Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Artes Escénicas

«El teatro cubano de hoy es de una cobardía total»

Devoción por lo indomable: Entrevista con Víctor Varela, director de Teatro Obstáculo.

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La intimidad es algo realmente hondo, oscuro, encerrado en los límites de mi individualidad. La obra, elevada y luminosa, colectiva. Mi meta es un estado: La inspiración de mí mismo. Más allá del dominio total de la habilidad artística en cualquier medio que use para expresarme, está el ser para la plenitud creativa. No me interesa ni la fama, ni la gloria.

Creo para mi propio asombro, mi propia exigencia personal o si se quiere para un espectador ideal, sensible, inteligente y culto. De mi obra, me seduce lo inhumano. Si no recibo lo inhumano, la abandono hasta más adelante. Mi apatía por las relaciones públicas, mi devoción por lo indomable como única herramienta de resistencia cultural ante la mentira de esta época, me vuelven vulnerable. Desaprovecho así muchas oportunidades de figurar, de marcar territorio en el vagón de la cultura; pero me siento en paz conmigo mismo y siempre listo para atrapar milagros inconfesables.

Le expulsaron de la ENAT (Escuela Nacional de Teatro) por impartir clases sobre Grotowski. ¿Hasta qué punto la censura y la burricie totalitaria impiden el trabajo de los creadores jóvenes en la Isla?

Una curiosidad sin límites por la historia del teatro y lo que se hacía en el mundo me llevó a tener una perspectiva aérea de lo esencial. Stanislavsky es azul, Brecht es amarillo y Artaud rojo. De Artaud se derivó el Teatro pobre de Grotowski, el Teatro del absurdo, el Teatro pánico y el Living Theater. Meyerhold, quien con su Teatro biomecánico podía ser uno de los derivados, bebió directamente de la misma fuente de Artaud; el oriente.

La Ópera de Pekín, el Kabuki, el teatro balinés, respondían a formas existentes antes de Stanislavsky y, por tanto, se conectaban con La Comedia del Arte y el teatro medieval (las moralidades, los misterios), también con el teatro costumbrista (el bufo, el sainete).

Por último, Tadeus Kantor y su maravilloso "teatro de la muerte", y las últimas novedades en las formas de teatro extremo y teatro cinematizado. Todo esto le di a mis estudiantes, pero la Escuela se concentró en Grotowski, el más mesurado, por ignorancia, quien en aquel entonces era considerado idealista y estaba más cerca del sistema por ser polaco.

Recuerdo que le decía a mis estudiantes que tenían que conocer todo lo que se había hecho antes, para después poder crear su propio teatro. Les enseñaba a mis alumnos lo que yo quería aprender. Cuando me expulsaron de la escuela, me hicieron un gran favor. Me llevaron a un extremo incómodo que fue muy productivo. Me encerré en la sala de mi casa a crear mi propio teatro. Estamos hablando de 1984, más tarde la Escuela de Teatro se abrió a otros métodos, incluso al Teatro Obstáculo.

Sin embargo, a pesar de los raros matices que se dieron conmigo, me parece que es bastante elocuente que alguien como yo se haya ido de Cuba. Tenía éxito y poder. Era una especie de disidente aceptado. Intocable. ¿Por qué? Yo produje una ruptura notable en el teatro cubano desde abajo. En la sala de mi casa, para ocho espectadores, gratis.

El medio no entendió nada. La actitud y la calidad de mi obra pronto se ganaron el apoyo del público y la crítica, luego de personalidades importantes de la comunidad internacional. Entonces las autoridades cubanas quisieron asimilarme dándome un espacio para hacer teatro, pero se sorprendieron cuando les puse condiciones.

Les exigí autonomía creativa (ningún supuesto experto podía censurar algo en mi obra si yo no estaba de acuerdo). También tiempo (no nos someteríamos a un plan de producción. Nuestro proceso partía del riesgo y la obra no se debía estrenar hasta que no estuviera lista. No debía ser malograda por normas productivas. Tres obras al año o cosas de ese tipo). Por último, avisar con anticipación cualquier visita (trabajábamos duro y no queríamos vernos interrumpidos por una visita oficial).

Las condiciones fueron aceptadas, pero hubo más. Cuando nos preguntaron si queríamos ser del sindicato, nos negamos. Así nos convertimos en algo que existía a pesar del sistema. Algo semi-asimilado, una llaga. Me dediqué por entero a mi arte. No milité para ningún movimiento de oposición, pero no me declaré para nada apolítico. Por el contrario, mi obra era demoledora con el comunismo, pero resaltaba ante todo su valor estético y conceptual.

No permití que la política se apropiara de mi revolución artística. Era y soy radical con la política en general. No creo en ella. Creo en el arte. Esto no quiere decir que no me interese. Por el contrario, la sigo muy de cerca. Veo la política como un mal necesario con el que hay que vivir. Mi teatro sin dudas sacudió al sistema, y el aparato nos aplicó una herramienta poderosa: marginalizar la experiencia prohibiéndole a los medios de difusión masiva que hablaran.