Actualizado: 07/12/2022 17:02
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Literatura, Novela, España

Viaje al fondo del horror

En su estreno como novelista, la española Bibiana Candia ha sacado del olvido en que permaneció durante demasiado tiempo un vergonzoso episodio de la emigración gallega a Cuba

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“Cuba no está lejos, somos nosotros los que estamos lejos. El ciego se vuelve hacia el lugar exacto en donde se queda flotando la voz de Rañeta y le contesta como si lo viese a través de los agujeros de la nariz. Galicia es el fin del mundo, rapaz (…) Tened cuidado aquellos que salís de los confines y vais a tierra desconocida como fueron los romanos, porque vosotros no sois legionarios y nadie contará vuestra historia, solo sois rapaces”.

Galicia, Cuba, un grupo de rapaces cuya inocencia los llevó a una isla desconocida donde les aguardaba el horror y cuyas historias nunca han sido contadas. Esos son los elementos a partir de los cuales Bibiana Candia (A Coruña, 1977) concibió el núcleo argumental de Azucre (Pepitas de calabaza, Logroño, 2021, 143 páginas), su estreno como novelista. En su primera incursión en ese género no le ha podido ir mejor: su libro anda ya por la cuarta edición y ha tenido una magnífica recepción entre los críticos.

Como declaró la escritora en una entrevista, “Azucre es una obra de ficción que cuenta una historia real. Los personajes son completamente inventados, pero todo lo que se cuenta es verdad, está documentado”. Los hechos históricos a los que se refiere se remontan a 1853 y constituyen un ejemplo elocuente de la crueldad a la cual es capaz de llegar un ser humano por la codicia. Galicia pasaba entonces por sus años más oscuros. Era una región pobre y lúgubre, asolada por un invierno muy lluvioso y por una epidemia de cólera que entró a España por el puerto de Vigo. Eso obligó a muchos hombres y mujeres a emigrar a América para escapar de la pobreza y la penuria.

Urbano Feijóo de Sotomayor, un gallego afincado en Cuba que se dedicaba a la trata y la administración de ingenios, quería promover una colonización blanca en la Isla. Para ello creó la Compañía Patriótico Mercantil, que poseía el monopolio de la introducción de gallegos en la colonia por un período de quince años, y que se anunciaba en los periódicos de la época. Mil setecientos jóvenes de Galicia creyeron que el proyecto de “socorrer a los desgraciados gallegos” del pretenso filántropo y patriota era una buena oportunidad de labrarse un futuro humilde, y se embarcaron rumbo a Cuba para laborar en las plantaciones de caña de azúcar.

Al llegar, no tardaron en darse cuenta de que la empresa que los contrató los había vendido como esclavos. En Cuba se había abolido la esclavitud y ellos pasaron a ser utilizados para paliar la escasez y carestía de la mano de obra procedente de África. Fueron obligados a cumplir unas duras y extenuantes jornadas de trabajo de dieciséis horas, por las que recibían una paga incluso inferior a las de los propios negros libres. Vivían en barracones pestilentes, muchas vecesdesnudos y descalzos, y por cualquier protesta los castigaban con el bocabajo o los encerraban con grillos y cadenas. A causa del hambre, los malos tratos o el abandono, unos quinientos de aquellos rapaces nunca volvieron a su Galicia natal. Fueron enterrados en una tierra extraña, sin que los suyos pudieran llorarlos ni ponerles flores.

La esclavitud fue un fenómeno institucional

Algunos de aquellos jóvenes consiguieron escribir a sus familiares y contarles la verdad. Estalló el escándalo y los diarios de Madrid y de La Habana informaron con lujo de detalles de aquel oprobioso suceso. Existen documentos que prueban la participación de Feijóo de Sotomayor y su conocimiento de las condiciones de trabajo y vida de aquellos compatriotas suyos contratados por su empresa. Esta fue cerrada en 1855 y solo entonces los jóvenes fueron libres para volver a Galicia o quedarse en Cuba.

Es pertinente decir que el escándalo suscitado por aquel trágico episodio no fue por sacar a la luz el hecho de que en Cuba había esclavos. En su comentario sobre Azucre, Álvaro González recuerda que “la esclavitud forma parte de la historia de España no como hecho aislado, casual o inevitable, sino como un fenómeno institucional”. Y apunta que “a mediados del XIX, María Cristina y su marido, cuando la esclavitud ya estaba abolida internacionalmente, cobraban por cada esclavo que entraba en Cuba además de poseer plantaciones que se explotaban a través de la esclavitud. El negocio que el matrimonio regio tuvo montado con el esclavista vasco Julián de Zulueta daba beneficios del 1000 por ciento”.

España suscribió el acuerdo tomado en el Congreso de Viena (1815) que decretaba poner fin a la esclavitud. La corona recibió un pago millonario, pero continuó con la trata negrera de forma clandestina. Eso empeoró las condiciones de los negros y también aumentó el peligro de las revueltas. La historiadora Ascensión Cambrón Infante ha expresado que ante esa situación, se promovió fomentar el envío de trabajadores europeos.

