscovitas se refiere a la primera vez que entró a un baño público: “No lo olvidaré jamás: seis ciudadanos acuclillados conversaban como en una visita sobre un excusado de seis puestos, en una colectivización de la fisiología no prevista en la doctrina”.

Quiso visitar el Mausoleo en la Plaza Roja. Pero las colas eran tan largas que solo pudo hacerlo dos días antes de salir de regreso, sacrificando la hora del almuerzo. El proceso de desestalinización apenas comenzaba. Aún no se había revelado la magnitud de los crímenes del dictador y su cuerpo se hallaba junto al de Lenin. Al ver el de este García Márquez sufrió una desilusión: le pareció una figura de cera. En cuanto a Stalin, escribe que está sumergido en un sueño sin remordimiento. “Tiene una expresión humana, viva, un rictus que no parece una simple contracción humana, sino el reflejo de un sentimiento. Hay un asomo de burla en esa expresión”. Y señala que nada le impresionó tanto como “la fineza de sus manos, de uñas delgadas y transparentes. Son manos de mujer”.

Kafka hubiera sido el mejor biógrafo de Stalin

En muchas ocasiones quiso saber la opinión que las personas tenían sobre Stalin, y les preguntó si era cierto que era un criminal. Le respondían imperturbables con fragmentos del informe de Jrushov. No demostraron un solo indicio de agresividad. Todos querían olvidar. Interrogó a un profesor de música de Leningrado acerca de la diferencia entre el pasado y el presente. El hombre no vaciló en contestarle con el que, según García Márquez, fue el cargo más interesante que escuchó contra Stalin: “La diferencia es que ahora creemos”.

En ese sentido, la conversación más reveladora fue la que tuvo con una señora de sesenta años, decoradora de teatro, que “ametrallaba cinco idiomas, a la perfección”. Fue la única persona que le habló con franqueza sobre el dictador. Lo llamaba “el bigotudo”, y según ella la prueba definitiva contra él era el festival: en su época no habría podido hacerse. “La gente no habría salido de su casa. La terrible policía de Beria habría fusilado en la calle a los delegados”. No tuvo miedo en confesar que consideraba a Stalin la figura más sanguinaria, siniestra y ambiciosa de la historia de Rusia.

García Márquez escribe acerca de algunos aspectos de la realidad soviética que un occidental podría volverse loco tratando de entender. Por ejemplo, las mejores cámaras fotográficas cuestan menos que tres pares de zapatos, pero los rollos se venden sin bobinas. Es preciso ir a un laboratorio para que un técnico enrolle la película en un cuarto oscuro. La central hidroeléctrica del Dnieper es la más útil de Europa y produce más energía que todas las centrales de la Rusia zarista. Sin embargo, en Moscú se atascan los lavamanos. Cita otro ejemplo del contraste provocado por el desarrollo de la industria pesada en perjuicio de los artículos de consumo: se asegura que parte de los moscovitas tienen dos receptores de televisión pero solo un pantalón.

Le dijeron que los libros de Franz Kafka no se publican. ¿La razón? Kafka es el apóstol de una metafísica peligrosa. Sin embargo, comenta, el escritor checo hubiera sido el mejor biógrafo de Stalin. Dedica varias páginas a este y afirma que lo mejor que se puede decir a su favor está esencialmente ligado a lo peor que se puede decir en contra suya: no hay nada en la Unión Soviética que no haya sido hecho por él. Ejercía un control personal sobre todas las esferas. Apunta que para asegurar el control de la producción centralizó la dirección de la industria en Moscú, con un sistema de ministerios que, a su vez, tenían como centro su gabinete del Kremlin. Si una fábrica de Siberia necesitaba un repuesto que era producido por otra fábrica situada en la misma calle, tenía que enviar el pedido a Moscú a través de un laborioso engranaje. Esos mismos trámites tenía que repetirlos la segunda fábrica para efectuar los despachos. Acerca de ese gigantesco sistema burocrático, el escritor colombiano comenta que una vez que le explicaron en qué consistía el sistema de Stalin, no encontró un solo detalle que no tuviera un antecedente en la obra de Kafka.

Pienso que los numerosos fragmentos que he reproducido dan una idea del excelente nivel de esos artículos. García Márquez revela con exactitud y magnífico empleo de los pequeños detalles la realidad de esos países visitados por él. Sus análisis son perspicaces y no exentos de ironía, y en muchas ocasiones tiene que echar mano al humor negro para poder describir lo que ve. Su mirada entre ingenua y sagaz, entre sincera y curiosa, le permite trazar un testimonio realista y demoledor de unos países que atravesaban por una de las etapas más absurdas y terribles de la historia de Europa.

En opinión de Jacques Gilard, en esos artículos García Márquez plasmó una visión crítica, pero positiva. Es muy firme su convicción de que el socialismo es la única solución válida para los problemas de la humanidad. Pero no muestra indulgencia para los errores y excesos cometidos en nombre del socialismo y en la edificación del mismo. Su misma fe política lo capacita para expresar los más severos reparos, porque estos tienen una base honesta.