Actualizado: 15/02/2019 14:21
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Literatura, Exilio

José M. Fernández Pequeño, Santiago de los Caballeros

“Se necesitaba una desmesurada capacidad de doblez y fingimiento para continuar creyendo en la utopía fidelista como si nada estuviera pasando”

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José M. Fernández Pequeño nació en Bayamo, Cuba, en 1953. Se graduó de Licenciatura en Letras en la Universidad de Oriente, de Santiago de Cuba, centro de educación superior donde en distintos momentos impartió Literatura General, Teoría y Crítica Literaria, Historia del Cine y Cine Cubano. Tiene una maestría en Ciencias de la Educación, mención investigación, por la Universidad de Camagüey, en Cuba, y la Universidad APEC, en República Dominicana. Estuvo entre los fundadores de la Casa del Caribe de Santiago de Cuba, donde trabajó durante 18 años, fundó y editó la revista Del Caribe. Comenzó su carrera de escritor como crítico literario, pero luego se fue desplazando hacia la narrativa y el ensayo. Ha publicado los libros Periplo Santiaguero de Max Henríquez Ureña (Ediciones Caserón, 1989), Regino E. Boti: Cartas a los orientales (compilación, Editorial Letras Cubanas, 1990), Las cosas de cierto mundo (Ediciones Bayamo, 1992), Crítica sin retroceso (Ediciones Unión, 1994), Cuba: la narrativa policial entre el querer y el poder (Editorial Oriente, 1994), Caminos para llegar al héroe (Editorial Oriente, 1995), Lino Novás Calvo: Ocho narraciones policiales (compilación, Editorial Oriente, 1995), Un tigre perfumado sobre mi huella (Editorial Cañabrava, 1999; Editorial Plaza Mayor, 2004), En el espíritu de las islas: los tiempos posibles de Max Henríquez Ureña (Editorial Santillana, Taurus, 2003), Cuentos para Angélica (Editorial Libresa, 2003; Editorial Oriente, 2005), La mirada en el camino (Universidad INTEC, 2006); Tres, eran tres (Grupo Editorial Norma, 2007) y Distantes y distintos; comunicación profesor-estudiante en la universidad dominicana (ensayo, FUNGLODE, 2008, escrito junto a Jorge Ulloa Hung). Tiene en proceso de edición el ensayo “Las voces y los ecos; incomunicación y brecha generacional en la universidad dominicana”. Los últimos premios que ha recibido son: Premio Memoria, de la UNESCO, en ensayo (1997); Premio Internacional Casa de Teatro, en cuento (2001); fue finalista en el Concurso Internacional de Literatura Infantil y Juvenil Libresa-Julio C. Coba (Ecuador, 2003); y Premio Nacional de Ensayo Pedro Francisco Bonó que otorga FUNGLODE (Santo Domingo, 2008). Desde 1998 reside en República Dominicana. Actualmente se desempeña como Gerente de Programas Culturales del Centro León, en Santiago de los Caballeros, ciudad donde reside. Edita el blog Palabras del que no está (palabrasdelquenoesta.blogspot.com)

¿Por qué decidió trasladarse a otro país?

José M. Fernández Pequeño (JFP): Porque en la medida que avanzaron los años noventa fui sintiendo que no cabía dentro del espacio político y social cubano. No se trataba solo de la crisis económica, a fin de cuentas el período que media entre fines de los sesenta y principios de los setenta había sido igualmente de grandes carencias materiales, sobre todo para quienes entonces estrenábamos la adolescencia. La diferencia en mi actitud frente a ambas circunstancias la ponía el descreimiento. Se necesitaba una desmesurada capacidad de doblez y fingimiento para continuar creyendo en la utopía fidelista como si nada estuviera pasando, como si no fuera obvia la amarga verdad de que nos habían timado y el proyecto revolucionario terminaba por ser un espantajo de promesas, alianzas estratégicas y consignas para que el poder (cuanto más absoluto, mejor) se mantuviera en las mismas manos. Ese proyecto no podía ser perfeccionado desde dentro, como alguna vez tantos creímos con ingenuidad, porque para que algo pueda ser perfeccionado necesita primero analizarse a sí mismo con rigor y honestidad, estar dispuesto a cambiar las piezas que no funcionan. Y las piezas que atascan la maquinaria del Gobierno y el Estado en Cuba tienen más de cincuenta años ahí.

Cuando se aproximaba un nuevo siglo, el proyecto revolucionario cubano no solo había incumplido su promesa de desarrollo, equidad y calidad de vida para la población, sino que nos había convertido en uno de los países más miserables de América Latina, y todavía su dirigencia se niega a asumir la responsabilidad frente a las decisiones que nos habían llevado hasta esa situación. No, las culpas siempre han sido de otro: Del bloqueo yanqui o del totí que se comió el arroz, da igual. Como era imposible mantenerse callado frente a lo que estaba ocurriendo, la presión de la vigilancia se me hizo insoportable. En algún momento, cansado de la doble moral, el desquiciante control social y la intolerancia, decidí buscar un país para irme a trabajar; un lugar donde nadie prometiera el paraíso pero donde al menos se respetara mi derecho a pensar con cabeza propia y decirlo cuando me diera la gana.

