Actualizado: 13/06/2024 22:37
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Novela, Literatura, Revolución

Una ambición totalizadora

Hace veinticinco años, el cubano-americano Luis González se dio a conocer con la novela Spirits of the Revolution. En su momento, apenas tuvo visibilidad y hasta hoy a su autor el reconocimiento le ha sido injustamente remiso

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Difícilmente podrá encontrarse en cualquier literatura el caso de un joven que debute como escritor con una novela sobremanera ambiciosa y extensa. Esa fue precisamente la gran apuesta por la cual optó Luis González hace veinticinco años para su estreno literario. Spirits of the Revolution (1998) está animada por una ambición totalizadora, que dio como resultado una obra de 930 páginas. En realidad, son unas cuantas más, pues la edición es de gran formato y está impresa con una letra pequeña.

Resumido en unas pocas líneas, el argumento de la novela tiene como premisa el viaje que un grupo de personas realizan a Cuba, en julio de 1992. Aunque viven en Estados Unidos desde varios años, habían nacido allí, por lo cual se trata de un regreso a su tierra natal. El grupo está integrado por un heterogéneo y variado plantel de personajes muy diferentes entre sí. Pero por encima de esas diferencias los une un impulso, una irresistible necesidad que solo puede sosegarse a través de ese mágico y misterioso lugar que es Cuba. A eso se refiere Richard Setlowe, quien en el texto que se reproduce en la contraportada expresa que González explora “the Cuban drama that the media never reports —the yearning and passion of the sons and daughters of those who fled Castro a generation ago to return to their patria, even if it means returning back to the Revolution itself”.

Ese sucinto sumario del núcleo argumental no permite hacerse una idea previa de la compleja historia que se cuenta en la novela. De acuerdo a lo que se adelanta en la solapa, Spirits of the Revolution es el inicio de una trilogía, y este primer título tiene como protagonista a Alejandro Palante. El viaje sobre el cual se centra es el segundo que hace a la Isla, y tiene como objetivo principal una búsqueda personal comenzada por él un año antes.

Alejandro llegó a Estados Unidos a principios de la década de los 70, cuando tenía siete años. Él y su mamá se establecieron en Los Ángeles, donde vivió una infancia difícil. Entonces esa ciudad no era “the melting pot of present days”, y “just short time after arriving in the heaven of angels, he learned that the city opened its pearly gates only to the white and blond angels, to the fair-skinned angels with gold-tipped wings. Not to the black angels. Not to the brown angels. Not even to those angels somewhere in between”.

A los pocos días de estas en La Habana, Alejandro siente que ha dejado ser parte de una etiqueta, de una minoría. Por primera vez supo con claridad qué era, qué había sido y qué sería siempre: un cubano. Aprendió así a “to love the house of Central Havana as though he had lived there all his love, knowing that, in this house, this grand house, in these rooms and walls and in the very cervices of this street, his past lay intact those fragments of childhood images waiting for his return, waiting for him to revive them”. Redescubrió La Habana de su niñez y conoció el dulce veneno de amarla tal como él la esperaba: ruidosa y densa, caliente y húmeda, estridente y llena de vida, con coches y gentes por todas partes.

Realidad dada a través de los personajes

Pero de igual modo, poco a poco se va dando cuenta de que la ciudad tiene una cara menos amable. Se sorprende al ver las mansiones del Vedado, aunque no deja de advertir su estado de decadencia y deterioro. Algo que les da una imagen de mansiones apocalípticamente hermosas. Por otro lado, su tía Bárbara le aconseja no ir a los carnavales en pantalón corto, ya que de noche rige una estricta norma que incluso los turistas extranjeros deben cumplir. También le advierte no salir con su cadena de oro ni con dólares, pues podría acabar con el cuello cortado por un par de negros.

Asimismo, le dice que evite hablar para que noten su acento. A sus acompañantes la policía los podía parar solo por el hecho de andar con extranjeros. Tampoco les permiten entrar al Hotel Habana Libre y mucho menos tener dólares, algo que significa varios años de cárcel. Alejandro, por su parte, llega caminando al Malecón, y descubre su otro aspecto, el de las jineteras, las prostitutas que tienen sexo con extranjeros. Pero esos aspectos de la realidad cubana están dados en la novela a través de los personajes. El narrador omnisciente no opina ni juzga por su cuenta, sino que deja a los lectores formarse su propia opinión.

Entonces existían restricciones en cuanto al tiempo que los exiliados podían pasar con sus familiares en Cuba. Para poder disfrutar de una semana adicional, Alejandro decidió viajar como integrante del Grupo Volveremos. Pero ya desde Miami, donde todos se concentraron para tomar el vuelo hacia La Habana, comenzaron sus discrepancias con Daniel, a quien se encomendó la tarea de ir con ellos. Los obligó hablar solo en español, pese a que él mismo no lo domina bien; a no salir de la casa; no abrir puertas ni ventanas; apagar las luces a las diez de la noche; tener antes de esa hora debidamente completados los documentos requeridos por las autoridades cubanas; y, por último, no fumar en el interior de la vivienda. Su obstinación, sus manías y sus constantes errores lo ponen constantemente en ridículo y es el personaje que da lugar a las escenas más hilarantes.

