Actualizado: 13/07/2020 12:18
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Ajedrez

El latido bajo la tierra

A Lázaro Bruzón no le hizo falta la talla, el despeje de impurezas. Fue un diamante pulido desde su nacimiento.

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Ciudad de la Habana, abril del 1996, Open Internacional Isla, Hotel Panamericano. Fue un torneo sui géneris, porque se intentó retomar los abandonados open ISLA. Tenía como incentivo el albergue para los jugadores del interior del país, en el motel deportivo Mulgoba, ¡al otro lado de La Habana! Pero bueno, había transporte, todo un lujo. Y además, para todos, era un alivio poder jugar sin tener que preocuparnos por otras cuestiones de orden material.

En mi caso, que vivía en lo último de La Habana (municipio Cotorro) y que la situación del transporte urbano no podía asegurarme la llegada en tiempo a las rondas, se hizo una excepción, y también pude albergarme.

El torneo estuvo dividido en dos grupos: uno de adultos, otro de juveniles sin rating Elo. Y del ganador de ese torneo es el artículo de hoy.

No sé por qué hicimos empatía, o por lo menos él me colocó como tiro fijo en su diana: "Pujol, Pujol, ¿qué libro tú crees que deba leerme?". "Léete a Grau, los cuatro tomos, a trucutrucu", le respondí la primera vez en el albergue. "Pujol, Pujol, ¿y tú crees que Grau sea bueno para entrenar?", me preguntaba más tarde, un poco antes de empezar la ronda. "Bueno, tienes que saber de los clásicos, antes de entrenar. Pero si quieres aprender sobre entrenamiento, puedes leerte la serie de Kotov".

Al otro día, después de su victoria de turno, se me acercaba: "Pujol, Pujol, ¿y para saber más de los clásicos?", "Ahhh, pa' eso y sólo pa' empezar, tienes que 'espantarte' Mi Sistema, de Nimzowitch". Asentía, y hasta el otro día: "Pujol, Pujol, y de los finales, ¿qué tú crees?". Ahí me rasco la cabeza mentalmente, porque no existe compendio que abarque todos los finales (bueno, no conocía los trabajos de Euwe y Keres), pero me viene a la mente otro clásico: "Estúdiate a Smislov, Finales de Torre. Está bueno para empezar". No puedo acordarme de todas las preguntas que me hizo, algunas repetidas muchas veces, lo que me hacía perder la paciencia. Pero era un chama con interés, y eso siempre me conmueve.

En la última ronda, mientras en el otro grupo yo aguantaba de sparring los embates de otro prodigio, Lenier Domínguez, el otro muchacho le daba tablas de misericordia a su rival de turno, y terminaba primero invicto con 8 puntos y medio de 9 posibles.

Pero eso no le mató el espíritu inquisitivo. Terminado el torneo, en la guagua con destino a su provincia (y al mío, pasando por ocho vías), él, sentado a mi lado (¡Por supuesto!), me volvió a bombardear con las mismas preguntas… Ya no me daba risa, me había llenado el colmo de la paciencia, y le dije: "Oye, pa' empezar, léete a Grau, ¿ok?". Se calló todo lo que pudo, y cuando llegó la hora de bajarme, apretándome fuerte la mano, me preguntó, tímido: "Pujol, ¿y si no tengo alguno de esos libros que me dijiste?". No supe qué responder, y entre la premura y la vergüenza balbuceé algo de que alguien lo tendrá.

A finales de ese año, revisando unas tablas de resultados de torneos del interior del país, veo su nombre: había ganado el campeonato provincial de su provincia (Las Tunas), aplastando en el camino a jugadores consagrados. Pero eso no era todo, cuando llegó a la semifinal clasificatoria de la zona oriental, arrasó también, y eso significa que con 14 añitos el muchacho había llegado a la Final del Campeonato de Cuba, el lugar de los consagrados, de los Grandes Maestros. Todo un récord nacional.

¡Ah!, ¿es que no lo había mencionado? El nombre de ese muchacho es Lázaro Bruzón.

Como charco de otoño

Y creció, y con él, su nombre, su fuerza de juego, su fama. Sin transición, sin respirar, sin dar tregua, se hizo Campeón Nacional Juvenil, Campeón Mundial Juvenil, Gran Maestro a los 15 años (incluso más joven que la leyenda Robert Fischer), Campeón Nacional de Primera Categoría —varias veces—, se adjudicó una cantidad innumerable de torneos internacionales, se hizo temer y respetar, hasta un punto en que, poco a poco, todo fue cambiando, porque también, junto a todo lo anterior, otras cosas innombrables crecieron y cambiaron.

Sus actuaciones se hicieron erráticas, su fuerza de juego resultó afectada por la dejadez y la incidencia en todo tipo de excesos —y de comportamientos antideportivos—, y todo lo que prometía ser, esas ansias y esa fuerza de río nuevo, simplemente se quedó estancado como charco de otoño.

Pero todavía no es tarde, es joven. Quisiera que reviviese ese niño enérgico que no dejaba de preguntar, de pedir ayuda. Es esencial esa voluntad de recomenzar, de seguir adelante, porque el tiempo pasa y al fin y al cabo, como Alekhine, hay uno solo.

Si hay que hacer una comparación, como muchas veces me la piden, diría que Lenier Domínguez es el pedazo de material precioso y dúctil, la pieza en que todo joyero —y ha habido muchos— ha puesto algo de su creación, haciendo de la obra un monumento más grande del que era: es la famosa joya de la corona cuya belleza no desgastarán los siglos venideros.

En tanto, a Bruzón no le hizo falta la talla, el despeje de impurezas, era diamante pulido desde su nacimiento, chispa fina cuyo latido bajo la tierra se escuchaba sin necesidad de amplificadores: es la prueba viviente que puede existir la personificación misma del talento.


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