Actualizado: 22/10/2021 20:51
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Política

«No hay cambio, la gente se sigue yendo»

Entrevista con Jacobo Machover, un escritor que ha dado voz a las víctimas del castrismo.

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La historia personal de Jacobo Machover (La Habana, 1954) resume cuánto de desarraigo y lejanía impuso el gobierno de Fidel Castro, no sólo a sus opositores, sino también a sus no partidarios. Exiliado en París desde los nueve años, ha transitado desde la creencia en un mundo mejor, a través de una revolución que se decía por y para los humildes, hasta el desencanto de un país disperso y caótico, donde el poder parece una suerte de cerrojo echado en todas sus puertas.

Profesor universitario, se ha ocupado de compilar y brindar testimonio de la voz de las víctimas, esa masa silenciada que forma la historia secreta y menos feliz de la historia de las naciones. Autor, entre otros títulos, de El heraldo de las malas noticias: Guillermo Cabrera Infante o de La dinastía de los Castro, su más reciente libro, La face cachée du Che, ha tenido una formidable acogida de crítica y lectores.

¿En qué circunstancias llega usted al exilio?

Con mis padres, en el año 1963. Yo era niño, tenía alrededor de nueve años. Fue un exilio un poco particular, a Francia, donde no había muchos exiliados cubanos, aunque sí había una especie de exilio intelectual, que se forjó allí, pero que estaba un poco descentrado con Madrid, con Miami, con Caracas. No estaba en el meollo del exilio.

Finalmente, llegar a considerarse exiliado cubano es casi una aventura propia, de formación sobre Cuba, sobre la revolución cubana y sobre las víctimas de la revolución. Eso fue lo que me ocurrió, volver a la cultura cubana simplemente, intentar entender la revolución. Durante un tiempo, he sido simpatizante, como muchos de nosotros. Y, poco a poco, primero a través de una lectura crítica de la literatura de Guillermo Cabrera Infante, de Severo Sarduy, de Reinaldo Arenas y muchos más, me acerqué a lo que era la disidencia y el exilio.

¿Qué pasó entonces?

Después, más allá de la literatura, fui encontrándome con ex presos y recogiendo testimonios de los que habían sufrido, ya fuera en la UMAP, ya fuera en aventuras terribles en balsas, en fugas y, sobre todo, de la gente que había vivido veinte o treinta años detrás de los barrotes. Pensé que se tenía que recoger una memoria de todas esas víctimas. Hace cerca de veinte años que me dedico a eso, a recoger testimonios y a publicarlos por todas partes.

¿Qué papel considera debería jugar el exilio a partir de ahora?

Creo que el papel del exilio, ahora, es un papel testimonial. Ser testigo de lo que pasó, testigo del horror que ha habido en Cuba. Gritarle a todo el mundo, aunque todo el mundo no nos quiera oír, lo que es la realidad de ese régimen. Su papel será también ese en el futuro, darle a conocer a las jóvenes generaciones lo que se ha vivido a lo largo de cincuenta años.

Sobre el papel político del exilio, creo que es igual al de la disidencia dentro de Cuba. Es muy fácil pasar de la disidencia interna al exilio. El que es hoy día disidente dentro de Cuba, mañana puede ser un exiliado. Desde hace unos cuantos años no hay una diferencia fundamental entre el exilio y la disidencia interna. Las vías del diálogo se han llegado a crear paulatinamente; antes eso era imposible. Y uno se da cuenta que es la misma gente la que está exiliada y la gente que piensa de manera diferente dentro de Cuba.

¿Cómo entiende usted la revolución cubana?

No fue un proceso romántico. Sí creo que había que alzarse contra Batista, pero se podía haber hecho de otra manera, no sólo por la vía de las armas. La vía de las armas tomó el ascendente sobre todas las otras formas de oposición. Muy rápidamente eso cayó en las manos de los hermanos Castro y, desde el principio, revolución fue a la vez sinónimo de romanticismo y sinónimo de barbarie.