En resumen, como le ocurre al personaje de la novela “Tantas razones para odiar a Emilia”, terminada recientemente y aún inédita, asumí mi condición de mínimo líder y me eché al camino.

¿De qué manera salió de Cuba?

JFP: Desde 1982 trabajaba en la Casa del Caribe de Santiago de Cuba y, como parte de mis obligaciones, visité varios países de América Latina. Cuando concebí la idea de buscar trabajo en el extranjero, comencé a pensar en el mejor lugar hacia donde trasladarme, tomando en cuenta tres parámetros fundamentales: 1. Que hablara español, pues como escritor dependo mucho del contacto con la lengua viva, con esa habla cotidiana, atada al acto de vivir. 2. Que estuviera razonablemente alejado del diferendo entre el Gobierno cubano y la política de Estados Unidos, pues estaba (y estoy) harto de una confrontación en la que solo hemos sido rehenes para beneficio de los aprovechados (y extremistas) de ambos lados. 3. Que fuera un país donde los trámites migratorios no resultaran tan traumáticos como ocurre en tantos lugares. Por esas razones y por los contactos que aquí tenía, República Dominicana se presentaba sin dudas como el espacio más adecuado.

En noviembre de 1997 vine a organizar un seminario sobre la cultura del Caribe para la Secretaría de Estado de Educación. Cuando regresé a Cuba, dos semanas después, ya había preparado las condiciones para quedarme luego de la celebración del evento, en marzo de 1998. Llegué a la Casa del Caribe, se lo hice saber al escritor Joel James, su director y mi compañero (hoy fallecido), pedí la baja y solicité un permiso de salida a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Formo parte, pues, del exilio que los cubanos de fuera llaman “dorado” o “de terciopelo”. Para evaluar el brillo o la suavidad de ese exilio sería bueno que me hubieran observado sobrevivir durante un tiempo que no deseo recordar, sin un peso, gracias a la solidaridad de mi ex alumno y amigo Hugo Pérez, o salir con mis 45 años y un currículo bajo el brazo a desandar Santo Domingo en busca de trabajo… en lo que fuera. Bueno, han pasado 14 años y aquí estoy. Te juro que nunca he sentido nostalgia (palabra que etimológicamente significa algo sí como “dolor del alma”) porque el día en que partí estaba segurísimo de que se lo debía a mi familia y porque, si algo sé ahora, es que la patria está donde yo esté.

¿Le ha resultado muy difícil adaptarse al sitio en donde reside hoy?

JFP: Como a todo el que deja su país. Cualquier sociedad es, a fin de cuentas, un conjunto de códigos que el migrante debe aprender a manejar, y a veces de manera muy cruel. Convivir en ese caso significa dialogar con otra cultura, a contrapelo de las dificultades que presuponen la ausencia de una experiencia común, el manejo de distintos valores simbólicos al momento de juzgar, sin dejar de lado la exclusión, el recelo y la discriminación que siempre amenazan al que llega de fuera. Se oye decir todo el tiempo que Cuba y la República Dominicana son países muy parecidos. Eso es falso. Más allá del paisaje y el clima, entre ambos casi todo es diferencia. Somos culturas completamente distintas porque hemos vivido procesos históricos y sociales disímiles. Incluso la lengua maneja registros y está teñida de valores simbólicos diferentes. Aníbal Sosa, el protagonista de mi cuento “A. M.” (Premio en el Concurso Internacional Casa de Teatro 2001), dice en algún momento de su tortuosa adecuación dominicana que le parece estar atravesando un puente hecho con palabras. Esa es una experiencia que ambos compartimos.

¿Qué ha sido lo más difícil? Bueno, primero la desprotección social; el temor a los riesgos que asume quien no tiene traspatio. Si le pasa algo a tu familia, no hay adónde acudir. Eres un extraño que vino por su voluntad, al que nadie mandó a buscar, y se necesitan años para encontrar un hueco en la no muy amable seguridad social dominicana. Para quien vivió casi cuarenta años en una sociedad tan cerrada y controladora como la cubana, insertarse en un medio tan abierto que llega a la desorganización resultaba traumático. Un segundo problema era el medio cultural dominicano, disperso y con una débil institucionalización. Yo era un escritor que llegaba a un país cuyo sistema universitario ha ido abandonando las humanidades, donde el comercio del libro era casi inexistente y el mundo editorial pura zona desértica; en el que las instituciones con real vocación para proteger el trabajo del artista se contaban con los dedos de una mano… y sobraban muchos dedos, créeme. Por último, hubo que aprender a sortear la profunda separación que existe entre gran parte de los intelectuales dominicanos y la extraordinaria cultura popular de su país, algo que en Cuba se resuelve de la forma más natural del mundo a través de ese guasabeo que sabe reír de todo.

