Actualizado: 15/10/2021 16:37
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Artes Escénicas

El Teatro ha muerto

Se avanza hacia una cultura doméstica y la gente se quedará cada vez más en casa. ¡Viva el progreso!

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No nos engañemos, está muerto. Lo podemos bañar con festivales, maquillar con encuentros locales, vestir con discursos ramplones, echar a andar con un hilo en cada pie, otro en cada mano y por último el hilo de sostén en la cabeza, en el cogote. Podemos teatralizar su vida, usar las mismas herramientas que el teatro usa para construir ficciones. Está muerto. Muerto en Nueva York y en el culo del mundo, allí donde no se ha hecho teatro nunca.

Al final de La Gaviota una obra maestra de la dramaturgia rusa, Antón Chejov hace que el personaje principal se suicide en su cuarto privado. Su madre pregunta en la sala cuando se escucha el disparo: "¿qué fue eso?". Alguien de los que está sentado junto a ella en la mesa se anima. Abandona el juego de cartas y va al cuarto privado del escritor, lo ve muerto con un tiro en la sien. Cuando regresa responde: "Explotó una lámpara de aceite".

Lo mismo ocurre con el teatro. Se sabe que está muerto, pero nadie lo dice. Algunos porque lo aman, otros porque lo usan. Lo cierto es que el teatro sólo le importa a los teatristas. Sobre todo a los que lo hacen. Los que lo teorizan, al amparo de un diario o una cátedra, matan a su perro y no tienen ni la más mínima idea de lo que realmente ocurre con el teatro.

Hablan de momentos míticos del teatro, registran, enumeran, archivan. Nada dicen acerca del muerto. No les conviene. En definitiva el papel aguanta todo lo que se le ponga, qué importa que los teatristas se hundan hasta el cuello.

Mientras los afeminados simposios de teatro existan, ellos tendrán sus insípidos encuentros para teorizar estrategias. Para lucirse en el espejo de sus falsas metáforas. Les pagan por eso. Por mear, mientras nadie lee un libro de teatro, ni siquiera los propios teatristas; y las editoriales ya no publican textos teatrales para no irse a la quiebra.

Les pagan por mear, no por armar escenarios, por montar obras y lidiar con la indiferencia de la prensa y el público, si no por hablar de ellas o acerca de estrategias futuras. Mientras más copiosamente meen, mejor. Por eso matan a su perro y levantan la pata ellos mismos, un perro meón es un estorbo y el hueso no alcanza para dos. Levantan la pata (sea doctor o doctora en parloteo teatral) y le dicen a los que hacen teatro que lo que sucede es que se han alejado del público. Como si el público fuera un santo que se queda en casa esperando a que los teatristas por fin los conmuevan.

Frankenstein

El teatro murió el 30 de diciembre de 1895, cuando los hermanos Lumiere dieron a conocer públicamente el cinematógrafo. Desde el principio, el cine demostró ser un medio más apropiado para la época. Así como el CD demostró ser más efectivo que el long play para reproducir la música, el cine lo hizo en relación con el modo de contar historias. Sólo que al long play le resultó más fácil morir porque no implicaba la muerte de la música.

"Las herramientas mueren, el medio es inmortal", gritó Frankenstein antes de acostarse en la mesa de operaciones. Siete años de intentos fallidos, noches lúgubres, rayos y centellas costaron para que el monstruo moviera un dedo.


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