Es decir, si hay algo que es fundamental ahí, es que una parte de la población cubana —yo no digo toda la población cubana de ninguna manera— adoptó una especie de apego a la violencia, disfrutó con la sangre. Y también, en el exterior, muchos intelectuales vieron la revolución cubana como un resurgimiento de la revolución francesa; había que eliminar a los opositores, y poco importaba que unos centenares de "esbirros" fueran fusilados.

¿Un asunto ideológico?

El problema de la revolución cubana no es cuestión de comunismo o no. Esos actos de barbarie se dieron mucho antes de que Fidel Castro se declarara comunista. Fidel Castro se declaró comunista sólo en el año 1961, y los actos de barbarie empezaron enseguida, en 1959. Y todo lo que se hizo después es una combinación de la ideología comunista con lo que ya se había hecho.

Fue una revolución extremadamente radical, en el sentido no tanto de las reformas, al contrario de lo que se cree, sino más bien en una represión que no tenía sentido. Porque se habló de 20.000 muertos, de los famosos 20.000 muertos que había habido durante la dictadura de Batista. En realidad, no llegó ni a la décima parte. A raíz de eso, uno podía justificar el terror, y Fidel Castro lo hizo. Permitió, también, que otros ejercieran el terror. Fue el caso de los dos máximos verdugos de la historia de Cuba: Raúl Castro y Che Guevara.

La ideología tenía más bien una función de justificación para darle una racionalidad a algo que no era realmente racional. Eran más bien unas medidas extremas y alocadas de los hermanos Castro, cuyo único objetivo era conservar el poder y batir récords en ese sentido, marcar la historia mundial con un récord absoluto, que es el de haber mantenido el poder durante medio siglo.

¿Hay actualmente una transición en Cuba?

No creo que haya transición. Lo que hay es una "sucesión dinástica". Hay una diferencia entre sucesión y transición. Transición supondría una transición democrática, lo que hay es una sucesión entre el hermano mayor y el hermano menor, que después seguirá tal vez siendo una sucesión entre el hermano menor y los jóvenes, algunos no tan jóvenes ya, como Ricardo Alarcón, para mantener la continuidad del régimen.

Nada ha cambiado, excepto que nos estamos acostumbrando a vivir sin Fidel Castro, y eso es importante. Sobre todo para la gente que está en Cuba, que no tiene que aguantar sus discursos. Ver todo el tiempo a Fidel Castro por televisión, eso se acabó.

El hecho de no tener a Fidel Castro constantemente deja mucho tiempo libre. Uno no está obligado a leer las "Reflexiones" del Comandante en Jefe. Uno se puede limpiar con las "Reflexiones" publicadas en Granma, cosa que no se podía hacer con los discursos. Eso es, seguramente, una liberación sicológica. El país empieza a vivir sin Fidel Castro y nosotros también. Ya no tenemos esa figura y podemos respirar un poquito, podemos soñar con otra cosa. Porque teníamos todos, en el exilio y dentro, la figura de ese autoproclamado patriarca siempre en nuestros sueños. Ahora podemos soñar con cosas mucho más bonitas que con él. Eso es importante.

¿Podría ahondar un poco más en la diferencia entre transición y sucesión?

Evidentemente, lo que se ha producido en Cuba, a raíz de la denuncia de Fidel, no puede ser tildado de transición. ¿Transición hacia qué? El término "transición" está muy ligado al paso del franquismo a la democracia, que fue un modelo irrepetible en la Isla. El traspaso del poder de un Castro a otro Castro se asemeja a las tiranías dinásticas que ha habido en América latina, con los Somoza en Nicaragua o los Duvalier en Haití, y a las que existen aún en África, con los Kabila en el Congo, o en el Medio Oriente, particularmente en Siria, con la familia El Asad.