Fue difícil, pero me enseñó a tener paciencia y me reafirmó que quien trabaja con honestidad siempre encuentra. Hoy el panorama de la institucionalidad cultural es otro en la República Dominicana. Si no fuera así o si en 1998 hubiera sido peor, igual habría tomado la decisión de venir porque, cuando prendí los motores, mi empeño no tenía reversa (o “marchatrás”, como dicen los cubanos).

¿Cuál ha sido su trayectoria artística en su actual lugar de residencia?, ¿qué logros ha obtenido?

JFP: ¿Logros? Eso suena a retórica socialista y a Noticiero Nacional de la Televisión Cubana. Te voy a soltar las ideas según me van llegando a la cabeza, de modo que el orden en que aparecen no indica su grado de importancia. Haber publicado mis libros sin mucho esfuerzo y con algunas editoriales reconocidas, a pesar de la pobreza editorial del país en que vivo y de que estoy muy lejos de ser un escritor comercializable. No haber tenido que trabajar en espacios ajenos a la cultura, a pesar de la situación que te expliqué antes y de que, para mantener a mi familia, habría hecho lo que sea con una dignidad que ni te imaginas. Disfrutar la posibilidad de tener mis propias columnas semanales en la prensa, pero ahora sin la sombra del ideólogo-censor presto a decirme que esto o aquello no puede salir. Haber podido continuar mi carrera como catedrático universitario, reencaminándola hacia la comunicación social. Haber comprobado que la literatura es para mí una forma de vivir, un ejercicio a través del cual existo y del que jamás podré alejarme, tanto en las verdes como en las maduras, con tiempo o sin tiempo disponible. Trabajar casi cinco años en el Centro Cultural Eduardo León Jimenes, una experiencia profesional solo comparable con la de haber fundado, junto a otros cómplices entrañables, la Casa del Caribe y el Festival de la Cultura Caribeña en Santiago de Cuba. Todo eso puede resumirse de la siguiente manera: haber tomado el control de mi vida y logrado salir adelante con la solvencia de quien no tiene que pedir permiso ni preocuparse de que alguien lo esté vigilando.

Y mira, en todas partes hay censura. El mes próximo la Universidad Iberoamericana presentará un ensayo que escribí junto al antropólogo cubano Jorge Ulloa. Bajo el título “Las voces y los ecos” propone una reflexión en perspectiva cultural sobre la brecha generacional y el estado de la comunicación entre profesores y estudiantes en las universidades dominicanas. Aun cuando el texto recibió un premio nacional de manos de la Fundación Global Democracia y Desarrollo (FUNGLODE) en 2008, las universidades que financiaron el estudio se rehusaron luego a publicarlo con diversos pretextos. Ese era su derecho. El mío era buscar dentro de ese ámbito un editor con la honestidad suficiente para entender que el fuerte sesgo crítico del análisis resulta imprescindible si de veras queremos asumir lo que está pasando con la universidad de hoy y enfrentar los peligros que pueden hacerla obsoleta ante la nueva realidad comunicacional que viven nuestras sociedades. No solo hay censura en Cuba, la hay donde quiera. Solo que la cubana es una censura sin opciones, cerrada y monolítica, en la que pasar por encima de una primera prohibición puede tomar gran parte de tu vida. Tú y yo conocemos muchos ejemplos de eso, ¿no es así?

¿Qué opina de la sociedad de la que ahora forma parte?

JFP: Bello país, alegres personas. La dominicana es en general una sociedad muy abierta y queredora. Si bien he enfrentado momentos muy difíciles aquí en estos catorce años, también he conocido la entrañable experiencia de la solidaridad desinteresada. Mientras fatigaba las calles de Santo Domingo con un currículo bajo el brazo supe de rechazos y mentiras, pero también de manos que se tendían. Ellos y el resto de los dominicanos merecen vivir en una sociedad más organizada, menos flagelada por la corrupción y la inequidad en el disfrute de las riquezas.

Tras la muerte del dictador Rafael L. Trujillo, en 1961, la sociedad dominicana entró en un período extremadamente complejo. Por una enrevesada ecuación económica, política y social que sería muy tortuoso explicar aquí, la psicología criolla identificó el orden como una rémora del período dictatorial, que había durado treinta y un despiadados años. Ojalá la Cuba del futuro consiga huir de ese lastre y que nuestra sociedad, pasados los drásticos cambios que necesariamente han de venir, pueda seguir reconociendo la importancia del equilibrio, la organización y la equidad, no importa cuál sea el sistema político que se adopte. Será difícil porque son demasiados los valores que nos ha robado la necesidad de sobrevivir a como dé lugar y porque la actual jerarquía política cubana, en su afán de mantener el poder (o en su miedo de perderlo, que termina siendo lo mismo), ha ido dejando pasar un tiempo precioso.

¿Alguna otra observación para los lectores de Cubaencuentro?

JFP: Confiemos en que los cambios en la Isla no sean para negar de golpe y porrazo todo el pasado, como ocurrió en 1959, sino solo aquello que nos ha impedido avanzar como nación y vivir con plena dignidad.


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