Actualizado: 26/09/2018 15:51
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Cuba, Literatura, Política

Entrevista con el autor de «La polis literaria»

Rafael Rojas: “La correspondencia de Haydée Santamaría y Roberto Fernández Retamar desde Casa de las America con los escritores del boom está encaminada a subordinar su canon a los criterios del realismo social y el compromiso político defendidos por el Estado cubano”

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Penguin Random House Grupo Editorial publica un nuevo libro del historiador y ensayista Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965): La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría (Taurus, 2018). Manual que aborda cómo América Latina enfrentó la Guerra Fría en las coordenadas culturales de los años 60/70. Papel central de la Revolución cubana en el apogeo del boom de la novela latinoamericana y, asimismo, un muestrario de los gestos de algunos de sus protagonistas: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Guillermo Cabrera Infante...

Nuevo libro del autor del imprescindible Tumbas sin sosiego (Premio Anagrama de Ensayo 2006), el cual presenta nuevos matices de los desafíos intelectuales y sociales desde la exégesis de una literatura que proporcionó nuevas configuraciones a la noción de lo latinoamericano. Diez apartados temáticos (I. La Revolución en Paz, II. Fuentes entre dos revoluciones, III. El epistolario de la ruptura, IV. Viaje al país de los cronopios, V. La estirpe condenada, VI. Dictadores novelados, VII. Vía chilena, VIII: Paradiso en el Boom, IX. Cabrera Infante: la viñeta y el retrato, X. Después de Sarduy), que glosan los trances de la búsqueda de “las identidades nacionales” y del “latinoamericanismo” de una generación de escritores emblemáticos acorralados en la disputa política-ideológica de la Guerra Fría en los años 60 y 70.

Rafael Rojas, profesor visitante en las universidades de Princeton y Yale, de Estados Unidos, colaborador del tabloide español El País y de la revista mexicana Letras Libres y columnista del periódico La Razón de México, ha publicado más de veinte títulos que abordan temas de la cultura y la política en Latinoamérica. La polis literaria es, quizás, su ensayo más cercano al ‘lector común’ en la intención de presentar una ‘crónica-itinerario-almanaque’ con rasgos cercanos a una suerte de ‘memoria intelectual’.

CUBAENCUENTRO conversó con el Premio Isabel de Polanco (Las repúblicas de aire, 2009) en una de sus breves paradas en su casa de la colonia Condesa en Ciudad de México, donde vive con su familia. Ponemos a disposición de los lectores la conversación que sostuvimos entre los ecos de las elecciones para la presidencia en México (2018–2024), en que se impuso el polémico candidato de la izquierda Andrés Manuel López Obrador.

La polis literaria es un libro de temática ambiciosa en el propósito de vincular a los escritores del boom, Guerra Fría y Revolución cubana. ¿Cómo consiguió usted ovillar esas tramas?

El libro se fue construyendo poco a poco. Primero escribí algunos estudios, como los de Octavio Paz o Carlos Fuentes, para proyectos colectivos sobre esos escritores. Luego, gracias a varias estancias en la Universidad de Princeton, pude tener acceso a la correspondencia de los novelistas y críticos del boom, alojada en la biblioteca Firestone. Fue entonces que me decidí a reunir estos ensayos en un volumen. Me pareció que el epistolario confirmaba o desafiaba las visiones predominantes sobre las polémicas del boom y que valía la pena volver sobre ese tema tan trabajado.

¿Ensayo que se perfila en relación con otros libros suyos: Tumbas sin sosiego, El estante vacío, La máquina del olvido y La vanguardia peregrina?

Es cierto que en este volumen se reiteran algunos tópicos explorados en libros anteriores, como la mutación de la política cultural de la Revolución cubana entre 1959 y 1971. Pero me parece que este libro dialoga más con otro, Fighting Over Fidel (2016), que publicó la Universidad de Princeton y que apareció en español, en el Fondo de Cultura Económica, bajo el título Traductores de la utopía (2016). En aquel libro estudié los debates sobre Cuba en la Nueva Izquierda de Nueva York en los años 60. La polis literaria intenta más o menos lo mismo, pero en el circuito literario del boom de la novela latinoamericana.

¿Fue el boom la generación de escritores que más interés ha tenido por glosar las circunstancias políticas de Latinoamérica?

Antes de la generación del boom hubo momentos de mucha politización de los escritores latinoamericanos como el periodo de las vanguardias de los años 20 y 30. Pero la Guerra Fría y, en especial, el surgimiento de la guerrilla marxista como opción predominante de la izquierda regional, luego de la Revolución cubana, dio a los debates del boom una mayor intensidad. Los grandes novelistas de aquella generación (Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa) se autodefinían como “socialistas”, aunque ninguno era estalinista o pro-soviético. Esa búsqueda de una izquierda heterodoxa acabó enfrentándolos al régimen cubano entre 1968 y 1971. Como se expone en el capítulo “La estirpe condenada”, no excluyo a García Márquez de aquella ruptura.

¿Qué papel jugó la Casa de las Américas de La Habana en este ‘encuentro/desencuentro’ de los escritores del boom con la Revolución cubana?