El Grupo Volveremos fue creado por Alicia Medasco y René Sindios, quienes entonces estaban casados. Ya desde entonces surgió entre ambos una agria disputa respecto a quién correspondía el mérito de la iniciativa. A partir de ese momento, sus relaciones siempre han estado marcadas por las tensiones, los celos y las luchas de poder. Vino después la discusión acerca de quién estaría al frente. René argumentó que debía ser él, pues que una mujer estuviese al frente de cualquier grupo sería como dejar que un homosexual dirigiese una escuela. Provocaría risa y las autoridades cubanas no los tomarían en serio.

Fue al cabo de tres años cuando finalmente fueron escuchados por el gobierno cubano. Tras ser aceptada su idea, redactaron una constitución que establece las normas según las cuales iban a funcionar. Crearon una consigna que repetían al empezar y concluir las reuniones: “¡Patria o muerte! ¡Volveremos!”. Cada año escogían un miembro que tendría el honor de desertar y quedarse en Cuba. En el décimo viaje, correspondiente a 1992, un joven de nuevo ingreso preguntó si alguno de los nueve desertores anteriores alguno se había arrepentido. Por respuesta recibió un absoluto silencio.

En este tiempo la membresía ha disminuido un 33 por ciento. De los 300 que eran originalmente, hoy solo quedan 90. En el actual contingente solo hay 10 de nuevo ingreso. Y la ayuda recaudada para ayudar a la causa de la guerra de Angola solo asciende a 100 mil dólares. Eso Alicia lo atribuye a la falta de visión de René, quien es cobarde e insiste en mantener un perfil bajo en Estados Unidos. Ella, en cambio, mantiene una postura militante y sueña con asumir la jefatura. Diez años lleva Daniel en ese cargo, lo cual es, en opinión de Alicia, demasiado tiempo para una sola persona. Esa es la razón por la cual en una década el grupo no ha hecho progresos en su más sagrada meta: poner fin al criminal embargo que sufre Cuba.

Novela coral con una polifonía de voces

A pesar de que se le presenta como tal, Alejandro no es el protagonista. En realidad, estamos ante una novela coral que posee una polifonía de voces. En ella intervienen otros personajes que tienen tanta participación y ocupan tanto espacio como Alejandro. Entre otros, están Alicia, Daniel, Sergio Bojos, Arturo Lasalle. Son caracteres inquietantes, complejos, obstinados, que están retratados con credibilidad y matices, y cuya densidad no se ve simplificada por el predominio de la acción. González no escribe sobre héroes y villanos, sino sobre lo bueno y lo malo con que cada uno de esos personajes interactúa en la sociedad.

Por otro lado, la trama entrelaza el presente con desplazamientos al pasado a través de flashbacks. Esos desplazamientos temporales permiten conocer etapas y hechos como la década de los 60, la creación de los CDR, la expulsión de curas y monjas, la nacionalización de las empresas, la ruptura de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, el éxodo del Mariel, los actos de repudio a quienes se iban del país, la guerra de Angola, el juicio al general Arnaldo Ochoa. Los flashbacks también arrojan luz y ayudan a comprender la conducta de los personajes, incluidos los menos simpáticos.

Asimismo, hay varios capítulos que aportan momentos risueños, pues en ellos predomina el tratamiento humorístico. Algo que González reserva para los que tienen que ver con el Grupo Volveremos. Aparte de estos, se incluyen otros que sirven de contrapunto y que están escritos con una perspectiva más seria y con un dramatismo que en ocasiones es intenso. Dos ejemplos de ello son el que narra el proceso de adaptación a la sociedad norteamericana de Alejandro, donde se advierte la autenticidad de lo autobiográfico; y el contundente y sobrecogedor dedicado a Arturo Lasalle.

En Spirits of the Revolution, su autor realiza todo un despliegue imaginativo que se extiende a varios aspectos. Demuestra además una encomiable voluntad de estilo. Su prosa destila elaboración y expresividad, y pese al número de páginas de la novela, su escritura no denota bajones de calidad notorios ni tampoco pérdida de brío narrativo.

A Spirits of the Revolution hay que hacerle una única objeción: la de no haber evitado lo que Reinaldo Arenas llamaba el síndrome de la desmesura. Su autor se demora con prolijidad en las situaciones, se regodea en los detalles descriptivos y en el afán de decirlo todo. Sabe escribir bien y narra con talento, pero emplea muchas más páginas de las necesarias. Prescindió de la papelera y entregó a la imprenta un original que reclamaba una revisión y un mayor esfuerzo de síntesis.

Eso, sin embargo, no alcanza a descalificar una obra cuyos valores y aciertos es imposible negar. En toda primera obra conviene ver más lo que viene que lo que está. Y en Spirits of the Revolution hallamos lo primero en dosis abundantes. González ha escrito su novela al margen del canon —la literatura cubano-americana también cuenta, por supuesto, con el suyo—, y eso ha hecho que se la haya relegado a una ubicación marginal. En su momento, su novela apenas tuvo visibilidad y hasta hoy a su autor el reconocimiento le ha sido remiso. Esta obra bastaría para asegurarle un sitio que hasta hoy se le rehúsa.