Paradójicamente, eso debilita al régimen castrista, porque, aunque Raúl Castro mantenga un férreo poder —controlando por ahora las Fuerzas armadas y los órganos represivos—, la leyenda forjada alrededor de la revolución cubana se va debilitando en el seno de la opinión pública internacional y en los que aún creen en la propaganda del régimen en la Isla.

¿Qué clase de revolución es esa que acaba instaurando una especie de monarquía absoluta, designando a otro dirigente que no ha sido elegido por nadie? Triste fin para la revolución cubana, que tanto hizo soñar fuera de nuestra Isla, pero que nunca fue esa ilusión romántica que pretendió ser desde el principio, sino una tiranía que ha acabado mostrando su verdadero rostro, totalitario y, ¿por qué no decirlo?, grotesco.

Entonces, ¿seguimos sin cambios?

En un plano simplemente económico, político o social, no hay ningún cambio. Prueba de ello es que la gente se sigue yendo, y hay cada vez más gente que pierde la vida en el Estrecho de la Florida o saliendo para todas partes, incluso para Centroamérica.

Hemos perdido cualquier tipo de ilusión. Ahora espero que eso sea simplemente pasajero, que no dure mucho. Hemos tenido mucha paciencia, medio siglo, el año cincuenta de la revolución, el año cincuenta de Fidel Castro. Hay que tener un poquito más de paciencia y, sobre todo, recobrar una ilusión, pero nunca más una utopía. Hay que recobrar simplemente una ilusión democrática, algo con que se pueda vivir y mientras tanto, seguir haciendo lo que estamos haciendo, intentando decir la verdad.

¿Cómo entiende el papel de los gobiernos latinoamericanos de izquierda en el futuro cubano?

Chávez ha fracasado, precisamente porque Fidel ya no está, no le puede brindar sus consejos. Chávez ha cometido tres errores gigantescos. Primero fue el "¿Por qué no te callas?", que le espetó el rey de España; porque Chávez quería sustituir a Fidel Castro como vedette en las cumbres iberoamericanas. Chávez quiso hablar tanto como él, pero no le llega a la rodilla. Habla como un analfabeto. Fidel era un abogado que realmente tenía un aura y nadie le hubiera dicho "¿Por qué no te callas?". Desgraciadamente, nadie se lo dijo nunca.

El segundo error fue el referendo. Ni Fidel ni Raúl Castro querían ese referendo. Pero Chávez se llegó a creer que él era popular. Un tipo puede ganar unas elecciones, puede ganar dos… A la tercera va la vencida. La democracia quiere decir que alguien es popular un tiempo y después deja de serlo. Y el tercer error de Chávez era creer que él podía influir sobre las FARC, en cuanto al problema de los rehenes, aliándose con ellas. Las FARC llevan mucho más tiempo en la guerrilla que Chávez en el poder. Chávez ha perdido buena parte de su poder en Venezuela y vendrá el día en que la población o los propios militares le digan que se tiene que ir. Él no tiene influencia, salvo económica, con el petróleo en Cuba. Pero la verdadera influencia la ejerce Cuba sobre Chávez. Pero ahí ya no hay mucha confianza.

¿Y los restantes gobiernos de izquierdas?

Por otro lado, las demás izquierdas, excepto Evo Morales, en Bolivia; Rafael Correa, en Ecuador; Daniel Ortega, en Nicaragua; no son castristas. Sí hay una simpatía de Lula, su posición frente a los derechos humanos en Cuba es absolutamente inaceptable; pero en su práctica no es castrista, o ha dejado de serlo.

No le veo mucho porvenir al castrismo en América Latina. Es un ciclo que se acabará con los funerales de Fidel. Van a asistir todos los jefes de Estado, de izquierda y de derecha, porque hay una admiración hacia el castrismo también en sectores de la derecha universal. Después ya se olvidará. Lo olvidaremos muy rápido. Hay que conservar la memoria, pero para olvidar lo más rápido posible a Fidel Castro, a Raúl Castro, y todo el medio siglo de ese proceso que nos ha condenado a vivir de rodillas o al destierro.


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