Actualizado: 03/12/2021 11:36
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Literatura

Pasiones de un horizonte existencial

Enrico Mario Santí, un sentidor de la literatura cubana y su contexto social y político, habla de su experiencia como exiliado.

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En la edición de Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (Cátedra, 2002), incluyó el prólogo de la primera edición, de Bronislaw Malinowski, quien asegura que Ortiz trabaja sin "pedantería", "con vena volteriana". ¿Se puede entender que el investigador se divierte, que "goza"?, ¿que la sociología está cerca del arte, de la "sabiduría"?

Malinowski y Ortiz eran amigos, aunque la relación entre ellos fue breve —apenas tres años—. La introducción, que Ortiz le pidió, dejó mucho entre líneas, sobre todo el tinglado político que Ortiz debe haberle contado y que, tal vez por acuerdo tácito, se dejó flotar (no olvidemos, también, que Portell-Vilá escribió un prólogo por su parte donde sí abordó lo que en mi edición llamo "la crítica de la caña").

Supongo que Ortiz, y más Malinowski, gozaban de la investigación. Se nota bastante en el tono de sus obras, a pesar de la veta museográfica, restos del positivismo, que afecta gran parte del contenido de las obras de Ortiz. Pero el Contrapunteo…, como algunos han notado, es un texto donde Ortiz se esmeró en su estilo, por lo menos en el ensayo delantero. Al hacerlo, su prosa se acercó, sin duda, al arte literario, en esto tan parecido a Malinowski, aunque no creo, como otros insisten, que eso de por sí lo hace un texto artístico, o literario.

En cambio, Ortiz sí propone y practica —y por eso es tan buena su pregunta— una más amplia sabiduría, dado que estaba muy consciente del efecto que sus observaciones podían tener en Cuba: en la cultura en general y en la política en particular. Más sabía Ortiz por viejo que por sociólogo… En cuanto a mí me toca, sí gozo de la investigación y, sobre todo, de su organización formal en narrativa crítica. Es una de mis adicciones.

En Periodismo y literatura señala el desplazamiento que en el interés del gobierno tuvieron los "intelectuales" a favor de los "periodistas", varios de los cuales, al exiliarse, no han ido a redacciones sino a universidades en calidad de doctorandos y profesores de lengua y literatura españolas. ¿Implica esto un cambio de estrategia política en el enfoque de las disciplinas en la academia norteamericana?, ¿cómo influye en el planteamiento de un intercambio profesional entre la Isla y el exilio?

Divido mi respuesta en dos. Por una parte, lo que digo allí es que al menos en cierto momento, el de la llamada "rectificación", suerte de respuesta al glasnost soviético, el régimen hizo explícita su preferencia por el periodista por encima del intelectual. Dada la necesidad de control, la razón era sencilla: el periodista debe describir la realidad, mientras que el intelectual puede, y en cierto modo debe, decir "no". Es decir, el intelectual es crítico; el periodista no tiene por qué serlo.

No creo, en cambio, que la preferencia haya sido tanto por el periodismo en sí cuanto por cierta anuencia a la política estatal, que es más fácil aplicar al periodismo. No son los periodistas sino su práctica lo que el régimen desea regular. Por otra parte, y en efecto, la diáspora forzó a muchos profesionales cubanos a reciclarse como profesores de español en EE UU y otros países.

Algunos, como Carlos Ripoll, hicieron una gran obra; otros, los más, desempeñaron carreras dignas y, sobre todo, lograron mantener viva la causa de Cuba en el siniestro mundo académico norteamericano. Conozco sólo un par de casos que pasaron del periodismo a la enseñanza: Roberto Esquenazi-Mayo y Antonio Benítez Rojo. Pero Roberto vino a EE UU en los años cuarenta, y el periodismo de Antonio fue una de varias carreras que practicó. Por tanto, los casos a los que usted alude son para mí forzosamente hipotéticos.

Sí observo que la academia norteamericana es demasiado diversa para que un grupo, o escuela, domine una estrategia política, o siquiera un intercambio profesional entre Isla y exilio. Sin embargo, la idea de un intercambio yace al menos implícita en los programas de estudio en Cuba que patrocinan universidades norteamericanas, incluyendo algunas en la Florida, donde enseñan profesores de origen cubano. Pero ni el Estado cubano permite que ellos enseñen allá, ni a las instituciones cubanas les interesa —con contadas excepciones— enviar expertos o especialistas, sino policías disfrazados de humanistas.