Actualizado: 19/11/2018 9:53
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El Eusebio que conocí

Portugal y el mundo lloran la muerte de un mito, el astro futbolista Eusébio da Silva Ferreira

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El “Pantera Negra”, Eusébio da Silva Ferreira, el gran jugador portugués de origen mozambiqueño, uno de los íconos de la historia lusitana y del fútbol mundial, falleció el domingo en Lisboa de un paro cardio-respiratorio. Tenía 71 años.

Recuerdo a Eusébio. ¿Quién no lo recuerda? En esa final del campeonato del mundo de 1966 cuando, por vez primera, todos comenzaron a darse cuenta de que el fútbol portugués vino para quedarse. Eusébio está conectado a mi vida por dos incidentes. En 1968, estudiaba yo en un colegio inglés y por ocasión de un partido del Benfica contra el Manchester United, en el marco de un campeonato europeo, los apoyos se dividieron entre mis compañeritos de clase. Los británicos apoyaron, naturalmente, al Manchester. Los cuatro portugueses, se quedaron con Eusébio. Entre ellos, yo, que no entendía —ni todavía entiendo mucho— de fútbol.

Era una cuestión de nacionalidad, de orgullo patrio. En el medio, curiosamente, se quedó mi mayor amigo en ese entonces, Diogo Sttau Monteiro, hijo de padre portugués y madre británica.

Durante el partido, seguido por la televisión en el comedor de la escuela, Diogo no movió un músculo de la cara y yo lo seguí como quien sigue al líder. Ecuánime en todo momento. Al final, ganó el Manchester y Diogo me comentó: “Mi padre está jodido (o algo así —han pasado más de 40 años…)”.

Su padre, Luiz, quién fue uno de los mejores amigos del mío y de mi abuelo, devino años después en mi mentor cuando di mis primeros pasos en el periodismo en el, ya desaparecido, Diário de Lisboa.

La segunda vez que Eusébio se cruzó en mi vida, lo hizo en persona. Resulta que los jugadores del Benfica, la legendaria escuadra a la que pertenecía, solían descansar entre partidos en un pequeño hotel familiar en las afueras de Lisboa en la (entonces) villa de Oeiras. Un establecimiento donde mis abuelos, Nuno y Margarida, también descansaban de sus intensas semanas de trabajo. Él, al frente de una importante unidad del ejército y ella dirigiendo su escuela privada de enseñanza secundaria.

Un fin de semana, se les ocurrió llevarnos con ellos, a mi hermano João y a mí, para pasar allí las vacaciones de verano. Curiosamente, o no, el lugar se llamaba "Residencia Salazar", el nombre del dictador de ocasión.

Y ese primer sábado por la noche, no sólo conocimos a Eusébio, como a todo el equipo del Benfica. En privado y “todito” para nosotros. Al alcance de la mano. El sueño de todo niño.

Orgullo que disfrutamos meses después, por semanas, de regreso a clases. Fuimos la envida de todos en la escuela cuando se enteraron que compartimos esas vacaciones de verano con todo el equipo del Benfica. ¡El Olimpo! Recuerdo, como si fuera ayer, descubrir a Eusébio jugando cartas con otros tres jugadores.

Esa primera noche, ligeramente penosos pero estimulados por la abuela, mi hermano y yo, nos aproximamos de Eusébio, con una foto en la mano —que no recuerdo a ciencia cierta como la conseguimos, pero sospecho que mi abuela tuvo algo que ver en ello— y le pedimos un autógrafo. Interrumpió el partido de cartas y nos lo concedió.

Momentos después, uno de sus rivales —en las cartas— el avanzado Simões, anunció con un grito que había ganado en las barajas. Eusébio, y lo recuerdo —de nuevo, como si fuera ayer— apenas dijo: “No importa, a los chicos les gustó el autógrafo”.

Fue un fin de semana largo que se convirtió en semanas, porque nos quedamos el verano en el hotel y el Benfica regresaba todas las semanas. Nos bañamos en la misma piscina, conversamos mucho. Y Eusébio, solo como un hijo humilde del empobrecido pueblo mozambiqueño lo sabe hacer, nos trató, a mi hermano y a mí, sin altanería y con amistad. Eusébio, estoy contigo. ¡Como siempre y para siempre!


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