Actualizado: 13/07/2020 12:18
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Ajedrez

Un piano y una cancha de fútbol

Francisco J. Pérez, un español de puras zetas, era maestro internacional y un contador de anécdotas: desde Capablanca hasta Karpov.

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Conocí a una leyenda llamada Francisco J. Pérez en el año 1992, en el primero de los torneos abiertos de ajedrez que organizó el Instituto Superior Latinoamericano de Ajedrez (ISLA). Jugaba contra un joven de mucha fama de cuyo nombre no me acuerdo, y ambos estaban apurados de tiempo. Su adversario tenía las manos levantadas al estilo Karate Kid, prestas a mover cualquier pieza a la velocidad de la luz, pero lo que molestaba al maestro era la cabeza en el medio del tablero: "¡Joven, que no estamos jugando fútbol!". Finalmente, perdió esa partida, como muchas más en ese torneo. Es que ya estaba en decadencia, blanco en canas, el aroma característico de los viejitos mal cuidados, pero con un bastón militante y un espíritu aguerrido que nunca hubiera querido verle perder.

Este Maestro Internacional, español de puras zetas, obtuvo su título en el año 1959. Antes de eso, fue famoso por el conocimiento adquirido in situ de las grandes glorias del ajedrez mundial, y por su pasión de comentarista de fútbol. Pocos años después, huyéndole al franquismo, decidió emigrar a Cuba, donde siguió siendo un buen jugador de ajedrez y un apasionado del fútbol —la gran pérdida de su vida—.

Tuve la suerte de jugar una partida con él, no por el resultado, sino por lo que derivó de ella. Era un personaje clásico en vida, lleno de historias y a quien gustaba hablar. Mi egoísmo adolescente no podía perder esa oportunidad de conocer de primera mano la historia, los secretos de la maestría y el dominio de mi arte; de oír anécdotas acerca de todos los campeones mundiales y grandes ajedrecistas que conoció y con quienes jugó, desde Capablanca hasta Karpov.

Así supe cómo le llenaban las botellas de agua a Alexander Alekhine para que no bebiera, pero éste se iba al bar de frente a su hotel con una sonrisa; que Capablanca era un personaje pretencioso porque no miraba a los lados —Jota Pérez lo detestaba—; que Botvinnik era un tío muy correcto y le gustaba caminar demasiado; que Fischer estaba loco-loco; y de otras tantas cosas que le oí decir y no menciono por temor a confundir mis lecturas con sus historias.

Él se entusiasmó conmigo, por mi tendencia a escuchar y dejar hablar, y me invitó a su casa, en el Cerro. No me acuerdo qué idea yo tenía, pero lo que encontré fue un apartamento donde había que caminar como los egipcios entre los pasillos de paredes de libros y publicaciones de ajedrez, al más puro estilo de las películas. En medio de la sala, ¡oh!, un enorme piano de cola. Jota Pérez, como si nada, pidió ayuda para apartar un bulto de revistas Shajmaty, amarradas con una soga que había sobre un butacón, y me invitó a sentarme; se acomodó en la butaca del piano, el único lugar libre de todo el apartamento, respiró hondo, contento de tener público, y me dijo palpando el instrumento: "La música y el fútbol son los amores de mi vida".

Ni qué hablar de la sorpresa. Sólo había que mirar alrededor el porqué… y se me ocurrió la macabra pregunta: "¿Y usted de verdad sabe tocar piano?". Sin decir palabras, asumió posición de concertista, descubrió las teclas, y alzó las manos, dejándome en suspense… al bajarlas con energía, salieron notas desafinadas. Se detuvo, hizo un movimiento de contrariedad con la cabeza y volvió a levantar las manos, y las bajó con peores resultados. Al tercer intento, con las manos en alto y un mayor misterio, éstas descendieron lentas, pero para cubrir con tristeza las teclas y posar su frente en el piano: "Te pido disculpas, yo solía tocar mejor".

Fui un par de veces más, con mi propio juego de ajedrez (¡no tenía en casa!), y analizamos partidas y le escuché más historias. Nunca lo vi con nadie. Sólo una vez, una mujer en sus cuarenta entraba cuando yo salía. Ignoro el parentesco. Lo cierto es que el viejo estaba muy solo, o si no es así, al menos eso sentía. Esa soledad, con el tiempo, también se trasladó al ajedrez, donde empezaron a negarle la entrada a torneos. También hay que decir que había comenzado a cometer regularmente la falta más grave de la que puede avergonzarse un ajedrecista: cuando perdía, y eso sucedía a menudo, abandonaba los torneos. Pero para él la vergüenza más grande era perder de la forma en que perdía, y tampoco quería abandonar el juego que tanto amaba, aunque lo negara.

Y de repente dejé de saber de él. Todos dejamos de saber de él. Y lo peor es que sólo nos dimos cuenta de esto a la hora de su muerte, allá en el año 1999. Me enteré por una nota de un periódico cualquiera, donde se informaba brevemente de un homenaje póstumo e hipócrita que las autoridades del deporte le habían hecho. Triste final para alguien que nunca quiso abandonar la Isla, entregándole casi toda su vida. Una vergüenza para un país revolcado en la (vana)gloria del deporte y su seguridad social.

Las disculpas póstumas no sirven. Por eso deseo que ojalá el viejo Jota Pérez creyese en el Paraíso, aunque sea en uno personal: por Tierra Prometida, una verde cancha de fútbol, en medio su piano de cola y, si no es mucho pedir, sobre éste un tablero de ajedrez, por contrincante a Caissa, y de hinchas, todos los grandes campeones que conoció.


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