Actualizado: 13/07/2020 12:18
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Ajedrez

El mala entraña

Orelvis Pérez Mitjans no sabe 'ser de otra manera'. Es un sobreviviente del ajedrez.

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Pudiera hablar aquí de mi primer encuentro con Leinier Domínguez, a sus 12 años. Podría hacerles una anécdota de lo más interesante de Bruzón, cuando tenía 14… y no limitarme a eso, claro está. Pudiera hablarles de un montón de jugadores que conozco y conocí, de esos que están dando y dieron qué hacer en los circuitos internacionales, y hacerles mil cuentos de ese micromundo que es el ajedrez cubano, pero no. Hoy quisiera hacerle un homenaje en vida a Orelvis Pérez Mitjans, y quien sepa de ajedrez de Cuba en Cuba, sabe quién es el negro Orelvis.

Lo conocí cuando éramos adolescentes, y él era un jugador de la plebe, y no supe apreciar la pasión que había en aquel negrito bocón. Era uno de tantos que hablaba más de lo que su fuerza ajedrecística podía sostener, por lo tanto, no se le tenía en cuenta: un sapo más.

Muchos años después se le podía encontrar jugando con cualquiera en el Parque Central, cerca de la "esquina caliente" y a la sombra de Martí, dando ventajas asombrosas o haciéndose el muerto para poderse ganar los kilos. También se le veía en el Club Capablanca del Vedado (en aquel tiempo destruido), boconeando y jugando por unos chécheres, y no importaba si ganaba o perdía, no podía desprenderse de esa mala costumbre de hablar de lo buen jugador que era, y de la suerte del otro jugador (perdón, el otro sapo) de haberse salvado.

A mí no me daba por comprender que esa forma de ser era su escudo salvador, lo que le permitía sobrevivir "sin apoyo" en ese medio tan hostil que es la Cuba de hoy para un ajedrecista comprometido en querer ser el mejor en su arte. Nadie sabía dónde vivía, y a falta de eso, dónde dormía, mucho menos qué comía, y sólo estaba la imagen de él jugando, mal vestido y boconeando, como siempre.

Con el tiempo, todo rindió frutos. Con su persistencia y pasión, su fuerza de juego se elevó, y se le llegó a considerar, sino el mejor, uno de los mejores jugadores de rapidtransit (o blitz, modalidad con tiempo limitado, 5 minutos o menos); y era verdad, apenas se le veían las manos sobre el tablero, y eso, sin parar de hablar y sin dejar de decir sus palabras finales: ¡mate, sapo! También su juego en la modalidad de competencia mejoró, sobre todo cuando pudo comprarse un cacharro de laptop, váyase a saber con qué trapicheo. Llegó a competencias internacionales, a obtener títulos como los de Maestro de la Federación Internacional, y le faltó poco para la de Gran Maestro.

Pero con eso también aumentaron sus detractores, esos que no soportaban su autosuficiencia, la forma sin tapujos de decir algunas verdades, y exagerar sus propias virtudes… Entre esos estaba yo, que en una ocasión lo comenté a uno de sus más fanáticos seguidores. Un día, él se me acerca y me dice: "Yo sé que tú no me consideras tu amigo, pero tú sí lo eres". Comprendí de dónde venía eso, y le respondí: "Asere, pero es que nadie te soporta". Él miró para otra parte, calló unos segundos y luego dijo, bajito, para que nadie lo oyera: "Es que no sé ser de otra manera".

Ya yo no jugaba por entonces, y lo dejé de ver un tiempo. Empezó a trabajar de entrenador en la ESPA nacional (Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético), y luego tuvo una apendicitis aguda que se le agravó por tratársela a destiempo… (Estaba jugando un torneo: ¡No iba a abandonarlo!). Él, como siempre, le boconeó a la muerte, y para que se viera que él no creía en nada de eso, se hizo el santo, y vestido de blanco y con todos sus achaques intestinales, jugó un Capablanca in Memorial donde obtuvo su primera norma de Gran Maestro. Luego, le llegó el ansiado viaje a España, y allí, como se dice, hizo honor a la costumbre cubana de no usar el pasaje de regreso. Por allá está sacando de sus casillas (literalmente) a más de un jugador. Y de sus cabales también.

A veces ha llamado a algunos de sus incondicionales por teléfono. Dice que está bien, que ya hizo la otra norma de Gran Maestro, y han hablado de otras boberías. Pero lo que no le han dicho a él, está escrito aquí: asere, cómo se extraña tu mala entraña. También desde esta parte del mundo que no es Cuba ni España, yo te digo lo mismo.


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