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Lugo

Una caída y el caso Carriles

¿Qué tribunal podría condenar la risa de un grupo de cubanos ante el fracaso momentáneo de un atentado contra Castro?

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La práctica del atentado político es sin duda condenable desde cualquier punto de vista que se la mire, incluso en una fiesta. No hay legitimidad ninguna para asesinar a nadie, ni siquiera para pensarlo, tampoco si se trata de un adversario político. Cualquier oposición a esa práctica es, a mi juicio, absolutamente legítima.

Sin embargo, la risa de aquel grupo de cubanos por el fallo de ese último atentado —como el júbilo casi unánime por la caída de 2004— no era menos auténtica y sincera —y para muchos, no menos legítima—; algo que, cuando menos, debería suscitar la reflexión de los ideólogos castristas e, incluso, del propio Castro.

Los que allí se reían no eran gente insensible o desalmada; muchos de ellos no eran ni siquiera opuestos al sistema, y en otro contexto habrían reaccionado de una manera completamente diferente, con su firme desacuerdo ante un comentario de esa índole, un tanto rayano en el humor negro.

"Choteo cubano", se dirá. Pero no, en mi modesto modo de ver ciertas cosas, las motivos de aquella risa tienen raíces mucho más profundas, las cuales apuntan directamente a la sociedad cubana de hoy y, en específico, a la manera de pensar que un sistema —y un gobernante que lo conforma y lo maneja a su antojo a través de todos los medios, un hombre prepotente e inescrupuloso que detenta un poder absoluto sobre la vida cubana desde hace casi cinco décadas— ha ido moldeando, con la práctica diaria, en el subconsciente colectivo de un sector amplio de la sociedad cubana.

¿Condenar la risa?

La risa unánime ante el inocente coqueteo con la idea de un potencial asesinato, sea de quien sea, constituye para mí (y perdonen algunos lectores que sea tan "sensible") el síntoma inequívoco de una deformación en la manera de pensar y ponderar determinadas cosas.

Se puede, sin duda alguna, culpar y condenar a la CIA de crímenes inefables contra Cuba y contra cubanos inocentes. Se puede —¡y se debe!— sentar en el banquillo de los acusados a un criminal confeso como Luis Posada Carriles, y condenarlo con severidad una vez se demuestre de manera fehaciente que es el autor de los asesinatos que se le imputan, o tan sólo con demostrar que es el promotor de cualquier intento por atentar contra la vida de cualquier persona, incluido cierto gobernante de su propia nacionalidad al que considera su peor enemigo (cualquier cuerpo jurídico democrático debe preciarse de no hacer distinciones cuando se trata de preservar la integridad física de los hombres).

Pero, ¿qué tribunal —cubano o de cualquier parte del mundo— podría condenar legítimamente la risa de ese grupo de buenos, nobles, pacíficos e inteligentes cubanos ante el fracaso momentáneo de un auténtico crimen? Esa es, por ahora, la pregunta que me asalta en este punto de mis reflexiones.


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