Actualizado: 19/10/2021 20:23
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Vestir, Cuba, Moda

Vestir al modo cubano

Diana Fernández González ha escrito una obra de referencia sobre la indumentaria, que además proporciona nuevos enfoques al estudio y la comprensión del amplio y rico proceso de la identidad nacional

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En una conferencia que leyó en el Lyceum en 1948, el inmerecidamente olvidado Francisco Ichaso expresó: “Si del yantar hemos hecho un arte, ¿cómo no hacerlo del vestir? El cubrirse por frío, por pudor o por malicia no duró más que lo que tardó la primera pareja en salir del círculo paradisíaco. Podemos decir, sin el menor asomo de irreverencia, que en la misma esquina del Edén perdido (que por fuerza habría de ser ya «esquina del pecado») se encontraron los padres del género humano con su conciencia sastreril. Allí inventaron la moda”.

Ichaso recuerda que “el traje se aparta cada vez más de la línea biológica para convertirse en un hecho social, en un suceso de cultura”. Una idea que ya había sostenido antes el escritor inglés Thomas Carlyle en su libro Sartor Resartus, curioso libro mitad ensayo filosófico y social, mitad novela y en esencia autobiografía. Allí no vacila en afirmar que “la sociedad humana está fundada sobre el traje”. Y define el vestido “como una victoria del arte sobre la naturaleza”.

Esa misma concepción es la que Diana Fernández González ha tomado como premisa a partir de la cual desarrolló la acuciosa y abarcadora investigación que dio como fruto Lo cubano en el vestir. Apuntes esenciales (Ediciones Unión, La Habana, 2018, 206 páginas). Así lo deja claro en la introducción al libro, en la cual sostiene que, pese a ser “considerada un elemento demasiado cercano a la cotidianidad del ser humano”, la indumentaria “es parte inseparable de la cultura material de los pueblos y se relaciona con varias manifestaciones de las llamadas artes menores o aplicadas, como la tejeduría y la orfebrería, entre otras”.

Asimismo, sostiene que refleja “el síntoma de la sociedad que lo genera, como suma de la contradicción dialéctica de las individualidades y las generalidades, entre las expresiones del «yo», propias del fenómeno moda, y las imposiciones de las normas de la sociedad. Solamente al considerar la indumentaria y el acto de vestirse como un complejo fenómeno psicosociológico, estrechamente vinculado con la historia, la sociedad y el individuo, se podrá profundizar en cualquier estudio sobre el tema”. Por eso se ha dedicado a rastrear y estudiar las singularidades que ponen de manifiesto un modo de vestir nacional.

La autora emprende un repaso histórico sobre cómo han evolucionado las formas de vestir en Cuba. Comienza, como es natural, en la Colonia, etapa durante la cual la ropa que se usaba era la correspondiente a los españoles, quieran representaban los principales habitantes de la Isla. Eran de diversas condiciones económicas: colonos, comerciantes, personal del clero, así como funcionarios que representaban a la corona. A propósito de esto, Fernández González anota que, “a pesar de los diversos modelos económicos de estos pobladores, su vestuario respondía, en mayor o menor medida, a lo esencial de la moda imperante en Europa”.

En el siglo XIX cuaja la nacionalidad cubana que se empezó a gestar en la centuria anterior. En la segunda mitad y por imitación de modelos extranjeros, comenzaron a editarse en La Habana varias revistas dedicadas a la mujer: Correo de las Damas, Tertulia de las Damas, Cartera de Señoras y La Moda o el Recreo Semanal del Bello Sexo. A través de esas publicaciones, los miembros de las clases adineradas engalanaron su imagen, y aprovecharon las tertulias y las actividades culturales para lucir su indumentaria. La autora dedica más de sesenta páginas a documentar las transformaciones que experimentó el traje en esas décadas.

El último capítulo, titulado “La República: florecimiento y decadencia de la costura en Cuba”, cubre de 1900 a 1959. Incluye páginas dedicadas a la presencia de la alta costura parisina y su influencia en el desarrollo de nuestra costura. El otro aspecto que Fernández González analiza es la introducción de la moda norteamericana a partir de 1935. Asimismo, se preocupa de demostrar cómo la adaptación de las modas importadas a las peculiaridades de nuestro clima, al temperamento de la población y a la forma de vida, contribuyeron a crear un modo de vestir cubano. Por ejemplo, hace notar que desde los inicios de la etapa republicana algunas prendas de la ropa masculina empezaron a ajustarse a las exigencias climatológicas. Así, se generalizó el uso del traje blanco de dril, acompañado por canotier o sombrero de pajilla. Y a partir de los años 30, apareció en la indumentaria urbana de los hombres nuestra prenda nacional: la guayabera, que en poco tiempo experimentó una ascendente popularidad.

En el proceso de su investigación, Fernández González consultó una copiosa bibliografía. No la limitó a la referida al tema que aborda en su libro, sino que además la extendió a otros campos con los cuales tiene relaciones directas o indirectas (la economía, la historia, la política, el arte). Eso le permite analizar el vestir como una totalidad, conectado a las relaciones históricas, sociales, culturales. Revisó, asimismo, publicaciones que constituyen fuentes imprescindibles, como El Hogar, La moda elegante ilustrada, La mujer en casa, Vanidades. También repasó crónicas, grabados, fotos, así como la visión que dejaron los extranjeros que visitaron la isla. Esa acuciosa búsqueda le permitió acumular una rica y abundante información que incorporar a su libro. En este se pueden encontrar así datos sobre aspectos como las tiendas de ropa que funcionaban en esa época, y también acerca de un hecho tan poco conocido hoy como lo es que los periódicos habaneros contaban con su propio crítico de modas. El libro incorpora al final un glosario de términos utilizados en el mismo, y que llevan al lado un grabado que lo ilustra. El bien documentado texto va acompañado por numerosos grabados y fotos que lo complementan y avalan visualmente.

Fernández González conoce muy bien el asunto al cual ha dedicado este libro. Ha diseñado el vestuario para decenas de montajes teatrales, películas y series de televisión. La experiencia y el conocimiento acumulados en esa labor la han capacitado para escribir, además de varios artículos, los libros El traje: glosario de términos (1990), y Vestir el personaje. Vestuario escénico: de la historia a la ficción dramática (2019), este último junto con Derubín Jácome. A esos títulos se viene a sumar Lo cubano en el vestir, que como obra de referencia constituye un aporte de gran valor a la escasa bibliografía existente sobre el tema. Y además proporciona nuevos enfoques al estudio y la comprensión del amplio y rico proceso de la identidad nacional.