Actualizado: 25/09/2020 0:20
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Ajedrez

La partida más difícil

El Gran Maestro Lázaro Bruzón ocupa un puesto entre los 30 mejores del planeta.

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Este año que casi concluye trajo agradables noticias en el ámbito del ajedrez cubano. Después de muchas décadas de larga espera, nuevamente un ajedrecista cubano volvió a ubicarse en las más altas cumbres del juego ciencia en el mundo.

El anuncio de que el joven Gran Maestro Lázaro Bruzón ocupa un puesto entre los mejores 30 del planeta, gracias a su promedio ELO de 2677, hizo pensar a muchos en la existencia de un nuevo genio, con independencia de los resultados que luego alcanzó en los dos recientes torneos universales de noviembre (por equipos) y diciembre (individual).

El propio Bruzón no consigue explicarse de dónde le vino su inclinación por el ajedrez. Tal vez por su padre, que es un genio del dominó. "No sé bien qué fue lo que más me gustó, pero desde el principio me enganchó", dijo el joven campeón a un órgano de prensa cubano recientemente.

Bruzón es oriundo de la oriental ciudad de Las Tunas, donde todavía reside. Cada torneo en el que participa es seguido hasta el detalle por sus miles de parciales allí y sus triunfos son como una fiesta. Sin embargo, él sabe que las celebraciones suelen ser engañosas en un deporte tan exigente, en particular si se tienen tantas aspiraciones de ascender hasta lo más alto, como piensa hacer Bruzón en el tiempo que le queda para destronar a los Anand, Topalov, Leko, Ivanchuk, Kramnik y compañía.

Bailar en casa del trompo

Si alguien se fija en la precocidad que generalmente muestran los genios del ajedrez a lo largo de la historia, quizás noten que Bruzón comenzó a llamar la atención un poco tarde. La prensa puso los ojos en él a partir del año 2000, en Armenia, cuando alcanzó el título del orbe en la categoría juvenil. Fue como bailar en la casa del trompo. Tenía 18 años y ya en la Isla se batía sin miedos con los mejores del ranking.

Dos años después, Bruzón ganó el Internacional Capablanca, de La Habana. Solamente Leinier Domínguez podía disputarle el protagonismo y así ocurrió en la Olimpiada de Calviá (España) en 2004, en la cual el juego más frío y calculador de Domínguez, en oposición al impetuoso del tunero, logró robarse los flashes.


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