Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Oblómov, Literatura, Literatura cubana

Sobre “El imperio Oblómov”

El imperio Oblómov, de Carlos A. Aguilera, elogiada por Christopher Domínguez Michael

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Christopher Domínguez Michael, historiador, ensayista y uno de los más conocidos críticos literarios hispanoamericanos, ha escrito una elogiosa reseña sobre El imperio Oblómov, de Carlos A. Aguilera, en la revista Letras libres.

Domínguez considera al libro de Aguilera “una de las grandes novelas latinoamericanas de nuestro siglo” y lanza una sugerente pregunta:

“¿Estará escrita ya una historia de la literatura en Cuba bajo el dominio soviético? Lo ignoro, pero no deben faltar críticos o profesores de la Isla entusiasmados por el tema. En ese caso, no faltarán en ese hipotético capítulo insular cuya duración fue de treinta años exactos (1961-1991) dos novelas: ni la magnífica Enciclopedia de una vida en Rusia (1998), de José Manuel Prieto (1962), ni la de su paisano Carlos A. Aguilera, que nació en La Habana en 1970 y vive fuera de Cuba desde principios de siglo”.

El profesor y crítico literario Carlos Espinosa dijo sobre Aguilera en CUBAENCUENTRO que era “un escritor empeñado en construir su propio estilo, su propia exactitud”.

Una obra variada en temas, géneros y estilos lo confirma.

El imperio Oblómov, publicada en España en 2014, ha venido a engrosar una bibliografía que abarca géneros como la poesía (Retrato de A. Hopper y su esposa, 1996; Das Capital, 1997), la narrativa (Teoría del alma china, 2006; Clausewitz y yo, 2014) y el teatro (Discurso de la madre muerta, 2012). A él se debe además la compilación de la antología Memorias de la clase muerta. Poesía cubana 1988-2000, publicada en México en 2002. Textos suyos han sido traducidos al alemán, el checo y el croata. Aguilera ha vivido en Bonn, Frankfurt, Graz, Dresde, Hannover y actualmente Praga, donde actualmente reside y trabaja.

En su reseña, Domínguez escribe: “Sé poco de la biografía de Aguilera y desconozco si, como algunos de sus contemporáneos, estudió en la difunta Unión Soviética, pero El imperio Oblómov es una historia ruso-soviética en clave, escrita —con una prosa educada, me imagino, por autores como Bruno Schulz o Robert Walser— a contra un imperio euroasiático que es y no es la Rusia de los zares. Asimismo, esta sátira es y no es un recorrido imaginario, desopilante como dirían los peninsulares, en el camino hacia el gulag”.

El crítico mexicano considera que “se trata también de una novela-fábula, al estilo de las de Tournier o Sarban, dominada por un tuerto-cíclope llamado Oblómov empeñado en destruir a sus semejantes para fundar un imperio, el libro suministra las suficientes referencias para indicarnos su datación, antes y después de la Revolución de 1917. Es el momento en que ‘los barbilampiños rojos’, ‘la recién estrenada Guardia Roja’, liderada por ‘míster Uliánov’, se apodera del imperio de los zares, cuya cabeza, la del negligente Nicolás II, termina siendo, en El imperio Oblómov, una pelota de futbol para sus carceleros, uno supone que en la fortaleza de Pedro y Pablo donde se encontraban él y toda la familia imperial, incluidos aquellos niños y niñas de sangre real cuya supuesta sobrevivencia fue utilizada por impostores durante décadas hasta que la prueba de ADN demostró que las órdenes del alto mando bolchevique —la liquidación de todos y cada uno de los miembros de aquella familia— se habían cumplido a la perfección”.

Domínguez considera el libro de Aguilera “enigmático”: “¿es el cruento imperio oblomoviano, basado en la destrucción de las llamadas ‘gallinas’, seres humanos inferiores, una imagen en espejo de la dictadura del ‘bigotudo del Kreml’, como Stalin aparece referido en la novela? ¿O es algo más: una denuncia del Este como la ‘tierra de sangre’ por la que combatieron nazis (cuyo origen en las tabernas de Baviera también interesa a Aguilera) y estalinistas?, ¿acaso un daguerrotipo, más real que la realidad, del totalitarismo del siglo XX?”. Agrega que “es difícil leer esta notable distopía con inocencia, pues el odiado Este se encuentra lo mismo en el imperio ruso-soviético que en el alma de los emigrados blancos dispersos por Europa y de él solo se salvan algunos de los Uliánov, aquellos ‘parientes’, me imagino, de Lenin —nunca nombrado como tal en la novela— que huyeron del régimen bolchevique rumbo al exilio interior, del cual los sacó, durante los años treinta, la matanza”.

Oblómov, el antihéroe de Iván Goncharov (1812-1891), que no se levanta del sillón de la sala hasta bien entrada la novela que lleva su nombre —publicada en 1859 y filmada por Nikita Mijalkov en 1979—, ha sido, más que reescrito, contraescrito por un cubano en 2014, señala Domínguez. “Lenin, el germanizado revolucionario marxista muy parecido al dinámico y modernizador Stoltz, el amigo alemán contrapuesto por Goncharov frente al oblomovismo ruso, utilizó reiteradamente el nombre del ocioso e indeciso Oblómov para descalificar lo mismo a sus enemigos políticos, mencheviques o socialrevolucionarios, que a los enemigos de clase que parasitaban la Rusia rural, tanto hacendados como kulaks, muchos de ellos exsiervos exterminados más tarde por Stalin”.

Contra ese Este ha escrito Aguilera su parábola, añade el historiador mexicano. “Pero no solo contra ellos sino pensando, supongo, en aquellos espíritus religiosos que se opusieron al bolchevismo más por ser ateo que por su naturaleza universalmente tiránica: los Berdiáyev, los Shestov o los Solzhenitsyn, valerosos como lo fueron en su devenir antisoviético, parecían ya, ante nuestros ojos, parte del problema y no de la solución. Esa idea, al menos para mí, la ratifica Aguilera”.


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