Actualizado: 22/10/2021 20:51
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¿Un viaje por la Cuba profunda?

Corazón mestizo, el último libro de Pedro Juan Gutiérrez: Todo un ajiaco de una isla viva, contradictoria, ruinosa o espléndida, alegre o terrible.

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Con nombre de bolero, Corazón mestizo (Editorial Planeta, 2007), y subtítulo más literario o sugerente, El delirio de Cuba, acaba de publicarse el más reciente libro del autor de Trilogía sucia de La Habana, Pedro Juan Gutiérrez.

Valdría la pena preguntarse antes de comenzar a leerlo: ¿Un viaje por la Cuba profunda? O también: ¿Para quién se escribe este libro? ¿Para un lector cubano o para un curioso extranjero? ¿Cómo será leído cuando pase el tiempo (mucho tiempo)?

En todo caso, en su prólogo, el otrora periodista Gutiérrez advierte que se trata de un viaje "por dentro de Cuba y, al mismo tiempo, por el interior de mi gente y de mí mismo". Proyecto algo ambicioso, sin duda. ¿Lo logrará?

Lo cierto es que resulta una lectura, aunque ligera, muy agradable, incluso para un cubano, al menos por aquello del reconocimiento. Para un extranjero, sin duda, está lo suficientemente documentado y es tan liviano como para hacerle más atractivo un viaje algo más que turístico.

A veces peca de didactismo, y recurre a autoridades para apuntalar sus impresiones y proveer al viajero de informaciones imprescindibles, tanto históricas como culturales, en su sentido más amplio. Es en este delicado punto donde el tiempo dirá la última palabra sobre su pertinencia o no, cuando este libro sea leído por ojos futuros, desconocidos, y no por quienes tenemos demasiado cercanas sus propias vivencias o una memoria física muy semejante.

Acaso no resulte un libro escrito precisamente para el disfrute de El Criticón —aparte de compartir con el autor la poca tolerancia ante el calor húmedo insular o ante el ruido de cierta música monótona y altisonante, o la pasión por el viaje—, pero estoy seguro que ese no fue su propósito. Menos mal. Pues aunque este tipo de libro suele escribirse muy apegado a las exigencias del editor, creo que Gutiérrez va más allá de esas exigencias y logra un resultado con mucha dignidad y, sobre todo, muy convincente, y dable de ser degustado por un público muy amplio.

Viaje hacia las ruinas

Con un lenguaje sencillo, el autor, ya lo suficientemente conocido por las aventuras pantagruélicas y escatológicas de sus personajes, juega con ese suspense —ya previamente instalado en la mente del lector de su obra anterior— mientras la lectura avanza. Al fin y al cabo, bordea y finalmente elude lo siempre esperado: el sexo explícito, pero a través de las peripecias de distintos personajes, no deja de recrear lo que parece ser una obsesión cubana: el erotismo.

Otra virtud consiste en realizar un viaje en el presente, que es a la vez un viaje hacia los recuerdos de su pasado, de donde, inevitablemente, salta siempre la oportuna comparación. No voy a repetir aquí mis consideraciones, expuestas en la reseña sobre Viaje a La Habana , de la Condesa de Merlín, sobre el sentido filosófico o astrofísico del tiempo, etcétera, pero algo de viaje hacia las ruinas tiene este libro: "Han pasado muchos años. Hoy encuentro todo arruinado. ¿Qué ha sucedido?", se pregunta el viajero. Sólo la naturaleza parece (y se termina por agradecerlo) continuar incólume, y uno termina recordando los versos de José María Heredia: "las bellezas del físico mundo, los horrores del mundo moral".

El autor, que se califica como "explorador", es un observador activo, participante, inteligente, irónico y con sentido del humor, casi un cómplice. Nos ofrece lo mismo su rápida, aunque aguda y selectiva, mirada sobre el presente, que una memoria afectiva, personal o documentada del pasado. Trata de eludir lo sentimental.

A veces es simplemente una suerte de mirón o voyeur, lo que agrega cierta necesaria distancia u objetividad a lo descrito o entrevisto, de manera que el lector se asome al texto a través de la sabia y comprometida mirada del narrador, pero pueda sacar sus propias conclusiones. El narrador es nuestro Virgilio. Nosotros somos Dante. La realidad, una indiscernible mezcla de Purgatorio, Infierno o Paraíso. Esa ambigüedad es lo que más agradecí en mi lectura.

Su mirada, con una mezcla de instinto, sentido común, vivencias personales, oportuna información, se revela al cabo agnóstica, quiero decir abierta, con un moderado escepticismo, nunca moralista o compelida a expresar un juicio rotundo. Ella muestra, describe, testimonia (o sugiere), deja hablar o actuar a otros personajes. Nunca impone un exclusivo punto de vista ni apuesta por una crítica explícita. Extraña sabiduría en un cubano.

La virtud que esconde el oficio

Todo un fresco costumbrista (en el mejor sentido del término) se despliega ante nuestros ojos. Suerte de estudio de campo o antropología social en vivo de la Cuba contemporánea. Ah, sí, la política y la historia están ahí, siempre latentes, pero nunca ocupando un primer plano de significación. Sin duda, otra de las virtudes de Corazón mestizo. Esa antigua simultaneidad de lo dulce y lo útil, o aquella de enseñar deleitando, confiere a este libro su verdadera razón de ser.

Está escrito con tanta naturalidad y sencillez, que acaso un lector se pregunte: ¿Y por qué yo no puedo escribir un libro semejante? Esa es finalmente su mayor virtud, la que esconde el oficio, para narrarnos la vida como un viaje. Nuestro viaje, el que todos hacemos o podemos hacer diariamente en cualquier lugar, con una pizca de curiosidad y predisposición hacia la aventura…, que, ya sabemos, desemboca en la muerte o en una memoria algo ruinosa, pero mientras tanto, ¿no vale la pena vivir… o viajar?

La otra virtud, siempre presente en este libro, también rara en un cubano: la comprensión del otro, de lo diferente.

Libro de viaje. Documento de psicología social. Crónica de costumbres. Testimonio. Algo de picaresca. Sabiduría popular. Hábitos culinarios. Leyendas. Creencias. Descripción de paisajes naturales, urbanos, marinos o campestres. Fresco de diferentes tipos humanos: travestis, pícaros, putas, fantasmas en vida, sencillos trabajadores, artistas, ufólogos, religiosos, eruditos…, en fin, todo un ajiaco de una Cuba viva, dinámica, contradictoria, ruinosa o espléndida, compleja o sencilla, alegre o terrible.

Sí, efectivamente, delirante corazón mestizo, aunque para mi gusto, a veces, de tan cercano o conocido (para un cubano actual, se entiende), algo extranjero ("yuma", se insiste en el libro). Lo cual no deja de ser un interesante síntoma de nuestro tiempo. ¿Qué piensa usted?