Casa de las Américas fue la institución y la revista que protagonizó las principales polémicas del boom, desde la perspectiva cubana. Esa publicación lanzó los primeros ataques a Pablo Neruda, Carlos Fuentes y Emir Rodríguez Monegal, desde 1966, con motivo de la famosa reunión del Pen Club de Nueva York, de aquel año, y el lanzamiento del primer número de la revista Mundo Nuevo. La oposición de Casa de las Américas al proyecto del boom fue estética y política. La correspondencia de Haydée Santamaría y Roberto Fernández Retamar con aquellos escritores, incluidos los dos más cercanos a La Habana, que entonces eran Vargas Llosa y Cortázar, miembros del Consejo de Redacción entre 1966 y 1971, está llena de presiones o persuasiones políticas, encaminadas a subordinar el canon del boom a los criterios del realismo social y el compromiso político defendidos por el Estado cubano.

Ensayo estructurado a partir de la correspondencia de algunos de los escritores del boom y, asimismo, de la evocación de los dilemas planteados en revistas culturales de la época. ¿Cómo abordó usted la investigación?

El epistolario, dice Claudio Guillén en algún lado, tiende siempre a la ficción porque es confesional, íntimo, y, a la vez, profético, oracular. Confirmé esa observación leyendo cartas donde se insinuaban posiciones públicas o proyectos novelísticos, que luego tomaban forma en la escritura. El origen de las revistas Libre y Plural, por ejemplo, está en la correspondencia de Mario Vargas Llosa, Octavio Paz y Carlos Fuentes a fines de los 60, cuando estalla la polémica entre Mundo Nuevo, Marcha y Casa de las Américas. La idea de la “novela de dictadores” tiene una raíz precisa en el epistolario de Fuentes, en los primeros meses de 1967, cuando el escritor mexicano propone a los novelistas del boom una antología de relatos sobre dictadores para la editorial Gallimard.

La problemática del ‘compromiso político del escritor’ es un tema central del ensayo. ¿Por qué focaliza usted ese asunto a través de todo el libro?

El compromiso político fue uno de los grandes temas de debate en aquellos años. Los novelistas del boom, incluso los más solidarios con las guerrillas, como Cortázar o Vargas Llosa, recibieron demandas de adhesión desde la izquierda militante latinoamericana que, en muchos casos, cuestionaban la residencia de aquellos escritores en capitales europeas. La idea de que para ser un intelectual revolucionario había que vivir y hacer la revolución fue esgrimida por autores cubanos como Edmundo Desnoes o residentes en Cuba como René Depestre con el fin de interpelar a los novelistas del boom. El planteamiento de ese dilema, típico de la Guerra Fría, está en la raíz de la decisión de otros escritores, como el poeta salvadoreño Roque Dalton, de sumarse a la guerrilla.

Vargas Llosa aparece como uno de los más acérrimos defensores de la ‘autonomía artística’ frente al ‘compromiso político’ subrayado por Casa de las Américas. ¿Puede hacer un comentario sobre eso?

Sí, Vargas Llosa y Cortázar, precisamente por ser miembros del equipo editorial de Casa de las Américas hasta la ruptura del “caso Padilla”, fueron muy enfáticos al defender la autonomía estética, el vanguardismo y el cosmopolitismo literarios, frente a críticos como Ambrosio Fornet u Oscar Collazos, que cuestionaron las estrategias estéticas del boom. En un coloquio publicado en Casa de las Américas, en 1966, Vargas Llosa sostuvo la tesis de que la obra literaria era resultado de un desgarramiento creativo, incontrolable desde el punto vista político. Esa será la idea que él mismo aplicó años después al estudio de la obra de García Márquez, en su ensayo Historia de un deicidio (1971). Tesis, por cierto, que gustó mucho a García Márquez, quien mantuvo su colaboración con Mundo Nuevo y Libre, a pesar de que en La Habana eran estigmatizadas como “revistas de la CIA”.

¿La generación de los escritores del boom precisó de manera axiomática el concepto de lo latinoamericano?

Todos aquellos escritores, no sólo los cuatro más conocidos, sino otros como José Donoso, Jorge Edwards, Guillermo Cabrera Infante o Severo Sarduy, a pesar de sus diferencias estilísticas, coincidían en que la nueva novela había alcanzado la “modernidad literaria” en América Latina. Partían de la premisa, cuestionable desde la historiografía más reciente, de que aquella narrativa había logrado una descolonización, todavía pendiente en el orden político. Esa idea, además de toda la red editorial iberoamericana y las estrategias de traducción del boom, reforzaron el latinoamericanismo de esa generación. Con el tiempo aquel latinoamericanismo, a pesar de contribuir a la institucionalización del espacio literario regional, fue desgastándose por el peso de sus estereotipos.

Ensayo que entrecruza elementos de la crónica con ‘apuntes personales’. La presencia de un ‘yo protagónico’ le da cierto sabor de ‘memoria intelectual’ al texto. ¿Por qué decidió apelar a esa ‘estrategia’ discursiva?

Bueno, la verdad es que esa intervención del yo sucede muy pocas veces en el libro, como cuando cuento mi visita a la casa de Gabo en el Pedregal de San Ángel con nuestro querido amigo Lichi Diego. Este, como la mayoría de mis libros, es un ejercicio académico de historia intelectual que intenta abrirse a un público más amplio, que rebase al lector universitario. Con el tiempo he podido comprobar que se trata, más bien, de un buen deseo que nunca se cumple del todo.


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