Así, intelectuales criollos como Ramón de la Sagra o Vicente Vázquez Queipo manifestaron la necesidad de impulsar una emigración blanca a Cuba. Eso propició que se creara la Junta de Población Blanca, cuyo cometido era establecer nuevas colonias de ciudadanos europeos y disminuir los conflictos potenciales que pudiera provocar el aumento de la población negra. Ahí fue donde Feijóo de Sotomayor vio la oportunidad de hacer dinero importando jóvenes gallegos, que iban a ser explotados en régimen de cautividad.

Desde Cuba se comunicó a la metrópoli la gravedad del “asunto de los gallegos”, que llegó a discutirse en el Congreso. Lo escandaloso de aquel ignominioso y trágico episodio del exilio gallego no era, ya lo apunté, el que en una colonia española existiese un régimen de esclavitud. Lo era el hecho intolerable de que un empresario había esclavizado a compatriotas suyos, es decir, a blancos. Y a propósito de este asunto, el antes citado Álvaro González hace referencia a José Antonio Piqueras, un profesor que ha denunciado, con escaso éxito por ahora, la ingente cantidad de calles que hay dedicadas a negreros en Madrid.

No puede decirse que aquel sea un episodio histórico desconocido. Quien busque en internet hallará información sobre el mismo y sobre Feijóo de Sotomayor. La propia Bibiana Candia ha comentado que cuenta con una entrada en Wikipedia y hasta existe un documental dedicado al tema que realizó Radio Televisión Española. Asimismo, algunos investigadores se han ocupado de él en libros. Pero pese a no haber sido ocultado, lo ocurrido en 1853 fue una historia que cayó en el olvido porque nunca llegó a trascender la memoria popular. En esta, solo el testimonio humano deja huellas, porque nos conmueve e interpela directamente. Uno de los notables valores de Azucre reside precisamente en aportar ese relato humano que faltaba. Da la voz a sus protagonistas y les brinda la oportunidad de contar los hechos desde su punto de vista.

Una novela de personajes

Para llevar a la ficción esa historia real, Bibiana Candia ha concebido Azucre como si fuera el relato popular que nunca llegó a circular y que ha ido pasando de una generación a otra. Adoptó una voz narrativa que es la suma de las correspondientes a un puñado de jóvenes: Orestes, el Rañeta, Trasdelrío, el Tísico, Tomás el de Coruña… Esos personajes dialogan entre sí, se inquieren, se contestan, lo cual da a la novela una fuerte carga de oralidad y permite que muchas páginas se puedan leer en voz alta:

“¿Oíste? ¿No estará de broma? Porque tú lo viste como yo, ¿verdad, Orestes? Sí. Y estaba también Trasdelrío, que es testigo. Sí. Y ¿crees que lo soñamos o que era el demonio? No lo sé, creo que no lo sé, porque él nos contó historias, no parecía que fuese nada de malo. ¿Sería un alma de esas errantes que van en los barcos? Al Tísico se le escucha la voz con un pitido asmático que da un toque más dramático a todo lo que dice, como si en algún lugar en el fondo de sus costillas hubiese una bisagra mal engrasada. ¿Llevaremos ahora la negra sombra del muerto allí donde vayamos? No lo sé, pero por si acaso no se lo digas a nadie, ni a Trasdelrío; solo falta que piense que estamos asombrados porque en el barco había un fantasma. O peor: un alma en pena”.

Esa restricción del punto de vista narrativo a ese grupo de muchachos convierte a Azucre en una novela de personajes. Estos se imponen a los datos históricos, y los sucesos que cuentan se reducen a los esenciales. Tampoco se proporcionan fechas ni hay extensas descripciones, pues no hay que olvidar que aquellos eran rapaces casi analfabetos, que nunca habían salido de la aldea y que desconocían muchas cosas. Un estilo diferente al adoptado por la autora sonaría falso, y además afectaría el ritmo y la fluidez del relato.

Bibiana Candia demuestra un gran talento para recrear a aquellos personajes anónimos. Imagina cómo fueros sus orígenes, sus trayectorias vitales, sus sueños, sus supersticiones. Emplea una estructura fragmentaria, armada en su mayor parte con capítulos breves, así como un lenguaje rico y cuidado que no necesita atavíos literarios. El suyo es un castellano salpicado con expresiones y giros gallegos y que rezuma un genuino aire labriego.

Ese lenguaje sirve de vehículo expresivo a una narrativa poderosa, con aliento poético y llena de condensados de verdad: “La tierra nos odia, José; si no, no nos haría esto”; ¿“Cuántas palabras son necesarias para contar la verdad?”; “Una vez que se pierde lo bello, no queda nada en lo que posar los ojos”; “¿Lo que fue una cárcel podría ser una casa?”. Asimismo, la trama argumental está desarrollada en un relato delicado, en el cual es tan importante lo que se cuenta como lo que se omite. Y que además sacude y emociona sin recurrir a los clichés y la sensiblería.

El calificativo de necesaria suele usarse con tanta frecuencia, que muchas veces se le despoja de su sentido cabal. En el caso de Azucre, sin embargo, aplicarlo resulta exacto. Su autora ha escrito una obra de ficción que expone a la luz una verdad silenciada durante demasiado tiempo. Aporta una reconciliación con un pasado terrible y abyecto y hace justicia a aquellos jóvenes que fueron engañados por un compatriota con nombre y apellidos. Esto además está realizado en un libro de notables méritos y aciertos literarios, que acredita que, lejos de ser una debutante, Bibiana Candia es ya una espléndida novelista.